Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

SHAKESPEARE


Errata, George Steiner, p. 50
La consecuencia es que hay muy pocas críticas de Shakespeare, en el sentido correctivo o instructivo del término, después de Samuel Johnson y de Pope. Para estos hombres augustos, Shakespeare era un dramaturgo sublime, a veces desigual en sus logros, a veces torpe en sus técnicas, de dudoso gusto. El romanticismo inglés y europeo no comparte esta serena visión. La «bardolatría», las proyecciones personales de tantas generaciones en personajes como Hamlet, convirtieron a Shakespeare en un semidiós. Ciertos pasajes de sus obras se comparan con los Evangelios, no siempre en beneficio de estos últimos. Su obra se considera un altar de la humanidad.
Los disidentes son pocos (aunque fascinantes). Acaso encolerizado por el extraño modo en que el rey Lear ejecuta su propio destino y el amargo crepúsculo que se cierne sobre él, Tolstoi se centra casi ciegamente en Shakespeare. Lo encuentra pueril, zafio, insensible a los justos dictados del sentido común y la necesidad social. Entre las enfurecidas líneas que Tolstoi dedica a la necedad del fingido salto de Gloucester desde los acantilados de Dover, distinguimos un motivo inquietante y conmovedor. Como notable dramaturgo que era, a Shakespeare le repugnaban las humillaciones de histérica simulación que tal escena inflige tanto a los actores como al público. Las críticas jocosas de Shaw, su reescritura pedagógica de Cimbelino, se inscriben en la esfera del autobombo y la mera diversión panfletaria. Llama la atención, por el contrario, una observación marginal del joven Lukács, el más sutil de los lectores marxistas. Hay, afirma Lukács, más comprensión de la política y de la historia en el «Paraíso» de Dante que en toda la obra de William Shakespeare.
Pero son las notas marginales de Wittgenstein las que resultan probablemente más incisivas. No consigue «sacar nada en limpio de Shakespeare». Recela del halo de consenso adulador que rodea su obra. Unanimidad tan clamorosa no puede indicar sino un error. Wittgenstein no encuentra en las obras de Shakespeare el menor atisbo de verdad. La vida real, dice  Wittgenstein, sencillamente no es «así». Shakespeare es, sin lugar a dudas, un genial tejedor de palabras. Sus personajes, sin embargo, no son sino accesorios de su virtuosismo semántico. Lo que nos muestra es una deslumbrante superficie lingüística. Wittgenstein incide sobre un aspecto ya señalado por T. S. Eliot con su característica discreción felina al manifestar su preferencia por Dante. En las palabras, en la conducta de los hombres y las mujeres de Shakespeare, no encontramos una ética coherente, una filosofía adulta, y mucho menos una prueba sólida de fe trascendente. Sabemos, afirma Wittgenstein, qué significa «el gran corazón de Beethoven”. Semejante descubrimiento no es aplicable a Shakespeare.

HUGH HEFNER


A propósito de nada, Woody Allen
En algunas ocasiones, Jean, John y yo íbamos a casa de Hugh Hefner. No con mucha frecuencia, pero sí de vez en cuando. Era una casa abierta casi las veinticuatro horas, con cuadros de Picasso en las paredes y llena de famosos, deportistas y mujeres sexis. El verdadero atractivo eran las mujeres sexis y no los cuadros de Picasso, creedme. Cada vez que yo pasaba por Chicago recibía una llamada de la Mansión Playboy para invitarme a que me hospedara allí. Jamás lo hice, pero en ocasiones nos dejábamos caer y socializábamos. Yo tengo una regla fundamental en la vida: jamás me quedo como invitado en casa de nadie. Y tampoco intenté ligarme jamás a ninguna de las compañeras de piso de Hefner. La mera idea de que alguna de esas exuberantes maravillas de la naturaleza malgastara un cuark de su atención en una persona como yo, cuya mejor descripción sería la de un tipo torpe a quien el simple hecho de tener presentarse lo hacía morirse de miedo, me volvía completamente tímido. Con los años llegué a mantener relaciones breves algunas protagonistas del póster central desplegable, pero eso nunca tuvo lugar durante una visita a la mansión de  Hefner. Por lo general, me confundían con otra persona. Hefner me bien y recuerdo que una noche me explicó que de niño siempre había soñado con tener una casa en la que todo el tiempo estuviera pasando algo y en la que nadie prestara atención al reloj Te despertabas cuando se te antojaba, desayunabas cuando parecía bien, hacías lo que querías. A la hora que fuera. Si levantabas a las dos de la mañana, entonces tu día empezaba en ese momento y tu calendario se acomodaba a tus propios tiempos. A mí aquello me tenía sin cuidado, puesto que sueños de los demás nunca significan nada para mí, pero si Hefner le hacía feliz vivir así, y así era, entonces genial. Lo único que sé es que era un anfitrión amable y generoso y un rico y exitoso, y si a él le gustaba levantarse a las once de noche, desayunar y luego jugar al Monopoly con celebridades, ¿quién era yo para objetar algo?

