Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

INCIPIT 1.297. MINIMA MORALIA / TW ADORNO


Dedicatoria

La ciencia melancólica de la que ofrezco a mi amigo algunos fragmentos, se refiere a un ámbito que desde tiempos inmemoriales se consideró el propio de la filosofía, pero que desde la transformación de ésta en método cayó en la irreverencia intelectual, en la arbitrariedad sentenciosa y, al final, en el olvido: la doctrina de la vida recta. Lo que en un tiempo fue para los filósofos la vida, se ha convertido en la esfera de lo privado, y aun después simplemente del consumo, que como apéndice del proceso material de la producción se desliza con éste sin autonomía y sin sustancia propia. Quien quiera conocer la verdad sobre la vida inmediata tendrá que estudiar su forma alienada, los poderes objetivos que determinan la existencia individual hasta en sus zonas más ocultas. Quien habla con inmediatez de lo inmediato apenas se comporta de manera diferente a la de aquellos escritores de novelas que adornan a sus marionetas con imitaciones de las pasiones de otros tiempos cual alhajas baratas y hacen actuar a personajes que no son nada más que piezas de la maquinaria como si aún pudieran obrar como sujetos y como si algo dependiera de sus acciones. La visión de la vida ha devenido en la ideología que crea la ilusión de que ya no hay vida.

Pero una relación entre la vida y la producción que reduce realmente aquélla a un fenómeno efímero de ésta es completamente anormal. El medio y el fin invierten sus papeles. Todavía no se ha eliminado totalmente de la vida la idea de un absurdo quid pro quo. La esencia reducida y degradada se resiste tenazmente a su encantamiento de fachada.


INCIPIT 1.296. LAS MIL NAVES / NATALIE HAYNES


Calíope

Canta, musa, dice, y el filo de su voz deja claro que no es un ruego. Si estuviera dispuesta a complacer su deseo diría que pule el tono al pronunciar mi nombre, como el guerrero desliza la daga sobre la piedra de afilar, preparándose para la batalla de la mañana. Pero hoy no estoy de humor para ser musa. Tal vez no se le ha ocurrido ponerse en mi piel. Seguro que no; como todos los poetas, sólo piensa en sí mismo. Aunque es sorprendente que no se haya planteado cuántos hombres más hay como él, reclamando todos los días mi atención y apoyo inquebrantables. ¿Cuánta poesía épica necesita realmente el mundo?

Cada conflicto iniciado, cada guerra librada, cada ciudad asediada, cada pueblo saqueado, cada aldea destruida. Cada travesía imposible, cada naufragio, cada regreso a casa: todas esas historias ya se han contado, y en innumerables ocasiones. ¿De verdad considera que tiene algo nuevo que decir? ¿ Y cree que puede necesitar mi ayuda para seguir el desarrollo de todos sus personajes, o para llenar esos vacíos en los que la métrica no encaja con el relato?


PENTESILEA


Las mil naves, Natalie Haynes, p. 62

La historia de lo sucedido a su hijo, el valiente Héctor, el más grande de los guerreros troyanos, había llegado hasta los confines septentrionales de la tierra escita: durante diez largos años había defendido su ciudad y comandado a sus hombres en muchas batallas victoriosas. Pentesilea, como todo el mundo, sabía que Héctor se había enfrentado a un hombre con la armadura de Aquiles y le había dado muerte, y por un instante los troyanos pensaron que el muerto era el mismísimo Aquiles e hicieron retroceder a los griegos hasta su campamento, en el día de combate más glorioso de toda la guerra. Pero cuando le arrancó la armadura al griego caído, Héctor se indignó al descubrir que no era Aquiles sino Patroclo, que había luchado en su lugar. En cuanto se enteró de la muerte de su amigo, Aquiles montó en cólera; Pentesilea sabía que, bramando como un puma, había jurado vengarse de Héctor y de cualquier troyano que se interpusiera en su camino. Así pues, Aquiles cumplió su palabra y recorrió el campo de batalla arremetiendo contra todos los hombres con que se cruzaba hasta que Héctor se plantó ante él. Pentesilea sabía que lo había matado (la sangre negra y espesa salpicó el barro a sus pies) con un grito salvaje de júbilo. Mutiló el cuerpo de su enemigo y le ató los pies con correas de cuero, como si se tratara de una res muerta, sin importarle la irreverencia de sus actos. Luego arrastró el cadáver del príncipe troyano alrededor de las murallas de la ciudad, pasando tres veces por delante de los ojos de sus destrozados padres, su afligida esposa y su hijo pequeño, que miraba sin comprender.

Por supuesto que Príamo agradecía la alianza de las amazonas. No le quedaba otra.



Para Marcel Proust.


Minima moralia, TW Adorno, p. 19

El hijo de padres acomodados que, no importa si por talento o por debilidad, se entrega a lo que se llama un oficio intelectual como artista u hombre de letras, se encuentra entre aquellos que llevan el detestable nombre de colegas en una situación particularmente difícil. No se trata ya de que se le envidie su independencia o que se desconfíe de la seriedad de sus intenciones y se sospeche en él a un enviado encubierto de los poderes establecidos. Semejante desconfianza revela sin duda un resentimiento, pero que la mayoría de las veces encontraría su justificación. Los verdaderos obstáculos están en otra parte. La ocupación con las cosas del espíritu se ha convertido con el tiempo «prácticamente» en una actividad con una estricta división del trabajo, con ramas y numeras clausus. El materialmente independiente que la escoge por aversión a la ignominia de ganar dinero no estará dispuesto a reconocerlo. Se lo tienen prohibido. Él no es ningún «profesional», ocupa un rango en la jerarquía de los concurrentes como diletante sin importar cuáles son sus conocimientos y, si quiere hacer carrera, tendrá además que ganar en la más resuelta estupidez si cabe al más tozudo de los especialistas. La suspensión de la división del trabajo a la que se siente inclinado y le capacita para crearse dentro de ciertos límites su estabilidad económica está particularmente mal vista: delata la resistencia a sancionar la función prescrita por la sociedad, y la competencia triunfante no admite tales idiosincrasias. La departamentalización del espíritu es un medio para deshacerse de él ahí donde no viene ex officio establecida su función.


Exceso por exceso


Minima moralia, TW Adorno, p. 117

. -Lo que han hecho los alemanes escapa a la comprensión, y más aún a la psicológica, pues las atrocidades parecen de hecho haber sido cometidas más como medidas enajenadas de terror en una forma planificada y ciega que como actos realizados con espontánea complacencia. Según los relatos de algunos testigos, se torturaba sin placer, se asesinaba sin placer, y acaso por tal motivo más allá de toda medida. Sin embargo, la conciencia que quiera resistir lo indecible se verá una y otra vez abocada a intentar explicar este hecho, si no desea caer subjetivamente en la demencia que objetivamente domina. Entonces se impone la idea de que el horror alemán es algo así como una venganza anticipada. El sistema basado en el crédito, en el que todo puede anticiparse, hasta la conquista del mundo, determina igualmente las acciones que preparan su propio final y el de toda la economía de mercado hasta llegar al suicidio de la dictadura. En los campos de concentración y las cámaras de gas se negociaba en cierto modo el derrumbe de Alemania. A nadie  que hubiera asistido en Berlín a los primeros meses del dominio nacionalsocialista en 1933 pudo pasarle inadvertido el momento de mortal tristeza, el abandono semiinconsciente a los aires fatídicos que acompañaban a la embriaguez desatada, a los desfiles de antorchas y al retumbar de los tambores. ¡Con qué acentos de desesperanza sonaba la canción del «pueblo a las armas», la favorita canción alemana de aquellos meses, en la avenida Unter den Linden! La de un día para otro anunciada salvación de la patria llevaba desde el primer momento la expresión de la catástrofe, y ésta se ensayaba en los campos de concentración mientras el triunfo ahogaba en las calles su presentimiento

LAOCONTE


Las mil naves, Natalie Haynes, p. 36

Creúsa no estaba segura de lo que había ocurrido a continuación. Ella no vio las serpientes, aunque muchas personas aseguraron haberlas visto. No estaba mirando los juncos sino al hombre, Sinón, y su rostro sucio e impenetrable. El único indicio de que entendía lo que había dicho Laocoonte fue que las cuerdas que todavía lo sujetaban se tensaron contra sus bíceps. En cuanto a los dos hijos de Laocoonte, ella pensó que habían corrido hacia el agua. ¿Por qué no habrían de haber ido? Hacía rato que se habían hartado de oír discutir a los hombres y, como todos los niños de Troya, nunca habían bajado a la orilla ni jugado en la arena. De modo que siguieron el río hasta que llegaron a la playa, y antes de que alguien los echara de menos, los dos se habían adentrado en los bajíos.

