Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

GURB


Sin noticias de Gurb, Eduardo Mendoza, p. 74

20.30 Voy a casa de mi vecina, llamo quedamente a su puerta con los nudillos, me abre mi vecina en persona. Me disculpo por importunarla a estas horas y le digo (pero es mentira) que a medio cocinar me he dado cuenta de que no tengo ni un grano de arroz. ¿Tendría ella la amabilidad de restarme una tacita de arroz, añado, que le devolveré sin falta mañana por la mañana, tan pronto abran Mercabarna a las 5 de la mañana)? No faltaría más. Me da la tacita de arroz y me dice que no hace falta que le devuelva el arroz, ni mañana, ni nunca, que para estas emergencias están los vecinos. Le doy las gracias. Nos despedimos. Cierra la puerta. Subo corriendo a casa y tiro el arroz a la basura. El plan está funcionando mejor de Io que yo mismo había previsto.

20.35 Vuelvo a llamar a la puerta de mi vecina. Me abre personalmente. Le pido dos cucharadas de aceite.

20.39 Vuelvo a llamar a la puerta de mi vecina. Me abre ella personalmente. Le pido una cabeza de ajos.

20.42 Vuelvo a llamar a la puerta de mi vecina. Me abre ella personalmente. Le pido cuatro tomates pelados, sin pepitas.

20.44 Vuelvo a llamar a la puerta de mi vecina. Me abre ella personalmente. Le pido sal, pimienta, perejil, azafrán.

20.46 Vuelvo a llamar a la puerta de mi vecina. Me abre ella personalmente. Le pido doscientos gramos de alcachofas (ya hervidas), guisantes, judías tiernas.

20.47 Vuelvo a llamar a la puerta de mi vecina. Me abre ella personalmente. Le pido medio kilo de gambas peladas, cien gramos de rape, doscientos gramos de almejas vivas. Me da dos mil pelas y me dice que me vaya a cenar al restaurante y la deje en paz.

 

 


INCIPIT 1.601. SIN NOTICIAS DE GURB / EDUARDO MENDOZA


DÍA 9

0.01 (hora local) Aterrizaje efectuado sin dificultad. Propulsión convencional (ampliada). Velocidad de aterrizaje: 6.30 de la escala convencional (restringida). Velocidad en el momento del amaraje: 4 de la escala Bajo-U1 o 9 de la escala Molina-Calvo. Cubicaje: AZ-0.3.

Lugar de aterrizaje: 63Ω (IIβ) 2847639478363947 3937492749.

Denominación local del lugar de aterrizaje: Sardanyola.

07.00 Cumpliendo órdenes (mías) Gurb se prepara para tomar contacto con las formas de vida (reales y potenciales) de la zona. Como viajamos bajo forma acorpórea (inteligencia pura-factor analítico 4800), dispongo que adopte cuerpo análogo al de los habitantes de la zona. Objetivo: no llamar la atención de la fauna autóctona (real y potencial). Consultado el Catálogo Astral Terrestre Indicativo de Formas Asimilables (CATIFA) elijo para Gurb la apariencia del ser humano denominado Marta Sánchez 

INCIPIT 1.600. HORAS INGLESAS / HENRY JAMES


Hay cierta noche que considero en realidad mi primera impresión; el final de un domingo húmedo y oscuro hace veinte años, a primeros de marzo. Tenía una imagen anterior pero se había vuelto grisácea, como la tinta descolorida, y la ocasión a la que me refiero fue un nuevo comienzo. Sin duda tuve una clarividencia mística del gran afecto que acabaría sintiendo por la turbia Babilonia moderna; cierto es que al volver la vista atrás encuentro que cada pequeño detalle de aquellas horas de acercamiento y llegada sigue tan vivo como si la solemnidad de una nueva era lo hubiese alentado. La fuerte sensación de cercanía ya era casi insoportable en Liverpool


EL SER HUMANO


Sin noticias de Grub, Eduardo Mendoza, p. 80

Los seres humanos, en cambio, a semejanza de los insectos, atraviesan por tres fases o etapas de desarrollo, si el tiempo se lo permite. A los que están en la primera etapa se les denomina niños; a los de la segunda, currantes, y a los de la tercera, jubilados. Los niños hacen lo que se les manda; los currantes, también, pero son retribuidos por ello; los jubilados también perciben unos emolumentos, pero no se les deja hacer nada, porque su pulso no es firme y suelen dejar caer las cosas de las manos, salvo el bastón y el periódico. Los niños sirven para muy poca cosa. Antiguamente se los utilizaba para sacar carbón de las minas, pero el progreso ha dado al traste con esta función. Ahora salen por la televisión, a media tarde, saltando, vociferando y hablando una jerigonza absurda. Entre los seres humanos, como entre nosotros, se da también una cuarta etapa o condición, no retribuida, que es la de fiambre, y de la que más vale no hablar.


LOS SERES HUMANOS


Sin noticias de Gurb, Eduardo Mendoza, p. 16

Los seres humanos son cosas de tamaño variable. Los más pequeños de entre ellos lo son tanto, que si otros seres humanos más altos no los llevaran en un cochecito, no tardarían en ser pisados (y tal vez perderían la cabeza) por los de mayor estatura. Los más altos raramente sobrepasan los 200 centímetros de longitud. Un dato sorprendente es que cuando yacen estirados continúan midiendo exactamente lo mismo. Algunos llevan bigote; otros barba y bigote. Casi todos tienen dos ojos, que pueden estar situados en la parte anterior o posterior de la cara, según se les mire. Al andar se desplazan de atrás a delante, para lo cual contrarrestar el movimiento de las piernas con un vigoroso braceo. Los más apremiados refuerzan el braceo por mediación de carteras de piel o plástico o de unos maletines denominados Samsonite, hechos de un material procedente de otro planeta. El sistema de desplazamiento de los automóviles (cuatro ruedas pareadas rellenas de aire fétido) es más racional, y permite alcanzar mayores velocidades. No debo volar ni andar sobre la coronilla si no quiero ser tenido por excéntrico. Nota: mantener siempre en contacto con el suelo un pie —cualquiera de los dos sirve— o el órgano externo denominado culo.


MEMENTO MORI


Minimosca, Gustavo Faverón, p. 142

Memento mori: manual de memoria moral

El libro de Impropria Surplusa es una historia del memento mori en las artes europeas. Explica cómo brota, en la Edad Media, y se exacerba en el Renacimiento y el barroco, la idea obsesiva de que es imperativo recordar, mientras vivimos, que en cada momento de nuestra vida se agazapa la muerte. Los escultores y los pintores europeos representan esa idea furiosamente, dibujan o esculpen esqueletos y calaveras y cadáveres soterrados detrás de sus modelos, o encima de sus modelos, colocan síntomas de enfermedades en sus caras o figuras espectrales detrás de una cortina, sobre una mesa, un corredor a sus espaldas. Todo eso yo lo sé, pero hay una cosa difícil de detectar en el libro, y solo después de la tercera relectura, en el claro del bosque, me doy cuenta. Es que el libro mismo parece escrito por un fantasma, como si la autora lo hubiera redactado después de suicidarse, un libro triste y raro, en fin, pienso, y muy melancólico, sobre todo en contraste con el de Minimus Improprius, que parece  escrito por un autor optimista y lleno de expectativas.


