Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

INCIPIT 1.613. LA ANTARTICA EMPIEZA AQUI / BENJAMIN LABATUT



Un verdadero soldado no es un hombre.

               A los sesenta y cuatro años, el poeta Karol Vasek fue postulado al Premio Nacional de Literatura, para sorpresa tanto del mundillo literario como de la mayor parte de los lectores chilenos. Los demás candidatos eran narradores o poetas de renombre, y uno de ellos había ganado el Premio Príncipe de Asturias poco antes, así que todos pensaban que él lo recibiría a modo de reconocimiento posterior, siguiendo ese reflejo tan típico de Chile, que valora el éxito en el extranjero más que cualquier otra cosa.

                Según las bases de nuestro máximo galardón literario, cualquier autor chileno que hubiese «consagrado su vida al ejercicio de las Letras» podía ser nominado al premio, pero la candidatura de Vasek fue completamente inesperada, y parecía imposible que el jurado la aceptara. De su vida se sabía poco, de su literatura, todavía menos: había nacido en el sur de Chile, publicado solo cuatro libros de poesía –imposibles de encontrar– y servido en el Ejército chileno brevemente, durante los años previos a la dictadura.


Eve Babitz


Didion y Babitz, Lili Anolink, p. 58

Movimiento #MeToo— si alguna vez había que los hombres se aprovechaban de ella. Me miró abriendo mucho los ojos detrás de aquellas gafas a lo Marilyn en Cómo casarse con un millonario. y dijo: «¿Qué hombre podría aprovecharse de mí? Lo normal era que me acostara con ellos antes de tener ocasión de aprovecharse».

Pero., por otra parte, hablaba sin libertad alguna. No sacaba los trapos sucios o entraba en detalles impúdicos a no ser que la empujaras a ello. E incluso así, no soltaba. Por ejemplo, una vez tuve que preguntarle por el paquete de un antiguo novio suyo, el cantante de Jim Morrison. (YO estaba comprobando la histona había contado otro antiguo novio). «Sí, supongo que la polla de Jim era grande —dijo—. Yo no me di cuenta. Las polllas grandes  nunca formaron parte de mi... —hizo una pausa tratando de pensar en la palabra justa— criterio».

 


La casa invadida


Reina del grito, Desirée de Fez, p. 198

La casa invadida

SARA MESA, escritora

En Un amor, la protagonista alquila una casita y su casero, que es una persona muy invasiva, entra incluso cuando está ella dentro. Es un miedo que siempre se me ha manifestado a través de sueños, que alguien entrara en mi casa c invadiera mi espacio. Yéndome un poco por el psicoanálisis, diría que hay un miedo a la violación, porque ahí entran en tu intimidad. Además, en los sueños se supone que la casa eres tú.

Este asunto de los límites de la privacidad y la intimidad, de cómo una persona consigue entrar en tu vida hasta el punto de modificar tus conductas y de hacer que te tengas que ocultar o que tengas que fingir... Eso es un tema recurrente mío y es lo que realmente me da miedo: todo lo que conlleva una pérdida de libertad con las personas que te rodean (y que muchas veces, teóricamente, son quienes te quieren).


ICARIA


Koljós, Emmanuel Carrère, p. 379

ICARIA

El presente

La población de Ucrania se divide hoy en dos bandos: los que luchan y los que no. Se supone que todo el mundo, al menos los hombres, tiene que luchar, pero los más listos se las arreglan para escaquearse. Inicialmente voluntarios, y cada vez más a menudo movilizados contra su voluntad, los civiles que luchan son considerados héroes pero, conforme la guerra se alarga y se empantana, ese heroismo se vuelve cada vez más desesperado. Los que están en el frente tienen cada más claro que solo volverán en un ataúd, u horriblemente mutilados. Las vidas de los combatientes son vidas arruinadas. Inevitablemente, la unidad nacional de los primeros dias se resquebraja. Los que sirven de carne de cañón ya no se contentan con mirar por encima del hombro a los que se esconden y a los fugitivos. Los odian. No les faltan motivos, como tampoco les faltan para temer que a la guerra con Rusia la siga una guerra civil.


