Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

JAMESIANA


Sexual personae, Camille Pagia, p. 688
El mundo de James, como hemos visto, está gobernado por las mujeres. Salvo unas cuantas leves excepciones, los hombres están limitados y subordinados o son ridículos. La propia figura de la madre presiona ampulosamente en las novelas tardías, como una suerte de fuerza biográfica paralizante, a la que James se resiste al tiempo que adora. La sentimos suspendida sobre su ornado estilo. Adoptando una prosa de ropaje femíneo, se une con la madre mediante una suplantación ritual de su identidad. El hijo amante de la diosa comete incesto mediante su lenguaje hierático y hermafrodita. Pero este sagrado matrimonio está lleno de peligros. Así, esto es lo que dice James del Príncipe Amerigo y su amante: “La intensidad tanto de la unión como de la cautela se transformó en un sustituto posible del contacto”. En las obras de James se siente siempre una perturbadora cautela. El James de las novelas tardías recuerda al Condorcet disfrazado de chica por su madre para, según Frazer, mantener a distancia al mal de ojo. En James, la propia madre es el mal de ojo. Le protege de lo demónico, prestándole su atuendo, en la forma de su estilo tardío, como una defensa contra los espectros de Otra vuelta de tuerca. Pero al mismo tiempo es también el canal por el que fluye lo demónico, a lo largo del cual la naturaleza aplasta y humilla al hombre. La unión de James con la madre es una reclusión que el lector, oprimido por su estilo, pasa a compartir con él. Ella le impide entrar plenamente en el mundo de los personajes. Le obliga a detenerse en un estado intermedio, a mitad de camino entre el Romanticismo y la novela social, su objetivo artístico. Así que nosotros nos quedamos esperando ... y esperamos y esperamos. En James nunca pasa nada, porque tanto él como nosotros somos rehenes cogidos en medio de un fuego cruzado.
Las represiones y evasiones en James son muchas, variadas y agotadoras. No sé por qué no se ve a más gente saliendo a todo correr de las bibliotecas, gritando y haciendo añicos la novela de James que tienen entre las manos. Antes me preguntaba si el entusiasmo que provoca no estaría basado en la identificación, puesto que sus pasivos y cautelosos protagonistas se parecen a muchos académicos. Tal vez, lo más intolerable es la soporífera crítica que lo ha elevado a los altares. Hay que ignorar mucho en él para coronarlo de laureles. Pero si se le entiende como un autor tardorromántico, un decadentista en el sentido amplio que yo doy al término, sus perversiones sadomasoquistas adquieren una forma coherente, orgánica con su ingenioso esteticismo y con sus ambiguas “personas del sexo”. Su quisquilloso estilo tardío es decadentista porque es excesivo y al mismo tiempo exigente. George Moore decía que James era un “eunuco” que se había hecho a sí mismo, con lo que implicaba que era mojigato y «mariquita». Es una explicación demasiado simple. No se puede entender el sexo separado de la naturaleza. Las frustraciones e impedimentos retóricos de James surgen de la eliminación de lo demónico, que incluye al sexo, pero también lo somete.

DE REPENTE EL ULTIMO VERANO


Sexual personae, Camille Paglia, p. 542
Ese recuerdo de Tenessee Williams de su traumática iniciación sexual confirma mi lectura de De repente el último verano, que yo siempre he considerado una obra salida de las profundidades ctónicas. La obra originariamente apareció con otra en Garden District (1958),  el nombre de un lugar de Nueva Orleans que Williams convierte en una metáfora de la naturaleza rapaz. La brillante adaptación al cine de De repente el último verano (1960), dirigida por Joseph L. Mankiewicz con guion de Gore Vida!, fue un desastre de crítica. Muestra a la madre naturaleza como un vortex de Sade y Darwin, en el que los débiles son devorados por los fuertes. En una escena de horror expresionista, que tensa al máximo los límites emocionales de la película, Katherine Hepburn en el papel de Violet Venable, narra el ataque anual de los pájaros de las Encantadas a las tortugas recién nacidas que corren hacia el mar. De repente el último verano es un A Contrapelo invertido. En lugar de un cubículo ctónico (el hortícola capítulo VIII de Huysmans) en un espacio estético, hay un cubículo estético en un espacio ctónico. El cubículo estético de Williams es un santuario votivo preservado por una despótica mater dolorosa en honor de su hijo/amante, el esteta homosexual Sebastian Venable, quien escribía un poema al año, eso sí, perfecto, en una edición privada digna de Des Esseintes. La rica madre y su hijo eran una «pareja famosa” en los lugares de Europa que solían frecuentar. En los inseparables Violet y Sebastian, Williams moderniza sexualmente a Viola y Sebastian, los gemelos hermafroditas de Shakespeare. La modernización aquí, como en Picasso, significa volver a un arquetipo primitivo. Violet y Sebastian son la Gran Madre y su hijo ritualmente asesinado. Es asesinado por un conjunto de mendigos depredadores, quienes cortan y comen su carne en una especie de sparagmos ritual. Ella es la que cultiva plantas insectívoras en un “jardínjungla” perpetuamente envuelto en vapor que se describe en la obra con un lenguaje tomado directamente de A Contrapelo.El siniestro jardín es la más potente evocación cinematográfica de la ciénaga primigenia, sólo superada por la saga de los dinosaurios en Fantasía de Disney. La película de Mankiewicz es sofisticada y culta: colgado en la habitación del hijo hay un cuadro renacentista de San Sebastián, el bello muchacho sangrante. Sebastian Venable pertenece a la tradición del mártir homoerótico, una tradición a la que contribuyó Oscar Wilde al adoptar el nombre de Sebastian Melmoth tras ser puesto en libertad.

INCIPIT 1.010. pequeñas mujeres rojas / marta sanz


CON NUESTROS TIRACHINAS (LEA DESPACIO)
Nosotros éramos oriundos y también éramos de otra parte. Somos los niños perdidos y las mujeres muertas. Dios no existe -darnos fe de ello- y nosotros aquí andamos siempre sonrientes.
Sabemos un montón de cosas. Sabemos que los recuerdos de Paula no pertenecen a este lugar. ¿Por qué llega entonces a este pueblucho para ocuparse de las tareas sucias, desenterrar los huesos muertos -hablarnos metafóricamente-, reavivar los odios de una fogata en la que nos quemarnos para regenerarnos de noche y al siguiente día volver a arder?, ¿por qué viene Paula a profundizar, desde un átomo, en la fosa, ensanchándola para después desinfectarla con cal viva como una jardinera que solo cultiva crisantemos o una limpiadora por horas?, ¿por qué quiere ponerles nombre a los despojos?, ¿quiere Paula purgar sus incógnitas culpas como los que cebaban al cerdo de San Antón y después lo embuchaban sin lavarse las manos?, ¿está aburrida?, ¿cuál es el país de Paula?, ¿y su pecado?, ¿qué ftliación la lleva a estropearse las uñas contra el terrizo y a llenarse de arenilla los bronquios mientras intenta limpiar la quijada de un hombre, probablemente bueno, que habitó durante un instante esta tierra y después se la comió para siempre?

1.009. TRILOGIA DE FREDY MONTGOMERY / JOHN BANVILLE


Su señoría, cuando me pida que se lo cuente a los miembros del jurado en mis propios términos, diré lo siguiente: me tienen encerrado como a un animal exótico, último superviviente de una especie que consideraban extinta. Deberían dejar pasar a las masas para que me viesen: el devorador de la muchacha, esbelto y peligroso, andando de aquí para allá en   mi jaula, mientras mis terribles ojos verdes parpadean más allá de los barrotes; tendrían que darles algo con que soñar cuando por las noches están bien abrigados metidos en sus camas. Cuando me detuvieron, se arañaron con tal de echarme un vistazo. Estoy convencido de que habrían pagado por ese privilegio. Gritaron insultos, esgrimieron sus puños amenazadores y mostraron los dientes. Fue irreal, aterrador pero cómico verlos allí, apiñados en la acera como extras cinematográficos, jóvenes con gabardinas de tres al cuarto, mujeres con la bolsa de la compra y uno o dos personajes silentes y canosos que permanecían inmóviles, voraces, atentos a mí, pálidos de envidia. En aquel momento un guardia me cubrió la cabeza con una manta y me empujó al interior del coche patrulla. Reí. Había algo irresistiblemente gracioso en la forma en que la realidad, trivial como de costumbre, satisfacía mis peores fantasías.
A propósito de aquella manta, ¿la trajeron aposta o siempre llevan una en el maletero? Ahora estas cuestiones me preocupan, les doy vueltas y más vueltas. Debí de dar una imagen interesante, apenas entrevista, instalado en el asiento trasero cual una momia mientras el coche se deslizaba a todo gas por las calles húmedas bañadas de sol, dándose aires de importancia.

