Fractal, Andrés Trapiello, p. 155
El Pórtico estaba encofrado por
completo con andamios, de modo que pude subirme a uno de ellos y mirar de cerca
aquellas figuras agrestes y rudas, con Santiago, el Pantocrátor y toda la corte
celestial. Eran figuras como talladas por alguien solo con el oficio a medias,
y tomadas una a una, aisladas, producirían escasa impresión o una impresión
penosa, ya que no eran más que trozos inexpresivos de piedra. Muchas esculturas
del románico es lo que no tienen, su barbarie, su carácter elemental, como esas
figurillas que se venden para hacer los belenes. Como a las figuritas de belén no
se les podía pedir a aquellas esculturas del Pórtico emociones, sentimientos, ni
siquiera la belleza del cuerpo. Casi se diría que no tienen alma. Ahora,
juntas, formaban un conjunto admirable, como esas polifonías antiguas que se
sostienen únicamente en la voz. Emocionaba de ellas saberlas depositarias de
una fe y unas vidas extraordinarias, las de todos los peregrinos que han
llegado hasta ellas desde los confines de la cristiandad.
Imaginaba lo que sería un lugar
como ese hace solo ochenta años, antes del boom del turismo. Un día de lluvia,
un corto día de invierno, los soportales de techo tan bajo, las calles
estrechas, los comercios angostos y profundos, las bombillas avaras de los
curas. Cuando se ven las fotografías en blanco y negro en las guías antiguas de
Otero Pedrayo, en la de Castroviejo, en los libros de Cunqueiro, se le encoge
el corazón a cualquiera, del tenebrismo levítico de la localidad. Y escuchar la
lluvia perpetua sobre las losas que empedran las calles, todo el día, lenta y
suave, interrumpida cada hora por las campanadas graves de las iglesias y los
conventos, y así un día y otro día ... Dejémoslo ya porque me estoy deprimiendo
yo solo.
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