“Vivíamos tan bien”


Koljós, Emmanuel Carrère, p. 52

“Vivíamos tan bien”

En verano, en el curso de almuerzos en  los que rara vez se juntaban menos de diez comensales, a veces ocurría que el mayordomo se inclinaba hacia el señor y le decía al oído que fuera había  un grupo de aldeanos que querían verle. El señor arrugaba la servilleta, rogaba que lo excusaran y salía a ver a los aldeanos. Venían a pedirle que mediara en tal o cual conflicto rural, o a reivindicar derechos: dejar pastar a su ganado en los prados del señor, coger setas en sus bosques o talar algunos árboles. Si, como solía ocurrir siempre, se les concedía la petición, una veintena de brazos vigorosos levantaban al señor y, en señal de gratitud alegre, lo lanzaban al aire como si fuera una crepe. La familia y los invitados seguían comiendo, las miradas dirigidas a las ventanas entreabiertas tras las cuales tenía lugar esa experiencia de levitación. «Allí aparecía, durante un momento, la figura de mi padre con su traje blanco de verano ondulado por el impulso, magníficamente despatarrado en el aire, las extremidades en una actitud curiosamente despreocupada, sus bellas e imperturbables facciones vueltas hacia el cielo. Por tres veces, impulsado por los potentes envites de sus invisibles lanzadores, volaba de esa guisa, y la segunda vez subía más alto que la primera, luego, en el último y más elevado vuelo, aparecía reclinado, como si fuera para siempre, contra el azul cobalto cielo de mediodía de verano.» Nunca, en ningún sitio,  he oído hablar de este ritual que Nabokov describe así en recuerdos de infancia, y me pregunto si se lo inventó, fue algo excepcional que ocurrió una vez y adquirió el rango de leyenda o si, como parece indicar el uso del imperfecto, era relativamente frecuente en casa de los Nabokov y solo en su casa.


NABOKOV


Koljós, Emmanuel Carrère, p. 38

Nabokov era una especie de extraterrestre;  a veces, leyéndolo, uno dice que era al Homo Sapiens lo que este era al cromañón: un ser más elevado en la escala la evolutiva, dotado en grado sumo de facultades que  en la mayor parte de sus congéneres se hallaban en un estado tosco e incipiente. Su agudeza sensorial solo es comparable a su capacidad de describir y nombrar.  Los insectos, las setas, las hierbas, nada en su mundo iridiscente es genérico. “Una mariposa”, eso no existe; o solo en la cabeza abstracta y reseca de intelectuales como mi abuelo, lo que existe es el ícaro azul, el taladro rojo, el piral del roble y de la encina, el arrán marrón, la carmelita de Sievers. la geómetra esmeralda. Nabokov distinguia al oído el rumor en el aire de las hojas del álamo temblón, del carpe la madreselva o el chopo negro y escribía con con fluidez, mientras párrafos como: “Una sensación de seguridad, de bienestar, de calor estival impregna mi memoria. Incólume realidad que convierte el presente en un fantasma. El espejo rebosa de luminosidad; un abejorro acaba de entrar en la habitación y da con el techo. Todo es tal como debería ser, nada cambiará jamás, nadie morirá nunca”

 


INCIPIT 1.612. REINA DEL GRITO / DESIREE DE FEZ


Prólogo

El miedo

—Nico, ponte el abrigo, que llegamos tarde a la guarde.

—No.

—¿Cómo que no? Venga,  que Elliott ya está listo.

—Que no. Que me quiero quedar con los yayos.

—¿Con los yayos? Los yayos están en su casa, no pueden venir ahora. Además, tienes que ir a la guarde como todos los niños.

—No.

—¿Pero por qué?

—Porque tengo muchísimo miedo.

Recuerdo perfectamente que era lunes, la última semana de cole antes de las vacaciones de verano, y me quedé un rato clavada en la cocina. con la boca abierta. intentando asimilar lo que acababa de decirme mi hija de dos años.