INCIPIT 1.008. DESPUES DEL INVIERNO / GUADALUPE NETTEL


CLAUDIO
Mi departamento está sobre la calle Ochenta y siete en el Upper West Side de la ciudad de Nueva York. Se trata de un pasillo de piedra muy semejante a un calabozo. No tengo plantas. Todo lo vivo me provoca un horror inexplicable, igual al que algunos sienten frente a un nido de arañas. Lo vivo me amenaza, hay que cuidarlo o se muere. En pocas palabras, roba atención y tiempo y yo no estoy para regalarle eso a nadie. Aunque algunas veces logre disfrutarla, esta ciudad, cuando uno lo permite, puede llegar a ser enloquecedora. Para defenderme del caos, he establecido en mi vida cotidiana una serie muy estricta de hábitos y restricciones. Entre ellos, la absoluta privacidad de mi guarida. Desde que me mudé, ningunos pies excepto los míos han cruzado la puerta del departamento. La sola idea de que alguien más camine por este suelo puede desquiciarme.  No siempre me siento orgulloso de mi manera de ser. Hay días en que anhelo una familia, una mujer silenciosa y discreta, un niño mudo, de preferencia. La semana en que me instalé, hablé con los vecinos del edificio -la mayoría inmigrantes- para dejar claras las reglas.

INCIPIT 1.007. AMOR INTEMPESTIVO / RAFAEL REIG


Con más de cincuenta años, seguía echándome de menos a mí mismo, y empecé a escribir en un cuaderno de doscientas cuarenta páginas tamaño cuartilla, de pie, en un barril del bar de Lucía, con un whisky y frente a la piedra de La Maliciosa coronada de nieve. Tardé meses en llenarlo y cuatro años en llegar hasta el final, desde el que ahora escribo. Las novelas -como la vida- se leen desde el primer capítulo hasta al último, pero se escriben siempre desde el final -también como la vida, que solo adquiere sentido una vez vivida-. Intenté apartarlo de mí, escribí otras cosas (las novelas Señales de humo y Para morir iguales), pero el cuaderno de tapas negras seguía esperándome sobre la mesa con sus ciento veinte páginas escritas a lápiz por una sola cara; y otras tantas en blanco, al dorso.

JAMESIANA


Sexual personae, Camille Pagia, p. 758
Pasemos, pues, a sus últimas novelas. Para mí, la crítica temprana de James tiene un tono más acertado que los estudios académicos más recientes, que tienden a ser más reverentes. Por ejemplo, en 1916, Rebeca West observaba que James «se dispuso a construir una historia de piedra de las pirámides y un escenario que podría constituir el emplazamiento de una gran ciudad». Describe West «esas grandiosas frases que se extienden página tras página de The Golden Bowl (La copa dorada, 1904), produciendo tal efecto de invasión vegetal que uno tiene la sensación de que si cortara unos esquejes podría plantar una biblioteca en el jardín”.
He aquí un ejemplo de uno de esos esquejes tornado de La copa dorada. El Príncipe Amerigo está pensando en Charlotte Stant: «No había nada en ella que la definiera por completo; era extraña, un producto especial. Su soltería, su soledad, su falta de medios, es decir, su falta de relaciones y otros privilegios, contribuían en cierto modo a enriquecerla con una neutralidad extraña y preciosa; constituían en ella, tan distante y, sin embargo, tan consciente, una especie de pequeño capital sociai. Nada que la definiera: nos dejan en el limbo. Las novelas sociales trazan normalmente las relaciones sociales. Pero James quiere una Charlotte sin relaciones. Distante, neutra y sin relaciones, flota sin trabas. James desorienta al lector al atenuar las premisas espaciales y psicológicas de la percepción. El personaje que tenemos ante nosotros se hace cada vez más, no menos, nebuloso; una aparición que por más que nos esforcemos en enfocar elude la resolución tridimensional. La sintaxis es igualmente perversa. La prosa se interrumpe a sí misma con circunloquios, infinitos calificativos de precisión decadentista y una pedantería que insensibiliza mediante la hiperabstracción.
El estilo de James es desconcertante. Esto es, dispone su prosa como una especie de deflector o barrera entre el lector y la cosa descrita. En los diálogos, lo no dicho presiona sobre lo que se dice. En las últimas novelas, la misma prosa es la que ejerce esta presión, forzando al lector a someterse. Hay un oscurantismo provocador. Por ejemplo, Strether le pregunta a alguien: «¿Para qué sugiere que yo supongo que ella le elegirá a usted?». Este abigarrado cúmulo de suposiciones, con su majestuosa rotación de puntos de vista, se asemeja a un hormiguero que rodeamos cuidadosamente. La emoción ha sido desplazada tres veces.

CUMBRES BORRASCOSAS


Sexual personae, Camille Paglia, p. 556
Catherine le dice a Nelly Dean, su sorprendida ama de llaves, que se casará con Edgar, no con Heathcliff, porque ella y Heathcliff son demasiado parecidos: “... es más que yo misma ... Neli, yo soy Heathcliff”. Un amor así, que es el resultado de un sentimiento de identidad más que de diferencia, está allende el género. Los parecidos entre Heathcliff y Catherine son literales. Ella es tan violenta y vengativa como él. Es un marimacho de mal carácter que pide un látigo como regalo y que está continuamente atacando y maltratando a todo el que se cruza en su camino. Catherine y Heathcliff padecen la emoción en forma de paroxismo físico. Los dos rechinan los dientes cuando se encolerizan y se dan de cabeza contra las paredes. En uno de esos episodios de «febril extravío», Catherine rasga la almohada con los dientes, formando a su alrededor una nube de plumas, como si fuera un zorro devorando una gallina. Uno de los primeros críticos que hicieron un análisis positivo de la novela, Emile Montégut, afirma: «Él y ella son, como si dijéramos, una sola persona; juntos forman un monstruo híbrido, con dos sexos y dos almas; él es el alma masculina del monstruo; ella, la femenina».Es una metáfora típica del  tardorromanticismo francés decadentista; las del Alto Romanticismo eran mejores. Claire Rosenfield observa lo siguiente: “Cathy y Heathcliff son dobles exactos; sólo difieren en el sexo”. Esta historia de amor es en realidad la fusión romántica de los dobles vista por Emily Bronte.
En cuanto que “persona del sexo”, Heathcliff está basado en Byron y más específicamente en el Manfred de Byron, un personaje atormentado por el amor que sentía por su hermana. Siempre se ha reconocido la presencia del tema del incesto en Cumbres borrascosas, pero sólo se ha analizado esporádicamente. Catherine y el huérfano Heathcliff crecieron con la intimidad propia entre hermano y hermana. De hecho, Heathcliff podría haber sido hijo ilegítimo de Earnshaw y, por consiguiente, hermanastro de Catherine. Pero la crítica ha tendido a racionalizar el tema del incesto haciendo caso omiso a sus fuentes románticas. Heathcliff y Catherine no se pueden casar, dicen algunos, debido al tabú del incesto implícito en la obra. Sin embargo, como ya hemos visto, el incesto es tan indispensable para la conciencia romántica que incluso cuando no hay hermano o hermana, como es en el caso de Shelley, han de inventarse. Para el Romanticismo, el incesto no es un peligro que hay que evitar, sino algo que fortalece la imaginación. La relación fraternal entre Heathcliff y Catherine aviva el fuego de su amor, más que apagarlo. Se puede decir que su amor es asexuado porque no hay deseo de relación carnal.

DAVID DE DONATELLO


Sexual personae, Camille Piglia, p. 195
El Perseo fue la respuesta de Cellini al heroico David realizado en mármol cuarenta años antes por Miguel Ángel para la misma plaza. Ambas esculturas descienden del David en bronce de Donatello, el primer desnudo hermoso y la primera escultura verdaderamente exenta desde la caída del Imperio Romano. Claramente homosexual en su concepción, muestra a David victorioso, pisando la cabeza cercenada de Goliat. La historia de David y Goliat, al igual que la de Judith y Holofernes, se convertiría en un símbolo político de la resistencia florentina a la tiranía. El David de Donatello es sorprendentemente joven, más joven incluso que el Efebo Critios. El contraposto del David es lánguidamente helenístico. La mano en la cadera y la rodilla medio doblada crean la sensación de que está ofreciendo su cuerpo. Visto de lado, sorprenden sus nalgas, pequeñas y redondeadas, como melocotones, sus afilados omóplatos y su vientre de niñopetulantemente abombado. La combinación de un físico infantil con un lenguaje corporal femenino es perversa y tiene algo de pederasta. Miguel Ángel adoptará esta fórmula erótica para sus desnudos más atléticos, en donde pasa a ser abiertamente sadomasoquista.
H.W. Janson, el David de Donatello es “extrañamente andrógino” “le beau garçon san merci, sólo consciente de su sensual belleza. Puede que esté relacionado con una obra poética de Beccadelli, Hermaphroditus. El David tiene el cabello largo, partido en femeninos itirabuzones adornados con cintas y va tocado con un sombrero espléndndidamente vulgar engalanado con una guirnalda, una versión del sombrero de viajero de Hermes Psicopompo. Pero no lleva la túnica de éste, sino sólo unos borceguíes de cuero exquisitamente esculpidos. Un tropo pornográfico: la persona medio desnuda es más erótica que totalmente desnuda. El penacho de plumas del casco de Goliat, cual idea escurridiza, roza la parte interna del muslo de David, apuntando a los genitales. Los putti romanos suelen mostrar sus genitales o incluso a veces están representados orinando pícaramente, un motivo este que  fue adoptado en muchas fuentes renacentistas. Donatello poetiza la ostentatio genitalium, una exhibición pagana. La cabeza cana del monstruo vencido es un detalle iconográfico conocido, pero aquí el monstruo vomita un chorro de sangre que rodea la estatua a modo de guirnalda. Lo que mana es el deseo del gigante y también el del artista. David, hincando su gran espada en el centro, ha robado el pene adulto, de la misma forma que ha robado los corazones. El chorro de sangre, rematado en un penacho, es una nube carnal: Zeus, como un águila herida, llevándose a Ganímedes.