Creúsa sabía que allí las algas formaban enormes frondas. Cuando era pequeña, su niñera la había advertido  que no se metiera nunca en el agua y que evitara sus tentáculos verdes. Las puntas de las algas tal vez eran lo bastante finas para que un niño las rasgara, pero el resto de la planta era grueso y fibroso.  Era muy fácil tropezar y perder pie, tal como debió de pasarles a los hijos de Laocoonte. Uno debió de caer al engancharse el pie en un nudo de algas y, al no estar acostumbrado a la corriente, le entró pánico y se retorció, enredándose aún más. El otro, al acercarse para ayudar a su hermano, que se había hundido, se encontró en la misma situación. La brisa de la orilla se llevó sus débiles gritos de socorro.

Cuando Laocoonte corrió a salvarlos -demasiado tarde-, las algas habían cobrado una forma malévola. Eran serpientes marinas gigantescas que los dioses habían enviado, dijo alguien, para castigar al sacerdote por haber profanado su ofrenda con la lanza. En cuanto se pronunciaron esas palabras, hubo quienes las creyeron. Ante la imagen del sacerdote en la playa llorando y acunando los cuerpos de sus hijos ahogados, difícilmente la decisión de Príamo podría haber sido otra. Los dioses habían castigado a Laocoonte.


VIDA METROPOLITANA / FRAN LEBOWITZ


El club de lectura de David Bowie, p. 79 

Seguramente las columnas de Lebowitz entrarían dentro de la categoría de «ocio», aunque diciendo esto no pretendo en absoluto menoscabar su valor. Por una parte, porque son desternillantes. Y por la otra, porque son cápsulas del tiempo de la antigua Nueva York; la de antes de la gentrificación y del sida. La Nueva York artística, sexy e intelectual de Studio 54 y Max's Kansas City, de Robert Mapplethorpe y Susan Sontag. Y no es que Lebowitz cometa la vulgaridad de aludir directamente a estas personas o lugares. Ella habla de la mentalidad urbana y de cómo, para sobrevivir en la ciudad, tienes que afilarla hasta cierto punto.

Y resulta que las mejores herramientas para conseguirlo son el sarcasmo y la ironía. Por ejemplo, si quieres alquilar tu piso, ella establece que la proporción mínima aceptable entre el  número de cucarachas y el número de inquilinos sea de cuatro mil a uno. Furiosa por la costumbre iniciada por el informe Rapkin de utilizar abreviaciones silábicas para describir áreas concretas de la ciudad como, por ejemplo, SoHo o TriBeCa, ella propone una más: NoTifSoSher (North ofTiffany's, South of the Sherry-Netherland ['al norte de Tiffany's y al sur del SherryNetherland']). Y luego están sus deslumbrantes aforismos a loDorothy Parker: «Dormir es como morir, pero sin la responsabilidad ». «Para mí, salir a la naturaleza es recorrer el espacio que te lleva de tu apartamento al taxi».

Y, por debajo, recorriéndolo todo como una corriente subterránea, hay un amor feroz por Nueva York; un amor que también Bowie compartía. Que, de hecho, anidó en él desde laprimera vez que visitara la ciudad, en enero de 1971, atendiendo a la invitación de Mercury Records, que estaba a punto de lanzar The Man Who Sold The World en los Estados U nidos. Se pavoneó por Manhattan con su «vestido de hombre» diseñado por Mr. Fish y su melena a lo Veronica Lake que le bajaba en ondas hasta los hombros. Invitó a comer a Moondog, el poeta y músico callejero ciego que solía frecuentar, disfrazado de vikingo, la esquina de la calle Cincuenta y cuatro Oeste con la Sexta Avenida. Y vio tocar en directo a la Velvet Underground, su grupo favorito, en la discoteca Electric Circus del East Village. Impresionado por la actuación, Bowie se acercó al backstage después a felicitar a Lou Reed y decirle lo geniales que le parecían sus canciones. Se pasaron un buen rato charlando amigablemente. Solo después se daría cuenta Bowie de que Lou Reed había dejado el grupo el verano anterior y de que había dirigido sus entusiastas elogios al bajista Doug Yule, al que la banda había ascendido rápidamente.


MADAME BOVARY


El club de lectura de David Bowie, p. 60

El Bromley de las afueras de Londres no es tan distinto de la llana Normandía del siglo XIX. La fantasiosa heroína de la sátira de Flaubert sobre la vida provinciana -esto es, sobre la vida más allá de París- no es tan distinta a la fantasiosa heroína de la canción de Bowie «Life On Mars?». El reproche que tenía Henry James para Madame Bovary era que, a pesar de todo, su discreta historia sobre el infeliz matrimonio de una muchacha voluble con un doctor de segunda era «un asunto demasiado pequeño». Emma Roualt -que pronto se convertirá en Emma Bovary-- tiene el cabello negro, claro; y no mousy o castaño ceniza. Pero ambas se mueren de ganas de vivir emociones y de escapar, y se moverán entre el hastío y el profundo anhelo romántico que, en el caso de Emma, la llevarán a su  trágico suicidio.

The girl with the mousy hair ('la chica del pelo castaño ceniza') tiene problemas para concentrarse en una película que le resulta demasiado aburrida: no la lleva a ningún sitio nuevo, no hace sino reflejar la experiencia vivida. Emma devora los libros, pero lo que lee no le hace bien: son lecturas trilladas, simplonas, románticas. Le llenan la cabeza de falsas ilusiones, de expectativas poco realistas; una de ellas es que el adulterio será mucho más interesante que el matrimonio con Charles. Esa relación le ha arrebatado su individualidad y ha hecho de ella la tercera Madame Bovary del libro, después de su suegra y de la primera esposa de Charles, ya fallecida, cuyo viejo ramo de novia encuentra en un cajón: un bonito toque gótico. Aunque Emma se da cuenta de que está atrapada en una especie de infierno y casada con un zoquete al que desprecia, carece de los medios intelectuales para tramar una fuga que vaya más allá que juntarse con idiotas como Léon y Rodolphe.

Madame Bovary es una novela que habla de huidas frustradas y de los peligros de leer indiscriminadamente. Pero sobre todo habla de la atracción por el sexo ilícito, razón por la que Flaubert fue enjuiciado por obscenidad en enero de 1857. Una acusación debida a su escena más famosa, en la que Emma y Léon recorren Ruan durante horas, estremecidos, en un coche tirado por caballos que lleva las cortinillas echadas, gritándole al cochero cada vez que amenaza con detenerse.

Es famosa la declaración que hizo Flaubert: «Madame Bovary, c' est moi» ('Madame Bovary soy yo'). La identificación era tan estrecha que, cuando escribía las escenas de la muerte de Emma - al describir el sabor a tinta del arsénico, sacado a toda prisa del frasco del boticario, con el corazón vacilante «como el último eco de una sinfonía que se aleja»-, Flaubert vomitaba una y otra vez.