CUERNO DE CABRA


Minimosca, Gustavo Faverón, p. 291

Piensa en la escena final de otra película, Cuerno de cabra, una película de 1972, hecha en Bulgaria, que es la obra cumbre de Andonov. Un padre encuentra el cadáver de su hija, que ha muerto por culpa de él, harta de los rigores a los que la somete, aunque la adora, la ama con todo su corazón. Los rigores a los que la somete son parte de un plan que el padre tiene para salvar a su hija de la lascivia de los hombres. La esposa del hombre murió años atrás, tras una violación que la niña ha presenciado, y el padre ha obligado a su hija, desde entonces, durante anos, a vestirse como hombre y a comportarse como hombre. Cuando ella se enamora de un chico, el padre Ie prohíbe verlo. Después el padre mata al chico. Entonces la muchacha lleva el cadáver del amado hasta su casa, la casa de ella y del padre, y le planta fuego a la casa y no sale y muere asfixiada. El padre llega a la casa y carga el cuerpo dc su hija hasta el borde de la montaña y mira el precipicio. Parece que fuera a arrojar el cuerpo de su hija desde la cumbre, pero deposita el cuerpo en el suelo y regresa al filo del precipicio y mira hacia abajo. Ahora parece que se va a arrojar él, pero lo que hace es coger una roca, alzarla sobre su cabeza y lanzarla al fondo de la hondonada y después arroja otra roca y después otra. Incluso cuando la película termina, uno sabe que el hombre sigue en el borde de ese morro arrojando una roca tras otra como si se arrojara él mismo. Ese es el punto. El hombre se está suicidando sin morir, vive su suicidio para siempre. Imagina que es su cuerpo y no rocas, lo que carga sobre su cabeza y se está asesinando, porque él quiere el castigo del suicidio, pero no quiere el escape que es el suicidio, sino la eternidad del castigo. Y allí están todos los elementos del suicidio melancólico.


INCIPIT 1.560. LAS MUCHAS VIDAS DE PIER PAOLO PASOLINI


Pier Paolo Pasolini me ha acompañado durante casi la mitad de mi vida. Cuando supe de su existencia la sacudida fue un flechazo intelectual que, por ignorancia ante lo gigantesco y desmedido de su Obra, me hizo ingresar en el club de sus adoradores, del que aún formo parte, aunque con el placer de no venerarlo.
Esto se debe a cómo el paso del tiempo reconfigura Jas referencias. Las válidas a los veinte años adquieren otros matices a los cuarenta y cinco, cuando lecturas, escritos, viajes y experiencias han madurado la piel y las neuronas. El poso de las décadas, con relación a la manera de leer a nuestro protagonista, ha abandonado la ligereza de la primera edad adulta para profundizar más allá de los cuatro tópicos predominantes.
Antes de ponerme a investigar esta biografía partí de una idea mucho más específica que hacía colisionar la masacre del Circeo con el asesinato del poeta cineasta. A finales de septiembre de 1975, tres hijos de papá asesinaron a una adolescente del extrarradio romano y creyeron haber acabado con otra, que renació al ser rescatada del maletero del coche de sus torturadores.
Al cabo de un mes, Pier Paolo Pasolini falleció en Ostia tras ser atropellado en repetidas ocasiones por su propio vehículo, conducido previamente por el adolescente Giuseppe Pelosi. La intención de ese ensayo frustrado era relacionar su vida con acontecimientos de los años setenta vinculados con la violencia cotidiana, que tuvo su máxima expresión en estos crímenes concatenados, como si fueran el punto álgido de un infierno.
Al final, gracias al diálogo con David Andrés y Emili Albi, a la sazón editores de Siglo XXI, reconduje el proyecto, centrándolo en la existencia de uno de los intelectuales del pasado siglo que sigue hablándonos pese a las deformaciones que manipulan su voz.

PASOLINI


Las muchas vidas de Pier Paolo Pasolini, p, 258

Si nos atenemos al relato canónico, Giuseppe Pelosi, nacido en Roma el 20 de junio de 1958, en ese entonces un chaval de 17 años con antecedentes penales por robo, subió al vehículo de Pasolini. Este lo invitó a comer en ll Biondo Tevere de via Ostiense y después recorrieron más de treinta kilómetros hasta el Idroscalo de Ostia. A las seis y media de la mañana del 2 de noviembre de 1975, la borgatara Maria Teresa Lollobrigida confundió el cadáver con la basura que solía depositarse en el rincón de ese descampado en el que los chavales jugaban al fútbol y algunas familias habían aprovechado para edificar barracas para vivir o tener cuatro fragilísimas paredes junto al mar. Hacia las diez de la mañana Ninetto Davoli reconoció el cuerpo del difunto para oficializar su muerte. En el EUR, Susanna, a quien quisieron ocultar lo sucedido, lanzó un grito arcano.

El 5 de noviembre, Alberto Moravia pronunció el discurso fúnebre en Campo de'Fiori después de que una multitud hubiera homenajeado a Pier Paolo Pasolini en la sede del PCI en largo Arenula. Frente a la estatua de Giordano Bruno, quemado por sus ideas el 17 de febrero de 1600, el amigo impagable en lo intelectual se emocionó con su «Ante todo hemos perdido a un poeta, y no hay tantos en el mundo porque nacen tres o cuatro cada siglo. Cuando el nuestro finalice, Pasolini será de los pocos que contará como poeta. El poeta debería ser sacro». Italia no solo había perdido a un vate, sino también a un novelista de las borgate, a un director internacional y a un ensayista con «atención por los problemas sociales y el desarrollo del país, una atención patriótica que pocos tenían. Todo esto ha perdido Italia, ha perdido a un hombre que estaba en la flor de la vida. Ahora os digo: hay una imagen que me persigue. Pasolini que huye a pie, perseguido por algo que no tiene rostro y que es lo que le ha asesinado, y es una imagen emblemática de este país, una imagen que debe empujarnos a mejorar este país como Pasolini hubiese querido»,


INCIPIT 1,599, NOCILLA DREAM / AGUSTIN FERNANDEZ MALLO

 


Prólogo

RIZOMA

"Un rizoma no comienza y no termina, siempre está en el medio, entre las cosas, es un ser-entre, un intermezzo. El árbol es filiación, pero el rizoma es alianza, úrucamente alianza. El árbol impone el verbo "ser", pero el rizoma tiene por tejido la conjunción "y... y... En esta conjunción hay fuerza suficiente para des-enraizar el verbo ser (...). Entre las cosas, no traza una relación localizable y que va de uno a otro, y recíprocamente, sino una dirección perpendicular, un movimiento transversal que lleva uno al otro, arroyo sin comienzo ni fin, que corroe sus orillas y toma velocidad entre las dos."

Lo dicen Deleuze y Guattari en la introducción de Mil Mesetas. Y Agustín Fernández Mallo parece haber tomado buena nota de ello para componer este "arroyo sin comienzo ni fin" que es una de las aventuras más arriesgadas de la narrativa de los últimos años. Pero vayamos por partes.