Mi madre, mi hermana y yo. Todas las mujeres de mi familia somos fuertes, muy fuertes de hecho, pero tenemos mucho miedo. Puede parecer contradictorio, no lo es: hay que acabar de una vez por todas con esa idea. Una cosa no tiene nada que ver con la otra. Las tres tenemos mis miedo de lo normal, más del que debiera estar permitido.

 

 


INCIPIT 1.611. 1922 / ANTONIO RIVERO TARAMILLO


Gasta corbata lisa de listas, de lazo simple. Lleva desabotonado el último botón de lacCamisa como para resolver, por ahí, toda la complejidad llena de nudos que enmaraña su cerebro. Alas de mariposa blanca o celeste, los cuellos de la camisa se posan sobre la chaqueta como esperando que alce el vuelo algún pensamiento, No siempre camisa y corbata están a juego con la barba bermeja y la pelambrera del mismo color que incendian, acompañando a sus palabras nunca tibias, la habitación en que esté.

Comienza el año, el primero de la nueva era -p-. s. U., post scríptum Uilixi- que él, Ezra Pound, ha nombrado como «posterior a que se haya escrito Ulises»: después de la novela de James Joyce, que ha ido apareciendo por entregas y a la que el irlandés ha puesto fin la noche del 29 al 30 de octubre. En realidad. Ezra no ha echado un cable a Joyce para que salga a la luz Ulises. Le ha echado todo el cordaje, menos el relajado nudo de su corbata. Tiene ideas acerca del patrocinio de los mejores, cree que estos deben escribir sin presiones ni agobios económicos; y él está dispuesto, como lleva ya haciéndolo un tiempo, a mediar, a conseguir ayudas y recursos, a canalizar las obras más valiosas para que lleguen a los destinatarios que las esperan; aunque estos no lo sepan todavía. Por ejemplo, las de James Joyce y las de T. S. Eliot.

 


INCIPIT 1.610. EL PEZ EN EL AGUA /MARIO VARGAS LLOSA


I. Ese señor que era mi papá

Mi mamá me tomó del brazo y me sacó a la calle por la puerta de servicio de la prefectura. Fuimos caminando hacia el malecón Eguiguren. Eran los últimos días de 1946 o los primeros de 1947, pues ya habíamos dado los exámenes en el Salesiano, yo había terminado el quinto de primaria y ya estaba allí el verano de Piura, de luz blanca y asfixiante calor.

—Tú ya lo sabes, por supuesto —dijo mi mamá, sin que le temblara la voz—. ¿No es cierto?

—¿Qué cosa?

—Que tu papá no estaba muerto. ¿No es cierto?

—Por supuesto. Por supuesto.

Pero no lo sabía, ni remotamente lo sospechaba, y fue como si el mundo se me paralizara de sorpresa. ¿Mi papá, vivo? ¿Y dónde había estado todo el tiempo en que yo lo creí muerto? Era una larga historia que hasta ese día —el más importante de todos los que había vivido hasta entonces y, acaso, de los que viviría después— me había sido cuidadosamente ocultada por mi madre, mis abuelos, la tía abuela Elvira —la Mamaé— y mis tíos y tías, esa vasta familia con la que pasé mi infancia, en Cochabamba, primero, y, desde que nombraron prefecto de esta ciudad al abuelo Pedro, aquí, en Piura. Una historia de folletín, truculenta y vulgar, que —lo fui descubriendo después, a medida que la reconstruía con datos de aquí y de allá y añadidos imaginarios donde resultaba imposible llenar los blancos— había avergonzado a mi familia materna (mi única familia, en verdad) y destruido la vida de mi madre cuando era todavía poco más que una adolescente.