DISEÑO INTELIGENTE


A propósito de nada, Woody Allen, p. 87
El hecho de que resolver esos problemas sea una ilusión y de que siempre seguirás siendo el mismo atormentado desdichado incapaz de comprar pastas danesas en la panadería porque el mundo te avergüenza y te hace sentir incómodo no tiene importancia. La propia ilusión de que estás haciendo algo para ayudarte ayuda. De alguna manera, te sientes un poco mejor, un poco menos desamparado. Depositas tus esperanzas en un Godot que nunca llega, pero la idea de que tal vez sí se presente con algunas respuestas te ayuda a sobrevivir a la pesadilla que te rodea. Como ocurre con la religión, donde es la ilusión lo que te hace salir adelante. Y, como yo estoy en las artes, envidio a las personas que se consuelan con la convicción de que el mundo que crearon perdurará, que se hablará mucho de él y que, de alguna manera, al igual que ocurre con los católicos y su fe en la vida después de la muerte, el “legado” que dejan como artistas los hará inmortales. La cuestión es que todas las personas que discuten sobre el legado del artista y que comentan lo genial que es su obra están vivas y pidiendo pastrarni, mientras que el propio artista está metido en una urna o enterrado en Queens. Toda esa gente que desfila ante la tumba de Shakespeare recitando alabanzas le importa un reverendo comino al bardo, y llegará el día -un día muy lejano, pero va a llegar sin el menor asomo de duda- en que todas las obras de Shakespeare, a pesar de sus brillantes tramas y sus estirados pentámetros yámbicos, así corno cada uno de los puntitos de Seurat, se esfumarán con cada átomo del universo. De hecho, el propio universo desaparecerá y no habrá ningún lugar donde puedas colgar el sombrero. Después de todo, no somos más que un accidente de la física. Y un accidente bastante torpe, por cierto. No el producto de un diseño inteligente, sino, en realidad, la obra de un vulgar metepatas.

OVIEDO


A propósito de nada. Woody Allen, p. 75
Hoy en día en Konigsberg hay un monumento en mi honor (a menos que algunos airados ciudadanos ya lo hayan derribado con una cuerda, como ocurrió con el de Sadam Husein) y no hay ninguna razón para hacerme un homenaje en Konigsberg. No provengo de allí, jamás he estado y desde luego no he hecho nada para mejorar la vida de sus habitantes, pero mi apees Konisberg y tal vez tengan una gran necesidad de héroes. La escultura en cuestión la escogí yo, de entre las muchas opciones que se postularon en un concurso. Me sorprendió lo buenas e inteligentes que eran todas y terminé decidiéndome por la más sencilla y modesta, que consistía en un par de gafas sobre una vara. En la realidad es mejor que lo que acabo de describir. También en la adorable ciudad española de Oviedo hay una estatua de mi figura que es un retrato fiel. Nunca me solicitaron mi opinión y ni siquiera me informaron de que iban a instalarla. Simplemente, erigieron una estatua de mí en la ciudad, una verdadera estatua de bronce de esas sobre las que les gusta posarse a las palomas. También en este caso, a menos que una muchedumbre enfurecida la haya arrancado, sigue allí. Desde el momento que la instalaron unos vándalos robaron de la estatua unas gafas iguales a las mías. Esas son de bronce y están incrustadas en la escultura, que es de tamaño real, por lo que hace falta un   soplete para sacarlas. Pero no importa cuántas veces vuelvan a colocarlas, siempre hay alguien que las roba. Me gustaría decir que realicé algo noble y valiente en Oviedo para merecer este honor, pero, además de ir de visita, filmar un poco en esa ciudad, pasearme por sus calles y disfrutar de su hermoso clima (al igual que Londres, en pleno verano está fresco y gris y cambia todo el tiempo), no hice ningún mérito que justifique un retrato escultórico, salvo dejar que ahorcaran un muñeco igual a mí. Oviedo es un pequeño paraíso, solo estropeado por la antinatural presencia de una imagen en bronce de un pobre infeliz.

INCIPIT 995. A PROPOSITO DE NADA / WOODY ALLEN


Al igual que le ocurría a Holden, no me da la gana de meterme en todas esas gilipolleces al estilo David Copperfield, aunque, en mi caso, algunos pocos datos sobre mis padres tal vez os resulten más interesantes que leer sobre mí. Por ejemplo, mi padre, nacido en Brooklyn cuando aquello no era más que un montón de granjas, recogepelotas para los primeros Brooklyn Dodgers, buscavidas de billar americano, corredor de apuestas, un hombre pequeño pero un judío duro, que usaba camisas extravagantes y llevaba el pelo peinado hacia atrás, reluciente corno el charol, a la George Raft. Nada de escuela secundaria, en la armada a los dieciséis, miembro de un pelotón de fusilamiento en Francia que ejecutó a un marino estadounidense por haber violado a una chica del lugar. Tirador condecorado al que le encantaba apretar el gatillo y que siempre llevaba una pistola encima hasta el día que murió, sin haber perdido ninguno de sus cabellos plateados y con una visión perfecta y superior a la normal. Una noche, durante la Primera Guerra Mundial, su embarcación fue alcanzada por un proyectil en las heladas aguas de Europa a cierta distancia de la costa. El barco se hundió. Todos se ahogaron, excepto tres tipos que nadaron varios kilómetros y llegaron a la orilla.

