Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

incipit 1.609. KOLJOS / EMMANUEL CARRERE


1. EL HOMENAJE DE LA NACIÓN

Los órganos constitucionales

El 3 de octubre de 2023, cincuenta y tres días después de su muerte, la nación rinde homenaje a nuestra madre en el patio de honor de los Inválidos. Banderas, uniformes, charreteras, condecoraciones. La orquesta de la Guardia Republicana interpreta, muy bien, el adagio de la sinfonía Júpiter y, para darle el toque ruso, la Serenata de Chaikovski. Seremos unas doscientas personas esperando en un cuadrado de sillas de plástico blanco, delimitado por unas catenarias de cordón rojo, al fondo del inmenso patio adoquinado: familia, invitados de la familia, miembros de la Academia, ministros, representantes de los tres ejércitos –tierra, mar y aire– y de los órganos constitucionales, es decir, las más altas instituciones de la República. Durante una hora, el sol calienta que es una delicia. Luego desaparece tras el tejado y de pronto hace mucho frío. Nos arrepentimos de no habernos abrigado más. Nuestro padre, sentado en una silla de ruedas, va envuelto en una manta. No sé qué entiende, exactamente, de lo que está pasando. A ratos parece olvidar que se ha quedado viudo.

 

 

 


INCIPIT 1.608. EL EDIFICIO / DAVID MONTEAGUDO


LA ARAÑA

Acababa de entrar en la habitación. No había dado ni dos pasos, en dirección a la librería, cuando vi la araña. Me paré en seco. Al principio sólo vi una mancha oscura en el techo, algo que mi vista detectó inmediatamente como una presencia inhabitual en la estructura de la habitación, algo que no tenía que estar ahí. Después, cuando dirigí la mirada hacia ella, pensé por unos instantes que se trataba de algún objeto decorativo, una lámpara o algo por el estilo. Me recordó fugazmente a la lámpara que hay en el Palau de la Música, no por el color, sino por la forma, por la estructura, que es como si el techo se hubiera licuado hasta condensar una gota que empieza a colgar formando un bulto redondo. Y de pronto me di cuenta, con un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo, de lo que era en realidad.

Para explicar las cosas hay que construir frases y acumular un montón de palabras. Pero el pensamiento va mucho más rápido. Todo el proceso mental que he descrito no duró, en realidad, ni un segundo. Seguramente, percibí la presencia de la araña cuando todavía estaba dando el último paso; y cuando el pie se apoyó en el suelo, mi mente ya había transitado por todas las fases que he descrito. En realidad, todo el episodio que voy a narrar sucedió en un lapso de tiempo vivido con una agónica intensidad pero extraordinariamente fugaz, inferior, en todo caso, a los diez segundos.

 


INCIPIT 1.607. COLOQUIO DE INVIERNO / LUIS LANDERO


8 de enero de 2021. Ya anocheció, pero aún es pronto para recogerse. Los siete comensales —fatigados por el aburrimiento, perdida la vista tras las ventanas, en el resplandor pálido de los remolinos de nieve— rodean una mesa con los remanentes de la cena: platos rebañados con manchas de yema, regojos, pellejos de embutido, cortezas de queso, mondas de mandarina, restos de helado y vino. Al fondo, sentados a una mesa, un hombre y una mujer juegan a las cartas.

Ya se han presentado, ya han hablado todo cuanto suele hablarse entre desconocidos en casos así, según lo pide la buena educación y la mera costumbre, y ahora, acabada la cena, sin saber qué hacer ni qué decir, se quedan como alelados, viendo nevar, sintiendo el lento, el anodino, el fastidioso y desesperante transcurrir del tiempo. Ya en la cena han hablado del virtuosismo con que el destino rige las vidas de los pobres humanos, y se han puesto a sí mismos de ejemplo: no hay más que ver de qué manera tan simple pero a la vez tan intrincada han llegado hasta aquí.Aquí escribes el contenido. Aquí escribes el resto del contenido que no se vera.