INCIPIT 1.295. LO DEMAS ES AIRE / JUAN GOMEZ BARCENA


Treinta y dos casas, cuatro hoteles rurales, una iglesia, ningún bar. Una aldea tan insignificante que a menudo se confunde con el último barrio de Cóbreces o con el primero de Oreña. Poco más de dos kilómetros cuadrados de extensión; treinta y cinco metros de altitud sobre el nivel del mar; ciento veintiún días de lluvia al año. Un arroyo casi sin agua que viene a morir a los acantilados. Un mar casi siempre gris. Un cielo que puede ser muchos cielos en un mismo día, virando rápidamente del gris al blanco y del blanco al azul y del azul de nuevo al gris. Muchos verdes distintos en la hierba, en las copas de los árboles, en los maizales. De vez en cuando, un puñado de vacas negras y blancas, pastando. Un tractor que viene y va. Ninguna persona. Nada parecido a una plaza, a un ayuntamiento, a un centro social: solo algunos bancos de madera dispersos por los caminos, casi siempre vacíos. Vacíos los bancos y vacíos también los caminos. Eso es Toñanes: un censo de doscientas ochenta vacas y cien personas -jqué vamos a ser cien!, dice Lola Valdés, meneando la cabeza; eso era antes, nene, ¡ ahora ni cincuenta quedaremos!-. Antes: noventa y cuatro habitantes según el Catastro de Ensenada, ochenta y tres según el censo de Aranda, ciento veinte según el Madoz, noventa y seis según la Wikipedia; cincuenta o menos de cincuenta según Lola Valdés -es porque no hay trabajo, hijo. ¿Aquí qué van a hacer, los jóvenes? ¿Aquí quién te va a criar un niño?-.


INICPIT 1.294. EL MAGO / COLM TOIBIN


Lübeck, 1891

Su madre esperaba en la planta de arriba mientras los sirvientes quitaban los abrigos, las bufandas y los sombreros a los invitados. Julia Mann permanecía en su dormitorio hasta que los habían conducido a todos al salón. Thomas observaba desde el primer rellano junto con su hermano mayor, Heinrich, y sus hermanas, Lula y Carla. Sabían que su madre no tardaría en aparecer. Heinrich tuvo que advertir a Carla de que guardara silencio, pues de lo contrario los mandarían a la cama y se perderían el momento. Su hermano Viktor, un bebé, dormía en una habitación de la planta superior.

Julia salió del dormitorio con el cabello recogido hacia atrás de forma austera y sujeto con un lazo de colores. Llevaba un vestido blanco, y sus zapatos negros, encargados expresamente en Mallorca, eran sobrios como los de una bailarina.

Se unió al grupo con aire desganado, como si acabara de estar a solas consigo misma en un lugar más interesante que la festiva Lübeck.

Al entrar en el salón, Julia echaba un vistazo alrededor para elegir a una persona entre los invitados, por lo general un hombre -alguien insospechado como herr Kellinghusen, que no era ni joven ni anciano, o Franz Cadovius, quien había heredado elestrabismo de su madre, o el juez August Leverkühn, de labios


BARCELONA


La tierrra de la gran promesa, Juan Villoro, p.236

Una y otra vez, Diego había enfrentado en Barcelona la opulencia del buen gusto, categoría incómoda para alguien acostumbrado a pensar en el papel corrosivo de la fortuna. En las óperas del Liceo y los montajes del Lliure había  visto suficientes alardes en foros rotatorios para preguntarse si la escenografía giraba por necesidad o porque podía girar. La abundancia de recursos era muchas veces superflua, pero rara vez contradecía la estética.

En una ocasión acompañó a un fotógrafo de espectáculos a un restaurante sin ventanas, con las paredes tapizadas en fieltro verde, un sitio claustrofóbico donde se reunían arquitectos y escritores de éxito. Antes de subir al restaurante, bebieron unas copas de pie, en el bar de la planta baja. Sin el menor empacho, su amigo tiró la colilla de su cigarro al suelo alfombrado. Diego pensó que lo hacía por descuido y se agachó de inmediato a recogerla. El otro tuvo que explicarle que estaban ante una tradición del lugar. Cada mes renovaban el tapete minuciosamente quemado, listo para el desperdicio. En ese momento, Diego entendió que lo suyo era el subdesarrollo. Jamás se sentiría cómodo ante esos lujos.

En otra ocasión, Jaume le pidió que lo acompañara a un "incordio terrible" que resultó ser el coctel de una entidad bancaria en la Sagrada Familia. Veinte edecanes, vestidas con trajes sastres corporativos, les dieron la bienvenida. Le parecieron tan hermosas como si él hubiera seleccionado a cada una de ellas. Las chicas ofrecieron estéticos canapés de contenido indescifrable: comestibles rectángulos de colores. También eso le pareció excesivo.

Detestaba la vulgaridad de Adalberto Anaya, aún más notoria ante la controlada estética catalana. La detestaba porque en cierta forma la compartía. En muchas circunstancias sentía que lo único vulgar de Barcelona era él.


BUÑUEL


La tierra de la gran promesa, Juan Villoro, p. 104

Los comensales de otras mesas, jóvenes estudiantes y miembros de la colonia española que bebían cantidades ingentes de Anís del Mono, veían al genio como a un parroquiano al que se ha visto muchas veces sin saber de quién se trata. Esa naturalidad lo ayudó a sentirse un poco menos nervioso, pero olvidó soplarle al café con leche y se quemó el paladar. Al recordar la escena, sentía la boca herida como un rito de iniciación. Había estado ante el amigo de García Lorca y Dalí que llevaba piedras en los bolsillos para defenderse de las agresiones en el estreno de Un perro andaluz, el manipulador erótico que le prometió a Catherine Deneuve que no la desnudaría y la convenció de ponerse un camisón transparente, logrando una imagen más sensual, la de un cuerpo entrevisto tras un velo ... Diego no se sintió ante un "artista", sino ante algo más natural y misterioso. Buñuel abrumaba como si fuera un peñasco, un árbol, un abismo. Tenía una manera directa y simple de ser portentoso. Hablaba del sueño como de una mesa, algo que podía modificar con esas manos grandes que habían calzado guantes de boxeador. Diego no olvidó sus ojos. Demasiado abiertos, demasiado vivos. Su mayor truco consistía en cerrarlos. La cabeza del maestro disminuía cualquier almohada. Una cabeza de campesino, difícil de romper.

Estuvo ahí hasta que Buñuel se despidió para ir a dormir la siesta. Vivía cerca de La Veiga, en una dirección digna de su filmografía, cerrada de Providencia. Su silueta se recortó contra la luz sucia de Insurgentes. Un hombre alto, de pelo escaso y hombros cargados. Un anciano fuerte.


LA PESADILLA


La tierra de la gran promesa, Juan Villoro, p. 102

Nunca olvidaría los ojos descomunalmente abiertos del cineasta, sus manos grandes de luchador, su voz levemente rasposa. En la oscuridad de un cine, le gustaba ver el cono luminoso que salía de la cabina de proyección y en el que flotaban corpúsculos de polvo que parecían chispas. La voz de Buñuel tenía esa cualidad, un resplandor nimbado de impurezas.

A los quince años, gracias al amigo de un amigo, logró colarse a la tertulia de La Veiga. Bebió un café con leche en un vaso de vidrio grueso mientras el viejo león expresaba su deseo de filmar como quien dirige un sueño. Aquella tarde contó que cuando el cine llegó a Zaragoza la gente se asustaba con los movimientos y tenía que hacer un enorme esfuerzo físico para seguirlos:

-Acababan agotados; ir al cine era como ir al gimnasio. Ahora pongo el mismo empeño en soñar. Dormir cansa -se llevó a los labios una bebida que en su inexperiencia Diego no alcanzó a descifrar; lo hacía despacio, como si bebiera mercurio.

Buñuel hablaba con seguridad pero en un tono llano, ajeno a cualquier alarde. Tenía una extraña forma de ser, simultáneamente, simbólico y literal. Un amigo le diría años después que cualquier frase de Buñuel podía ser entendida "a la francesa" o "a la aragonesa", en clave metafórica o con granítico realismo.