Agustín Fernández Mallo ha llamado la atención del estrangulado mundillo poético con su Poesía Postpoética que trata de llevar al límite la creación posmoderna entendida como un ensamblaje de las actividades culturales y científicas

 

 


SOCRATES


 La metafísica de la juventud, Walter Benjamin, p.177

Lo más grotesco de la figura de Sócrates es que   este hombre tan poco entregado a las musas trazó el centro erótico de las relaciones del círculo platónico. Pero si su amor a la capacidad general de comunicarse carece de arte, ¿de dónde extrae entonces su capacidad? De la voluntad. Sócrates construye el eros para ponerlo al servicio de sus propios fines. Esta perversión viene a reflejarse en la naturaleza castrada de su persona, ya que a fin de cuentas a eso se refiere la repugnancia de los atenienses (sentimientos que, por muy subjetivos que sean, no carecen de razón histórica). Sócrates intoxica a la juventud, la seduce. Su amor por ella no es el fin (Zweck) de un eidos todavía puro, sino un simple medio. Sócrates es el mago, el mayéutico que cambia los sexos, el condenado inocente que muere por ironía y a despecho de sus adversarios. Su ironía se alimenta del espanto, pero ahí sigue él, oprimido, paria y despreciado. Poco menos que como un payaso.


Los Sex Pistols


 Nocilla dream, Fernández Mallo, p. 147

Los Sex Pistols habían desbrozado el terreno, lo habían arrasado. No quedaba nada excepto la ciudad, que se erguía como si nada hubiera ocurrido. Hay un retazo de suciedad humeante en medio de la ciudad, en la que un cartel envuelto por la neblina pone: LIQUIDACIÓN POR INCENDIO. La gente que rodea el espacio vacío no sabe qué hacer ahora. No saben qué decir; todo aquello de lo que solían hablar ha sido parodiado hasta estupidez a medida que las viejas palabras surgen de su boca. Tienen la boca llena de bilis, son atraídos hacia el vacío, pero retroceden. "La definición de nihilismo de Rozanov es la mejor", había dicho en 1967 el situacionista Raoul Vaneignem en Tratado de Saber Vivir Para Uso de Las Jóvenes Generaciones "el espectáculo ha terminado. El público se levanta y abandona sus asientos. la hora de recoger los abrigos e irse a casa. Se dan la vuelta… Ya no existen sus abrigos ni tampoco sus casas." Éstas están donde ellos encuentran.


RP FEYNMAN


Nocilla dream, Fernández Mallo, p. 53

Por fin, terminaron tomando la decisión de que no sería nuestro proyecto el que se iba a usar para la separación del uranio. Nos dijeron entonces que lo dejáramos porque en Los Álamos, Nuevo México, iban a comenzar el proyecto que verdaderamente permitiría fabricar la bomba atómica. Todos nosotros iríamos allí para construirla. Había experimentos que realizar y tampoco faltaba trabajo teórico. A mí me tocó el trabajo teórico. Cuando llegamos, las viviendas, dormitorios y demás cosas por el estilo no estaban listas todavía. En realidad ni los laboratorios estaban totalmente listos. Así que al principio nos alojábamos en un rancho. La primera vez que llegué a las instalaciones vi que había una zona técnica, que presumiblemente debería estar rodeada por una cerca pero que todavía no lo estaba. También, presumiblemente, debería haber una ciudad rodeada a su vez por una gran cerca. Pero todavía estaba en construcción. Cuando fui al laboratorio me encontré con personas de las que tenía noticia por el Physical  Review. No los conocía antes. A lo mejor me decían, "Le presento a John Williams". Entonces se levantaba para saludarme un tío que estaba remangado ante una mesa cubierta de copias de planos, dirigiendo a gritos desde las ventanas las cosas y orientando los camiones de material de construcción. Con otras palabras, como los de física experimental no tenían nada que hacer hasta que estuvieran listos sus laboratorios y sus aparatos, se pusieron a construir ellos mismos los edificios.

 


INCIPIT 1.598. MINIMOSCA / GUSTAVO FAVERON PATRAU


Seis meses después, en Bangor Middle School, la niña transgénero le mostrará al Amnésico la película. Entrarán a la escuela de noche, clandestinamente, por un callejón entre el edificio principal y el coliseo. En una computadora, en la biblioteca a oscuras, verán cuatro escenas. La niña transgénero dirá en esta escena sales tú, mira bien, Amnésico, dime si no eres tú. El Amnésico, en efecto, se reconoce en la pantalla. Está de espaldas a la cámara, pero es obvio que se trata de él, sentado ante una mesa en un café. Enfrente suyo hay un anciano que habla en voz baja. Primero no se escucha lo que dice, pero la niña transgénero sube el volumen. Hay cosas que el ojo humano nunca debe ver, está diciendo el anciano. Si el ojo humano las percibe, no las comprende. Son cosas que el ojo humano debería evitar, cosas que jamás debió haber visto. Cuando el ojo humano las ve, se quedan adentro de él, es imposible arrancarlas de adentro de ese ojo. Lo peor es que no siempre le causan horror. A veces, el ojo humano las ve y esas cosas lo hechizan, lo embrujan y el pánico se convierte en placer y en medio del placer el ojo humano se pregunta quién soy, por qué me atrae lo abominable. Al Amnésico lo impresiona la vejez del hombre y lo impresionan sus manos de uñas negras. Le parece el personaje de una saga en la última escena del último episodio, cuando el misterio de la vida cede su lugar al misterio de la muerte


INCIPIT 1.597, Todas las hijas de la casa de mi padre / Juan Francisco Ferré


Primera parte 

DIOS 
(1976-1979)

 1 Dios no quiere que escriba esta novela.

 2

 Dios creó el mundo un 22 de octubre, según las teorías del arzobispo irlandés James Ussher, cuatro mil cuatro años antes del nacimiento de su único hijo, Jesucristo Superstar. Mil novecientos sesenta y dos años después, un 22 de octubre también, nació su única hija.

 3

 Mi padre biológico no quiso que yo naciera. El ginecólogo le planteó el problema. El parto iba mal. Se trataba de salvar la vida de la madre o la vida del feto. El doctor, como era costumbre en la época, quería salvar al feto. Mi padre quería salvar a toda costa la vida de mi madre. Yo nací contra la voluntad de mi padre. A mi madre nadie le preguntó.

4

La cesárea nos salvó la vida a las dos, a mi madre y a mí. Era un costurón espantoso que recorría el vientre de mi madre desde el triángulo del pubis hasta el orificio del ombligo. Cada vez que lo miraba me producía escalofríos. De ahí me había extraído a la fuerza el ginecólogo, como a Moisés de la canastilla en el Nilo, con la cabeza intacta y las ideas confusas, cuando yo no quería abandonar el útero materno por nada del mundo. Mi madre era una madre vocacional y se sentía muy orgullosa de esa cicatriz horrible. Representaba para ella la marca de su realización como madre.