INCIPIT 1.606. COMERAS FLORES / LUCIA SOLLA SOBRAL


El día en el que mi padre murió, hacía sol y yo tenía hambre. Mi padre murió y bajé a Frida a hacer pis. Mi padre muerto y yo lavándome el pelo, eligiendo pendientes, probándome blusas. Ese día tuve que comprar el pan exactamente como cada día, ni muy tostado ni muy crudo, tender la ropa a la vuelta del tanatorio y ponerme los retenedores antes de dormir. Esa noche, vi a mi sobrino llorar y reír. Yo también lloré y reí. No sabíamos qué hacer con tanto dolor en los pulmones. Por las mañanas, me despertaba como si me hubiese quitado un peso de encima. El de la espera constante a la muerte desde la silla para las visitas. Papá había muerto y ya no tenía que esperar a que muriese más. Escuchaba sus zapatillas arrastrándose por el pasillo a la misma hora a la que él se levantaba de madrugada para ir al baño, pero papá ya estaba muerto y sus zapatillas guardadas en el neceser que trajimos de vuelta del hospital. Su teléfono seguía sonando, porque su operador no sabía aún que papá estaba muerto. Al principio, no quisimos dar de baja la línea. No por si volvía, sino porque la muerte es contagiosa y se nos quitaron un poco las ganas de vivir


INCIPIT 1.605. EPIFANIA / ISRAEL MERINO

 

Los niños no se esperaban aquellos dos impactos certeros: uno contra el capó del coche y otro contra la tierra. Nadie, pese a lo cerca que estaba el cerro de los Curas, rezó al escuchar el estruendo.

Con el primero, sus cuerpos ya sin vida volaron haciendo parábolas hasta llevarse el segundo contra el suelo y rodar varios metros. La sangre olía a valvulina y el campo a los hijastros sucios de las uvas inmaduras que presagiaban la primavera.

La madrugada era tímida y casi no dejaba ver las estrellas. A ambos lados de la carretera comarcal, el horizonte se perdía más allá de la larguísima planicie, árida y marrón. Apenas había algo más que vides, algún olivo maltratado y dos cuerpos inertes sobre el asfalto.

La madrugada era tímida y casi no dejaba ver las estrellas. A ambos lados de la carretera comarcal, el horizonte se perdía más allá de la larguísima planicie, árida y marrón. Apenas había algo más que vides, algún olivo maltratado y dos cuerpos inertes sobre el asfalto.

 

 


STALIN

 


Arca, Ricardo Menéndez Salmón,  p. 308

-¿Quién considera que ha sido el escritor más portante del siglo veinte? -pregunta.

-No soy aficionado a los juegos que plantean pre guntas sin respuesta, Claudio. No lo sé. ¿Proust?

-No le he preguntado por el mejor escritor, sino el más importante.

-¿Lo ve? Por eso no quiero jugar. De verdad. Dígamelo usted.

-Vamos –insiste-, no sea aguafiestas. Pruebe. Aventure otro nombre.

-Joyce, Borges, Faulkner- digo, a sabiendas de no son los nombres que Zaggia quiere escuchar.

-Tampoco le he preguntado por los escritores más importantes para la historia de la literatura, sino por el más importante a secas. Incluso para quienes nunca han leído un libro. Buscamos un sismógrafo, alguien que haya detectado el ruido particular de la época.

- Kakfa.

-Ahora habla en serio.

- Beckett

-No se extravíe. Regrese al mundo, Beckett escribió para destruir la posibilidad del lenguaje. No está de nuestra parte. Nosotros buscamos luz, queremos comprender.

-¿Orwell?

-Magnífico. Extraordinario, en realidad. Aunque Kafka y Orwell nos entregan el mapa incompleto. Falta el nexo que los une, Le doy otra oportunidad.

-No se me ocurre nadie que los supere —reconozco- Hay epígonos, pero no son ellos.

-Stalin -anuncia Zaggia sin que le tiemble la voz-. Stalin sintetiza en la vida cotidiana las ficciones que Kafka y Orwell plasmaron en papel. Su obra, la Unión Soviética, abraza el hallazgo central de Kafka, la idea de que vivir es sinónimo de ser culpable, y el descubrimiento basilar de Orwell, la certeza de que quien detenta el discurso detenta el poder y, por extensión, detenta la capacidad de que la realidad diga lo que el poder necesita.

