Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

INDIGNACION, DE PHILIP ROTH

De Indignación de Philip Roth

No necesito los sermones de moralistas profesionales para que me digan cómo debería actuar. Y, desde luego, no necesito ningún Dios que me diga cómo debo hacerlo. Soy totalmente capaz de llevar una vida regida por la moralidad sin reconocer creencias que no es posible corroborar y son inverosímiles, que, a mi modo de ver, no son más que cuentos de hadas para niños sostenidos por adultos y que, en realidad, no tienen más fundamento que la creencia en Papá NoeI. Supongo, decano Caudwell, que está familiarizado con los escritos de Bertrand Russell, el distinguido matemático y filósofo británico que el año pasado recibió el premio Nobel de literatura. Una de las obras literarias por las que le concedieron el premio Nobel es un ensayo muy difundido, que inicialmente fue una conferencia pronunciada en mil novecientos veintisiete, titulado Por qué no soy cristiano. ¿Conoce usted ese ensayo, señor?

—Por favor, vuelva a sentarse —me pidió el decano.
Hice lo que me dijo, pero seguí diciendo:
—Le pregunto si conoce usted ese importante ensayo de Bertrand Russell, y entiendo que la respuesta es no. Bien, yo lo conozco porque me impuse la tarea de memorizar grandes fragmentos del texto cuando era capitán del equipo de debate en mi instituto. Todavía no lo he olvidado, y me he prometido a mí mismo quejamás lo olvidaré. Ese y otros ensayos contienen el argumento de Russell no solo contra el concepto cristiano de Dios, sino también contra los conceptos de Dios que sostienen todas las religiones del mundo, cada una de las cuales le parece a Russell falsa y nociva. Si leyera usted ese ensayo, y le incito a que lo haga para fomentar su imparcialidad, vería que Bertrand Russell, que es uno de los lógicos más importantes, así como filósofo y matemático, desmonta con una lógica inapelable el argumento de la primera causa, el argumento de la ley natural, el argumento del diseño, los argumentos morales que explican la existencia de una deidad y el
argumento de la reparación de la injusticia. Le pondré dos ejemplos. En primer lugar, respecto a que el argumento de la primera causa no puede tener ninguna validez, dice: «Si todo debe tener una causa, entonces Dios debe tener una causa. Si puede existir algo sin causa, tanto podría ser el mundo como Dios)). En segundo lugar, respecto al argumento del diseño, dice: «Creéis que, si os concedieran omnipotencia, ovnis— ciencia y millones de años en los que perfeccionar vuestro mundo, no habríais producido algo mejor que el Ku Klux lOan o los fascistas?». También comenta los defectos en las enseñanzas de Cristo tal como aparece este en los Evangelios, aunque señalando que, históricamente, resulta muy dudoso que Cristo haya existido. Para él, el defecto más grave del carácter moral de Cristo es que cree en la existencia del infierno. Russell escribe: «Yo no creo que una persona profunda— mente humana pueda creer en un castigo eterno», y acusa a Cristo de furia vengativa contra quienes no escucharan sus sermones. Menciona con absoluta franqueza cómo las iglesias han retrasado el progreso humano y cómo, con su insistencia en lo que deciden llamar moralidad, infligen a toda clase de personas un sufrimiento inmerecido e innecesario. Declara que la religión se basa fundamentalmente en el miedo: el mie.do a lo misterioso, el miedo a la derrota y el miedo a la muer— te. El miedo, para Bertrand Russell, es el padre de la crueldad, y, por lo tanto no es de extrañar que la crueldad y la religión hayan ido de la mano a lo largo de los siglos. Conquistad el mundo por medio de la inteligencia, dice Russell, y no por estar sometidos como esclavos bajo el terror que conlieva vi— vir en él. Llega a la conclusión de que el concepto de Dios es indigno de hombres libres. Esos son los pensamientos de un ganador del premio Nobel reconocido por sus aportaciones a la filosofía y por su dominio de la lógica y la teoría del conocimiento, y estoy totalmente de acuerdo con ellos. Tras haberlos estudiado y reflexionado a fondo, procuro vivir de acuerdo con ellos, y estoy seguro, señor, de que admitirá que tengo todo el derecho a hacerlo.

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