Familia Bellelli


La Follie Baudelaire, Roberto Calasso, p. 220

Pero se nota una novedad de forma dramática en Familia Bellelli, un cuadro capital que acompañó durante siete años la juventud de Degas. Titulado en un principio Retrato de familia -referido por tanto a algo que es un núcleo por excelencia-, este cuadro se articula en torno a un vacío central. El padre da la espalda al pintor y las cuatro figuras miran en direcciones distintas. Es como si cada una quisiera excluir a todas las otras de su campo visual, como sucede también en un retrato de las hermanas Bellelli solas. Son entidades psíquicas decididas a no rotarse. La madre tiene una mirada tan fija y ausente que podría parecer ciega. Las dos niñas se muestran reacias: la más cercana al centro desvía la mirada del pintor con visible desaire. hasta el punto de invalidar su posición axial. La otra fija la mirada en el pintor, aburrida, como si dijera: «¿Cuándo terminará este tormento? El padre ignora al pintor y sobre todo no tiene mirada. Sabemos por diversos testimonios que la familia Bellelli estaba cargada de asperezas y resquemores que la convertían en un ejemplar infierno doméstico. Un Strindnerg del sur.

 


FAULKNER!!!!!!


Contra viento y marea, II, Mario Vargas Llosa, p. 252

Hasta ahora no había caído en mis manos la segunda novela de William Faulkner,  Mosquitoes, que se publicó en 1927 y de la que había oido decir que era muy mala. En efecto, es malísima. Uno de esos libros en los que es dificil concentrarse porque todo en ellos suena falso: la anécdota, los personajes, la estructura, el estilo.

Está situada en Nueva Orleans y describe una accidentada excursión en yate que dura cuatro días y en la que participan una docena de intelectuales y snobs de la ciudad. Quiere ser una sátira, mostrar la frivolidad y la estupidez con que ciertos ricos entienden la cultura y la vanidad y el cinismo de ciertos artistas, Io corruptibles que son. Pero todo es tan obvio. repetitivo y caricatural en la historia que lo que el libro realmente consigue es aburrir. Hay en sus páginas una sobrecarga que hace más patentes sus defectos. Por ejemplo, el afán de experimentación, que ha llevado al autor a emplear distintos puntos de vista, de tono, a abusar de las metáforas (algunas de un chirriante mal gusto modernista: "Ias ratas eran arrogantes como cigarrillos”), en vez de dar mayor complejidad a la ficción, acentúa su naturaleza artificial, ese desajuste entre las partes que es siempre un obstáculo para que la historia sea persuasiva, obligatoria y hechice. Entre los personajes —escultores neuróticos, señoras lesbianas. involuntarias libertinas, poetas estreñidos, un inglés ridículo y un maníaco sexual— ninguno es todavía -faulkneriano", con la excepción tal vez de Mr. Talliaferro, premonición de los grandes cretinos obsesos del condado de Yoknapatawpha.

 


BATAILLE


Contra viento y marea, II, Mario Vargas Llosa, p. 12

Hacia 1925 Bataille leyó en una revista el “Essai sur le Don”, del sociólogo Marcel Mauss, que tendría una repercusión sísmica en su obra. El resultado inmediato fue un artículo. -La notion de dépense-. en el que. a partir de la teoría de Mauss sobre la institución del "potlach" y la "práctica de las prestaciones totales” en los pueblos primitivos, sostuvo que contrariamente a lo que se creía axioma inmutable, el impulso primero y mayor de la vida humana no era producir sino consumir. gastar y no conservar, no construir sino destruir. Este texto es la primera piedra de su teoría del "intercambio generalizado". magistralmente expuesta en “La part maudite” (1949), el más ambicioso de sus libros y el único en el que trató de sistematizar una interpretación del mundo. Resumo la tesis central. Hay un excedente de energía sobre el globo terrestre —insuficiente para absorber toda la vida solar que recibe— que debe ser sistemáticamente liquidado para asegurar la continuación de la vida. Ocurre no sólo en la naturaleza, el orden vegetal y el animal, sino también en el humano, aunque en éste la perpetua operación de aniquilamiento y derroche adopta formas más sinuosas que los apocalipsis geológicos o las carnicerías animales. La demarcación entre animalidad y humanidad está en las respuestas que ha dado el hombre, a lo largo de la historia, a esa obligación en que se halla, como todo lo existente, de quemar la energía sobrante. La prodigalidad, el erotismo, el lujo, los excesos, la muerte: su función profunda es contrarrestar el esfuerzo puramente productivo, sujetar el crecimiento de la vida dentro de las fronteras de lo posible. Todo, o casi, encuentra su fundamento en esta maldición destructiva que pesa sobre la vida: los sacrificios humanos, las guerras, las religiones, la reforma calvinista, hasta los donativos del Plan Marshall. El supuesto de Bataille es que toda sociedad produce más de lo que necesita para su subsistencia y dispone siempre, por lo tanto, de un excedente.