 


EL PADRE DE PPP


Arca, Ricardo Menéndez Salmón, p.306

-Hay nombres tan evocadores –anuncia- que tenemos la sensación de que solo podrían existir dentro de una novela. Por ejemplo, el de Anteo Zamboni. Paladee el nombre. Las  reminiscencias mitológicas de Anteo. La musicalidad soberbia de Zamboni. Sucede sin embargo, que la vida es más sugestiva que cualquier novela. Más caprichosa y cruel. El 31 de octubre de 1926. en Bolonia. a ciento setenta quilómetros de este estudio, Anteo Zamboni disparó contra Benito Mussolini. Anteo era un jovencísimo anarquista de quince años. Las cosas sucedían de forma veloz en aquel tiempo. Uno se hacía hombre pronto. También envejecía deprisa. Claro que a Anteo no le dio tiempo a envejecer. Una turba de squadristi lo linchó tras el atentado. El periodista e historiador Marco Cesarini Sforza aporta detalles al respecto: innumerables patadas, huellas de estrangulamiento, un disparo de revólver, catorce puñaladas. Yo he visto, al menos, tres fotografias del cadáver de Zamboni. Le puedo asegurar que son pavorosas. ¿Me sigue?

 -Hasta aquí  -prosigue Zaggia- le he mostrado otra muesca más en el imaginario de la rebelión y de la violencia. Nada nuevo bajo el sol, por descontado: los humillados y los ofendidos, los tiranos y los verdugos, los mártires y los soldados. Pero la pirueta de la Historia se esconde entre líneas, como el lobo del cuento. Y dibuja un arco que solo se cerrará medio siglo más tarde del atentado fallido y el linchamiento del muchacho. Porque el hombre que detuvo a Anteo y lo identificó como el autor del disparo era un oficial de caballería que tenía igualmente un nombre novelesco. Se llamaba Carlo Alberto Pasolini. Su hijo, Pier Paolo, también sería linchado en el balneario de Ostia el día 2 de noviembre del año 1975.


Angelus Novus

 


 Angelus Novus, Walter Benjamin

«Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus —escribió Benjamin—. En él se representa a un ángel que parece como si estuviera a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deber ser el aspecto del ángel de la Historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.»

 


INCIPIT 1.604. ARCA / RICARDO MENENDEZ SALMON



El silencio se adueña de nosotros

Hoy he despertado con la sensación de que había alguien en la cama, a mi lado. Todavía con los ojos cerrados he alargado una mano, la derecha, y he podido sentir el hueco que el fantasma había dejado durante el sueño. Lo llamo fantasma a falta de una palabra mejor, porque no había nadie junto a mí. De hecho, desde que llegué a la Laguna nadie ha pasado una noche conmigo en esta casa. Nadie salvo yo ha dormido en estas sábanas.

 

Así que he permanecido tendido, demorando el momento de abrir los ojos, mientras recorría la superficie del colchón y buscaba una sustancia, una forma, una carne que ocupara aquel suave vacío. He pensado primero en mujeres, pero todas se parecían a los retratos de las obras que cuelgan en las salas de la Accademia, mujeres confabuladas con la Historia y con los mitos, detenidas en el gesto de contemplar al Hijo, de elevarse a los cielos en un rapto místico, de padecer alguna ignominia absurda junto a las fervorosas tribus del desierto. Después he pensado en algún hombre que encajara en el molde del fantasma, pero solo han acudido a mi recuerdo las caras curtidas por la intemperie y talladas por el alcohol de los tipos de aspecto proletario que devoran cicchetti en Cannaregio, violentos, sucios y obscenos, con camisetas a rayas y barrigas abultadas, de modo que he alejado esa compañía obligándome a abrir los ojos. En ese instante un calambre ha recorrido mi mano, como si el fantasma hubiera escapado dando un latigazo, y lo primero que he visto ha sido una franja de luz cruzando el fresco que los propietarios encargaron a un artista anónimo pero de indudable talento para decorar esta estancia de Ca’ Barbarigo.