INCIPIT 1.596. EL CONTRABANDO EJEMPLAR / PABLO MATURETTE


Cuando abrieron las fronteras fui a Madrid a buscar El contrabando ejemplar. Eduardo llevaba varios meses muerto. Me cuesta decirle Edu, me cuestan las apócopes y los apodos, me hacen sentir obsecuente; falso, mejor dicho. Es verdad que no quiero a casi nadie, pero a él justo sí lo quería. Lo conozco de toda la vida, era el mejor amigo de mi padre. Nunca tuvo hijos. Fue como un tío para mí. Siempre muy cariñoso, amiguero y generoso, hospitalario hasta el absurdo, pero también logorreico y aprensivo, inseguro, receloso, solitario y triste. Estaba incómodo en su cuerpo, era torpe, malo para los deportes, nunca aprendió a nadar. De atolondrado, tenía el sí fácil y, como buen melancólico, era esclavo de sus apetitos. Un hombre voraz e incontinente. A pesar de sufrir de insuficiencia cardíaca congénita, fumaba como un murciélago, comía salame y queso, tomaba vino y fernet en exceso. A principios de los noventa tuvo el primer infarto. En diciembre del 96 casi se muere. Lo abrieron como un pollo y lo cablearon todo de nuevo. La operación duró doce horas. Tenía cincuenta años. Durante una convalecencia larga, angustiante e inimaginablemente dolorosa, encerrado en su departamentito de la calle Agüero, decidió cambiar de vida. En cuestión de meses, dejó el cigarrillo, renunció al puesto que tenía en la Secretaría de Turismo de la Ciudad, se mudó a Madrid y asumió abiertamente su homosexualidad. Quería dedicarse a escribir, además. En Buenos Aires, había dado una vuelta por el circuito de los talleres literarios. Tenía un par de cuentos bastante buenos y una nouvelle, Doña Amalia, de corte colonial, femenina y visceral, en el estilo de Mujica Lainez. Apenas llegado a España estaba en éxtasis y lo picó el bichito de la poesía. Yo conocí Chueca, la del pecado..., cosas así escribía. Estaba descubriéndose, se sentía un Cristóbal Colón del mundo gay. Fue crítico gastronómico y tuvo una columna semanal en la Guía del Ocio; «De tapas» se llamaba. Hizo un curso de guión cinematográfico y se empeñó con ahínco en una adaptación de Doña Amalia. Pero estas eran puras distracciones, y él lo sabía. En su interior se gestaba desde hacía décadas una ambición enorme. Después del primer infarto había empezado a escribir una novela histórica sobre la misteriosa Buenos Aires del siglo XVII, un libro que daría cuenta del inexplicable fracaso de nuestro país. Iba a ser la gran novela argentina y se iba a llamar El contrabando ejemplar. En Madrid, retomó el proyecto, siguió estudiando y escribió unas cien páginas. Pero eso fue todo. Pasó el tiempo, su impulso vital se concentró cada vez más en la supervivencia y en el disfrute de los pequeños placeres, y las aspiraciones literarias quedaron relegadas a un segundo plano hasta desvanecerse por completo. Tuvo grandes amores que lo transfiguraron y que lo carcomieron, viajó por el mundo, navegó el Nilo, llegó hasta la India, forjó amistades de acero y nunca dejó de maltratar a su pobre corazón averiado comiendo grasa y tomando vino. Me dedico al comercio y al bebercio, solía decir cuando alguien le preguntaba por su ocupación. En el 96, después del quíntuple bypass, el médico le había dicho que si se cuidaba y tenía suerte podría vivir unos cinco o siete años más. Pasó un cuarto de siglo. Un día, en las postrimerías de la pandemia, se tiró a dormir la siesta y no se despertó más. El proyecto de la novela había quedado trunco. Yo me lo robé.


INCIPIT 1.595. ESPEJO ROTO / MERCE RODODERA


(Una joya de valor)

Vicenç ayudó al señor Nicolau a subir al coche. «Sí, señor, como usted diga.» Después subió la señora Teresa. Siempre subía primero él y luego ella, porque para bajar necesitaba la ayuda de ambos. Era una maniobra difícil y el señor Nicolau requería muchos miramientos. Entraron por la calle de Fontanella y, en el Portal del Ángel, giraron a la derecha. Los caballos iban al trote y las ruedas, negras y rojas, recién barnizadas, rodaban, ligeras, paseo de Gràcia arriba. El señor Nicolau explicaba a todo el mundo que Vicenç valía un Potosí, que si no lo tuviera se vendería la berlina porque no se fiaría de ningún otro cochero. Y como el señor Nicolau era generoso, de todo sacaba provecho Vicenç. El cielo estaba encapotado; de vez en cuando, en un claro entre dos nubes, aparecía un pálido y breve rayo de sol. Todo el mundo, es decir, la servidumbre y algunos amigos, sabía que el señor Nicolau quería hacer un regalo a la señora Teresa porque cuando celebraron el primer medio año de matrimonio le había regalado un armario japonés de laca negra con incrustaciones de nácar y oro, precioso, pero que a ella no le había entusiasmado. Él tuvo una decepción: «Ya veo que no he dado en el clavo, aunque vale un dineral; pero, como a mí me gusta, me lo quedaré y a ti te regalaré algo que te ilusione más». Ante la joyería Begú, Vicenç detuvo los caballos, bajó del pescante, y, mientras dejaba el sombrero de copa en el asiento, vio que la señora Teresa abría la portezuela y saltaba, ágil como un gamo. Entre los dos sacaron al señor Nicolau del coche —«de mi armario», como solía decir. Inmóvil en el centro de la acera, porque cuando bajaba del coche le costaba erguirse, miró dos o tres veces a derecha e izquierda, sin mover la cabeza, como si no supiera qué hacer. Dio por último el brazo a su mujer y muy despacio entraron los dos en la joyería.


INCIPIT 1.594. EL HECHIZO DE LILY DAHL / SIRI HUSTVEDT


Llevaba tres semanas observándolo. Cada mañana desde principios de mayo se había apostado en su ventana para mirarlo. Siempre lo espiaba temprano, poco antes del amanecer, y no creía que él la hubiera visto nunca. La primera mañana, Lily había abierto los ojos y había divisado una luz procedente de una ventana del hotel Stuart, al otro lado de la calle; al acercarse más, lo había visto a él dentro del cuadrado resplandeciente: un hombre guapísimo, de pie frente a un lienzo de gran tamaño, sin más ropa que unos pantalones cortos de tanto calor que hacía. Durante un minuto había permanecido tan quieto que no le había parecido real. Luego había empezado a moverse, usando el cuerpo entero para pintar, y Lily lo había visto estirar el brazo, echar el cuerpo hacia delante e incluso arrodillarse frente al lienzo. Lo había visto caminar por la habitación, frotarse con fuerza la cara con las manos y fumar. Fumaba unos puritos que sostenía entre los dientes cada vez que se paraba a pensar. A veces, cuando se limitaba a fumar en silencio, el hombre le dedicaba gestos con la cabeza a la pintura, como si estuviera hablando con ella. Lily había examinado con detenimiento el contorno de sus músculos, el color castaño claro de la piel y la forma en que le brillaba bajo la luz. Sin embargo, no había visto nunca lo que pintaba. La parte frontal del lienzo siempre le había estado oculta.


MIS JUEGOS


El desván de las musas dormidas. F. Argüelles, p. 65

 Ya nadie construye trenes con latas de sardinas. Como ya nadie pinta con el bolígrafo relojes en las muñecas. Tenía unas gafas de sol de plástico negro con las que el mundo se veía naranja cuando había nubes y verde cuando lucía el sol. Le habían tocado a mi padre en una tómbola. Mi madre decía que aquellas malditas gafas me iban a estropear la vista. Al poco necesité gafas de verdad para verlo todo más claro y más cerca, y mi madre me dijo, ahí lo tienes, eso me dijo, y añadió, todo por culpa de esas gafas de feria, y mi padre se reía y me explicaba, a tu madre le gusta inventarse teorías. También tenía yo una navaja con las cachas de hueso que me había regalado el tendero amigo de mi padre y con ella hacía arreglos en los higos verdes para convertirlos en caballos salvajes o en soldados del rey. Los tirachinas los hacíamos nosotros con tiras de las cámaras inservibles de las ruedas de las bicicletas, con una lengüeta de zapato viejo o un trozo de badana para colocar la piedra y con una horquilla de rama de avellano. Con el tirachinas se podían romper cristales, desprender las nueces, apuntar a las palomillas de porcelana de los cables de la luz o cazar gatos y gorriones. Hacíamos campeonatos y guerras de verdad de las que algunos salíamos heridos. Nos gustaba a cazar ardillas, porque era lo más difícil. Las veíamos saltar de rama en rama y disparábamos todos a la vez, pero nunca conseguíamos cazarlas.