Esa tarde, el cineasta contó la leyenda de un pintor que comía cerdo crudo para tener las pesadillas que luego pintaba. El más célebre de sus cuadros se llamaba, precisamente, La pesadilla. En ese lienzo, la cabeza de un caballo asoma tras una cortina para espiar a una mujer que yace desmayada bajo el influjo de una criatura demoniaca. Buñuel describió el cuadro en detalle y elogió el deseo del pintor de concebir pesadillas comiendo cerdo crudo y comentó que él se conformaba con el jamón serrano.


MAHLER


El mago, Colm Tóibín, p.121

Venecia, 1911

Thomas estaba solo en una butaca de pasillo, hacia el centro del auditorio de Múnich, cuando Gustav Mahler condujo la orquesta a un pasaje mudo que sumió la sala en un silencio total, alzando las dos manos como si quisiera mantenerlo y controlarlo. Más tarde contaría a Thomas, a quien había invitado a asistir al ensayo, que si conseguía aquel silencio justo antes de la primera nota, entonces podía hacer cualquier cosa. Pero rara vez se alcanzaba. Siempre había algún ruido imprevisto, o los músicos eran incapaces de contener el aliento tanro tiempo como él deseaba. No exigía un simple silencio, afirmaba, sino instantes en los que no hubiera nada en absoluto, puro vacío.

Mientras se hallaba al mando en el estrado, el compositor era casi delicado. Sus movimientos daban a entender que lo que buscaba no se conseguiría con grandes gestos. Al contrario, se trataba de elevar la música a partir de la nada, de que los miembros de la orquesta prestaran atención a lo que había antes de que empezaran a tocar. A Thomas le pareció que trataba de reducir la intensidad de la interpretación señalando a algunos músicos para que se moderaran. Luego Mahler abrió los brazos como si pretendiera atraer la música hacia sí. Indicó a los músicos que tocaran tan bajo como les permitieran los instrumentos.


SANTA TECLA


Los griegos antiguos, Edith Hall, p. 346

El mito subyacente al relato de Tecla de Iconio en los Hechos de Pablo y Tecla, apócrifo neotestamentario cristiano, es el de Ifigenia y Orestes, los hermanos que en su huida se llevaron de Táurida la imagen de Artemisa. En Iconio, la ciudad del centro de Anatolia donde la futura mártir había nacido en el seno de una familia de clase alta, San Pablo convirtió a Tecla al cristianismo y a la castidad perpetua. La historia de Tecla cuenta, entre otras cosas, cómo supo resistirse a un hombre que la cortejaba y el episodio en que, condenada a morir en la hoguera, la salvó una tormenta enviada por Dios. Tecla viajó con Pablo a Antioquía y resistió con éxito los intentos de un aristócrata llamado Alejandro, que quería raptarla. La condenaron a ser devorada por animales salvajes, y una vez más la salvó la intervención divina (como a Artemisa, se la solía presentar rodeada de animales). No es de extrañar, pues, que los primeros cristianos, como Tertuliano, que se oponían a que las mujeres predicaran Y administrasen el bautismo, afirmaran que la historia de Tecla era fraudulenta. Tampoco ha de extrañarnos la importancia de Tecla como antecesora de todas las mujeres que hoy forman parte de las iglesias cristianas.

Hay un apéndice a su historia que cuenta lo que le ocurrió a Tecla hacia el final de su vida, y también cómo murió: la virgen de Iconio viajó a Seleucia Pieria «en una nube brillante», y convirtió a muchos al cristianismo; después se recluyó y ejerció de sacerdotisa en una cueva cercana, un lugar del que se decía que tenía tanto poder que incluso acercarse a él producía curas milagrosas. Los médicos paganos de la ciudad, que suponían que Tecla era una sacerdotisa de Artemisa, conspiraron contra ella por haberles arruinado el negocio con sus curaciones. Dado que los dioses le quitarían sus poderes si perdía la virginidad, aunque fuera a los noventa años, los médicos organizaron una violación colectiva, pero Dios abrió para ella una caverna en la roca, salvando así su virginidad mientras moría de una muerte digna de canonización. En este relato, la valerosa y viajada virgen, asociada con la sanación, cuya memoria se preserva en la milagrosa caverna, es, para los paganos del oeste de Asia Menor, el epicentro del culto de Artemisa, sacerdotisa de la diosa local. Es en una cueva situada en lo alto de las ruinas de Éfeso donde arqueólogos austriacos descubrieron una asombrosa pintura cristiana de Tecla y Pablo; de hecho, se los ha presentado con frecuencia como una pareja, no unida sexualmente, sino compartiendo el viaje en que anuncian la llegada de un nuevo dios.


INCIPIT 1.293. LA CAMPANA DE CRISTAL / SILVIA PLATH


Fue un verano raro, tórrido, el verano en que electrocutaron a los Rosenberg, y yo no sabía qué había ido a hacer a Nueva York. Soy estúpida con esto de las ejecuciones. La idea de que te puedan electrocutar me asquea, y en los periódicos no se leía otra cosa: los titulares desencajados me acechaban desde todas las esquinas por la calle y en todas las bocas del metro hediondas, con un tufo rancio a cacahuetes. No tenía nada que ver conmigo, pero no me quitaba de la cabeza qué se sentiría, cuando te queman viva por dentro.

Creía que debía de ser lo peor del mundo. Nueva York ya era un suplicio. A las nueve de la mañana, el aparente frescor húmedo del campo que de alguna manera calaba durante la noche se evaporaba como el último coletazo de un sueño dulce. Grises como espejismos al fondo de sus desfiladeros de granito, las calles calientes temblaban al sol, las capotas de los coches hervían y centelleaban, y el polvo seco, cargado de escoria, se me metía en los ojos y me bajaba por la garganta.

Seguí oyendo hablar de los Rosenberg por la radio y en la oficina hasta que no pude pensar en nada más. Igual que la primera vez que vi un cadáver. Durante semanas, la cabeza del cadáver -o lo que quedaba de ella- aparecía flotando detrás de los huevos con beicon de mi desayuno y de la cara de Buddy Willard, que de entrada fue el culpable de que lo viera.


INCIPIT 1.292. ANIQUILACION / MICHEL HOUELLEBECQ


Algunos lunes de los últimos días de noviembre, o de principios de diciembre, tenemos la sensación, sobre todo si uno es soltero, de estar en el corredor de la muerte. Hace mucho que las vacaciones han pasado y el nuevo año está todavía lejos; la proximidad de la nada es inhabitual.

El lunes 23 de noviembre, Bastien Doutremont decidió ir al trabajo en metro. Al apearse en la estación de Porte de Clichy, vio enfrente la inscripción de la que le habían hablado varios colegas los días anteriores. Eran un poco más de las diez de la mañana; el andén estaba desierto.

Se fijaba desde la adolescencia en los grafitis del metro parisino. A menudo los fotografiaba con su iPhone anticuado: debían de ir por la generación 23, él se había quedado en la 11. Clasificaba las fotos por estaciones y por líneas y les destinaba muchas carpetas en su ordenador. Era una afición, si se quiere, pero él prefería la expresión en principio más suave pero en el fondo más brutal de pasatiempo.


Inmaculada Concepción


Hacia la estación de Finlandia, E. Wilson p. 473

En Siberia se dedicó por fin a estudiar a fondo la economía marxista. Durante su encarcelamiento en Odesa todavía había seguido resistiéndose al marxismo, pero la lectura -que la soledad hacía forzosamente intensiva- de las revistas históricas y religiosas de carácter conservador, que formaban la biblioteca de la cárcel y que eran al principio el único material del que podía disponer, le impulsó a bus: car por sí mismo la explicación de una cuestión histórica concreta: el · desarrollo de la francmasonería en Europa desde principios del siglo XVII. Hasta entonces no había aceptado el materalismo histórico, y consideraba los fenómenos de la historia corno el resultado de una diversidad de factores, pero cuando empezó a recibir libros de fuera, pudo leer la traducción de algunos ensayos del filósofo italiano y marxista-hegeliano Labriola, que le llevaron a plantearse la cuestión de cómo surgen tales factores. El leitmotiv de Labriola: «Las ideas no caen del cielo» no se le iba de la imaginación y empezó a comprender .e el progreso de la francmasonería era un intento de la vieja clase artesana para mantener, durante el periodo de la disolución de los germios medievales, un sistema ético cuya existencia amenazaba la desintegración de sus instituciones sociales. Cuando, en viaje hacia Sieria, ingresó en la cárcel de Moscú, oyó por primera vez hablar de Lenin y leyó El desarrollo del capitalismo en Rusia. En Siberia estudió Das Kapital; y cuando se evadió del destierro era ya un marxista convencido capaz de polemizar en defensa de sus teorías.