 


LA VEJEZ


Despedidas, Julian Barnes, p. 200

Dicen que cuando envejecemos, a menudo recuperamos recuerdos olvidados de la infancia. Al mismo tiempo perdemos la capacidad de recordar los años intermedios. A mí todavía no me ha ocurrido pero puedo imaginar cómo avanzará a medida que se vaya consolidando la senectud. Nuestro espacio mental quedaría ocupado de vívidas escenas tempranas, seguidas de un largo espacio en blanco, y luego un plausible y fútil presente en el que los días repetitivos  y las confusiones reiteradas, se irían enturbiando. Nuestras vidas, en otras palabras, se reducirían a una historia con un gran agujero en el centro.


PROUST


Despedidas, Julian Barnes, p. 200

Así que, por volver a Proust, ahora nos parece absolutamente cierto e inmutable que en su obra En busca del tiempo perdido las puertas de la memoria se abren de la mano de una magdalena mojada en una taza de tila, como la que le daba su tía Léonie cuandoera un niño. La magdalena es un emblema perfecto, porque tiene la forma de una vieira, la concha de los peregrinos, y Marcel está a punto de emprender un particular peregrinaje en busca del tiempo perdido. Y sin embargo..., sin embargo, en 1907, cuando Proust estaba trabajando en el primer volumen de su novela, era un pedazo de pan duro mojado en una taza de té lo que lo impulsaba a este jubiloso viaje al pasado. Y en la versión siguiente, era un trozo de pan tostado. Y en algún momento de 1908, una especie de galleta dura. Si hubiera escogido cualquiera de estas variantes, habríamos aplaudido de buen grado su elección, señalando que los ricos recuerdos pueden surgir de fuentes humildes, al igual que —según la propia comparación de Proust— unos pedacitos rotos de papel, arrojados al agua, pueden transformarse en flores japonesas. Qué idónea y correcta habría parecido cualquiera de estas ideas preparatorias.


K.

               


1922, Rivero Taravillo, p. 158

En su angustia, la posibilidad de la muerte es un quicio por el que puede llegar la liberación, tan deprimido está. El 30 de junio, un hermoso día en Praga, se jubila antticipadamente de su puesto en una mutua de accidentes laborales donde tenía un prometedor futuro. A ver, hay firmar aquí, aquí y aquí. Por triplicado. Eso es. Un momento que le pongo el sello. Así. Ya está. Esta es su copia. Le deseamos lo mejor, señor Kafka. Cuídese.

Libre de sus obligaciones y horarios, y con una pensión de mil coronas mensuales, que estira en su vida frugal y sin pretensiones en el confín sur de Bohemia, Franz Kafka es huésped de su hermana menor Ottla y aprovecha para continuar la novela El castillo, que comenzó a escribir en febrero. Su amigo Max Brod ha leído un avance ese verano,y lo insta a que siga trabajando en la narración del enigmático K., pero la obra quedará inconclusa a su muerte dos años pues, y ya se publicará póstumamente.

Kafka ofrece en su propia vida una versión distinta de la relación Ulises-Telémaco, Dedalus-Bloom, Cummings-Pound, y lo demuestra en su «Carta al padre». Para él, progenitor es una figura opresora, no suavizada por admiración ninguna, alguien que le quita el aire como una planta hurta el oxígeno en una habitación cerrada de noche. En pocos párrafos queda esto más patente, como cuando lo imagina ocupando todo un mapamundi desplegado y le parece que para su vida sólo se pueden tomar en consideración los lugares que están libres del padre. ¿Pero cuáles, si los ocupa ocupa absolutamente todos?


JAMESIANA


Despedidas, Julián Barnes, p 194

Henry James, siempre sagaz y sutil, lo expresó así. En 1892, rememorando a su difunto amigo James Russell Lowell, escribió que uno de los efectos de la muerte es que «alisa los pliegues» de la persona que conocimos. «La figura que perdura en la memoria se comprime e intensifica; han desaparecido detalles fortuitos y las sombras ya no cuentan; representa, nítidamente, unas pocas cosas apreciadas y amadas. y no, nebulosamente, una multitud de posibilidades.”