MANHATTAN


A propósito de nada, Woody Allen,  28
Y ahora miras la pantalla y, al compás de la música de Cole Porter o de las indescriptiblemente hermosas melodías de Irving Berlin, aparece la línea de edificios de Manhattan. Estoy en buenas manos. No voy a ver una historia de tíos vestidos con petos en una granja que se levantan temprano para ordeñar las vacas y cuyo objetivo en la vida es ganar una medalla en la feria de ganado del estado o entrenar a su caballo para que trascienda una serie de tribulaciones equinas y llegue primero en la carrera local de trotones. Y, felizmente, ningún perro salvará a nadie y ningún personaje de voz gangosa meterá el dedo en el asa de una jarray dará cuenta de su contenido ni habrá ningún cordel atado al dedo del pie de ningún niño mientras se va quedando dormido junto al viejo remanso de pesca.
Incluso hoy, si la escena inicial de una película es un primer plano de una bandera que cae y se trata de la bandera del taxímetro de un taxi neoyorquino, me quedo. Si es la bandera de un buzón, me largo de la sala. No; mis personajes se despiertan y las cortinas de sus dormitorios se abren para exhibir la ciudad de Nueva York con sus altos edificios y cada una de las excitantes posibilidades que ofrece, y mis actores o bien desayunan en la cama con una bandeja en la que no falta un soporte para el periódico de la mañana o lo hacen sentados a una mesa con mantel y cubiertos de plata, y al tipo le traen el huevo a la mesa en una huevera de modo que él no tenga más que dar unos golpecitos a la cáscara para llegar a la yema, y no habrá ninguna noticia sobre campos de exterminio, quizás solo una primera plana en la que se  vea a una chica hermosa con otro tipo, para disgusto de Fred Astaire, que está enamorado de ella. O, si es una pareja casada desayunando, se quieren de verdad después de años de estar juntos y ella no se regodea en los puntos débiles de él y él no la trata de gilipollas. Y cuando la película acaba, la segunda es de misterio, donde un endurecido investigador privado resuelve todos los problemas de la vida con un puñetazo en la mandíbula y se larga con una pechugona como las que no existían en ninguna de mis clases ni en ninguna de las bodas, funerales o bar mitzvá a los que asistía. Y, por cierto, jamás asistí a un funeral: siempre me ahorraron tener que enfrentarme a la realidad. El primer y único cadáver que he visto en mi vida fue el de Thelonious Monk, cuando iba de camino a Elaine's para cenar y me detuve en una funeraria de la Tercera Avenida para presentarle mis respetos. Mia Farrow estaba conmigo; hacía poco que habíamos empezado a salir y ella se comportó de manera cortés pero consternada, y tal vez en ese momento debería haberse dado cuenta de que estaba iniciando una relación con el soñador equivocado, pero ya hablaremos de todo ese mishigas, de toda esa locura, más tarde.

LECTURAS


A propósito de nada, Woody Allen.
Leía indiscriminadamente y seguía teniendo grandes lagunas en mi conocimiento, pero empecé a escuchar música clásica además de jazz, visitaba cada vez más museos y me educaba lo mejor que podía, no para obtener un título universitario ni por ninguna aspiración noble, sino para no parecer un asno delante de las mujeres que me gustaban; aunque, en la mayoría de los aspectos, seguí siendo un asno. Aún hoy, mis poetas son los de “Tin Pan Alley» y no hay nada en La tierra baldía o en Pound o Anden que me conmueva tanto como la frase «no vales el precio de un espárrago fuera de temporada» de Cole Porter.
Sé que Edith Wharton, Henry James y Fitzgerald escribieron sobre Nueva York, pero la ciudad que yo reconocía estaba mejor descrita en los artículos deportivos de ese sentimental reportero irlandés llamado Jimmy Cannon. Os quedaríais impresionados por todo lo que no sé, no he leído o no he visto. Después de todo, soy director, es decir, escritor. Jamás he visto una representación en directo de Hamlet. Jamás he visto Our Town, en ninguna versión. Jamás he leído el Ulises, ni el Quijote, ni Lo lita, ni Trampa 22, ni 1984, ni nada de Virginia Woolf, E. M. Forster o D. H. Lawrence. Nada de las hermanas Bronte ni de Dickens. Por otra parte, soy uno de los pocos entre mis pares que ha leído la novela de Joseph Goebbels. Sí, Goebbels, ese pequeño supositorio de pacotilla que trabajaba como publicista del Führer, probó suerte con una novela titulada Michael, y no creáis que el personaje principal era un chico ansioso y lleno de nervios que no sabía qué hacer para gustarle a la chica.

MATRIMONIO ORIGINAL


A propósito de nada, Woody Allen, p. 25
De joven, mis películas favoritas eran las que he bautizado como «comedias de champagne”. Me encantaban las historias que transcurrían en áticos en los que las puertas del ascensor se abrían directamente delante de la vivienda y se descorchaban botellas, donde hombres melosos que pronunciaban frases ingeniosas seducían a mujeres hermosas que holgazaneaban en la casa vestidas con lo que hoy en día alguien se pondría para asistir a una boda en el Palacio de Buckingham.
Esos pisos eran amplios, por lo general dúplex, con mucho blanco. Al entrar, uno, o el invitado de uno, casi siempre se dirigía a una barra pequeña y accesible para servirse alguna copa de una licorera. Todos bebían todo el tiempo y nadie vomitaba. Y nadie padecía cáncer y en el ático no había goteras, y cuando sonaba el teléfono en plena noche, la gente que vivía en los pisos altos de Park Avenue o de la Quinta Avenida no tenía, como mi madre, que salir a rastras de la cama y golpearse las rodillas en la oscuridad buscando a tientas ese instrumento negro para enterarse de que tal vez un pariente acababa de morir. No. Hepburn, Tracy, Cary Grant o Mirna Loy se limitaban a descolgar el teléfono que tenían sobre la mesita de noche a centímetros de donde dormían, que por lo general era blanco, y las noticias no giraban sobre la metástasis de las células o una trombosis coronaria producto de años de letales comilonas de carne asada, sino de enigmas más fáciles de resolver, como: “¿Qué? ¡¿Qué es eso de que no estamos legalmente casados?!”.