SADE


Sexual personae, Camille Paglia, p. 193
El Marqués de Sade (1740-1814) es un gran escritor y un gran filósofo cuya ausencia en los programas universitarios americanos demuestra la hipocresía y la timidez de los estudios humanistas liberales. Ninguna educación en la tradición occidental es completa sin Sade. Ha de ser presentado en toda su fealdad. Bien leído, es divertido. Satirizando a Rousseau punto por punto, Sade prefigura las teorías de la agresividad que posteriormente desarrollarán Darwin, Nietzsche y Freud. Sade fue perseguido tanto por los gobiernos conservadores como por los liberales y pasó veintisiete años en la cárcel. Sus libros fueron prohibidos, pero unas cuantas ediciones privadas influyeron grandemente en la vanguardia francesa e inglesa a lo largo de todo el siglo XIX. La obra completa de Sade sería finalmente publicada después de la segunda guerra mundial. Los intelectuales franceses lo aceptaron de la misma forma que aJean Genet, como un poeta-delincuente, un ladrón homosexual, carne de prisión. Pero Sade apenas ha conseguido entrar en la conciencia de la intelectualidad americana. Es su violencia, mucho más que su teoría del sexo, lo que los intelectuales encuentran difícil de aceptar. Para Sade, el sexo es violencia. La violencia es el auténtico espíritu de la madre naturaleza.
Sade es una figura de transición. Sus aristocráticos libertinos pertenecen a la novela mundana del XVIII, del tipo de Las amistades peligrosas de Lados (1782). Pero la forma en que Sade hace hincapié en la energía, el instinto y la imaginación lo sitúa claramente entre los románticos. Escribe en la misma década que Blake, Wordsworth y Coleridge. Expandiendo la idea rousseauniana de la identidad sexual, Sade convierte el sexo en un teatro de acción pagana. Separa por completo el sexo de la emoción. La fuerza, y no el amor, es la fuerza del universo, la suma verdad pagana. La demónica madre naturaleza de Sade es la más sangrienta de las diosas desde la Cibeles asiática. Rousseau reaviva a la Gran Madre, pero Sade restaura su verdadera ferocidad. Ella es la naturaleza darwiniana, con los dientes y las garras manchados de sangre. Lo único que hay que hacer es seguir a la naturaleza, dice Rousseau. Sade asiente con una risa siniestra. «La crueldad», dice en La filosofía en el tocador (1795) es «el primer sentimiento que la naturaleza imprime en nosotros» y en Justine (1791) llama a la naturaleza «nuestra madre”. El mundo de Sade está gobernado por un titán femenino: «No, no hay Dios; la Naturaleza se basta a ella misma; no tiene ninguna necesidad de un creador». La Gran Madre, el personaje femenino supremo de Sade, es el principio y el final de todas las cosas.

INCIPIT 1.006. COSTAS EXTRAÑAS / JM COETZEE


«¿Qué es un clásico?», una conferencia
En octubre de 1944, mientras las fuerzas aliadas combatían en el continente europeo y los proyectiles alemanes caían sobre Londres, Thomas Stearns Eliot, de cincuenta y seis años de edad, pronunciaba su discurso de investidura como presidente de la Sociedad de Estudios  Virgilianos de Londres. En su conferencia, Eliot no menciona las circunstancias del conflicto bélico, a excepción de una única referencia –tangencial e implícita, al mejor estilo británico- a “dos contratiempos del momento presente” que habían estorbado el acceso a los libros que necesitaba  para preparar su conferencia. De este modo recuerda a sus oyentes que hay una perspectiva desde la cual la guerra es solamente un tropiezo, por inmenso que sea, en la historia de Europa.
El título de la conferencia era “¿Qué es un clásico?” y su objetivo era consolidar y refundar una tesis que Eliot llevaba mucho tiempo anunciando: que la civilización de Europa occidental es una única civilización cuya vía de descendencia procede de Roma a través de la Iglesia de Roma y del Sacro Imperio Romano, y cuyo texto clásico originario debía ser, por tanto, la Eneida, el poema épico de Virgilio. Cada vez que se debatía sobre este asunto, era un hombre de creciente autoridad pública quien lo defendía, un hombre del que, en 1944, cabía decir que dominaba el panorama de las letras inglesas por su condición de poeta, dramaturgo, crítico, editor y analista de la cultura.

INCIPIT 1.005. SEXUAL PERSONAE / CAMILLE PAGLIA


Sexual Personae (Las personas del sexo) intenta demostrar la unidad y la continuidad de la cultura occidental, algo en lo que apenas nadie cree desde el periodo anterior a la primera guerra mundial. El libro acepta la tradición canónica occidental y rechaza la idea de que la cultura se ha colapsado y dividido en fragmentos carentes de significado. Yo defiendo la idea de que el judeocristianismo no llegó a eliminar el paganismo, que sigue floreciendo en el arte, el erotismo, la astrología y la cultura pop. El primer volumen de Sexual Personae examina la Antigüedad, el Renacimiento y el Romanticismo, desde los años finales del siglo XVIII hasta 1900. Mi tesis es que el Romanticismo no tarda en convertirse en el Decadentismo que yo detecto en muchos de los grandes autores del XIX, incluida Emily Dickinson. El segundo volumen demostrará cómo el cine, la televisión, los deportes y el rock han hecho suyos todos los temas de la Antigüedad clásica. Mi planteamiento en toda la obra es el de combinar diversas disciplinas: la literatura, la historia del arte, la psicología y la religión.
¿Qué es el arte? ¿cómo crean los artistas? ¿y por qué? La mayor parte de la crítica académica ha tendido a ignorar o a embellecer la inmoralidad, la agresividad, el sadismo, el voyeurismo y la pornografía presentes en el arte. Yo relleno el hueco entre el artista y la obra de arte con metáforas inspiradas en la Cambridge School of Anthropology. Mi mayor ambición es fusionar a Frazer y a Freud.

PERSEO


Sexual personae, p. 193
Las jerarquías renacentistas aparecen dramatizadas en el atronador apogeo de la Autobiografía de Benvenuto Cellini (1562). Este artista es una de las grandes «personas del sexo» del Renacimiento, un héroe de la cultura y hacedor de maravillas. Antes de él, los escultores y los pintores, siendo como eran trabajadores manuales, habían sido considerados siempre inferiores a los poetas. En todas las culturas, salvo en la griega, no eran sino simples artesanos, como el carpintero o el fontanero de nuestros días. El bronce del Perseo de Cellini se forja en una tormenta wagneriana de voluntad occidental. El artista ataca por tierra, aire, agua y fuego. Apila madera, ladrillo, hierro, cobre; cava un foso; tira de las sogas. Modela a su héroe en arcilla y cera. Desarrolla una energía sobrehumana, hasta que la fiebre termina por abatirlo. Cellini se encama en una especie de «couvade» ritual, mientras Perseo lucha por nacer. El metal fragua y ha de ser resucitado de entre los muertos. Finalmente, el artista, transfigurado por el éxtasis creativo, gritando, blasfemando, vence todos los obstáculos y consigue traer a Perseo al mundo en una explosión, «Una tremenda llamarada», parecida a un relámpago. Cellini ha hecho un «milagro>>, ha triunfado gracias a una combinación  sobrehumana de fuerza masculina y femenina.Entonces se instaló la escultura de Perseo en una plaza pública. Al destaparla en la ceremonia de inauguración, el gentío lanzó “gritos de entusiasmo infinito». Docenas de sonetos son pegados a panegíricos escritos por doctos profesores. El duque pasa escondido tras las ventanas del palacio oyendo las exclamaciones de admiración de los ciudadanos. Este emocionante episodio demuestra el potencial que tiene la colectividad en ciertos momentos privilegiados de la historia. El Renacimiento hizo arte  público, uniendo las clases sociales en una emoción común. Una figura en un podio; el entremezclarse de los nobles, los intelectuales, la plebe: uno píensa en la  diversidad del público de Shakespeare en el Globe Theatre. Una obra de arte contemporánea que provocara gritos de admiración en una multitud socialmente mezclada es impensable. Nuestro único equivalente se encuentra en el cine, por ejemplo, el estreno en Atlanta de Lo que el viento se llevó. Cellini ilustra las diferencias nacionales en la forma renacentista: en Italia, el objet d'art; en Inglaterra, el teatro.

