Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

SOBRE LAS COSAS Y LA PATERNIDAD

De La invención de la soledad de PAuster, p. 67
A veces, su resistencia a gastar dinero era tan grande que parecía una enfermedad. Nunca llegó al punto de privarse de lo que necesitaba (pues sus ·necesidades eran mínimas), pero era algo más sutil, cada vez que tenía que comprar algo, optaba por lo más barato. Comprar barato constituyó para él una forma de vida.
Implícita en esta actitud, había una concepción primitiva de las cosas. Todas las distinciones quedaban eliminadas, todo se reducía a ese último común denominador. La carne era la carne los zapatos, zapatos, una pluma era una pluma. No importaba que uno pudiera elegir entre cuello y bistec, entre bolígrafos desechables de treinta centavos y plumas de cincuenta dólares que duraban veinte años. Los objetos verdaderamente finos eran algo casi repudiable: había que pagar un precio desproporcionado por ellos y eso los convertía en algo moralmente defectuoso. A un nivel más general, esto se traducía en un estado permanente de privación sensorial: al cerrar los ojos ante determinadas cosas, se negaba a sí mismo el contacto íntimo con las formas y las texturas del mundo, se privaba de la posibilidad de experimentar placer estético. El mundo al que se asomaba era un lugar práctico. Cada cosa tenía un valor y un precio, y el truco consistía en obtener las cosas que uno necesitaba a un precio lo más cercano posible a su valor. Cada objeto era concebido sólo en términos de su función, juzgado sólo por lo que costaba, nunca como algo intrínseco con sus propias cualidades especiales. Supongo  que en cierto modo esa actitud debe de haberle hecho observar el mundo como un lugar aburrido, uniforme, descolorido, sin dimensiones. Si uno observa al mundo sólo a través del prisma del dinero, acaba por no ver nada en absoluto.
Cuando era pequeño hubo momentos en que me hizo sentir muy avergonzado en público. Regateaba con los comerciantes, se ponía furioso por un precio alto y discutía como si su  propia hombría estuviera en entredicho. Puedo recordar con claridad cómo me sentía languidecer y me entraban deseos de estar en cualquier otro lugar del mundo menos allí. Me viene a la memoria un incidente en particular: todos los días durante dos semanas, a la salida del colegio, había ido a una tienda a admirar el guante de béisbol que quería. Por fin, cuando mi padre me llevó a la tienda a comprarlo, reaccionó con tal violencia ante el vendedor que temí que acabara por pegarle. Asustado y lleno de angustia le dije que en realidad no quería aquel guante. Cuando salíamos de la tienda me ofreció un helado y comentó que después de todo aquel guante no era muy bueno.
-Algún día te compraré otro mejor.

Mejor, por supuesto, significaba peor.

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