INCIPIT 994. SALVAR EL FUEGO / GUILLERMO ARRIAGA


La mujer corre por la avenida. Avanza a grandes zancadas. Los hombres que la persiguen se rezagan. Ella lleva un revólver en la mano. Se aproxima a una familia. Sin perder el paso trata de disimular el arma. La pega a su cadera. Una anciana no se percata y se mueve hacia su derecha. Ella gira el cuerpo para evadirla, pero termina por arrollarla. La anciana cae de espaldas. La mujer farfulla un «perdón» y acelera. Uno de los del grupo la increpa. “Estúpida”, le grita. La mujer voltea. Ve a sus perseguidores como puntos diminutos. No van a alcanzarla. Carecen de la potencia de sus piernas. Ella mantiene la velocidad. No puede detenerse. No puede. “Si nos llegan a descubrir, huye por los callejones”, le advirtió él. Ahí debería estar a salvo. Perderse en el estrecho laberinto de andadores. La mujer prosigue. Su tranco es largo, el de una atleta musculosa y alta. A lo lejos vislumbra los pasadizos. Debe entrar ahí para salvarse. Jadea. Suda. Sus atacantes corren tras ella para matarla. Unos minutos antes sintió los disparos pegar cerca. Dos tronaron en un auto junto a ella. Varios más zumbaron por encima. Le apuntaron a la cabeza. Deseaban que cayera reventada. Tal y como cayó el hombre que ella mató. Fue un relámpago. El tipo se le plantó y alzó el arma. Ella apretó el gatillo más rápido. Ni siquiera apuntó. Solo levantó el revólver y tiró. La bala le dio al otro en el cuello. Salpicó sangre en el muro blanco. Lo vio caer muerto. No tuvo tiempo de asustarse ni de arrepentirse. Sigue corriendo. La Modelito, el barrio donde él creció, está solo a sesenta metros. Una vez dentro perderá a sus perseguidores. Acelera. La entrada al callejón se vislumbra. Hacia allá se dirige cuando suena una detonación. Rueda sobre la calle y queda despatarrada junto a un árbol. Una bala ha entrado por su pecho y le ha estallado el esternón. Mira la herida. Un círculo de sangre se expande en su camiseta. Se trata de incorporar. No puede. Se aferra de la rama de un árbol y jala, pero se desploma.

INCIPIT 993. LA PRIMA RACHEL / DAPHNE DU MAURIER


Antiguamente ahorcaban a la gente en Four Turnings. Ahora ya no. Ahora los asesinos cumplen el castigo por su crimen en Bodmin, después de un juicio en Assizes. Es decir, si la ley los condena antes de que los mate su propia conciencia. Es mejor así, como una operación quirúrgica. Y entierran el cadáver como Dios manda, aunque en una tumba sin nombre. Cuando yo era pequeño no era así. Recuerdo que, siendo niño, vi a un hombre ahorcado en el  cruce de los cuatro caminos. Le habían untado la cara y el cuerpo con pez para que se conservara. No lo bajaron de allí hasta cinco semanas después, y yo lo vi la cuarta.Pendía de la horca entre el firmamento y la tierra o, como me dijo mi primo Ambrose, entre el Cielo y el Infierno. Al Cielo no llegaría nunca y el Infierno que conocía lo había perdido para siempre. Ambrose lo tocó con el bastón. Lo veo, ahora como aquel día, moviéndose con el viento como una veleta en un pivote oxidado, triste pelele de lo que había sido un hombre. La lluvia le había podrido los pantalones, si no el cuerpo, que colgaban de sus hinchadas piernas hechos jirones, como papel mojado. Era invierno y, para celebrarlo, algún gracioso le había puesto una ramita de acebo en la chaqueta. No sé por qué, pero, con siete años de edad, me pareció el colmo del ultraje, aunque no dije nada.

K.



Noche y oceáno, Raquel Taranilla, p. 358
Kafka. (enterrado en: el nuevo cementerio judío de Praga, bajo una lápida en forma de obelisco; al parecer, no mucho después del entierro, su amigo Max Brod tomó una fotografía del sepulcro, que no sería escalofriante si no fuera porque, a su muerte, Brod sería enterrado precisamente en frente de Kafka, de suerte que su cámara de fotos había  adivinado el futuro -el lugar que ocuparía y su panorama eterno)

K.