EFEBOS


Sexual personae, p. 156
En Grecia, el efebo era siempre lampiño, estaba detenido en el Cuando llegaba a la edad adulta, él mismo pasaba a ser, a su amante de los muchachos. Al igual que el santo cristiano, el griego era un mártir, una víctima de la tiranía de la naturaleza. Su belleza no podía durar, y por eso la escultura apolínea lo atrapaba en flor. Hay cientos de vasos de fragmentos de cerámica y de graffiti en los que alguien es denominado kalos, “el hermoso” o “el guapo”: una especie de coqueto elogio público del hombre por parte del hombre. K. J. Dover demuestra los criterios que gobernaban  la representación de los genitales masculinos, criterios que son totalmente opuestos a los nuestros: gustaba el pene pequeño, fino, mientras que se consideraba vulgar y animal el pene grande. Incluso el musculoso Hércules era representado con genitales de muchacho. Por consiguiente, pese a su patriarcado político, no se puede  considerar que Atenas fuese -horrible palabra- una falocracia. Por el contrario, el pene griego pasó por un proceso de edición en el cual se sustituyeron los puntos de exclamación por simples guiones. El efebo era deseado, pero no deseante. Ocupaba una dimensión presexual o suprasexual, el ideal estético griego. Convencionalmente, su admirador adulto podía buscar el orgasmo, pero él no llegaba a la erección.
El efebo era un adolescente que planeaba entre un pasado hembra y un futuro macho. J. H. Van den Berg afirma que la adolescencia se inventó en el siglo XVIII. Es cierto que antes los niños pasaban más directamente de lo que lo hacen hoy a las responsabilidades adultas. En el catolicismo, por ejemplo, los siete años marcan el albor de la conciencia moral. Después de la Primera Comunión, en cualquier caso. Las melancólicas crisis de identidad de la adolescencia fueron realmente un invento romántico de Rousseau y Goethe. Pero Van den Berg se equivoca al convertir la adolescencia en algo totalmente moderno. Los griegos la vieron y la formalizaron en el arte. La pederastia griega alababa el magnetismo erótico de los muchachos adolescentes de una forma que hoy puede llevarle a uno a vérselas con la justicia. Los niños son más conscientes y perversos de lo que creen los padres. Estoy de acuerdo con Bruce Benderson en que los niños pueden escoger y escogen. El muchacho adolescente, todavía con un pie en la pubertad, es soñador y distante, oscila entre el vigor y la languidez. Es un chico-chica, su masculinidad es trémula y difusa, como si se la viera através de un turbio fragmento de cristal antiguo.

EFEBO DE CRITIOS


Sexual Personae, Camille Pagina, p. 152
El sonriente kuros es la primera escultura totalmente exenta de la historia del arte. La estricta simetría egipcia se conservó hasta los albores de la época clásica. El Efebo Critios, mirando  hacia un lado y reposando el peso del cuerpo en la pierna contraria es el primero en romperla. En el inventario de artefactos griegos, el Efebo Critios es el último kuros. Ya no se trata de un tipo, sino que es un joven de verdad, serio y regio. Su cuerpo suave y bien formado tieue una sensualidad pura. En el kuros arcaico, que era calipigio, se realzaban y se valoraban más que la cara las nalgas grandes y bien formadas. Pero las nalgas del Efebo Critios tienen un refinamiento femenino, tan erótico como el pecho en la pintura veneciana. Es una figura en contrapposto: aprieta una nalga y relaja la otra. El artista las imagina como una manzana y una pera, brillantes y compactas. Durante trescientos años, el arte griego produjo muchos muchachos hermosos, tanto en piedra como en bronce. No conocemos sus nombres. La anticuada denominación genérica de «Apolos» era en cierto modo adecuada, pues el kuros solitario, exento, era una idea apolínea, una liberación de la mirada. Su desnudez era polémica. La kore («doncella») arcaica iba siempre vestida y tenía una función utilitaria: era una figura ofurente. El kuros, sin embargo, se yergue heroicamente desnudo con una externalidad y visibilidad apolíneas. A diferencia de la bidimensionalidad de las esculturas faraónicas, invita al espectador que pasa ante él a contemplarlo en redondo. No es ni rey ni dios, sino un joven humano. Un joven humano que goza de la divinidad y del estrellato. Constituye una secularización de la revelación y una ritualización de la identidad. El kuros es el primer ejemplo del culto a la personalidad de la historia occidental. Es un icono del culto a la belleza, de una jerarquía que no es dinástica, sino autogenerada.

MAS CHAVS


Chavs, Owen Jones, p. 146
Este odio a los chavs se ha convertido en una moda entre los jóvenes privilegiados. En universidades como Oxford, estudiantes de clase media organizan “fiestas chavs» en las que se visten como esta caricatura de la clase trabajadora. Entre los que se burlaban de esta estética estaba el príncipe Guillermo, uno de los jóvenes más privilegiados del país. En una fiesta temática de disfraces sobre el mundo chav que marcaba el final de su primer trimestre en Sandhurst, se puso una camiseta holgada y joyas llamativas, además de la imprescindible <>. Pero cuando los demás cadetes le pidieron que “pusiera acento chav y dejara de hablar como un miembro de la realeza», fue incapaz. “Guillermo en realidad no es el cadete que habla más pijo, pese a su herencia familiar, pero se esforzó por lograr un acento de clase trabajadora», dijo un cadete al Sun. Bienvenidos a la Gran Bretaña del siglo XXI, donde los miembros de la realeza se visten de sus súbditos de clase trabajadora para echarse unas risas.
Para hacerse una idea más detallada de lo que significa el fenómeno chav para los jóvenes de entornos privilegiados, tuve una charla con Oliver Harvey, exalumno de Eton y presidente de la Asociación Conservadora de Oxford. En las actitudes "de las clases medias" hacia lo que se habría llamado la "clase trabajadora'; la denominada cultura chav, todavia hay que considerar la clase como una parte importante de la vida británica”, dice. Chav es una palabra que Harvey oye a menudo circular bajo las agujas de ensueño de Oxford. “Uno pensaría que aquí la gente es culta, pero es algo que les sigue haciendo gracia”. A diferencia de otros estudiantes, no le gusta el término por su connotación clasista: “Creo que muestra una actitud condescendiente y bastante insultante. Es una palabra empleada por gente afortunada para hablar de otros que lo son menos ... Desgraciadamente, ahora es un término muy popular que se ha trasplantado a la conciencia cotidiana de la gente”
Un lugar como Oxford es campo abonado para el odio a los chavs. Casi la mitad de sus estudiantes han ido a colegios privados, y hay poquísimos alumnos de clase trabajadora estudiando en esta universidad. Eso ayuda a destapar la verdad que se esconde tras el fenómeno: aquí hay gente privilegiada con poco contacto con los que están por debajo en la escala social. Es fácil caricaturizar a gente que no comprendes. Y de hecho, muchos de estos estudiantes deben su plaza en Oxford a las condiciones privilegiadas que les permitieron costearse una educación superior. Qué tranquilizador pretender que aterrizaron en Oxford por su propio talento, y que los más desfavorecidos socialmente están ahí porque son brutos, irresponsables o algo peor.

LA CLASE OBRERA


Chavs, Owen Jones, p. 129
Si se quiere explotar el mito de que la clase ha muerto en la Gran Bretaña actual, y de que cualquiera puede ascender a lo más alto a través de sus propios esfuerzos, el Palacio de Westminster es un buen sitio para empezar. Los diputados entran y salen ufanos de reuniones con miembros de grupos de presión y electores, mientras, de vez en cuando, se pasan por la Cámara para hablar o votar cuando suena el estridente toque de campana. Pertenecientes en su inmensa mayoría a la clase media y entornos profesionales, la combinación de salario y dietas del diputado medio los sitúa cómodamente en el 4% más privilegiado de la población.
Correteando tras ellos, o chismorreando mientras toman un café en Portcullis House, hay un ejército de jóvenes y ambiciosos investigadores parlamentarios. Con prácticas no remuneradas (muchas veces, a diferencia de sus jefes, incluso sin los gastos pagados) casi siempre como requisito previo para figurar en las listas  de colaboradores de un diputado, el Parlamento es un coto cerrado de la clase media. Solo los que pueden vivir de la generosidad económica de sus padres pueden meter el pie.
Al servicio tanto de los diputados como de los periodistas está el personal de limpieza y hostelería. Muchos de ellos se recorren Londres en autobuses nocturnos para llegar a la Cámara al despuntar el alba. Su sueldo los sitúa fácilmente en el 10% inferior de la población. Hasta que se ganó una lucha por un sueldo digno en 2006, el personal de limpieza de la “Madre de Todos los Parlamentos” estaba subsistiendo con el salario mínimo en una de las ciudades más caras del planeta. Al ver a mujeres de mediana edad empujando carritos con los restos de pollo asado y tarta de chocolate, no sería disparatado pensar que uno hubiera entrado en una mansión aristocrática victoriana.
Sería fácil, pero demasiado cómodo, representar el Parlamento como un microcosmos del sistema de clases británico. No lo es, pero sin duda muestra la brecha que divide a la sociedad actual. Cuando entrevisté a James Purnell justo antes de las elecciones de mayo de 2010, que llevaron a los tories y a sus aliados liberales demócratas al número 10 de Downing Street, le expuse cuán poco representativo era el Parlamento: dos tercios de los diputados venían de un entorno profesional y tenían cuatro veces más probabilidades de haber estudiado en un colegio privado que el resto de la población. Cuando mencioné el hecho de que solo uno de cada veinte diputados era de familia obrera, se quedó realmente impresionado. “¿Uno de cada veinte?»
Cuando le pregunté si esto había dificultado que los políticos comprendieran los problemas de la gente de clase trabajadora, difícilmente podía disentir. “sí, desde luego. Creo que en gran medida se ha convertido en un coto cerrado ... » Para Purnell, esta apropiación del poder por parte de la clase media era el resultado de un sistema político que se ha vuelto cerrado para la gente corriente.

