Una historia ridícula, Luis Landero, p. 171
De pronto, se oyó de nuevo el
sarcasmo de aquella voz odiosa diciendo: «¿Romántico, poeta, bohemio y
matarife?, ¿vísceras de día y versos por la noche?». Y yo repliqué que,
precisamente, no hay artista romántico que no tenga una parte sombría, marginal
y canalla. Yo admiro a esos vagabundos que no han entregado a la miseria las
mejores prendas de su carácter: esa es la verdadera elegancia y la verdadera
dignidad. Y cuando la voz preguntó que quién me había dicho a mí que yo servía
para ser escritor y bohemio, yo dije sin más que donde no llegase el talento
llegaría la apariencia. En el amor, todas las trampas para conquistar a la
amada son válidas, y también la impostura. Al fin y al cabo, todos fingimos ser
mejores y más atractivos de lo que en verdad somos. Los pájaros hinchan el papo
y esponjan el plumaje, el sapo y la cigarra cantan con una potencia que excede
a su tamaño, el león su melena, el ciervo el aparato de su cuerna, qué menos que
yo me engalanase con las modestas prendas de un escritor en ciernes. Así fue
como el amor obró en mí una metamorfosis tan rara y prodigiosa como la de Franz
Kafka, de cuyo libro hablaré luego. De pronto, una mañana me desperté
convertido en un ente sublime y ridículo a la vez, y también a la vez sabio y
estúpido, como esos animales fabulosos que tenían a un tiempo garras, pico y
pezuñas.
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