Noche y océano, Raquel Taranilla, p. 357
El casco de seguridad lo llevan los obreros y, aunque con no poca frecuencia he mantenido lo contrario, lejos estoy yo de poderme contar entre ellos, por mucho divertimento que haya hallado en el pasado al citar estas palabras de Mao: «La línea divisoria entre intelectuales revolucionarios e intelectuales no revolucionarios o contrarrevolucionarios es si están o no dispuestos a integrarse con los trabajadores y campesinos y, de hecho, lo hacen”. Aquello que yo estoy dispuesta a hacer no se lo puedo decir porque escapa a mi entendimiento. Pero, a cambio, permítanme contarles que el casco de seguridad es un objeto que realmente me fascina desde que supe que es un invento de Franz Kafka,por el que el escritor recibió una medalla de oro en el Congreso Americano de Seguridad Laboral de 1912 (celebrado en Milwaukee por la Asociación de Ingenieros Eléctricos del Hierro y del Acero). Por lo visto, al enterarse de la distinción, un Kafka muy agradecido dijo ante sus compañeros en la compañía de seguros en la que trabajaba:
“Ni se imaginan el trabajo que me dan mis cuatro distritos. Los trabajadores se caen de los andamios y de las máquinas si van bebidos, los tablones se vuelcan, los muros se derrumban, los escalones resbalan, todo lo que se levanta acaba cayendo. Y todas esas chicas de las fábricas de vajilla que constantemente lanzan cacharros de loza por el hueco de las escaleras me dan dolor de cabeza.”
He aquí un problema perturbador (el accidente laboral) y su solución (el casco), de donde surge, como a pedir de boca, la pregunta a todas luces improcedente de si hay algo aparente y prejuiciosamente menos kafkiano que un casco de seguridad. Quizá solo en la mano de Kafka esté la posibilidad de hacer cosas radicalmente inkafkianas.

IDENTIDAD DIGITAL


Al poco tiempo, vi la cara de Ronnie en un permiso de conducir. U nas semanas después, consiguió un pasaporte. El expendedor estaba en la oscura página de la red llamada Evolution; tras reunir toda la información sobre “Ronnie”, hizo copias sin las fotos. Luego desapareció. Esto es bastante común: los expendedores suelen ser tan granujas como quienes quieren comprar sus mercancías. Otro expendedor conseguía los documentos a velocidad alucinante y, con todo en su sitio, daban el pego a cualquiera. Puede que no en el control automático de pasaportes electrónicos de Heathrow, pero un pasaporte británico es un medio de acceder a otras formas de identidad, así como a un mundo de legitimidad. Lenta y digitalmente, “Ronnie” empezaba a ser un hombre con todo  lo que había que tener: cara, dirección postal, pasaporte y tarjetas de descuento. Empezó a charlar con personas reales en Reddit, o con personas que tal vez fueran reales, y su vida en Twitter y en Facebook revelaba que era una criatura con entusiasmos y prejuicios. En la actualidad, todo el mundo puede ser Frankenstein y su monstruo, el soñador enloquecido y su criatura gótica, y la tecnología instrumental parece alimentar la idea. Ronnie, en el mundo, era un producto de la imaginación, pero en los foros de discusión no era menos convincente que el resto. «Amigo” se ha convertido en verbo en el idioma inglés (“amistar”), dejando la expresión “ser amigo” para referirse al viejo universo de los cordiales apretones de manos y las miradas sinceras a los ojos. Las personas “se amistan” con otras personas en Facebook y “se hacen amigas”, pero muchas nunca llegan a conocerse en persona. Las conexiones en la red pueden conducir hasta una presencia fría, hasta una persona legítima como tal pero inexistente. La interacción social de Ronnie en la red podía ser complicada y enérgica y tener carácter, pero daba la impresión de que todos aquellos con quienes contactaba tenían un yo que ocultar y nada que enseñar por sí mismos más allá de sus ocurrencias y sus salidas. En cierto momento, su cuenta de Twitter fue hackeada y bombardeada por cientos de seguidores derechistas robóticos. Su “información” lo había vuelto vulnerable a programas que mandan propaganda (spambots), a otras máquinas y a la basura informática que se pega a entidades como Ronnie con toda naturalidad. Ninguno de estos fantasmas cotidianos llegaba por primera vez y Ronnie se adentró, como por ósmosis, en las zonas más criminales de internet, donde la clandestinidad se gana su sustento.

SNOWDEN


La vida secreta, Andrew O'Hagan, p. 123
Mi Ronnie era, en muchos aspectos, un ciudadano típico del siglo XXI. N o en pequeña medida por su falsedad. En todas las áreas de la vida se construyen y movilizan valiosas identidades falsas y a menudo son simulacros de la verdadera identidad de sus responsables. En un libro de 2013 titulado Murdoch's World (“El mundo de Murdoch”), de David Folkenflik, se afirmaba que empleados de relaciones públicas de Fox News Channel creaban cuentas ficticias en serie para sembrar reacciones «favorables a Fox» a los comentarios críticos de los blogs. Un antiguo empleado dijo que se habían creado más de cien cuentas falsas con esta finalidad y afirmó que habían tapado su rastro utilizando diferentes ordenadores y conexiones de banda ancha ilocalizables. Lejos de ser creaciones de adictos a los ordenadores, las falsas identidades online son, desde hace mucho, una práctica habitual del espionaje de las grandes empresas, de las investigaciones policiacas, de la vigilancia de los gobiernos, de la mercadotecnia y de las relaciones públicas. La misma democracia -con su idea básica de un individuo, un voto- dista mucho de ser una idea inocente en la era del astroturfing, en que pueden manufacturarse movimientos enteros de opinión en un instante, gracias a los magos del teclado, que recogen “nombres” de las redes sociales para apoyar su causa o denunciar la de otros. Edward Snowden abrió una puerta al fisgoneo de vidas ajenas patrocinado por el Estado, pero también, de un modo más sutil, reveló las muchas formas en que la vida privada se da a las oscuras artes de la impostura.