1.004. DEMASIADA FELICIDAD / ALICE MUNRO


Dimensiones
Doree tenía que coger tres autobuses, uno hasta Kincardine, donde esperaba el de London, donde volvía a esperar el autobús urbano que la llevaba a las instalaciones. Empezaba la excursión el domingo a las nueve de la mañana. Debido a los ratos de espera entre un autobús y otro eran casi las dos de la tarde cuando había recorrido los ciento sesenta y pocos kilómetros. Sentarse en los autobuses o en las terminales no le importaba. Su trabajo cotidiano no era de los de estar sentada.
Era camarera del Blue Spruce Inn. Fregaba baños, hacía y deshacía camas, pasaba la aspiradora por las alfombras y limpiaba espejos. Le gustaba el trabajo, le mantenía la cabeza ocupada hasta cierto punto y acababa tan agotada que por la noche podía dormir. Rara vez se encontraba con un auténtico desastre, aunque algunas de las mujeres con las que trabajaba contaban historias de las que ponen los pelos de punta. Esas mujeres eran mayores que ella y pensaban que Doree debía intentar mejorar un poco. Le decían que debía prepararse para un trabajo cara al público mientras fuera joven y tuviera buena presencia. Pero ella se conformaba con lo que hacía. No quería tener que hablar con la gente. Ninguna de las personas con las que trabajaba sabía qué había pasado.

INCIPIT 1.002 BLANCO / BRET EASTON ELLIS


En algún momento de los últimos años, y no puedo precisar cuándo exactamente, una irritaci6n vaga pero casi abrumadora e irracional comenzó a acosarme hasta una docena de veces al día. Dicha irritación nacía de cosas tan aparentemente nimias, tan ajenas a mi campo de referencia habitual, que me sorprendía tener que pararme a respirar hondo para desarmar un fastidio y una Jrustraci6n que se debían a la tonteria de otros: adultos, conocidos y desconocidos en las redes sociales que exponían sus juicios y opiniones apresurados, sus preocupaciones sin sentido, siempre con la inquebrantable certeza de tener raz6n. Una actitud tóxica parecía emanar de cada post, comentario o tuit, la contuvieran realmente o no. Esa rabia era nueva, algo que no habla experimentado antes, y venia teñida de una ansiedad, una opresi6n que me dominaba cada vez que entraba en la red, una sensación de que de algún modo iba a cometer un error en lugar de simplemente dar una opinión o hacer una broma o criticar algo o a alguien. La idea habría resultado impensable unos años antes -que una opinión pudiera convertirse en algo que estaba mal-, pero en una sociedad enfurecida, polarizada, se aislaba a la gente por sus opiniones y se dejaba de seguirla porque se percibía de modos tal vez inexactos. Los miedosos comenzaban a captar instantáneamente la humanidad entera de un individuo en un tuit descarado, ofensivo, y se escandalizaban; se atacaba a la gente y se rompían amistades por apoyar al candidato «equivocada» o sostener la opinión «equivocada" o simplemente por manifestar la creencia «equivocada”. Era como si nadie pudiera diferenciar entre una persona viva y una ristra de palabras tecleadas a toda prisa en una pantalla negra zafiro. La cultura en su conjunto parecía alentar el discurso, pero las redes sociales se habían convertido en una trampa y lo que en el fondo querían era desconectar al individuo.

1.003. QUIJOTE / SALMAN RUSHDIE


CAPÍTULO 1
Quijote, un anciano, se enamora, se embarca en una misión y es padre
Vivía una vez, en una serie de direcciones temporales por todos los Estados U nidos de América, un víajante de origen indio, edad avanzada y facultades mentales menguantes que, por culpa de su amor por la televisión más estúpida, se pasaba una parte enorme de su vida mirándola en exceso bajo la luz amarillenta de las sórdidas habitaciones de motel, y en consecuencia había terminado sufriendo una forma peculiar de lesión cerebral. Devoraba programas matinales, programas diurnos, tertulias vespertinas, culebrones, comedias de situación, películas de Lifetime, dramas hospitalarios, series policiales, seriales de vampiros y de zombis, dramas de amas de casa de Atlanta, Nueva Jersey, Beverly Hills y Nueva York, romances y peleas entre princesas de fortunas hoteleras y autoproclamados sahs, así como los retozos de toda una serie de individuos que habían saltado a la fama por afortunados desnudos, por esos quince minutos de celebridad que obtienen ciertas personas jóvenes con muchos seguidores en las redes sociales gracias a su adquisición por medio de cirugía plástica de un tercer pecho o del hecho de que su figura después de extraerse unas cuantas cosillas imita la imposible figura de la muleca Barbie

INCVIPIT 1.001. LOS ANTIGUOS GRIEGOS / EDITH HALL


Entre los años 800 y 300 a. C., los pueblos que hablaban griego hicieron, en un periodo de tiempo muy breve, una serie de descubrimientos intelectuales que llevaron al mundo mediterráneo a un nuevo nivel de civilización, un proceso autodidacta muy admirado por los griegos y los romanos de los siglos siguientes. No obstante, como se explica en el presente libro, la historia de los griegos antiguos comenzó ochocientos años antes de ese acelerado periodo de progreso y duró al menos siete siglos más. Cuando los textos y las obras de arte de la Grecia clásica se redescubrieron en el Renacimiento europeo, cambiaron el mundo por segunda vez.
Dicho fenómeno se ha llamado el “milagro” griego, o la “gloria» de Grecia. Hay muchos libros titulados, por ejemplo, El genio griego, El triunfo griego, La Ilustración griega, El experimento griego, La idea griega e incluso El ideal griego; pero a lo largo de las dos últimas décadas se ha cuestionado la idea de que los griegos fueron excepcionales, subrayándose que, al fin y al  cabo, solo fueron uno de los muchos grupos étnicos y lingüísticos del mundo mediterráneo antiguo. Mucho antes de que los griegos aparecieran en la historiografía, ya habían surgido varias civilizaciones complejas; entre otras, Mesopotamia y Egipto, los hatianos y los hititas. Fueron otros pueblos los que proporcionaron a los griegos los avances técnicos cruciales: aprendieron el alfabeto fonético de los fenicios, y de los lidios,  a acuñar moneda.

