Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

FAULKNER

WF es sorprendente, algunos autore te pueden gustar más o menos; pero WF siempre te empuja al máximo y nunca defrauda. Tenemos la ocasión de leer su gran novela: Relatos, esa magna obra que completó en 1950. De entre miles de joyas, dos topacios:

Hemos terminado por ser como esas criaturas que los médicos podrían haber creado en un laboratorio, criaturas que han aprendido a despojarse de los huesos y de las entrañas y pese a todo seguir vivas, mantenerse indefinidamente con vida, con vida acaso para siempre, sin siquiera saber que los huesos y las entrañas las han dejado atrás. Nos hemos despojado de la columna vertebral; hemos decidido poco más o menos que un hombre ya no tiene necesidad de columna vertebral; tener columna vertebral es una antigualla. Pero el surco en que estaba la columna vertebral sigue estando en donde siempre estuvo, y la columna vertebral también se ha mantenido con vida, y algún día volveremos a colocárnosla en su sirio. No sé bien del todo ni cuándo ni cuánta torsión hará falta para que lo entendamos y lo terminemos de aprender, pero será algún día.
[…]
Sí, señor. Nos hemos olvidado de los lugareños, de la gente.
La vida se ha abaratado a más no poder, se lo digo yo, pero de barata la vida no tiene un pelo. La vida posee un valor inmenso. No me refiero a ese ir pasando de un cheque de la Administración de Ajustes Agrarios al siguiente que llegue, sino al honor y al orgullo y a la disciplina que bastan para que un hombre sea digno de preservación, para que posea algún valor. Eso es lo que hemos de aprender de nuevo. Puede que cueste lo suyo, que cueste incluso mucho, que nos vuelvan a enseñar todo eso; puede que fuese la
caminata hasta Virginia, porque de allí es de donde era su madre, y el perder una guerra y volver desde allá también a pie, puede que eso fuera lo que le enseñó al viejo Anse. Sea como fuere, parece que él sí lo supo aprender, y tan bien lo aprendió que se lo dejó en herencia a sus hijos. ¿Se ha dado usted cuenta de que todo lo que tuvo que hacer Buddy fue decir a sus hijos que era hora de marcharse, porque el Gobierno les había mandado aviso? ¿Se ha fijado cómo le dijeron ellos adiós? Hombres hechos y derechos que se dan un beso sin nada que ocultar, sin vergüenza ninguna. A lo mejor es justamente eso lo que intento decir... Ea —dijo—. Así ya va bien.
WF Los altos

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