Semana Santa


El desván de las musas dormidas. F. Argüelles, p. 289

Mi abuela colgaba trapos morados sobre los cuadros. En los bares no se podía encender la televisión. Todos los niños asistíamos a los oficios. Los oficios de Semana Santa se celebraban en el viejo templo del pueblo que estaba más alto y era cabeza parroquial. Las niñas esparcían flores en el pórtico cuando salía el párroco bajo el palio con su salmodia estridente para iniciar la procesión. Las mujeres, vestidas de negro y con mantilla en la cabeza y un cirio en las manos, entonaban canciones histéricas. Los hombres fumaban a escondidas y agachaban la cabeza. Se agitaban los estandartes y las cruces y la figura del Cristo, arrodilladoy con la cruz a la espalda, oscilaba en un vaivén imposible por la diferente estatura de los costaleros.


Formación del Espíritu Nacional


El desván de las musas dormidas. F. Argüelles, p. 239

Las clases de Formación del Espíritu Nacional estaban a cargo de un hombre de aire cansino, apacible de ánimo y ronco de fumar, que gastaba un bigote mínimo y un sombrero de fieltro con pluma. Había sido militar en las guerras africanas e impartía las clases sin gana. Nos hablaba de la familia y de los vínculos del afecto y de la sangre, y nos hablaba de la escuela, y dibujaba en la pizarra un yunque y un martillo y decía que la escuela era la fragua donde se forjaba a los hombres del mañana, y nos explicaba los gremios y los santos patronos de cada gremio. Cuando hablaba de la justicia social dibujaba balanzas y cuando nos enseñaba el principio de la autoridad pintaba una corona cruzada por un bastón y una espada, y al explicarnos la lección de las normas y el bien común dibujaba un semáforo, como los que yo había visto junto al mar. Para el trabajo manual un pico y una pala, para el trabajo creativo una bombilla encendida y para el descanso un cine. Le gustaba dibujar. Cuando más disfrutaba era cuando nos hablaba del Caudillo Dictador. Le temblaban los labios bajo el bigote escaso Y se le aclaraba la voz. Una vez incluso llegó a llorar. Una vertiginosa y brillante carrera, nos decía, estratega genial, reconstructor de la patria, impulsor de los españoles hacia ideales sagrados, y nos aburría con las historias, que repetía una y otra vez, de su experiencia como oficial en África a las órdenes del Caudillo. El militar regentaba un estanco en un pueblo cercano por concesión generosa y expresa del Caudillo y venía a impartir las clases los jueves en una vespa azul con un gran parabrisas.


1.593. LA VIDA LENTA / JOSEP PLA


1956

1 enero 

Esta noche, cuando volvía a casa (a las dos) a pie, con una tramontana fortísima en contra, pensaba que, a veces, la vida parece más larga que la eternidad. En la cama (glacial), leo los dos últimos números de Il Borghese, hasta las ocho. Me levanto a las cuatro de la tarde. Hace un día despejado, soleado y lívido —sin viento. ¡Año nuevo, vida nueva! Me paso lo que queda del día en casa, junto al fuego. 

2  enero 

Por la tarde trabajo en Viatge a Catalunya. Mercè me hace compañía junto al fuego. A las siete se levanta otra vez la tramontana. Ceno en Palafrugell, restaurante Reig. Conversación con Martinell y Medir. Vuelta a casa a las dos. Oigo París hasta las cuatro, los resultados electorales franceses. Un desastre comunista y pujadista. En la cama, leo el New Yorker. Me duermo por la mañana.




INCIPIT 1.592. MENTIRAS DE MUJERES / LIUDMILA ULITSKAYA


PRÓLOGO

¿Se puede comparar la gran mentira masculina –estratégica, arquitectónica, tan antigua como la respuesta de Caín– con las encantadoras mentiras de las mujeres en las que no se adivina ninguna intención, buena o mala, ni siquiera un atisbo de aprovechamiento?

He aquí un matrimonio regio, Ulises y Penélope. Su reino, la verdad, no es demasiado grande: una treintena de casas, un pueblo de tamaño mediano. Las cabras en un redil (ni hablar de gallinas, probablemente aún no se habían domesticado), la reina prepara queso y teje alfombras. Perdón, sudarios... Lo cierto es que ella es de buena familia. Su tío es rey y su prima es la mismísima Helena, por quien se desencadenó la guerra más encarnizada de la Antigüedad. Por cierto, Ulises también figuraba entre los pretendientes a la mano de Helena, pero, pícaro él, tras sopesar los pros y los contras se casó no con la más bella de las mujeres, no con la superestrella de moralidad dudosa, sino con Penélope, la buena ama de casa que, hasta la vejez, fastidió a todo el mundo con su ostentosa fidelidad conyugal, pasada ya de moda para la época.


INCIPIT 1.591. EL DIRECTOR / D.KEHLMANN


¿Qué hay de nuevo este domingo?

¿Qué hago en este coche?

Voy sin moverme. Cuando no te mueves, a veces te vuelve la memoria.

Pero no sirve de mucho. Lo único claro es que el conductor fuma. El vehículo está lleno de un humo espeso. Me arden los ojos. Me estoy mareando. El señor tiene el pelo gris, motas de caspa en los hombros. Del espejo retrovisor cuelga una cadenita de perlas con un pequeño crucifijo.

Una cosa detrás de otra. El chófer vino a recogerme, me abrió la puerta, y los demás se quedaron mirando con la boca abierta, el escuálido Franz Krahler, la tonta de la señora Einzinger y también ese otro tipo bajito que nunca me acuerdo de cómo se llama.

Porque, en realidad, en el sanatorio Abendruh son todos los días iguales. Durante el desayuno, se oye la radio, se sale al parque, te duele la espalda, ponen la comida, echas un vistazo al periódico, te enfadas por algo mientras la tele está encendida; algunos la miran, otros duermen, siempre hay alguien que tose como si estuviera a punto de morirse. Luego enseguida se hacen las tres y media, luego sirven la cena y luego estás en la cama sin poder dormir, yendo al baño cada media hora. A veces hay visitas, aunque a ti nunca vienen a verte. A veces se muere alguien y se lo llevan. Eso sí, lo rarísimo es que un coche negro con chófer venga a recoger a uno que sigue vivo.


