Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

DEL HOLOCAUSTO


Fin, KO Knausgard, p. 710
Ningún ser humano puede decir cuál es la causa del exterminio de los judíos. Resulta imposible trazar una conexión entre, por ejemplo, el embrutecimiento de las mentes en la Primera Guerra Mundial, los movimientos alemanes populistas de la época de antes de la guerra, el floreciente nacionalismo entre las dos guerras, el gran crac, la inflación y el desempleo en masa, el desarrollo de la biología racial, el odio y el carisma patológicos de Hitler, la humillación de Alemania tras el Tratado de Versalles y el exterminio de los judíos, porque esa conexión no existe. El exterminio de los judíos fue algo que se desencadenó en esa sociedad, un suceso dentro de ella, pero algo a lo que ella misma ni pudo ni quiso poner nombre, y ya entonces, cuando los primeros trenes de judíos se dirigían hacia el este, era algo casi irreal, algo que estaba teniendo lugar en la periferia de lo humano, mudo y casi invisible, porque lo que compartían los pocos que lo vieron es que le dieron la espalda. Se trata del silencio con el que se encontró aquel obrero ferroviario polaco que era entrevistado en Shoah. Ese silencio, eso era el exterminio de los judíos. El sonido de lo humano que de repente cesó, el silencio que se posa sobre ese paisaje que acaba de resonar. El viento que de vez en cuando zumba por entre los árboles, golpes que se oyen a lo lejos, sonidos desolados. ¿Cómo era posible que tanta gente, más de mil personas, pudieran enmudecer? ¿Dónde estaban? El silencio es la nada cuando lo que era ya no es, y eso es lo que hace imposible entender el suceso, el exterminio de los judíos es lo que no es. Sí, es nada. ¿Cómo podemos relacionarnos con aquello de un modo verdadero? Si elegimos a alguien que lo represente, un individuo con nombre e historia, familia, amigos? lo convertimos en un destino, es decir, le otorgamos dignidad, porque ese individuo la tenía solo en virtud de ser un individuo, pero era justamente la dignidad lo que estaba ausente en el exterminio, y esta ausencia lo que lo posibilitó. Si no elegimos a alguien que lo represente, si no ponemos nombre a las víctimas, sino que pensamos en ellas como seis millones, lo generalizamos, y eso tampoco es verdad, nunca fueron exterminados seis millones de judíos, fue uno por uno seis millones de veces. Las perspectivas se excluyen recíprocamente.

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