La doctrina de los socialdemócratas se había ido abriendo camino hacia el este a lo largo de la línea del ferrocarril Transiberiano, y Lev Davídovich escribía proclamas en su nombre. El espíritu de la revolución se difundía de nuevo en Rusia. Cuando conocieron la excomunión de Tolstói por herejías tales como negar la Inmaculada Concepción, al principio se quedaron de piedra, pero luego se tranquilizaron. «Estábamos seguros de que, tarde o temprano, acabaríamos con aquel manicomio.» El movimiento terrorista cobró nuevos alientos y dos ministros fueron asesinados, pero los exiliados socialdemócratas se declararon en contra de esa estrategia. Lev Davídovich recibió en 1902, con año y medio de retraso, algunos ejemplares de Iskra escondidos en las tapas de unos libros. Luego llegó ¿Qué hacer? El joven Bronstein ya había escrito y difundido entre los grupos exiliados un ensayo sobre la importancia de organizar un partido socialdemócrata centralizado; y ahora veía que los camaradas de Occidente iban más deprisa que él. Tenía vehementes deseos de estar allí, de estar con ellos.


TROSKI


Hacia la estación de Finlandia, E. Wilson, p. 467

El sentimiento de injusticia del que al parecer Lev Davídovich tuvo conciencia por vez primera se relacionaba con los campesinos de la hacienda de su padre. Durante sus años de estudio en Odesa vivió con un sobrino de su madre -hombre inteligente y culto, cuyas tendencias liberales, aunque bastante moderadas, le habían impedido ingresar en la universidad- que le enseñó la gramática rusa y el modo de lavar y coger un vaso; y cuando Lev Davidovich, todavía adolescente, regresaba a Yánovka en el verano «vestido con un traje de lienzo recién lavado, el talle ceñido por un cinturón de cuero con hebilla de metal y la gorra blanca adornada con una escarapela amarilla que refulge al sol» solía ponerse nervioso al darse cuenta de que los hombres y las mujeres contratados por su padre se reían de él maliciosamente ante su torpeza para segar trigo. Un segador de la aldea, de lengua viperina y una piel tan negra como sus botas, a veces hacía mordaces comentarios sobre la mezquindad de sus amos en presencia del joven Lev Davídovich; y el muchacho quedaba desgarrado entre la rabia y el deseo de hacer callar a aquel hombre, de un lado, y la admiración por «su agudeza y atrevimiento» y el deseo de tenerlo de su parte, de otro. Un día en que el hombre le dijo: «¡Ve con tu mamá, a comer pasteles!», se encontró al llegar a la casa con una campesina descalza que había caminado siete vertsas para cobrar un rublo que se le debía. Estaba sentada en el suelo frente a la casa porque no tenía valor -pensó Lev-para hacerlo en el escalón de piedra de la puerta; la mujer tuvo que esperar allí hasta la noche porque no había nadie que pudiera darle el rublo. Lev sabía que los criados que trabajaban para su padre no comían más que gachas y sopas; para que les dieran carne tuvieron que hacer una manifestación silenciosa en el patio de la casa, tumbándose en el suelo boca abajo. Un día en que Lev Davídovich volvía de jugar al cróquet, encontró a su padre discutiendo con un campesino: una vaca de este había entrado en la propiedad del viejo Bronstein, que la había encerrado y se negaba a devolvérsela hasta que su propietario le pagara los daños causados en el sembrado. El campesino protestaba y suplicaba; y Lev Davídovich comprendió, por lo que oía, que el hombre estaba lleno de odio contra su padre. Se marchó a su cuarto y rompió a llorar, y no contestó cuando le llamaron para la cena. Luego, el padre mandó a la madre para que le dijera que el campesino había recuperado la vaca sin tener que pagar los daños.


COMUNIDAD ONEIDA


Hacia la estación de Finlandia, E. Wilson, p. 148

Pero de estos experimentos el que más éxito tuvo fue el de la Comunidad Oneida, en el estado de Nueva York, que duró treinta y dos años, de 1847 a 1879, conservando siempre su base colectivista original. Su jefe,John Humphrey Noyes, fue con mucho la personalidad más extraordinaria producida por este movimiento en América.

Procedía de Brattleboro, Vermont. Había nacido en 1811 en el seno de una familia con cierto prestigio político. Estudió para pastor protestante en Yale, pero pronto abrazó la herejía del perfeccionismo. Según esta doctrina, no es preciso morir para salvarse: cabe liberarse del pecado en este mundo. Una visita a la ciudad de Nueva York, que no conocía, llenó de pánico al joven Noyes, que sintió que las tentaciones de la carne lo arrastraban a los umbrales del infierno. Sin poder conciliar el sueño, solía deambular durante la noche por las calles y entraba en los burdeles a predicar la salvación a sus clientes. A diferencia de los otros socialistas de la época (Joseph Smith es su contrapartida religiosa), le preocupaba enormemente la cuestión sexual; en la comunidad que más tarde fundó inventó una técnica para fa práctica del amor  que, al eliminar el riesgo del embarazo, situaba el amor sobre una nueva base comunitaria. En esta comunidad se llegó a autorizar en algunos casos el nacimiento de hijos ilegítimos. Empezando con los miembros de su propia familia, Noyes ejerció una influencia tan poderosa sobre sus adeptos y se impuso a sí mismo una disciplina tan estricta que pudo controlar las situaciones difíciles que surgieron; y realmente consiguió, para satisfacción propia y de los respetables habitantes de Vermont, separar el placer sexual de los conceptos de infierno y pecado, e incluirlo dentro de los instrumentos para la salvación sobre la tierra.


MUERTE


Aniquilación, Michel Houellebecq, p. 536

En realidad, hasta fecha muy reciente los códigos de cortesía vigentes en su medio social no habían restablecido la obligación de encubrir la propia agonía. La enfermedad en general había sido la primera en convertirse en obscena, el fenómeno se había propagado en Occidente a partir de los años cincuenta, primero en los países anglosajones; cualquier enfermedad, en cierto sentido, era ahora vergonzosa, y las mortales eran naturalmente las más vergonzosas de todas. Por otra parte, la muerte era la indecencia suprema, enseguida acordaron ocultarla todo lo posible. Se abreviaron las ceremonias funerarias; la innovación técnica de la incineración permitió acelerar sensiblemente los procedimientos, y en los años ochenta la situación ya estaba más o menos resuelta. Mucho más recientemente, las capas más ilustradas y progresistas de la sociedad habían optado por esconder asimismo la agonía. Se había vuelto inevitable, los moribundos habían defraudado la esperanza que se depositaba en ellos, a menudo habían sido reticentes a aceptar que su defunción fuera motivo de una megajuerga, se habían producido episodios desagradables. En estas circunstancias, las capas más ilustradas y progresistas de la sociedad habían pactado silenciar la hospitalización, la misión de los cónyuges, o, en su defecto, de los familiares más cercanos, era presentarla como un período de vacaciones. Si se prolongaba excesivamente, algunos habían recurrido a la falacia ya más insegura de un año sabático, pero que apenas resultaba creíble fuera de los ambientes universitarios; de todos modos, rara vez era necesaria, las hospitalizaciones largas habían pasado a ser la excepción, ya que la decisión de la eutanasia solía tomarse al cabo de unas semanas y hasta de unos días. La dispersión de las cenizas la realizaba anónimamente un miembro de la familia cuando había alguno, y si no un joven empleado de la notaría. Esta muerte solitaria, más solitaria de lo que había sido nunca desde los albores de la historia humana, había sido ensalzada en los últimos tiempos por los autores de diversas obras de autoayuda, los mismos que unos años antes enaltecían al dalái lama y más recientemente habían abrazado la ecología fundamental.