INCIPIT 992. LA VIDA SECRETA / ANREW O'HAGAN


Cuando se escriben novelas, se toma del mundo lo que hay que tomar, se devuelve lo que se puede y se da por sentado que la imaginación lo ha hecho todo, pero ¿qué ocurre cuando se escribe una historia que ya se conoce? ¿No está determinada ya por los hechos y, por tanto, fuera de la imaginación? En este libro sostengo que la diferencia ya no es en particular en el mundo en que vivimos. Cuando informo, más que un recopilador de noticias, me siento un buscador de realidades, un cronista para el que las técnicas ficción nunca son extrañas y raramente están fuera de lugar. Las personas sobre las que escribo suelen vivir en una realidad que ellas mismas han construido o que de un modo u otro se asocia con la ficción y, para conocer su historia, es necesario entrar en su limbo y bailar con sus sombras. De joven aprendi de los poetas a no confiar en la realidad –“La realidad es un cliché del que escapamos gracias a la metáfora” decía Wallace Stevens- y las figuras que protagonizan este libro documental, todas las cuales son reales o lo fueron, dependen de un alto grado de artificialidad para existir en el mundo.

INCIPIT 991. SOBRE LOS HUESOS DE LOS MUERTOS / OLGA TOKARCZUK


A partir de ahora, tengan cuidado
Aunque antes fue sumiso, al verse en una senda peligrosa el hombre justo entró al valle de la muerte.  
He llegado a una edad y a un estado en que cada noche antes de acostarme debería lavarme los pies y arreglarme a conciencia por si tuviera que venir a buscarme la ambulancia.
Si aquella noche hubiera consultado el libro de las efemérides para saber qué sucedía en el cielo, jamás me hubiera ido a acostar. Pero en lugar de eso caí en un sueño profundo, gracias a una infusión de lúpulo que acompañé con dos grageas de valeriana. Por eso, cuando a mitad de la noche me despertaron los golpes en la puerta -violentos y desmesurados, y por lo tanto de mal augurio-, me costó recuperar la conciencia. Salté de la cama y me puse de pie con el cuerpo tembloroso, tambaleante y a medio dormir, incapaz de pasar del sueño a la vigilia. Sentí que me mareaba y di un traspié, como si fuera a desmayarme de un momento a otro -algo que, por desgracia, solía sucederme últimamente tenía relación con mis dolencias-. Tuve que sentarme y repetir veces: “Estoy en casa, es de noche, alguien golpea la puerta” y solo así logré controlarme. Mientras buscaba las zapatillas oscuridad oí que la persona que llamaba a la puerta daba la a la casa y murmuraba algo. Abajo, en el hueco que hay entre los contadores de la luz, guardo una botella de gas paralizante que me dio dio Dionizy por si me agredían los cazadores furtivos, y justo en aquel momento me acordé de ella. Aunque me hallaba a oscuras conseguí dar con la forma fría y familiar del aerosol, y de aquel modo encendí la luz del exterior.

INCIPIT 990. CINCO ESTUDIOS MORALES / UMBERTO ECO





Los escritos que se recogen aquí tienen dos características en común. Ante todo, son ocasionales, nacidos como conferencias o intervenciones de actualidad. Y, a pesar de la variedad de los temas, son de carácter ético, es decir, atañen a lo que estaría bien hacer, a lo que no se debería hacer, o a lo que no se puede hacer a ningún precio.
Dado su carácter ocasional, me parece indispensable aclarar en qué circunstancias los he escrito, si no, podrían resultar poco comprensibles.

WIKILEAKS


La vida secreta, Andrew O'Hagan, p. 110
Cuando WikiLeaks empezó esta actividad en 201 O, dio la impresión, a mí me la dio por lo menos, como también a muchos otros, de que allí teníamos la mayor contribución a la democracia desde el final de la Guerra Fría. De pronto parecía posible una nueva clase de transparencia: la tecnología nos permitía por fin observar a los observadores, inspeccionar los secretos que se guardaban teóricamente en nuestro nombre y denunciar las imposturas y la explotación allí donde se producía en la nueva era mediática. No era un plan sutil, pero desprendía un idealismo que no sentíamos desde hacía mucho en la vida británica, donde los grandes programas morales del arco de la izquierda se esfumaban al tocar tierra. Assange nos parecía un antihéroe, un hombre ajeno a los mortales acuerdos de los partidos políticos. Y parecía saber mucho de la capacidad de vigilancia y contravigilancia de la red. Lo que ocurrió es que la tremenda oposición del gobierno a la labor de WikiLeaks -que prosigue- acabó confundiéndose, y no solo en la cabeza de Assange, con las acusaciones de violación que pesaban sobre él. La fusión de motivos ha resultado fatal. En el enfoque de Julian, hay una palmaria carencia de claridad, una carencia, me temo, potenciada por las personas que han trabajado con él. Cuando se enteró de que estaba escribiendo el presente trabajo, me mandó un email diciendo que era ilegal que yo hablara sin haberle «consultado debidamente”.  Me contó que su situación era delicada y que el FBI estaba investigando sus actividades. “He estado detenido sin cargos durante mil días”, dijo. Y aquí tenemos la fusión de que hablaba yo cuando me daba a entender que su detención tenía algo que ver con su labor contra el secretismo estadounidense. No, no es así. Fue confinado en Ellingham Hall mientras apelaba contra la petición de extradición sueca para que respondiera a cuestiones relacionadas con las dos acusaciones de violación. Un hombre que confunde estas verdades pierde su autoridad moral en ese mismo momento: me esforcé por explicárselo mientras escribía el libro, pero no me escuchaba y a veces sugería que yo era un ingenuo por no entender que las acusaciones de violación eran una “trampa erótica” preparada por oscuras fuerzas extranjeras y que los suecos solo querían extraditarlo a Estados U nidos. Como es incapaz de ver las cosas por los ojos de otras personas, no se entera de que esta fusión parece muy inmoral incluso a partidarios suyos como yo. Él mismo cayó en su propia trampa cuando se negó a ir a Suecia y prefirió ir a la embajada de un país que no es precisamente conocido por respetar la libertad de expresión. (Se trasladó allí en agosto de 2012, cuando yo aún seguía viéndolo y el libro se había terminado.) Siempre tendrá una respuesta para esos movimientos, pero ninguna será verdadera. Cometió un tremendo error táctico por no ir a Suecia para limpiar su nombre.