CANCER DE JULIAN BARNES


Despedidas, Julián Barnes, p 162

El cáncer la acabó atrapando, por supuesto. Digo por supuesto porque el porcentaje de la población británica que lo contraerá es ahora mismo uno de cada dos. Antes, en mi generación era uno de cada tres (lo que me indujo a pensar que tal vez podría librarme), pero ahora las probabilidades son mayores. Perdón por deprimirte si no lo sabias. Parte de la culpa es nuestra, por vivir más años. Desde luego, los tratamientos mejoran constantemente, las prognosis por lo general nos ofrecen unos años extra, los analgésicos son más eficaces, etcétera. Pero, aun así, uno de cada dos, ¿eh? Después del diagnóstico, Jean decidió que la naturaleza siguiera su curso. Como le dijo a su médico: «A mí me interesa vivir, no solamente existir». Un sentimiento que muchos comparten, pero que a menudo se tambalea cuando se vislumbra el final.

Tengo un amigo cuyo hermano murió de cáncer hace unos treinta o cuarenta años. Sufría dolores extremos, la enfermedad era incurable. Un día le dijo a mi amigo: «Si yo fuera un perro me pegarías un tiro. ¿no?». Y era verdad. Hoy, los cuidados paliativos caninos también han mejorado, pero aun así. Casi todos morimos como perros; siempre lo he pensado.

 


INCIPIT 1.603. DESPEDIDAS / JULIAN BARNES


El otro día descubrí una posibilidad alarmante. No, algo peor: un hecho alarmante.

Una vieja amiga, que es radióloga, lleva años en­viándome fragmentos sacados del British Medical Journal. Sabe que mis intereses tienden a lo morboso y lo extremo. En mi memoria – ese lugar donde de­gradación y embellecimiento se superponen– tengo archivados casos de pacientes que reventaron porque un bisturí eléctrico inflamó sus gases corporales, y otros a los que, en los primeros tiempos de la reso­nancia magnética, las grapas quirúrgicas se les clava­ron en la carne como fragmentos de metralla. Estos relatos van a veces acompañados de fotos: por ejem­plo, las de un hombre que se dejó crecer las uñas de los pies hasta tal longitud curva – varios metros, según recuerdo– que durante años no pudo andar. Luego está esa tarea cotidiana de los médicos que consiste en extraer objetos insólitos que alguien se ha tragado – como bolsitas de clavos– o se ha introducido por la fuerza en el recto. (Antiguamente, entre estos autoimplantes anales se estilaban los bustos en miniatura de Napoleón, un hábito que sin duda añadía patriotismo al placer.)

 

 

 


HARRISON FORD


Didion y Babitz, Lili Anolik, p. 186

En esa granja también vivía Harrison Ford. “Harrison se aloiaba en un tipi en nuestra granja durante la semana ´dijo Marshall-. Como pago del alquiler, nos construyó un gallinero y un corral para la cabra. Los fines de semana se iba a su casa con Mary (su mujer) y los niños. Todavía no actuaba porque se negaba a hacer televisión. En lugar de eso hacía de carpintero. trabajaba para Joan y John Didion y les construyó un porche”.

Construir. construir y nunca acabar.

Joan Didion y John dejaban que Harrison hiciera lo que quisiera en lo que respecta a la carpintería -dijo Eve-. Tuvieron que esperar años a que acabara el balcón o el porche o lo que fuera. A ver, sí que John esperaba de Harrison que se comportara como un carpintero e hiciera el trabajo por el que le pagaba. Pero Harrison no lo hacía. Solo andaba por ahí tirado fumando hierba. El único que comprendió cómo había que tratarlo fue Fred Ross». Ross, un novio intermitente de Eve Babitz iba a ser el director de reparto de American Graffiti (1973), la primera oportunidad de Ford, y posteriormente el asesor de reparto de La guerra de las galaxias (1977), la gran oportunidad de Ford. “Fred se compró una casa en Laurel Canyon que se caía a trozos, había que renovarla entera. Fred hizo que Harrison acabara todas las tareas que le encargó y sólo entonces convirtió a Harrison en una estrella del cine”.


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