PATERNIDAD


Aniquilación, Michel Houellebecq, p. 534

Esta concepción tontamente reduccionista de los sociobiólogos respaldaba curiosamente una ya antigua concepción americana de la infancia, como seguía atestiguando la novela contemporánea norteamericana: cuanto más se reflejaban en ella, con el cinismo más repugnante, las relaciones profesionales, amistosas y amorosas, tanto más las relaciones con los niños se presentaban como una especie de espacio encantado, un islote mágico dentro de un océano de egoísmo; esto todavía podía comprenderse en el caso del bebé, que cuando acurruca su piel tierna contra tu hombro te hace pasar en unos segundos del paraíso al infierno di las rabietas sin motivo, en las que ya manifiesta su naturaleza tiránica y dominadora. El niño de ocho años, santificado como compañero en el béisbol y como travieso hombrecito, aún conserva su encanto; pero muy pronto las cosas se enturbian, como todo el mundo sabe. El amor de los padres a sus hijos es algo constatable, es una suerte de fenómeno natural, sobre todo en las mujeres; pero los hijos no corresponden nunca a este amor y nunca son dignos de recibirlo, el amor de los hijos a sus padres es absolutamente contra natura. Si por desgracia hubiesen tenido un hijo, se dijo Paul, ni a Prudence ni a él se les habría concedido la ocasión de reencontrarse. En cuanto llega a las orillas de la adolescencia, la primera tarea que el hijo se asigna es destruir a la pareja formada por sus padres, y en especial destruirlos en el ámbito sexual; no soporta que tengan una actividad sexual, sobre todo entre ellos, les aplica la lógica de que a partir del momento en que él ha nacido esta actividad ya no posee ninguna razón de ser, no constituye más que un asqueroso vicio de viejos. No es exactamente lo que Freud había enseñado; pero Freud, de todas formas, no había comprendido gran cosa de este asunto. Después de haber destruido a sus padres como pareja, el hijo se dedica a destruirlos como individuos, su preocupación principal es aguardar a que hayan muerto para entrar en posesión de la herencia, como lo demuestra claramente la literatura realista francesa del siglo XIX. Hay que darse con un canto en los dientes si no se esfuerzan en adelantar el momento de heredar, como en los escritos de Maupassant, que no inventaba nada, conocía mejor que nadie a los campesinos normandos. En fin, eso es, en general, lo que sucede con los hijos.


INCIPIT 1.291. UNA LARGA LEALTAD / FRANCISCO RICO


No podría escribir mis memorias, porque sencillamente no las tengo. Las incidencias ordinarias y las rutinas de la vida cotidiana llegan y se me olvidan inmediatamente; y, sobre todo, a la altura de los ochenta años, se me han olvidado. Sólo recuerdo algunos episodios sueltos y las ocasiones más importantes. No puedo no citar a Jorge Luis Borges: «Muchas cosas he leído y pocas he vivido», pero matizando pocas que tenga presentes y no demasiadas de las muchas.

Los textos que he reunido aquí versan sobre autores, filólogos o afines a la filología, a quienes en su gran mayoría he conocido personalmente y hacia quienes profeso una lunga fedeltá (para decirlo con uno de ellos, Gianfranco Contini). Leerlos y tratarlos han sido, ellas sin duda, ocasiones importantes. Las semblanzas y notas críticas que les he dedicado y ahora recojo pueden quizá ofrecer un panorama, no desdeñable por más que parcial, de los estudios literarios a lo largo de un siglo. Pero para mí son sustancialmente un testimonio de gratitud.

Con las excepciones de rigor, me ciño a los aspectos profesionales y técnicos de los trabajos abordados, pero al elegirlos he tomado en cuenta y acentuado discretamente el perfil humano de los autores. Ojalá el lector de estas páginas se sienta atraído por esa imagen y añore haberlos conocido y haber trabado con ellos los lazos que yo tuve.


INCIPIT 1.290. EL DISCRETO ENCANTO DE LA VIDA CONYUGAL / D. KENNEDY


Después de su arresto, mi padre se hizo famoso.

Era el año 1966 y mi padre (o John Winthrop Latham, como lo conocían todos menos su única hija) era el primer profesor de la Universidad de Vermont que hablaba en contra de la guerra de Vietnam. Aquella primavera, encabezó una protesta en el campus que acabó en una sentada frente al edificio de administración. Mi padre lideró a trescientos estudiantes que bloquearon de forma pacífica la entrada durante treinta y seis horas, paralizando así los  asuntos ejecutivos de la universidad. Finalmente llamaron a la policía y a 1a guardia nacional. Los manifestantes se negaron a moverse, y mi padre salió en la televisión nacional cuando lo  llevaban a rastras a la cárcel.

Fue un gran acontecimiento en su momento. Mi padre había sido el instigador de uno de los primeros grandes actos de desobediencia civil de los estudiantes en contra de la guerra, y la imagen de aquel solitario y venerable yanqui, con su americana de cheviot y su camisa Oxford azul perfectamente abotonada, llevado en volandas por un par de soldados del estado de Vermont, dio la vuelta al país en los telediarios.

-¡Tu padre es una pasada! -me decían todos en el instituto al día siguiente de su arresto.

Dos años después, cuando entré en la Universidad de Vermont, cada vez que mencionaba que era la hija del profesor Latham, obtenía la misma reacción.


INCIPIT 1,289. PUTZI. EL CONFIDENTE DE HITLER / T.SNEGAROFF


David no había conocido nunca a ningún nazi. Le temblaban las piernas y se agarraba con fuerza al brazo de su pareja, Judith, que lo acompañaba en ese largo viaje.

El taxi los dejó al final de la calle. Había que bordear el Isar, ese río impetuoso que desaparece en el Danubio. David se detuvo un instante para recobrar la calma. A ese río, de noche para no atraer a los curiosos, habían arrojado las cenizas de los jerarcas nazis ejecutados trás los Juicios de Núremberg. Y las de Goring, que se había suicidado. Contaban que el hombre al que iban a visitar esa mañana de enero de 1973 había sido amigo suyo.

Hacía un frío cortante; sus pasos se imprimían sobre la nieve. Unos pocos pájaros y los árboles descarnados, abedules, fresnos, sauces y álamos plateados, los miraban pasar, insensibles a la angustia que los embargaba. Bordearon una majestuosa mansión blanca que había pertenecido a Thomas Mann y la casa de Ernst Hanfstaengl se alzó ante ellos.


JUDIOS


Putzi. El confidente de Hitler, Thomas Snégaroff, p. 200
Detrás de sus bonitos discursos sobre el mérito y el saber, las grandes universidades de Estados Unidos buscaban por todos los medios reducir el número de alumnos judíos. Era el caso de Princeton, Yale y Harvard. Cuando Putzi se había graduado en 1909, la inmensa mayoría de los estudiantes eran protestantes; menos de uno de cada diez alumnos era judío. Nada más terminar la Primera Guerra Mundial, el rector de la universidad, Abbott Lawrence Lowell, notorio antisemita, se había inquietado por la disminución del número de alumnos protestantes, que ponía en peligro el espíritu «auténticamente norteamericano» que estos insuflaban. En privado, hablaba de su superioridad: estaba convencido de la desigualdad de las razas y de la dominación de los nórdicos, de la  necesidad de la eugenesia y de la lucha contra la inmigración procedente de Europa central y oriental. En 1918, Lowell había descubierto con espanto que el 20 % de los alumnos de su universidad eran judíos. Estaba seguro de que las buenas familias abandonarían el barco, asustadas por esa judaización, reproduciendo un fenómeno que había conocido la Universidad de Columbia. Cuatro años más tarde, sus peores temores se habían cumplido: en Harvard, cerca de un estudiante de cada cuatro era judío. Había que hacer algo, y rápido. El 2 de junio de 1922 se celebró en Cambridge una reunión histórica, en la periferia elegante de Boston. La dirección de la universidad se puso de acuerdo sobre un principio claro: la ratio de judíos había llegado a un máximo. A partir de ese mismo otoño, se aplicó una infame clasificación de los alumnos: «J1» designaba a los alumnos de los que se sabía con certeza que eran judíos; «J2», los que lo eran muy probablemente, y «J3» los que quizá lo fueran. Lowell se pronunció a favor de establecer cupos, algo ya aplicado en Columbia, pero la idea estaba demasiado alejada de los principios de la universidad. Entonces, ante el aumento continuo del número de judíos matriculados -en 1925 representaban ya un cuarto del alumnado-, se decidió eliminar de la selección a algunos institutos conocidos por enviar muchos judíos.

