Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

1965

Aguirre el magnífico, Manuel Vicent, p. 141
En el extranjero hubo conatos de incendiar algunas embajadas españolas y en el bulevar de Saint Germain de París se realizó una gran manifestación de protesta contra el juicio de Grimau, que había comenzado a celebrarse en los juzgados militares del barrio de Campamento el 18 de abril de 1963, y entre la multitud aparecía tres filas detrás de la pancarta la pipa de Jean-Paul Sartre y no muy lejos de este intelectual comprometido iba una joven brasileña que se llamaba Solange, según vi después en un recorte del periódico Le Fígaro, que ella trajo a Madrid en el bolso.
Mientras se celebraba el juicio contra Julián Grimau ardía la Feria de Abril en Sevilla y Jesús Aguirre, que estaba muy lejos todavía de imaginar que un día sería un personaje ducal en la barrera de la Maestranza con un nardo en la solapa, ahora se veía obligado a apearse de las esferas celestes y ensuciarse las manos con la realidad. ¿El famoso compromiso del marxismo podía remediarse con una misa? Después del juicio sumario por supuestos crímenes cometidos ya prescritos sólo cabía esperar que Franco conmutara la pena de muerte a la que había sido  condenado el reo sin deliberación del tribunal. “Que pase la viuda del acusado”, se decía en estos casos.
Al mismo tiempo que sucedía esta tragedia política Berlanga estaba rodando la película El verdugo, con guión de Rafael Azcona. En este alegato contra la pena de muerte el encargado de ejecutar la sentencia tiene que ser arrastrado a la fuerza hasta los palitroques del garrote por los funcionarios de prisiones al negarse a cumplir con su oficio. Cuando se estrenó esta película Julián Grimau acababa de ser ejecutado y también en su caso, como una premonición de arte, hubo una resistencia por parte del pelotón de fusilamiento. En teoría le correspondía a la Guardia Civil apretar el gatillo, pero su director alegó que sólo tenía la responsabilidad de custodiar al reo. Por su parte, el capitán general se negó a que fuera ejecutado por militares de carrera. Fue el propio dictador quien dio la orden de que a Julián Grimau lo fusilara un pelotón de soldados de reemplazo que, sin experiencia, al parecer, según los testigos, tuvieron que disparar hasta veintisiete balas sin acertar mortalmente con ninguna y hubo de ser el teniente el que rematara al reo con un tiro de gracia en la nuca. Este militar acabó años más tarde en un psiquiátrico al no lograr disolver este crimen en su conciencia.

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