DE LA INVESTIGACION

Noche y océano, Raquel Taranilla, p. 354
-Querido, solo manteniéndome como profesora puedo conservar el acceso a millones y millones de publicaciones online, contenidas en algún lugar del ciberespacio y custodiadas tan restrictivamente que solamente están al alcance de eso que se ha dado en llamar, de un modo presuntuosamente fraternal, «comunidad universitaria”.
Dicho en plata: la facultad me tiene en sus manos, bien atrapada como en un noviazgo tóxico, pues necesito un carnet de profesora en el que haya escrita esa cifra que sirve de clave para acceder de forma online a la producción científica mundial, que es exclusiva para los suscritos. La libertad también es elegir la droga que se prefiera, e incluso las prepúberes adictas a colocarse con pegamento en el recreo deberían contarle al mundo la enormidad de su desparrame, pues mundo es. Dicho más técnicamente: mi continuidad como ser vivo depende de que pueda conectarme a internet a través del proxy de la universidad, que costea numerosas y apetecibles suscripciones y que hace de intermediario entre yo y el saber, no muy distintamente al camello que en su día me vendía hachís, que a mi modo de ver sigue siendo la droga menos inelegante. Si no: you are not currently authenticated. Y ya entonces: password required o purchase content. 19,95$, 36$, 115$ por cada publicación, como el insert coin de una máquina de pinball. Sin licencia no hay suelo bajo los pies y conviene aceptarlo. He aquí un dato histórico, monumental como pocos: Aaron Swartz (1986-2013) se dejó el pellejo tratando de subvertir el orden de los suscritos y fue perseguido y acabó -hagamos un minuto de silencio-: muerto. Y hoy está enterrado en Arlington Heights (Illinois), en el cementerio Shalom Memorial Park, concretamente.
Como pensado por el diablo, el Principio de Mínimo Privilegio rige todas nuestras vidas y dice, en una lengua de apariencia justa y razonable y, supuestamente, en pro de la seguridad común: un usuario solo ha de tener acceso a aquella información y a aquellos recursos que son necesarios para su legítimo propósito.

LIBROS KELMSCOTT


Noche y océano, Raquel Taranilla
Segundo. En el fragmento de la Teoría escogido por Quirós, recurre Veblen a la figura de William Morris y, en concreto, a la tarea editora a la que se lanzó en los últimos años de su vida, cuando fundó la casa Kelmscott con la idea de confeccionar libros singularmente bellos, tan delicados que por sí mismos tuviesen la capacidad de hacer de la vida una experiencia placentera. Cuesta encontrar razones para no admirar el ensueño de Morris, que critica con pasión y dureza la producción industrial de los objetos, su sometimiento nocivo a las leyes del mercado. El arte es según él el medio por el que los trabajadores pueden salir de la esclavitud, dignificando su existencia mediante la manufactura de productos hermosos, idealmente en el corazón de una ciudad sin hollín. Díganme ustedes si tal planteamiento no resulta encantador. Frente al maquinismo castrador, el trabajo manual confiere dignidad, pues no solo permite darle un acabado artístico, bello, a todo objeto que engendre, sino que además hace que el proceso resulte grato: “son los trabajadores, y no los pedantes, quienes pueden crear un arte realmente vigoroso”, y con tal planteamiento nació la editorial Kelmscott, que como alternativa a los libros convencionales (que eran para Morris un objeto chapucero, un sucedáneo del libro ideal) se propone publicar libros que en realidad sean joyas: ejemplares hechos a mano y a la antigua, con papel de la mejor calidad y que incluyan tipografías e ilustraciones fabulosas; libros artísticos, hermanos de aquellos que se hizo imprimir en exclusiva el duque Des Esseintes en la novela A contrapelo. No había que ahorrar en florituras ni en adornos. Todo esmero parecía pequeño para dar con el volumen único cuyas páginas, al pasar, sacudiesen un poco el polvo victoriano y llevasen luz y alegría a las gentes de bien.