SEÑOR BIBLIOTECARIO


El hombre sin atributos, R. Musil

-Señor bibliotecario-exclamé-, no se vaya sin revelarme antes el secreto de que usted se sirve para desenvolverse en este ... manicomio de libros.

-Señor general-dijo-, ¿desea saber cómo me las arreglo para conocer todos los libros? Se lo puedo comunicar ahora mismo: ¡no leyendo ninguno!

Ya te digo, ¡a poco no resisto más! Pero él, advirtiendo mi sobresalto, pasó a explicarme su afirmación. El secreto de todos los buenos bibliotecarios está en no leer nada de la Literatur a  ellos encomendada, exceptuados los títulos e índices.

-El que se detiene en su contenido está perdido como bibliotecario- así me lo declaró-. Nunca obtendrá una idea de conjunto.

Le pregunté decepcionado:

-Entonces, ¿usted no ha leído nunca libro alguno de los aquí expuestos?

-Jamás, excepción hecha de los catálogos.

-¿Y es usted doctor?

-Claro que lo soy; incluso profesor de la universidad, Privatdozent de ciencia bibliotecaria. Es una auténtica ciencia-comentó-.

Te confío que, cuando se fue y me dejó solo, tuve ganas de hacer una de dos: o prorrumpir en lágrimas o encender un cigarrillo, pero ninguna de las dos cosas me estaba allí permitida.


INCIPIT 1.288. LAS ABANDONADORAS / BEGOÑA GOMEZ URZAIZ


¿ Qué clase de madre abandona a su hijo?

La frase tiene algo de bíblica y se presenta en la boca ya formada, un poco como «¿quién podría matar a un niño?». Conjura además esa cosa sentenciosa y un poco santurrona de las palabras que aparentan sentido común, que presumen de no tener ideología. Todo el mundo  sabe que cuando alguien invoca el sentido común lo que está intentando es que votes a la derecha.

Sin embargo, casi nadie está libre de habérsela formulado en alguna ocasión, al oír o leer sobre una mujer que, en determinado momento, dejó a sus hijos atrás y siguió con su vida de no madre. «Un hijo te cambia la vida» es otra de esas frases de marca blanca, muy repetida y que se formula como algo incontrovertible. Si te la cambia, no puede descambiártela. Es ontológicamente imposible, el hijo no puede deshacerse.

¿Qué clase de madre abandona a su hijo? La peor clase, sin duda.

La pregunta me ha asaltado muchas veces, juraría que contra mi voluntad, como si me encontrase poseída por la moralista que creo no ser, o un tipo de moralista que me incomoda.


INCIPIT 1.287. TRIPTICO DE LA TIERRA / MERCE IBARZ


Ir y volver de Saidí se puede hacer por caminos diferentes, y a mí hace veinticinco años me gustaba en particular la carretera de arriba. El coche de línea nacía en el mismo pueblo, delante de la taberneta, y tenía unas cuantas paradas por pueblos de Lérida antes de llegar a la ciudad. Pero la carretera era recta, recta. Dejábamos Saidí, me volvía a saludar la silueta de la ermita de Sane Antoni y los altiplanos que en el horizonte protegían la ribera baja del Cinca de la aspereza de los Monegros y, enseguida, cada vez, mi madre hacía que me fijara en uno de los viejos pozos que había junto al camino, al que durante la guerra habían arrojado tantos cadáveres. Lo mirábamos y mi madre callaba, hablaba para sus adentros y yo no le preguntaba nada. Todavía no sabía gran cosa del frente del Ebro y de los anarquistas. Era 1968 y yo tenía catorce años, la edad ritual que en el pueblo equivalía a empezar a trabajar en el campo. Así había sido para mis padres y para mi hermano. Pero yo me dirigía a Lérida y después, al acabar el bachillerato y el preuniversitario, me iría a Barcelona. Era una chica, las máquinas ya habían llegado a la agricultura y en casa no me necesitaban 


ROMY


Putzi. El confidente de Hitler, T. Snégaroff, p. 174

En el documental del realizador israelí Chanoch Ze'evi Los hijos de Hitler, descubrimos el insondable sentimiento de culpa de la sobrina nieta de Goring, del nieto de Hoss, de la nieta de Himmler o del hijo de Hans Frank, Niklas. Lo inefable se oculta en las manos, que no saben dónde poner, y más aún en la mirada. Ese sentimiento de culpa fue también el de Romy Schneider; me la imagino de niña, divirtiéndose con los hijos del alto dignatario nazi Martin Bormann, mientras su madre, no muy lejos de allí, bromea con Hitler. «Creo que mi madre tenía una aventura con Hitler», le confió la actriz a la periodista Alice Schwarzef en 1976. Que el Führer admirase a Magda hasta el punto de invitarla regularmente al Berghof es un hecho. El idilio, en cambio, Romy se lo inventa. O puede incluso que fantasee con ello. Las manos de Hitler sobre el cuerpo de su madre; la lengua de Hitler en la boca de su madre ... Ella podría haber sido hija del monstruo. La indignaban todos esos alemanes y austriacos amnésicos o, peor aún, que fingían serlo. Entonces Romy, asqueada, plantó su conciencia en el fuego de la historia. Quiso quemarse. Era el precio que tenía que pagar para liberarse del sentimiento de culpa de ser. Eso, interpretar papeles de judías -Alemania la odiaba por ello- y poner nombres hebreos a sus hijos. Cuando murió, la estrella de David que llevaba al cuello la siguió bajo tierra.


THOMAS MANN


Putzi. El confidente de Hitler, T. Snégaroff, p. 96

Al final del año 1924, Thomas Mann era un hombre realizado. Mientras Hitler se pudría en Landsberg, él había terminado La montaña mágica, iniciada poco antes de la Primera Guerra Mundial.

La novela se había publicado en octubre y había conocido un éxito inmediato. Esa mañana de diciembre, mientras paseaba a su perro a orillas del Isar, acababa de enterarse de que se habían agotado los veinte mil ejemplares de la primera edición y el editor acababa de imprimir otros diez mil.

Según su biógrafo, el teólogo alemán Hermann Kurzke, uno de los mayores conocedores de su obra, Thomas Mann había oído hablar de Hitler ya desde 1921. Ese verano, es decir, cuando Hitler se había hecho con el control del partido nazi, Thomas Mann había aludido a esa «absurda cruz gamada» en un breve texto sobre la cuestión judía. Enseguida, su hijo Klaus había percibido el peligro de la barbarie. Ese invierno de 1924, ambos hombres habían tomado caminos irreconciliables. Hitler había elegido la vía que llevaba al racialismo, que se nutría en especial de los trabajos de Madison Grant, mientras que Thomas Mann, inspirándose en la lectura de Walt Whitman, se había decantado por la democracia y el apego por la república.

Quizá se cruzaran entonces, es muy probable que lo hicieran, en el sendero blanqueado por la nieve que bordea el Isar. Pero si se saludaron, debió de ser de lejos, pues cada cual sabía lo que le reprochaba al otro. Seguramente se desafiaron con la mirada. Unos años más tarde, Thomas Mann abandonaría definitivamente la casa que tanto le gustaba, expulsado por aquel hombrecillo canijo que, recién salido de prisión, paseaba junto al gigantón de Putzi.


