Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

INCIPIT 420. AL LIMITE DE PYNCHON

Es el primer día de la primavera de 2001 y Maxine Tarnow, a la que algunos todavía guardan en la memoria con su apellido de soltera, Loeffler, lleva a sus hijos a la escuela. Sí, es más que posible que ya no estén en edad de necesitar acompañante, y también es posible que Maxine se resista, todavía, a dejarles ir a su aire, además, son sólo un par de manzanas, le pilla de camino al trabajo y le gusta hacerlo, así que ¿qué tiene de malo?
Esta mañana, por las calles, da la impresión de que hasta el último peral de Callery del Upper West Side ha reventado por la noche en racimos de flores blancas. Mientras Maxine mira, la luz del sol se abre paso más allá de los perfiles de los tejados y los depósitos de agua hasta el extremo de la manzana, e incide en un árbol en concreto, que de repente se ilumina.
—¿Mamá? —Ziggy, con su prisa de siempre—, eh, vamos.
—Chicos, no os lo perdáis, ¿habéis visto ese árbol? Otis se entretiene un suspiro contemplándolo.
—Increíble, mamá.
—Mola —coincide Zig.
Los chicos siguen adelante. Maxine se demora medio suspiro más mirando el árbol antes de alcanzarlos. En la esquina, por un acto reflejo, realiza un bloqueo baloncestístico, como si quisiera interponerse entre ellos y cualquier conductor cuyo concepto del deporte consista en aparecer por la esquina y arrollarte. La luz del sol reflejada por las ventanas de los apartamentos que dan al este ha empezado a formar dibujos borrosos sobre las fachadas de los edificios al otro lado de la calle. Autobuses articulados, nuevos en estas rutas, reptan con cautela por las calles transversales de la ciudad como insectos gigantescos. Se levantan persianas de acero, camionetas tempraneras aparcan en doble fila, hombres con mangueras

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