Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

JAMESIANA

HENRY JAMES EN VENECIA. La atracción ejercida por el Mediterráneo sobre los hombres del Norte se pierde en un tiempo en que la literatura era oral y el concepto de Europa estaba lejos de forjarse. Al bárbaro le deslurnbró y atrajo el esplendor y variedad de las antiguas culturas que floreccan en las zonas cálidas. El cristianismo propició más tarde una interminable procesión de creyentes que acudían a Roma para confirmar su fe. El romanticismo desparramó por el Sur deslumbrantes oleadas de neopaganos de todas las especies, deseosos de consumar en tierras meridionales sus nupcias con la luz. La actitud de los hombres del Sur hacia las brumas nórdicas ha sido, en cambio, el resultado de una operación intelectual, jamás de los sentidos: la búsqueda de últimas Thules del conocimiento o de la conciencia.
Los isabelinos, los románticos, los decadentes, los simbolistas han encontrado la Italia apetecida. Las obras de Shakespeare en donde es posible intuir la felicidad ocurren por lo general en las tierras donde florece el limonero. Macbeth, Hamlet y el viejo y loco Lear quedan siempre atrapados en la neblina natal. El romanticismo puebla las ciudades de Italia de una fauna colorida de visionarios afiebrados, quienes revelarán a los lectores ingleses, alemanes o escandinavos un amplio repertorio de personajes, metáforas, cadencias y escenarios nuevos. En la segunda mitad del siglo xix, tardíos pero impetuosos aparecen por allí ¿os personajes nuevos: el ruso y el americano. El primero adquiere carta de naturalización en Europa a través de Turguéniev; al segundo lo introduce Henry James.
Gracias a ambos escritores, tanto los rusos como los norteamericanos dejaron pronto de ser representantes exóticos de abruptas lejanías, o meras encarnaciones del buen salvaje para ejemplificación de tesis generosas. Es más, se revelaron corno individuos de extrema complejidad psicológica, sin temor ante los europeos, cuyas culturas asimilaron con rapidez. Además, se movían con envidiable soltura al desconocer el vasallaje que impone la tradición, y aun la enriquecían por el hecho de ser plenamente conscientes de su vigor y sus carencias.
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Las fotos nos ofrecen la imagen de un señor de aspecto pomposo con mirada entre infantil y visionaria. A sus contemporáneos les fue tan difícil ubicar al personaje como entender sus libros; esa inasibiidad se refleja en la diferente definición que dan de él. Fue comparado con un actor romántico, un almirante retirado, una tortuga ebria, un banquero judío, un elefante, un predicador desencantado de la vida, un fantasma, un hombre de letras francés, una vieja gitana en trance de resolver un misterio a través de su bola de cristal, y con otras muchas personalidades igualmente disímiles!
En su momento, la obra de James careció de lectores y de resonancia crítica. Es posible que aun en el pequeño grupo de fieles que lo rodeaba haya sido entendido mal; que la admiración que le tributaban hubiese surgido de malentendidos, por razones equivocadas. Sólo unos cuantos escritores comprendieron su originalidad. Joseph Conrad consideraba que su obra podía definirse “como un intento individual de rendir el máximo de justicia al mundo de lo visible”, elogio certero dirigido a un autor en el que lo esencial de la narración yace entre líneas, se sumerge y oculta en el subsuelo de la trama, donde sólo es posible avanzar gracias a la poderosa presencia de elementos visuales. El comentario de Conrad anticipa otro del propio James: “La novela, en su definición más amplia, no es sino una impresión personal y directa de la vida”
En El Mago de Viena, de Sergio Pitol

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