UNA MUERTE


Tríptico de la tierra, Merce Ibarz, p.108

Al cabo de dos semanas, cuando las vacaciones de Navidad quedaban lejos e Irene volvía a estar en Barcelona, su madre la llamó desde la centralita del pueblo. La abuela Lola quería verla: cada vez estaba más perturbada, no conservaba ni una pizca de mollera. Elvira estaba muy afectada: nunca se le habría ocurrido, decía, que aquella mujer tan fuerte se resistiría a afrontar las cosas. Irene tenía que prometerle que no le daría cuerda, porque todo aquello no ayudaba en absoluto. No dijo -e Irene tampoco lo preguntó- a quién no ayudaba todo aquello, si a la abuela o a ella.

Cuando llegó a Salavai con el coche de línea, corrió a la habitaci6n de su abuela. La anciana estaba acurrucada en la cama; no ocupaba más espacio que una niña de diez años. Cuando la vio, la joven se quedó sin aliento y creyó que iba a perder también el sentido. Parecía imposible que de aquel pedacito de persona pudiera salir ninguna voz, que pudiera comunicarse. Pero la voz de la abuela Lola no había perdido ni un ápice de autoridad.

-Ha llegado la hora, hija. Tienes que ayudarme, acuérdate: sin dolor. Será complicado, pero escúchame bien, que te cuento cómo va a ir la cosa. Ha habido cambios.

Irene se agachó a su lado, su pecho de dieciocho años pegado a la espalda de la anciana. Lola le dijo que aquella noche había soñado cómo iba a dar a luz: sería por la oreja derecha y enseguida tendrían que darle mucha comida, porque sería un niño que siempre querría más. Para criarlo haría falta la leche de todas las vacas de Salavai (ya no quedaban) y para hacerle la ropa tendrían que vaciar de algodón las tiendas de toda la comarca (solo llegaba nailon). Pero  lo más complicado de todo, dijo la vieja, sería la educación. Si Irene lo hacía bien, cuando el niño fuera hombre podría meterse en su boca, donde encontraría una región  boscosa que sus habitantes cultivarían con amor y armonía. Dijo «armonía» y murió.


EMMANUEL CARRERE


El Reino, Emmanuel Carrère, p. 324
Como nos gusta comunicarnos nuestros ensueños eróticos, le envío a Hélene la dirección del sitio acompañada de un e-mail que es, en síntesis, el capítulo que ustedes acaban de leer: apenas lo he pulido un poco. Ella me responde lo siguiente:
«No ha sido fácil de encontrar, tu morena de los dos orgasmos. He tenido que adivinar la clasificación del logaritmo del sitio para que aparezca por fin en la lista de vídeos que ofrecen en pantalla. He seleccionado a las morenas, las masturbaciones, y descartado a las lesbianas, las parejas, las sodomías, las maduras, y no sigo. Durante esta búsqueda me he cruzado con algunas perlas vintage: pornos con puestas en escena, patas de elefante y coños superpeludos salidos directamente de los años setenta, ya te enseñaré. Cuando aparecieron la viñeta y la leyenda, fue un poco como encontrar a una persona de quien te han hablado muy bien con la esperanza de que te hagas amigo de ella. 
»Estoy de acuerdo contigo: es una muchacha muy bonita. Sobre todo, se mueve con gracia. Infunde elegancia a la masturbación: es eso lo que te gusta. Respecto a si es una profesional, es muy difícil de decir. Como tú, creo que no, pero ante todo está claro que goza de verdad. Si finge, lo hace tan bien que ha debido de acordarse de momentos de placer intensos, lo que en sí mismo es una forma de placer (y el secreto de todas las mujeres que han simulado un día u otro). Es muy raro encontrar orgasmos tan convincentes en el porno. Pero no puedo evitar pensar que es muy reconocible en el vídeo y que esos ocho minutos de su vida en Internet son una forma de suicidio social, o de asesinato si es un regalo que ella hace a un amante que los ha colgado en la red. Hay en ello, por encantador que sea observarlo, algo muy cruel.
»También me he preguntado por lo que tú decías en este texto sobre tu deseo. En principio, y lo divertido es que da la impresión de que ni siquiera te das cuenta de ello, es algo completamente sociológico. Si esta chica te gusta tanto es porque en tus fantasías la concibes como una burguesa extraviada entre las proletarias del porno. No voy a reprochártelo: eres así, me gustas así. Y luego, cuando describes el efecto que te producen sus temblores, la expresión de su deleite, dices otra cosa: que lo que te excita por encima de todo es el placer de las mujeres. Tengo suerte. 
San Lucas, de todos modos, tiene mucho aguante.»

LA HIJA DE JAIRO


El Reino, Emmanuel Carrère, p. 338

De esta historia, me gusta sobre todo la frase: «Señor, no soy digno de recibirte, pero di una sola palabra y mi pequeño estará curado», que en la misa viene a ser: «Señor, no soy digno de recibirte en mi morada, pero di una sola palabra y estaré curado.»

Una historia muy parecida es la del jefe de la sinagoga Jairo, cuya hija de doce años está moribunda. Al igual que el centurión, Jairo pide socorro a Jesús. Éste se dispone a ponerse en camino cuando se abre un paréntesis en el relato. Nota que alguien toca el borde de su manto. Se detiene, pregunta: «¿Quién me ha tocado?» «Nadie en particular», dice Pedro: «Maestro, las gentes te aprietan y te oprimen.» «No», dice Jesús, «alguien me ha tocado, porque he sentido que una fuerza ha salido de mí.» Entonces una mujer se arroja a sus pies. Sangra desde hace mucho tiempo por donde sangran las mujeres, pero ella continuamente, y esta impureza permanente convierte su vida en un infierno. «Hija mía», dice Jesús, «tu fe te ha salvado. Ve en paz.» Cerrado el paréntesis, va a reemprender el camino cuando llega de casa de Jairo un criado que porta la terrible noticia: la niña ha muerto. El padre se desploma. «No temas», le dice Jesús. «Si tienes confianza se salvará.» Y por más que le digan lo que diría yo, que es demasiado tarde, que si está muerta está muerta, Jesús va. Al entrar en la casa con el padre y la madre les dice: «No lloréis, no está muerta. Duerme.» Después despierta a la pequeña, que al instante se pone a jugar.


INCIPIT 1.286. EL LUTHIER DE DELFT / RAMON ANDRES


Detrás de la Nieuwe Kerk de Delft, en la primera casa levantada en un cruce de calles, está lo que buscamos. El taller y la tienda de un constructor de instrumentos musicales, de un luthier, un lugar en el que se obran sonidos, todavía no música. Allí, la madera adquiere forma para dársela al mundo y compensarlo. Una armonía necesaria.

Justo en la mencionada confluencia, cerca de un edificio de no más de tres plantas que discurre paralelo al canal, Carel Fabritius, alumno de Rembrandt y uno de los faros de Jan Vermeer, se situó para esbozar unos apuntes del artesano que espera sentado fuera de su comercio. Era costumbre vender en la calle, ya fueran cuadros, especias, biblias, quesos o jaulas, que en la pintura simbolizaban el amor. Sobre una mesa, a modo de mostrador, un laúd y una viola da gamba aguardan unas manos distintas, aquellas que no desean tener causas con el malvivir ni los apremios.

El cuadro está fechado en 1652; su título, Vista de Delft con el puesto de un vendedor de instrumentos musicales. Una obra que apenas mide lo que una caja de zapatos, un rincón de 15,4 x 31,6 donde cabe una historia. No puede dejar de repararse en el ademán abismado del protagonista, en el gesto que no acertamos a saber si es de incertidumbre o de simple vacío, vigilia de uno mismo. Si creyéramos en el destino, llegaríamos a pensar que ese rostro reflexivo esconde una meditación sobre la muerte, una premonición. Fabritius murió dos años después de pintarlo, muy joven, en medio del estallido de un polvorín, que seguramente debió de tiznar aquel espacio


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