Te quiero más que a la salvación de mi alma

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LA CANCION DE BENET


De Letras libres -mágnifica revista mejicana-, nº 97: un artículo de Molina Foix: La canción de Benet

Fui a ver Amazing Grace, temiéndome lo peor, como homenaje a Juan Benet, una de las personas fundamentales de la literatura española contemporánea (por no hablar de mi vida). Se confirmó lo peor, pero en dos momentos sentí emoción, no por el film, que es de un convencionalismo apabullante, sino por el recuerdo de las noches en la calle Pisuerga de Madrid donde vivía Benet y de donde raramente se salía sin la ceremonia de escuchar “Amazing Grace”, el himno humanitario que el político abolicionista William Wilberforce cantó vibrantemente en un mitin a finales del siglo XVIII y que desde entonces es popular en el ámbito anglosajón. A Benet, la persona menos sentimental que he conocido, el mensaje del himno le daba un poco igual, y lo tenía grabado en una versión para banda de música con predominio de gaitas escocesas, que es lo que a él le gustaba: al sentimiento de base de la melodía se superponía la pompa un poco chistosa del viento de la gaita.
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Sólo tienen viveza, y me temo que eso lo dan el set y la situación, las escenas de debate parlamentario; ver los escaños de los Comunes y los Lores, las pelucas, el griterío mordaz de sus señorías y el mazo del speaker en acción siempre reconforta. Y aún más cuando algunos de los personajes históricos que debaten están interpretados por actores de genio. Por ellos (y por la memoria gaitera de Benet) di por bien gastados los euros de mi entrada, pues no es un lujo superfluo ver a Michael Gambon (en el papel de Lord Charles Fox); a Albert Finney, encarnando a John Newton, el verdadero creador de la canción “Amazing Grace”, en sus dos escenas, una como vidente, otra como ciego; a Rufus Sewell en una recreación del orate Thomas Clarkson para la que sin duda se ha inspirado en el aspecto, el peinado y la voz cavernosa del Antonin Artaud actor de Gance y Pabst. Y así como el protagonista, Ioan Gruffudd, no le da densidad, sino sólo aspavientos, a su Wilberforce, es para mí un descubrimiento el actor Benedict Cumberbatch en su rol de Pitt el Joven, una de las figuras más atractivamente enrevesadas de la política dieciochesca.

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