HECTOR


Encuentros heroicos, Carlos García Gual, . 39

Me gustaría recordar unas líneas del citado libro de Redfield (op. cit., p. 388):” Aquiles, el héroe que está más cerca de los dioses, tiene al final de la Ilíada el privilegio de situarse al margen de su mundo y reescribirlo. El rescate de Héctor se lo impone Zeus; él lo acepta porque comparte hasta cierto punto la sabiduría de Zeus. Aquiles puede ver a cualquier hombre como una criatura efímera de la naturaleza y reconocer que no merece su odio. O, bien podemos agregar, su amor".
El rescate de Héctor, según esta interpretación, anula la distinción entre vencedor y vencido. Ambos aparecen compartiendo una naturaleza común y un destino común. Esto no resuelve la contradicción del combate, pero la borra; pues si el vencido no es distinto del vencedor, el combate carece de sentido. (Esta perspectiva, que me parece sugerente, y algo exagerada, aproxima a Aquiles de modo singular al héroe indio Arjuna que se lanza a la batalla de la  Bhagavad Gita consciente del sinsentido último de la misma. No creo que refleje la concepción homérica, pero acentúa bien su visión trágica.)
En esa misma línea de glosar la profunda grandeza anímica del héroe troyano, y, a la vez, la magnanimidad de la visión homérica que reconoce en los enemigos de los griegos la misma humanidad que a los propios griegos, está el libro de Jacqueline de Romilly, Rector, París, De Fallois, 1997. En uno de los capítulos del libro analiza la escena del encuentro de Príamo y Aquiles, destacando justamente esa piedad hacia el vencido que es característica del mejor humanismo griego (y recuerda que también se expresa de otro modo en la tragedia de Esquilo, los Persas). Como la conocida helenista subraya, Aquiles cumple ejemplarmente con las leyes de la hospitalidad, y despliega la cortesía más exquisita en su trato con el viejo rey que acude a él como suplicante; pero la actitud de ambos revela algo más profundo que un cumplimiento de las normas rituales. «Aquí vemos el cumplimiento de una serie de ritos que van desde la aceptación del rescate a la comida de hospitalidad. Está claro que el retorno a los ritos supone y trae consigo un apaciguamiento interior. Pero es una deformación de sociólogo sacar de ello conclusiones sobre las virtudes del ritual. Pues todo parte de esa solidaridad humana a la cual Príamo ha hecho alusión, y de esas lágrimas compartidas. El ritual sigue: la emoción primera ha hecho vacilar la relación entre los dos hombres."
Eso es, por lo demás, uno de los grandes pensamientos del helenismo: la piedad, la comprensión, la tolerancia se fundan sobre el sentimiento de las debilidades comunes a todos los hombres. Del mismo modo Ulises, en el Ayax de Sófocles, rehúsa reírse de su adversario deshornado. Es lo que está en el fondo de esa sensibilidad tan profundamente griega: "Tengo piedad de él cuando lo veo doblarse bajo un desastre. Y, de hecho, es más en mí que en él en quien pienso. Me doy cuenta de que todos nosotros, todos los que vivimos aquí abajo, no  somos más que fantasmas o sombras ligeras" (Ayax, 121-126). La tragedia deduce la idea fundamental que la epopeya había mostrado en acto, en la imagen decisiva de las lágrimas compartidas" (op. cit., p. 241). Pero, pienso, hay una diferencia entre la compasión del homérico Aquiles y la del Ulises sofocleo. En la escena final de la Ilíada lo que conmueve al héroe no es la sombría y frágil condición humana, como en la tragedia, sino la admiración ante la magnífica actitud y la figura noble del otro, ante el dolor ajeno, y la semejanza entre el enemigo y el ser querido, el propio padre, o el hijo muerto, que ambos perciben al verse frente a frente.

PIO BAROJA


Pío Baroja, Eduardo Mendoza, p. 21
La autobiografía de Baraja es un documento esencial para conocer a su autor y también para malinterpretarlo, en primer lugar porque todo lo que en ella nos cuenta Baraja está filtrado por la visión del viejo quejumbroso que pasa revista a los hechos con la perspectiva de los años y la lente deformante de quien, a la vista de un resultado aciago, no puede por menos de ver en todos los sucesos precedentes un mal augurio cuando no un mal paso. Y, en segundo lugar, porque las memorias de Baroja, con todos sus defectos de estructura y de forma, sus digresiones, reiteraciones, imprecisiones y silencios, resultan en extremo convincentes, no tanto por la veracidad de lo que narran como por el implacable estilo barojiano, a cuya influencia es imposible sustraerse. De resultas de ello, y por regla general, los biógrafos de Baroja no sólo dan por válido todo lo que él dice sobre su persona y sus andanzas, sino que tienden a reproducir esos mismos datos en el inconfundible estilo de Baroja. Esto no tendría, ni en el fondo tiene, nada de malo si no fuera porque Baroja era un manipulador nato de la realidad, y muy particularmente de su propia imagen. El que lo hiciera en forma consciente o no, es difícil de saber y, a los efectos de este libro, del todo irrelevante.

DON JUAN Y DON PIO


Pío Baroja, Edurado Mendoza, p. 20
Benet ejemplifica con esta anécdota: en cierta ocasión acudió un periodista a la casa de la calle de Alarcón a entrevistar a don Pío, y éste, en lugar de responder a sus preguntas con las respuestas al uso, lo abrumaba con sus queja.
“A medida que se sucedían las preguntas -cuenta Benet-, las respuestas no podían ser más desconsoladoras. Don Pío se quejaba de su mucha edad, de su falta de interés por las cosas, del precio del carbón, del frío que pasaba, del insomnio que padecía, del poco entusiasmo que le inspiraba la calle, de lo dura que era una existencia que a su edad le obligaba a seguir escribiendo para ganarse el sustento. Finalmente, buscando siquiera un rayo de luz en medio de aquella oscuridad, al periodista se le ocurrió decir: "Pero a fin de cuentas ... en general se encuentra usted bien, ¿no es así?". ''No, señor -fue la terrible respuesta del viejo-, en general me encuentro mal, bastante mal. Pero me da lo mismo encontrarme bien que encontrarme mal."
Es curioso cómo Baraja había asumido su propio personaje, por no decir su propia caricatura, con efectos retroactivos, hasta el extremo de parecer que durante roda su vida se había mantenido al margen de las terribles convulsiones de su tiempo y había evitado las no menos terribles peripecias personales de sus contemporáneos. Muchos años más tarde, al redactar sus recuerdos de aquel tiempo, Benet rememoraba, subyugado y repelido, aquella "tertulia anacrónica, envuelta en una luz tibia y opalescente, en la que -maldición de todos los inmortales que por no tener a nadie por encima ni misterios que resolver ni ciencia que hacer progresar ni cuentas que saldar, la mayor parte del tiempo sólo hablando de asuntos del barrio- todo había sido dicho más de una vez"

INTERNET OSCURA


La vida secreta, Andrew O'Hagan, p. 130
Ronnie avanzó en esa dirección. Había zonas en las que yo no le dejaba entrar -el pomo, por ejemplo-, pero el Ronnie que existía aquel verano era sensible a las drogas y a la idea de las armas. Una de las contradicciones de la web oscura es que su inclinación a acabar con las  restricciones no siempre casa bien con su filosofía de vive y deja vivir. En estos mercados negros hay personas que venden «píldoras de suicidio” e instrumental para fabricar bombas. Había en oferta “sicarios para objetivos de selección colectiva”, además de armas de asalto, munición y granadas. Una de las cosas chocantes que descubrí mientras estuve con ciberpuristas - Ronnie también la descubrió- es que en el meollo de sus programas revolucionarios son muy derechistas. Internet es libertaria en espíritu, también mitómana, paranoica, agitadora y demagógica, dada a registrar cubos de basura ajenos mientras esconde los propios, amiga de propalar bulos en vez de ocuparse de convencer, y está obsesionada por hacer una religión de la democracia mientras desconfía de casi todo el mundo. En lo más profundo de la web oscura domina la monomanía antiautoritaria y se predica el amor al desorden siempre que las propiedades de uno no estén en peligro. Los pacifistas se presentan con bombas de mano. La familia Manson se sentiría en casa.

DF WALLACE


Blanco, Bret Easton Ellis, p. 174
David Foster Wallace y yo no llegamos a conocernos, pero a lo largo de la década de los noventa y principios de los 2000 a menudo intercambiamos cumplidos a través de los periodistas extranjeros que recorrían el país para entrevistar a escritores más- o menos jóvenes. «¿A quién vas a entrevistar a continuación?” “ «A David Foster Wallace.” «Salúdalo de mí parte.” 0: «Ah, por cierto, saludos de parte de David Foster Wallace”. Wallace era fan de Menos que cero, y a mí me había hecho gracia su interpretación de American Psycho como «nihilismo de los almacenes Neiman-Marcus”. Jamás, ni remotamente, había tenido la impresión de que mantuviéramos ningún tipo  de enemistad literaria. Después de sus curiosos comentarios sobre American Psycho, seguirnos saludándonos a distancia. Pero nuestra relación no pasó de ahí, lo cual tal vez tuviera sentido dada mi incapacidad para acabarme su novela de 1996 La broma infinita, pese a intentarlo varias veces, y que su obra periodística me pareciera menor, inflada y paternalista, y su discurso inaugural de Kenyon en 2005 un claro ejemplo de lo que es decir sandeces. Me pareció que la canonización de Wallace tras su suicidio en 2008 estaba basada en un tipo de sentimentalismo muy particular y muy americano. Sin embargo, la película que estrenaron sobre él en 2015, El último tour, se dejaba ver a pesar del tono en extremo reverencial. Hábilmente dirigida por James Ponsoldt y elegantemente escrita por el dramaturgo Donald Margulies, la película a menudo es todo lo estática que puede ser una obra de teatro filmada, con largos diálogos que en esencia constituyen un debate sobre la autenticidad, y o te mareas con toda esa buena voluntad o pones los ojos en blanco sin poder creerte que alguien se la tornara tan en serio y le dedicara tantos esfuerzos corno aparenta. Los protagonistas de El último tour son Jason Segel en el papel de Wallace y Jesse Eisenberg en el de David Lipsky, un periodista de Rolling S tone que lo acompaña al final de la gira estadounidense de La broma infinita. Para aquellos de nosotros que también pasarnos los noventa inmersos en  publicaciones y giras, la película ofrece un relato cómico y preciso de la ya lejana era de la Generación X: las reseñas de libros de Walter Kirn en la revista New York desencadenan conversaciones en las fiestas, Rolling Stone encarga la semblanza de un novelista académico de vanguardia, la gente viaja en coche cantando himnos de Alanis Morissette, y se puede   fumar  en todas partes. Todavía no habíamos entrado de pleno en la era digital.