LAS MUSAS


El desván de las musas dormidas. F. Argüelles, p. 18-19

En el pasillo, sobre unas repisas, había tres candelabro de tres brazos cada uno que le había regalado a mi padre una tía suya que vivía en la ciudad y que había sido enfermera de guerra. Eran de bronce con las figuras de las musas griegas sosteniendo la base de las velas. Mi padre me fue dando cuenta de aquellas diosas, hijas de Zeus, que era el jefe de los dioses, y de Mnemosina, que era la diosa de la memoria, y me hablaba de ellas como si las hubiera conocido en sus tiempos como alférez en la milicia por los montes pirenaicos, y me explicaba con emoción que eran jóvenes ociosas y de muy buen ver que no tenían la responsabilidad de los dioses principales y que llenaban el tiempo en el Olimpo escribiendo, cantando y enamorándose, y me comentaba cada detalle, esta que lleva la corona de laurel se llama Calíope y se ocupa de la belleza, y esta de la trompeta y del libro bajo el brazo es Clío, mi favorita, y es la musa de la historia, y la tercera de este candelabro es Erató, que, como ves, lleva rosas y una cítara, que es un instrumento musical de cuerda, como la lira, y aquella de la flauta es Euterpe y se ocupa de la música, y la de la máscara es Melpómene, la musa de la tragedia, y esta del vestido largo es la más espiritual de todas y se llama Polimnia, y en este otro candelabro está Talía, parece la más joven y graciosa, se ocupa de la comedia, y esta otra es Terpsícore, la musa de la danza y madre de las sirenas, otro día te hablaré de las sirenas, y la última es Urania, lleva un globo terráqueo en las manos como el que yo tengo en la escuela, porque es profesora de físicas y astronomías. Tantas veces me lo contaba que no tardé en memorizar sus nombres y ocupaciones.


Pynchon


Bartebly y compañía, Enrique Vila-Matas, p. 166

Pynchon se graduó en literatura inglcsa en la Universidad de Cornell en 1958 y trabajó como redactor para la Boeing. A partir de ahí, nada de nada. Y ni una foto o, mejor dicho, una de sus años de escuela en la que se ve a un adolescente francamente feo y que no tiene, además, por qué necesariamente ser Pynchon, sino una más que probable cortina de humo.

Cuenta José Antonio Gurpegui una anécdota que hace años le contó su añorado amigo Peter Messent, profesor de literatura norteamericana en la Universidad de Nottingham. Messent hizo su tesis sobre Pynchon y, como es normal, se obsesionó por conocer al escritor que tanto había estudiado. Tras no pocos contratiempos, consiguió una breve entrevista en Nueva York con el deslumbrante autor de Subasta del lote 49. Los años pasaron y cuando Messent se había convertido ya en el prestigioso profesor Messent —autor de un gran libro sobre Hemingway— fue invitado, en Los Ángeles, a una reunión de íntimos con Pynchon. Para su sorpresa, el Pynchon de Los Ángeles no era en absoluto la misma persona con la que él se había entrevistado años antes en Nueva York', pero al igual que aquél conocía perfectamente incluso los detalles más de su obra. Al terminar la reunión, Messent se atrevió a exponer la duplicidad de personajes, a lo que Pynchon, o quien fuere, contesté) sin la menor turbación:

—Entonces usted tendrá que decidir cuál es el verdadero.


Los hombres de la acera de enfrente


El desván de las musas dormidas. F. Argüelles, p. 103

Los más brutos y desalmados le llamaban maricón. Había quien le llamaba gorrión, porque caminaba a pasitos cortos y dando pequeños saltos y a veces movía la cabeza ligeramente para sacudirse las plumas, como hacían los gorriones que bajaban a beber a los pilones. Pocas veces perdía los nervios, porque era de naturaleza apacible, pero cuando se encorajinaba se le atiplaba la voz y se le quedaban las manos suspendidas en el aire. Trabajaba para el Ayuntamiento leyendo por los pueblos los contadores del agua. Aquel hombre, en un pueblo donde no existían las aceras, era para nosotros, simplemente, de la acera de enfrente. Tenía muy buen corazón. Era generoso y educado, nunca respondía a los insultos y no se metía con nadie. Tenía un escarabajo amarillo, que era un coche alemán que llamaba la atención, con los asientos de cuero y un ambientador que olía al jabón de lavarse las manos. A veces nos subíamos con él para que nos diera una vuelta corta. No tenía edad, porque parecía joven y mayor al mismo tiempo. Su madre decía de él en la carnicería que era indeciso y con buenos sentimientos. Me salió presumido y algo poeta, le decía al carnicero, y tiene muy buena mano para la cocina, tendrías que ver cómo prepara la gaIlina en pepitoria, y me coloca los armarios de la ropa que da gusto mirarlos. La mujer del carnicero comentaba, mejor eso a que te hubiera salido putero y sin corazón.

Los hombres de la acera de enfrente tenían que esconder sus sentimientos, porque podían terminar encarcelados por la autoridad. Ser de la acera de enfrente estaba prohibido.


JULIO CESAR


El desván de las musas dormidas. F. Argüelles, p. 266

En el nuevo internado de la ciudad había algunos profesores seglares, Uno de ellos rozaba la demencia. Hablaba solo, gritaba palabras extrañas, se comía las tizas o encendía los cigarrillos al revés, A veces se le extraviaba la mirada y se quedaba inmóvil frente a la ventana que daba al patio), mientras nosotros guardábamos un silencio sepulcral. Luego agarraba su nuez de Adán, como si quisiera reventarla, y explotaba en una carcajada estridente que nos hacía temblar. Cuando fumaba se le abultaba la nuez. Chupaba los cigarros con el ansia de comer. Nos enseñaba las historias del mundo y cada vez que nos refería algún aconteciniento se encolerizaba exageradamente. Si hablaba de Julio César y de su guerra en las Galias calificaba de chapuza sus ataques por sorpresa o guerras relámpago, y nos decía que Julio César era un criminal que trataba a los nativos de las tierras ocupadas peor que a los perros y que los exterminaba como si fueran chinches. Y se iba poco a poco encendiendo en sus expresiones hasta perder el control, y entonces se le abultaba la nuez y se enfrentaba al propio Julio César, al que imaginaba allí mismo, junto a la pizarra, y lo increpaba, y le llamaba flojo, violador, rastrero, conspirador, depravado, sanguinario y traidor, y le decía que se alegraba de su muerte, que el puñal de Bruto era su puñal y que le hubiera gustado participar en el que había sido el magnicidio más justo de la historia. Si nos hablaba de Napoleón y su invasión de Rusia se reía a carcajadas del vanidoso y patético enano, como él calificaba al emperador


EL MALTRATADOR


El desván de las musas dormidas. F. Argüelles, p. 93

A menudo experimento un cierto terror cuando la realidad me golpea con descaro, cuando esa evidencia incuestionable que conforma lo real me desmantela algunas construcciones ideales que fue levantando mi memoria. Entonces me pongo a temblar y siento que algo se me escurre entre los dedos.

Había una mujer que vivía en la cuesta del lavadero y que venía a veces a refugiarse a nuestra casa huyendo de las palizas de su marido. Era muy joven y muy guapa, pero tenía un lunar en la frente del tamaño de un botón de camisa, así que era inevitable fijarse en aquella mancha y distraerse de su belleza. El marido era un animal. Con la misma vara pegaba a su mujer, a sus hijos y a las vacas. Un día su mujer y sus tres hijos desaparecieron. Mi padre habló con un párroco amigo suyo de la ciudad y gestionó el abandono. El maltratador era muy feo, el hombre más feo que habíamos visto jamás, más feo incluso que el quinquillero que vendía de viaje y que era a la vez judío y gallego. En cejas, las orejas y en los huecos de la nariz le brotaba la hierba.


INCCIPIT 1.590. EL MOVIL / JAVIER CERCAS

 


Pero quién soy yo, quién escribe este relato?

La mujer aparca el Alfa-Romeo frente a un edificio en pleno paseo marítimo. Del portaequipajes saca dos bolsas de mano y un bolso de cuero oscuro que se cuelga al hombro. Entra en el edificio.

