Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

INDIGENTES

De La invención de la soledad de PAuster
Es un momento difícil para los pobres. Hemos entrado en un periodo de enorme prosperidad, pero, a medida que avanzamos por la autopista de los beneficios cada vez más grandes, olvidamos que una incontable cantidad de personas se quedan tiradas en el arcén. La riqueza crea pobreza. Ésa es la ecuación secreta de una economía de libre mercado. N o nos gusta hablar de ella, pero, a medida que los ricos se hacen más ricos y poseen cada vez mayores cantidades de dinero que gastar, los precios suben. No hace falta que le diga a nadie lo que ha ocurrido con d mercado inmobiliario de Nueva York en los últimos años. El coste de la vivienda ha subido mucho más de lo que nadie habría creído posible hace poco tiempo. Ni siquiera yo, orgulloso propietario, podría permitirme mi propia casa si tuviera que comprarla ahorca. Para muchos otros, ese incremento ha mostrado con claridad la diferencia que existe entre tener un lugar donde vivir y no tener un lugar donde vivir. Para algunas personas, ha supuesto la diferencia entre la vida y la muerte.
La mala suerte puede alcanzarnos a todos en cualquier momento. No requiere mucha imaginación pensar en las cosas que podrían acabar con nosotros. Toda persona vive con la idea de su propia destrucción, e incluso la persona más feliz y exitosa tiene algún rincón oscuro del cerebro donde se reproducen continuamente historias de terror. Imaginas que te quedas sin trabajo. Imaginas que alguien que depende de ti tiene una enfermedad. y que las facturas médicas acaban con tus ahorros. O que te juegas tus ahorros en una mala inversión o una mala tirada de dados. La mayoría de nosotros sólo estamos a un desastre de distancia de las verdaderas dificultades. Una serie de desastres puede arruinarnos. Hay hombres y mujeres que vagabundean por las calles de Nueva York y que una vez estuvieron en posiciones de aparente seguridad. Tienen títulos universitarios. Tenían trabajos de responsabilidad y mantenían a sus familias. Ahora atraviesan tiempos difíciles, ¿y quiénes somos para pensar que esas cosas no nos podrían ocurrir a nosotros?

Durante los últimos meses, un terrible debate sobre lo que hay que hacer con ellos ha envenenado el aire de Nueva York. De lo que deberíamos hablar es de lo que hay que hacer con nosotros. Es nuestra ciudad, después de todo, y lo que les ocurre a ellos también nos ocurre a nosotros. Los pobres no son monstruos porque no tengan dinero. Son gente que necesita ayuda, y no nos ayuda a ninguno de nosotros castigarlos por ser pobres. En mi opinión, las nuevas reglas que ha propuesto la Administración actual no sólo son crueles, sino que no tienen ningún sentido. Si duermes en la calle, serás arrestado. Si vas a un refugio, tendrás que trabajar para tener una cama. Si no trabajas, te echarán a la calle, y allí volverán a arrestarte. Si eres padre y no cumples las regulaciones laborales, te quitarán a tus hijos. Las personas que defienden esas ideas dicen ser hombres y mujeres devotos y  temerosos de Dios. Deberían saber que todas las religiones del mundo insisten en la importancia de la caridad; no como algo que ha de ser alentado, sino como una obligación, una parte esencial de la relación personal con Dios. ¿Por qué nadie se ha molestado en decirles a esas personas que son unos hipócritas?

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