LA REDENCION


Arca, Ricardo Menéndez Salmón, p. 415

-Sí- dice el cura, haciendo esfuerzos por seguir a las pertenencias de Beppe mientras rememora la narración de Zaggia.. El caso, me explicó su amigo, es que todo el drama de Jesús apunta al motivo de la Redención. Sin ella, la peripecia del Hijo carece de relevancia. La Redención, y no otra circunstancia, es la piedra angular de la cristiandad y el fundamento de la cristología. El resto es atrezo, condimento, pero sin la pasión y la muerte de Jesús, su aventura, y con ella la de millones de creyentes, carece ya no solo de grandeza, sino de sentido. Hasta aquí su amigo no había dicho nada que me sorprendiera, por descontado. Lo asombroso, prosiguió su amigo, uy el dato que yo desconocía, y que nadie, nunca, en mis años de formación tuvo a bien compartir conmigo, es que la Iglesia copta, la heredera de la antigua Iglesia de Alejandría, demuestra ser la más honesta entre todas que existen al contemplar en su santoral una fecha, el 25 de junio, dedicada a la figura sin la cual la Redención hubiera sido inviable: Poncio Pilato. Hay en ello, según su amigo, una justicia que, sin ser poética, es preclara. Pues Pilato, dijo su amigo, y esas palabras sí que las recuerdo, como si las estuviera escuchando otra vez en este instante, Pilato es el mecanismo averiado que, paradójicamente, permite que el reloj dé la hora exacta.

 

 


FASES


Arca, Ricardo Menéndez Salmón. p. 97

Aprendí, por ejemplo, a distinguir las fases de descomposición por las que transita cualquier cadáver, la economía de la destrucción que el tiempo impone a la materia. Supe que en la primera fase o cromática, la piel pasa del blanco al rosa, del rosa al verde y del verde al azabache; que las venas se siluetean con tanto rigor y precisión que el cuerpo, ya renegrido, recuerda una espectacular tela de araña. Acepté que en la segunda fase, o enfisematosa, los gases abandonan el cadáver por los orificios del ano, las fosas nasales y la garganta, pero que hay tantos gases acumulados en un cuerpo que el recipiente se infla como un colchón neumático, pues todo crece: los genitales, los globos oculares, la lengua que es. capa de su caverna como una avalancha de carne. Toleré que en la tercera fase, o colicuativa. los líquidos siguen a los gases en su evacuación; que se forman ampollas sin número que expelen líquidos parduzcos; que cada oquedad expulsa su colección de detritos; que una mugre inaudita sale de dentro del organismo y lo invade todo con ardor metífico. Asumí, en fin, que en la cuarta y última fase. o esquelética. nos convertimos en haces de tendones. de uñas y de huesos; que la piel se transforma en un pergamino que un golpe de Viento podría rasgar como una hoja seca. Esas fases no se enseñan en la escuela  junto a las fases de la luna o las fases del sueño. Ese ciclo, ese conocimiento, esa circunstancia le es hurtada al hombre corriente, a pesar de que será su destino como cadáver recorrer sus etapas si no opta por la cremación. Y esa es la clase de sabiduría que me entregó el don, algo que no se encuentra en el quiosco junto a la prensa diaria ni en las horas lectivas del instituto. Algo que los padres, los sacerdotes, incluso los mejores amigos no mencionan.


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