En el vestíbulo, a la espera del ascensor, hay dos niños en camiseta y bañador: uno lleva una pala y un   rastrillo de plástico; el otro es una gorra de colores vivísimos y unos ojos que escrutan a la mujer mientras el ascensor sube con un leve bordoneo electrónico. La mujer sonríe.

Ya en el piso, deja los paquetes en la mesa del salón y sale a una terraza que se abre sobre el azul del mar. Se apoya con las dos manos en el barandal de piedra rojiza y aspira profundamente el perfume salado del aire de la mañana. Contempla la pureza diáfana y azul del cielo. Frente a ella, la playa es una gruesa banda de arena amarilla que acaricia el bronce de los muslos matinales y las cinturas del verano, y que a la derecha se adelgaza y se convierte a lo lejos en una cinta de tierra de color indistinto, y a la izquierda es la profusa confusión del puertot la superficie de un mar erizado de quillas, mascarones y velámenes, el olor de salmuera y de moluscos, el vuelo aristocrático de las gaviotas; y el denso rumor del agua mordiendo el muelle donde cabecean las barcas.


INCIPIT 1.589. EL DESVAN DE LAS MUSAS DORMIDAS / FULGENCIO ARGUELLES


En la primera casa que recuerdo había una estantería con libros colgando de la pared de la escalera que subía a la sala, y había un corredor de barandas torneadas con geranios  floridos, y también unas cortinas oscuras que separaban, en la planta baja, la cocina del cuarto trastero. Escondido detrás de esas cortinas escuché cómo un forastero venía a solicitar los servicios de mi abuela para que se ocupara, en calidad de interna, del cuidado de su casa y de sus hijos. Era un viudo reciente que necesitaba asistencia inmediata. Mi abuela hacía muchos años que estaba viuda. Cuando mataron a mi abuelo ella sólo tenía veinticinco años. Odié a aquel hombre y deseé su muerte, porque había venido a secuestrar a mi abuela, y durante días estallé en rabietas inexplicables que forzaron a mis padres a llevarme al pediatra, quien diagnosticó insuficiencias de calcio, hierro y algunas vitaminas principales. El calcio era un líquido blanco y espeso que sabía al barro de los charcos, y el hierro venía en ampollas y tenía el mismo olor que el agua que salía de la mina del monte. Para suplir la carencia de vitaminas mi madre me preparaba cada día un zumo de manzana, zanahoria y naranja, aunque no siempre había naranjas, y fue entonces cuando probé el aceite de hígado de bacalao y me sentí tan desgraciado con aquel sabor en la boca que le prometí a mi madre comer todo lo que me pusiera en el plato, incluso las asquerosas habas de mayo, a cambio de no volver a probar aquel líquido del infierno.


VERANO DE 1975


Mañana enterrarán a Daniel, Aroa Moreno, p. 123

En las verbenas y fiestas se baila el bimbó de George Dann a golpe de cadera los unos contra las otras. Se censura a Pasollni, a Bertolucci, a Kubrick, a Miller, a Goytisolo, canciones de Los Beatles, páginas de Cela, se manda bajar la voz a Serrat. Hay palabras que encienden las alarmas de los censores: «sexo», la palabra «democracia», «homosexual», «aborto», «revolución». Al director Carlos Saura, la extrema derecha le pone una bomba en un cine de la calle Princesa de Madrid en el estreno de La prima Aneéglica. Julio Iglesias canta «Gwendolyne», ya con su mano en el pecho, en algún festival de la Costa del Sol. Cientos de españoles cruzan clandestinamente la frontera a Perpiñán para ir a ver a Emmanuelle pasear por Bangkok. Berlanga se ríe del franquismo con La escopeta nacional.

Los extrarradios de Madrid se llenan de migrantes que llegan de los pueblos a sus calles de tierra. Os quedáis en nuestra casa, pues ya veremos cómo, nos apañaremos, los niños Pueden dormir todos juntos en el salón. Iremos tirando. Diez Personas en cincuenta metros cuadrados. Las vecinas se juntan Y hacen cadenetas con el papel de las revistas del corazón que cuelgan de ventana a ventana para celebrar la virgen de la Asunción y de la Paloma. Se comparte el olor de los guisos por la escalera. Carmen, que se te pegan otra vez las patatas.


Decreto-Ley 10/1975, de 26 de agosto, sobre Prevención del Terrorismo;


Mañana enterrarán a Daniel, Aroa Moreno, p. 125

En medio de aquel verano, con el país de vacaciones y con los obreros alejados de los núcleos industriales y los estudiantes fuera de la universidad, cuando el Consejo de Ministros, reunido en A Coruña el 22 de agosto informa de la aprobación un nuevo decreto ley. Una tramitación de precipitada urgencia para la prevención y el enjuiciamiento de los delitos de terrorismo y subversión contra y la seguridad personal. Lo explica el ministro de Información y y Turismo, León Herrera: “EI Gobierno sintió la ineludible obligación de crear la normativa jurídica necesaria para poder luchar con mayor eficacia y en defensa de toda la sociedad española contra esta monstruosa forma de criminalidad que es el terrorismo».

Desde el derecho y el Estado, se levanta una nueva ficción para recortar libertades y castigar con más ferocidad todavía.

Los juicios, a partir de ahora, pasan a ser sumarísimos, limitando las garantías del acusado, pudiendo convocarse los procesos en veinticuatro horas, sin tiempo para organizar y estudiar la defensa. Y serán los militares los que se encargarán de los procesos. Pero, sobre todo, el decreto conlleva un incremento general de las penas. A los autores de delitos contra la autoridad, contra miembros de las fuerzas armadas y de Seguridad del Estado y funcionarios públicos se les debe pela pena capital si el resultado de su delito ha sido la muerte. aquellos que colaboren con organizaciones comunistas, o separatistas se les aplicará siempre la pena máxima prevista por el Código Penal. Y la norma se aplicará con carácter retroactivo.


CARABANCHEL Julio de 1975

 


CARABANCHEL

Julio de 1975

Daniel aguanta una náusea cuando sacude y estira la manta sobre el colchón y se remueve el aire de la celda. El trapo no está más limpio que lo demás, pero al menos no tocará esa gomaespuma llena de manchas y restos de fluidos con su propio cuerpo, sucio también. Le duelen todavía los golpes. Se levanta el jersey y ve los moratones que tiene en el costado, que amarillean en los bordes poco a poco. Se imagina desfigurado y se pasa la mano por la cara, los pómulos, el bigote y la mandíbula, no sabe qué aspecto tiene. Ya no lleva las gafas. También se pasa la lengua por los huecos nuevos de la dentadura. Daniel se ha esforzado por grabar en su memoria las caras de todos esos agentes que lo han torturado. No los quiere olvidar nunca, sea lo que sea que signifique ahora la palabra «nunca». Recuerda muy bien a todos los que lo retuvieron durante más de una semana en aquellos otros sótanos, y suma a estos diez o doce rostros nuevos que le han desnudado dos veces antes de llevarlo a esa celda de castigo. Qué creen que puedo seguir llevando encima, piensa. Rígidas normas de la autoridad y la burocracia: se conduce a los detenidos a punta de metralleta contra la cara en un coche hasta la prisión, se registra a los presos de arriba abajo y hasta la ropa interior, se rellenan formularios, se firman papeles y se procede con todos los trámites que exige el orden.