INCIPIT 1.000. ¡ABSALON , ABSALON¡ / WILLIAM FAULKNER


DESDE poco después de las dos hasta casi la puesta de sol de aquella tarde de septiembre, larga, calmosa, tórrida, agotadora y mortecina, habían estado sentados en lo que la señorita Coldfield aún llamaba el despacho porque así lo denominaba su padre. Era una habitación sombría y sofocante, sin ventilación, con las persianas echadas y bien sujetas desde hacía cuarenta y tres veranos porque, cuando era niña, a alguien le pareció que la luz y las corrientes de aire transportaban el calor y que la penumbra era siempre más fresca, y la cual (como el sol siempre daba con más fuerza por ese lado de la casa) se llenaba de rayos amarillentos en los que pululaban motas de polvo que a Quentin le parecían partículas de la vieja pintura, apagada y reseca, que se descamaban de las persianas y se colaban hacia dentro a medida que el viento las empujaba. Había una enredadera de glicinia que estaba floreciendo por segunda vez aquel verano en una celosía de madera delante de una ventana a la que, de vez en cuando, llegaban al azar bandadas de gorriones que producían un sonido seco y apagado antes de volver a marcharse y, frente a Quentin, la señorita Coldfield, siempre del mismo negro riguroso que había vestido desde hacía ya cuarenta y tres años, nadie sabía si por una hermana, el padre o un nomarido, se sentaba muy erguida en la dura silla de respaldo recto, muy alta para ella, tanto que las piernas le colgaban

INCIPIT 999. BOWIE POR BOWIE


En 2013, David Bowie, al lanzar The Next Day, su primer álbum en diez años, cautivó a un mundo que durante mucho tiempo había dado por hecho su retiro no anunciado. Esta negativa a cumplir con las expectativas del público a la manera en que lo hacen los últimos álbumes grabados en «piloto automático” por colegas suyos como los Rolling Stones y los Who era una seña del individualismo con el cual había ganado renombre. Un número 1 en el Reino Unido trepaba alto en Estados Unidos y alcanzaba allí el número 2.
La única decepción fue que decidiera no hablar con la prensa. Con el despuntar de los setenta, el hombre nacido como David Robert Jones el 8 de enero de 1947 ingresaba en lo que por entonces se conocía como la “lista de éxitos”sirviéndose de los alunizajes de “Space Oddity”, su himno sobre “el sueño espacial que terminó mal”. En 1971, promocionaba de mala gana Hunky Dory, un álbum tan bueno como para ser reconocido ahora como un clásico de todos los tiempos, pero en el que Bowie apenas estaba interesado en un momento en el que su energía creativa se enfocaba en The Rise and Fall of Ziggy Stardust and The Spiders from Mars. La rareza del largo título de esta obra de 1972 era representativa de un disco único que, si bien desnudaba una inclinación hacia el estrellato, jugaba con los conceptos de sexualidad y  artificiode una forma en la que ningún músico se había atrevido antes.

INCIPIT 997. EL LIBRO DE LAS PRUEBAS / JOHN BANVILLE


SU SEÑORÍA, cuando me pida que se lo cuente a los miembros del jurado en mis propios términos, diré lo siguiente: me tienen encerrado como a un animal exótico, último superviviente de una especie que consideraban extinta. Deberían dejar pasar a las masas para que me viesen: el devorador de la muchacha, esbelto y peligroso, andando de aquí para allá en mi jaula, mientras mis terribles ojos verdes parpadean más allá de los barrotes; tendrían que darles algo con que soñar cuando por las noches están bien abrigados metidos en sus camas. Cuando me detuvieron, se arañaron con tal de echarme un vistazo. Estoy convencido de que habrían pagado por ese privilegio. Gritaron insultos, esgrimieron sus puños amenazadores y mostraron los dientes. Fue irreal, aterrador pero cómico verlos allÍ, apiñados en la acera como extras cinematográficos, jóvenes con gabardinas de tres al cuarto, mujeres con la bolsa de la compra y uno o dos personajes silentes y canosos que permanecían inmóviles, voraces, atentos a mí, pálidos de envidia. En aquel momento un guardia me cubrió la cabeza con una manta y me empujó al interior del coche patrulla. Reí. Habla algo irresistiblemente gracioso en la forma en que la realidad, trivial como de costumbre, satisfacía mis peores fantasías.

INCIPIT 998. CHAVS / OWEN JONES


Es una experiencia que todos hemos tenido. Estás entre un grupo de amigos o conocidos cuando de repente alguien dice algo que te choca: un comentario aparte o una observación frívola y de mal gusto. Pero lo más inquietante no es el comentario en sí, sino el hecho de que nadie parece sorprenderse lo más mínimo. Miras en vano a tu alrededor, buscando aunque sea una pizca de preocupación o muestras de bochorno.
Yo experimenté uno de esos momentos en la cena de un amigo, en una zona burguesa al este de Londres, una noche de invierno. Estaban cortando cuidadosamente la tarta de queso y la conversación había derivado hacia el tema de moda, la crisis del crédito. De pronto, uno de los anfitriones intentó animar la velada con un chiste desenfadado. Qué lástima que cierre Woolworth's. ¡Dónde van a comprar todos los chavs 1 sus regalos navideños?
Ahora bien, él nunca se consideraría un intolerante, ni ningún otro de los presentes, porque, al fin y al cabo, todos eran profesionales cultos y de mente abierta
1 Término peyorativo para referirse a la subcultura de la clase trabajadora inglesa (sobre todo a los jóvenes, aunque no solo). Según este estereotipo, llevan ropa deportiva de marca, bisutería llamativa, viven de las prestaciones y en viviendas sociales. Como las palabras españolas «Chaval» y «chavó», es de origen gitano, y en último término proviene del término sánscrito yayan, «joven». El traductor agradece a Rodrigo Navia-Osorio sus generosas y útiles aclaraciones sobre algunos pasajes de este libro

INCIPIT 996. ERRATA / GEORGE STEINER


La lluvia, especialmente para un niño, trae consigo aromas y colores inconfundibles. Las lluvias de verano en el Tirol son inceantes. Poseen una insistencia taciturna, flagelante, y llegan en tonos verde oscuro cada vez más intensos. De noche, su tamborileo es como un ir y venir de ratones en el tejado. Hasta la luz del día puede llegar a empaparse de lluvia. Pero es el olor lo qe permanece conmigo desde hace sesenta años. A cuero mojado y a juego interrumpido. O, por momentos, a tuberías humeantes bajo el barro encharcado. Un mundo convertido en col hervida.
El verano era de por sí siniestro. Unas vacaciones familiares en el oscuro aunque mágico paisaje de un país condenado. En aquellos años de mediados de la década de los treinta, el odio a los judíos y el deseo de reunificación con Alemania flotaban en el ambiente austríaco. La conversación entre mi padre, convencido de la inminencia de la catástrofe, y mi tío gentil, aún moderadamente optimista, no resultaba fácil. Mi madre y su hermana, que sufría frecuentes ataques de histeria, intentaban crear un clima de normalidad. Pero los planes para pasar el tiempo -nadar y remar en el lago, pasear por los bosques y las montañas - terminaban disolviéndose en el perpetuo aguacero.

DAVID FOSTER WALLACE


Blanco, Bret Easton Ellis, p. 175
Wallace no empezó a escribir novelas hasta los veintiún años. Se cuenta que al ver el éxito literario del Brat Pack y otros jóvenes novelistas que comenzaron a vender libros y ganar dinero a mediados de los años ochenta, pensó: «¿Por qué no probarlo?”. En su primera novela, La escoba del sistema, hay rastros de la influencia de Menos que cero, aunque posteriormente la negaría sin por ello dejar de alabar públicamente la novela. Hace unos años, a causa de una mezcla de insomnio y tequila, solté un sermón en Twitter, cuando estaba leyendo la biografía de Wallace escrita por D. T. Max. El sermón tenía menos que ver con David que con su creciente público, que estaba refundiendo el suicidio y el discurso de Kenyon en un relato aspiracional que, si habías leído toda la obra de Wallace, y sobre Wallace, y habías seguido su trayectoria, te resultaba de un sentimentalismo lamentable. Como con muchos de los colegas que me interesaban, yo había leído toda la obra de Davíd (excepto, por supuesto, La broma infinita, en la que no había conseguido meterme a pesar de su vistosa y profética idea central de las compañías conquistando la industria del entretenimiento americana), y, salvo por un puñado de relatos primerizos y secciones de La escoba del sistema, no había conectado con su trabajo por numerosas razones estéticas. Con frecuencia le consideraba el escritor más sobrevalorado de nuestra generación, así como el más pretencioso y atormentado, y eso fue lo que tuiteé aquella noche junto con otras inquietudes, entre ellas cómo la cultura había reinterpretado su figura y lo ingenuo que me parecía por parte de Davíd creer que podría controlar ese proceso. A algunos de nosotros la sinceridad y la gravedad con que empezó a traficar nos parecieron una estratagema, una suerte de contradicción -no eran del todo falsas, pero tampoco completamente ciertas-, una especie de performance artística cuando David había intuido el cambio social que tendía hacia la solemnidad y se había adaptado a él. Pero seguía gustándome la idea de David y el hecho de que él existiera, y también considero que fue un genio.
Si bien mis sentimientos por David eran, sí, contradictorios, también eran sinceros. Uno de los problemas crecientes de nuestra sociedad es la incapacidad de la gente para soportar dos pensamientos opuestos al mismo tiempo, de modo que cualquier «crítica” a la obra de alguien se tilda rutinariamente de elitismo, celos o sentimiento de superioridad. La idea de apretar siempre el botón de «me gusta”, de bloquear a la gente por airear opiniones divergentes es algo que desde luego habría puesto los pelos de punta a Wallace, puesto que podía ser un crítico exigente e incluso corrosivo. Como era de esperar, la gente reaccionó a los tuits nocturnos (escribí mal “capullo”) con indignación, cómo me atrevía, y me acusaron de hater y trol envidioso. Pero yo no tenía ningún problema personal con David, y nunca le tuve envidia; los tuits consistían más bien en una diatriba contra los fans que habían obviado los aspectos negativos y desagradables de la vida de Wallace y fingían deliberadamente que el a veces imbécil cruel que habíamos conocido jamás había existido. David no había escrito nada que yo envidiara porque nuestra obra no tenía nada que ver en términos de estilo, contenido o temperamento. (Sin embargo, Jonathan Frazen es harina de otro costal, y Las correcciones una novela que a menudo he reconocido que me gustatía haber escrito.) Este festival de tuits se reducía a un mero juicio estético, una opinión, que por lo que fuera se entendió como un delito.