PRIMERO DE MAYO Mayo de 1975


Mañana enterrarán a Daniel, Aroa Moreno, p. 30

PRIMERO DE MAYO

Mayo de 1975

El dictador, su mujer y los príncipes de España entran en el palco del estadio Santiago Bernabéu en Madrid. Franco alza y agita una pequeña mano temblorosa, su mujer lleva un ramo de flores, también Sofía. Los príncipes flanquean, uno a cada lado, a la pareja. Risas, fotos, aplausos. El pueblo brama. El Régimen, algo desquiciado, también. En el palco no pierden esa postura hierática. España pone atención y emoción. También están el presidente del Gobierno y algunas autoridades en segunda fila. Todos parecen felices y sonríen al público, que les devuelve una enorme ovación. El uno de mayo es el día del trabajador, pero la dictadura le encargó a la Falange y a la Iglesia ocuparse de los festejos y despojarlos de cualquier matiz de reivindicación obrera. Los escudos de todas las provincias españolas cubren los graderíos que sirven de telón de fondo al espectáculo. Delante de ellos se desarrolla una demostración sindical dedicada a la mujer española. Como pórtico, dirá el noticiero, cuarenta señoritas sobre motocicletas ligeras, ataviadas con el traje de trial, realizan distintas evoluciones sobre la pista.


INCIPIT 1.588. MAÑANA MATARAN A DANIEL / AROA MORENO DURAN


Desaparece la vida de todas las imágenes. Este es el paisaje de mis veranos. Pantalón corto. Costra en las rodillas. Sobre las púas de los árboles que cubren el suelo del jardín de una casa de piedra, una familia celebra una fiesta. La sangría se enfría en jarras de cristal llenas de hielo. Rojo, naranja, limón. Recuerdo rostros en un año indefinido de mi juventud. Uno lleva una mochila a la espalda y botas y yo le sigo. Tiene el pelo claro de las buenas familias y me coge de la mano. Dice vamos a perdernos. Dice yo conozco este lugar. Ahora los senderistas se juntan en la puerta de las cantinas. Los pómulos quemados por el sol. Son hombres y mujeres de montaña. Todos vienen del valle donde los mataron. Pero están sonriendo y no paran de hablar. Un disparo lo cambia todo y, a la vez, no cambia nada. La línea del futuro sigue su constante avance hacia la sombra. Un disparo y todos se mueren dentro de una familia. Porque ya nunca se cierra la carne que se abre. No se cose la tela que se rasga.

Tres hombres murieron delante del talud de montaña donde cantábamos cuando éramos jóvenes. La canción que pensábamos que nos hablaba de aquello. Cuando teníamos los mismos años que tenían los tres. A solo unos metros y algo más de dos décadas de distancia. Donde acampamos y nos perdimos del grupo. Fue junto a este árbol o fue en el coche junto al cementerio. La memoria no llega si no es avisada.


INCIPIT 1.587. ESE MONTON DE ESPEJOS ROTOS / GONZALO CELORIO


Prólogo

Es lo que hay

Cuando salió a la luz mi libro Mentideros de la memoria en 2022, el escritor español Jesús Marchamalo me hizo una entrevista larga para la centenaria Revista de Occidente. En ella, respondí a sus preguntas sobre la «poética» de mis novelas memoriosas y de otros textos afines. Para abrir este prólogo, quiero reproducir la última pregunta de esa conversación, que anuncia la escritura del libro que el lector ahora tiene en sus manos o en la pantalla de su dispositivo electrónico:

—Tal vez le apetezca terminar hablando de si habrá una segunda entrega de estos Mentideros...

—Ahora, que he llegado a los setenta y cinco años, quizá ya me toca hablar un poco de mí.

—¡Por fin! Permítame que lo celebre...

—En mis novelas anteriores he hablado de mi familia desde el minarete del anonimato en el que me colocó el undécimo lugar que ocupo en la prolífica descendencia de mis padres. Inevitablemente he narrado, en primera persona, varios episodios de mi infancia y algunos de mi juventud, pero no soy el protagonista de estas obras. Tampoco lo soy de los textos de Mentideros de la memoria que he dedicado a los escritores que tuve la fortuna de conocer; ahí sólo desempeño el papel de intermediario entre sus voces y el lector. Ahora estoy escribiendo mis memorias. Las recogeré en un volumen que llevará por título un verso de Borges que define con acierto la memoria: Ese montón de espejos rotos. Será un libro fragmentario, en el que combinaré la vida privada y la vida pública, en beneficio de mi elemental unidad ontológica, que puede reconocer que siempre hemos sido y seguimos siendo, por lo menos, dos.


INCIPIT 1.586. AGOSTO, OCTUBRE / ANDRES BARBA


Ocurría al volver a casa desde la playa, junto a sus padres y su hermana pequeña. La excitación se parecía más a una molestia que a un placer. Se quitaba el bañador y se masturbaba en el cuarto de baño antes de ducharse evocando imágenes medio difusas que acababa de ver hacía tan sólo unos minutos en la playa o en el paseo que la unía a la casa que habían alquilado sus padres para las vacaciones, imágenes casi abstractas de chicas de su edad, o incluso un poco mayores, de dieciséis, de diecisiete años. Más que la certeza de un cuerpo concreto sentía –cuando cerraba los ojos y comenzaba a tocarse– una suma difusa de cuerpos fantasma cuyas formas eran, a la vez, inquietantemente concretas. El pliegue, por ejemplo, de las caderas cuando estaban sentadas, la doblez de unos pechos vistos de perfil, las muescas extrañas y circulares, como hoyuelos, en el final de una espalda.


ATENEA


Entra el fantasma, Isabella Hammad, p. 173

-Metis estaba embarazada del hijo de Zeus —leí—. Un oráculo le dijo a Zeus que si Metis tenía un hijo, usurparía el trono cuando creciera. ¿Sabes lo que significa eso? Significa que Zeus ya no sería rey de los dioses, sino que el rey sería su hijo. Y Zeus no quería eso, ¿y qué hizo entonces? —Miré más adelante-. Decidió comérsela. iSe la comió! Córcholis. —Seguí leyendo—. Y Metis era muy lista, y le dio consejos a Zeus desde el interior de su cerebro. Precioso. —Vi que Emil miraba mi cara en lugar de seguir las palabras de la página, así que quizá no supiera Ieer después de todo, sino que se limitaba a escuchar. Empecé a improvisar - Y así, encerrada dentro del cerebro de Zeus, Metis se puso a coser y coser y coser, y tejió una armadura completa para el hijo que aún no había nacido, y mientras barriga creció y creció y creció. Y a veces, solo para irritar a Zeus, sacudía la máquina de coser y él notaba unos ligeros pinchazos detrás del ojo.

Emil rió brevemente.

—Un día, Zeus sintió un horrible dolor de cabeza. Esta vez era peor que cuando Metis sacudía su máquina de coser. Le zumbaba, zumbaba y zumbaba, como si alguien tratara de salir de allí. El dolor de cabeza empeoró tanto que finalmente Zeus pidió a su amigo Ares que le abriera la cabeza con un hacha. ¿Te imaginas? Un dolor de cabeza tan fuerte que lo mejor que puedes hacer para eliminarlo es darte de hachazos.

Me miró. No estaba segura de que lo hubiera entendido.

—No me lo puedo imaginar —dije.

—Yo sí —dijo Emil.

—Ah, ¿sí? —dije complacida. Eramos camaradas—. Así que

Ares levantó el hacha, apuntó a la cabeza de Zeus y ¡TOMACASTAÑA! La cabeza se abrió por la mitad y de allí salió Atenea, vestida con la armadura y lista para la batalla.


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