La escalera de la vida asciende sin parar.


Errata, George Steiner, p. 134
El segundo argumento, que se refiere a la miseria del común de las gentes a lo largo de estos milenios, nos dirige hacia los avances tecnológicos y científicos del siglo XX. El noventa por ciento de los científicos que ha dado la historia están hoy vivos. El período que comienza más o menos con Darwin, Rutherford y Einstein ha presenciado un florecimiento exponencial de las ciencias puras y aplicadas. Nuestro conocimiento del cosmos, de la evolución, de la neurofisiología de la especie humana se ha multiplicado por cien. Desde Arquímedes hasta Galileo, pero también hasta Newton y Gauss, gran parte de los conocimientos que hoy debe dominar un estudiante eran absolutamente inaccesibles. Éste es el siglo de Dirac. La biogenética, la biología molecular surgida tras el descubrimiento del ADN, son conceptos básicos que revolucionan las capacidades humanas. La imagen del ser humano está cambiando. Los horizontes parecen alejarse ante nuestros ojos hacia una luz crecientemente compleja y desafiante.
Los cambios individuales y sociales estimulados por la ciencia y sus aplicaciones prácticas son hoy mucho mayores de lo que lo fueron en toda la historia precedente. En aspectos decisivos de la salud, de la información y de la comunicación, los hombres y las mujeres de mediados del siglo XVIII estaban mucho más cerca de la vieja Atenas de lo que nosotros lo estamos de ellos. Los logros de la medicina han transformado la historia del dolor. Como C. S. Lewis recordaba a sus alumnos: «Cerrad un momento los ojos e imaginad la vida antes del cloroformo». La atención sanitaria ha alterado el tiempo con respecto a la muerte prematura y la esperanza de vida. La «ingeniería genética » puede redibujar en breve el proyecto humano. Nuestro tiempo y nuestro espacio diario ya no son los de Kant o Edison. La instantaneidad de las comunicaciones, el imparable acelerando del viaje global tocan, tocarán hasta la última fibra de la conciencia y las costumbres humanas. La comunicación se ha convertido en nuestra cuarta dimensión. Y aunque el sistema económico está sometido en apariencia a crisis cíclicas, y aunque todavía persisten inmensas bolsas de pobreza, hambre y enfermedad en las regiones subdesarrolladas, lo cierto es que la calidad de la existencia humana ha mejorado notablemente. Recursos, comodidades y oportunidades sin precedentes son hoy posibles o pueden serlo en el futuro. La escalera de la vida asciende sin parar.

LOS MUERTOS DE JOYCE


Errata, George Steiner, p. 66
Poco después, un grupo acudió a mi habitación. Se instalaron en las literas y en el suelo. ¿Podía serles útil con Los muertos, el relato de Joyce? Existen pocos relatos breves tan llenos de multiplicidades, tan sometidos a la presión de la historia recordada y a la revelación gradual de sus intenciones como éste. Pocos en los que resulte posible omitir una frase sin causar un grave perjuicio a la inteligencia, a la exigente estructura del conjunto. Me encontré a mí mismo impartiendo un seminario extraoficial en plena noche, leyendo con y para un grupo espectadores sumamente atentos. Los vi tomar notas, subrayar el texto y escribir en los márgenes. Hablé de la absoluta musicalidad del relato. Las canciones y los títulos de canciones son tan importantes en Los muertos como en Noche de Reyes o en Finnegans Wake. Leí el final en voz alta:
Sí, los diarios tenían razón: la nieve se había extendido por toda Irlanda. Caía en todos los rincones de la oscura llanura central, sobre las montañas desnudas de árboles, caía dulcemente sobre la ciénaga de Allen y, más al oeste, dulcemente caía en las oscuras y amotinadas olas del Shannon. Caía también en todos los rincones del solitario cementerio de las colinas, donde yacía enterrado Michael Fury. Se amontonaba, arrastrada por el viento, sobre las cruces y las lápidas agrietadas, sobre las lanzas de la pequeña verja, sobre las áridas espinas. El espíritu de Fury se desvanecía lentamente mientras oía caer la nieve mansamente sobre el universo y mansamente caer, como el descenso de su último fin, sobre los vivos y los muertos.
¿Habían observado la vieja figura retórica (su nombre griego era ... ) mediante la cual «Caía dulcemente» se transforma en «dulcemente caía», como preludio del cambio final «caer mansamente» y “mansamente caer”? ¿O los sonidos sibilantes que anuncian la llegada del sueño en «El espíritu de Fury se desvanecía lentamente»? También valía la pena subrayar aquellas «lanzas» y «espinas», emblemáticas de la pasión de Cristo en otra montaña, hacía mucho tiempo. Pero se había hecho tarde y el ambiente en la habitación estaba muy cargado. Intenté evitar lágrimas absurdas. Hasta que las vi en uno de aquellos rostros sin afeitar. Entonces supe que podía conducir a otros hasta las fuentes del significado. Fue un descubrimiento fatal. Desde esa noche, las sirenas de la enseñanza y la interpretación no han cesado de cantar para mí.

GEORGE STEINER

Errata, George Steiner, p. 58
Las literas de dos pisos ocupaban casi por completo el espacio de los cubículos-dormitorios donde se apiñaban los veteranos que regresaban al país. El ex paracaidista que habría de ser mi compañero de habitación me miró con absoluta incredulidad. Nunca había visto un ser tan evidentemente mimado, protegido, convencionalmente vestido y cargado de libros como yo. Tras un largo y áspero silencio, me preguntó si yo era «listo». Apostando por mi supervivencia, respondí: «Extraordinariamente”. Al oír la palabra esbozó una mueca de disgusto y de asombro. Luego dedujo con laconismo que yo podría serie útil para aprobar sus asignaturas, cuyas listas de lecturas yacían desordenadas sobre la mesa. Más tarde, sin embargo, me enseñó algo que yo jamás sería capaz de conseguir, aunque lo intentase sin descanso durante un millón de años. Alfie se puso en cuclillas, extendió los brazos hacia delante, los tensó y se subió de un salto a la litera de arriba. Ningún Nureyev ha logrado superar para mí el explosivo arco de ese salto que mostraba el absoluto dominio de un paracaidista sobre sus muslos en tensión, sobre el resorte oculto en la zona inferior de su espalda. Me quedé paralizado, a punto de llorar por mi ineptitud y la sencilla belleza de aquel gesto. Nos hicimos amigos.
Yo hice cuanto pude por facilitarle sus tareas académicas, por ayudarle a obtener el título que la constitución estadounidense había hecho posible. Él, a su vez, intentó convertirme en un adulto pasable, enseñarme esas artes sencillas que para un privilegiado ratón de biblioteca, para un mandarín judío, resultan las más arduas de aprender. Durante las semanas siguientes, aprendí un poco de póquer serio, escuché el jazz de Dizzy Gillespie en el Beehive, superé mi miedo a las ratas y a los retretes con las puertas rotas. La palabra se desvaneció. Si, en la bulliciosa calle 63 o en cualquier lugar de aquel louche, de aquel hervidero racial que era el South Side, alguien se hubiera atrevido siquiera a rozar un solo pelo de mi engreída cabeza, habría de vérselas con la navaja o el golpe de kárate de aquel paracaidista. (Acuclillado sobre el retrete, Alfie había abatido a una rata, rompiéndole la columna con el canto de la mano.) 

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