NABOKOVIANA


Noche y océano, Raquel Taranilla, p. 279
El DSM-5 no arroja luz sobre este comportamiento. Tampoco para otros muy parecidos, que también consisten en colgar de las paredes cosas muy significativas, pues en ellas reside tal vez la verdad, de vez en cuando. En Pálido fuego, el largo poema escrito por el supuesto John Francis Shade, en la obra homónima de Vladimir Nabokov, se dedican varios versos a describir el cuarto de la extravagante tía Maud, la mujer que crió al poeta. Entre el montón de chorradas que la tía Maud conserva, hay un recorte del diario Star: “Los Red Sox baten a los Yanks 5 a 4, sobre el Homero de Chapman, clavado en la puerta”, a lo que el muy pirado profesor Charles Kinbote, el editor y comentador de la obra de Shade que se inventa Nabokov, aclara: “por una distracción del impresor del diario, un famoso poema de Keats [ “On first looking into Chapman's Homer”] fue traspuesto, de una manera cómica, de algún otro artículo a la reseña de un acontecimiento deportivo”.O sea: la poesía se cuela por error en las páginas sobre béisbol y todo son risas, que la tía Maud quiere conservar y compartir con sus visitas. Sepan que, supuestamente, Kinbote escribe esas palabras en 1959, en un libro que Nabokov publica en 1962. ¿Ven ya cuál es el drama? El error del periódico (el error en la continuidad, a la sazón tan sagrada como una madre) tiene un efecto cómico sobre la tía Maud, sobre Shade, sobre Kinbote y sobre Nabokov que nos ha quedado vetado en tan solo medio siglo. Si la combinación de una noticia deportiva y un poema de Keats fuera hoy graciosa, las muchas tías Mauds de cada barrio tendrían su cuarto forrado de páginas del periódico. Tendrían la memoria de sus teléfonos móviles y sus ordenadores hasta arriba de fotos de combinaciones de noticias imposibles. ¿Y acaso hay tías Mauds que empapelan con recortes de prensa la habitación propia e incluso la casa entera, desde el zócalo hasta el techo? ¿Dirían ustedes que sí las hay? No sé, amigos, yo creo que es hora de empezar a hablar de situación-tendente-al-colapso (S. T. C.). Escribe Nick Land en Colapso: la táctica- k no se ocupa de construir el futuro, sino de desmantelar el pasado. A menudo pienso que no falta mucho para lograrlo.

INCIPIT 985. PIO BAROJA / EDUARDO MENDOZA


INTRODUCCIÓN
Cuando empecé a trabajar en el presente texto, lo hice  partiendo de dos errores de concepción. El primer error consistía en pensar que Baroja ocupaba un lugar ilustre en la historia de la literatura española. No tardé, sin embargo, en percatarme de que no era así, o, al menos, de que no lo era en el sentido que yo daba a la expresión, esto es, al de haber entrado Baroja en el mausoleo de los escritores sancionados por el tiempo. Con grata sorpresa vi que Baroja seguía siendo un escritor actual, cuya obra se resistía a abandonar en las librerías el sector de "Narrativa" o incluso el de "Novedades" para ocupar otro más digno pero menos vivo en el de "Clásicos".
Con esto quiero decir que el lector no especializado sigue leyendo novelas de Baroja "de ida", o "por saber qué pasa", como las de cualquier otro autor contemporáneo, sin ninguna intención historicista o literaria, es decir, académica. Entre los novelistas españoles antiguos y algunos no tan antiguos, éste es un privilegio que, si no me equivoco, la obra narrativa de Baroja comparte únicamente con La Regenta de Clarín.

INCIPIT 989. MI AÑO DE DESCANSO Y RELAJACION / OTTESA MOSHFEGH


Cada vez que me despertaba, de día o de noche, me arrastraba por el luminoso vestíbulo de mármol de mi edificio y subía por la calle y doblaba la esquina donde había un colmado que no cerraba nunca. Me pedía dos cafés grandes con leche y seis de azúcar cada uno, me tomaba de un trago el primero en el ascensor de regreso a casa y luego a sorbos el segundo, despacio, mientras veía películas y comía galletitas saladas con formas de animales y tomaba trazodona y zolpidem y Nembutal hasta que volvía a dormirme. Así perdía la noción del tiempo. Pasaban los días. Las semanas. Unos cuantos meses. Cuando me acordaba, pedía comida al tailandés de enfrente o una ensalada de atún a la cafetería de la Primera Avenida. Me despertaba y me encontraba en el móvil mensajes de voz de peluquerías o spas confirmando citas que había reservado mientras estaba dormida. Llamaba siempre para cancelarlas, y odiaba hacerlo porque odiaba hablar con la gente.

INCIPT 987. EL CINEFILO / WALKER PERCY


Esta mañana he recibido una nota de mi tía en la que me pide que vaya a comer. Sé lo que significa. Como voy a cenar a su casa cada domingo, y hoy es miércoles, solo puede significar una cosa: quiere tener una de sus charlas serias. Será algo extremadamente grave, puede que una mala noticia sobre su hijastra Kate, o bien una charla acerca de mi, sobre el futuro y lo que yo debería hacer. Eso bastaría para espantar a cualquiera, pero confieso que no me parece una perspectiva del todo desagradable. Recuerdo cuando mi hermano mayor, Scott, murió de neumonía. Yo tenía ocho años. Mi tía se hizo cargo de mi me llevó a dar una vuelta por detrás del hospital. Era una calle interesante.

INCIPIT 984. Encuentros heroicos. Seis escenas griegas / Carlos García Gual


LA LECTURA DE LOS CLÁSICOS Y SUS ECOS
Tal vez no sea superfluo anteponer unas líneas de introducción a este pequeño libro, que es, sencillamente, una invitación  a releer seis escenas de la literatura griega. Son seis escenas que tienen, en mi opinión, un especial atractivo por sus contenidos y su forma: tres de ellas pertenecen a la literatura más clásica: dos son de Hornero y la tercera de una tragedia de Sófocles. Las tres últimas proceden de textos menos clásicos y de época más tardía, pero no son menos emotivas, ni menos sugerentes. Son escenas muy distintas entre sí, de evidente originalidad y de efectos literarios muy logrados. Sé bien que las lecturas comentadas no son un género de libros ahora en boga. Y mucho menos cuando se trata de escenas tornadas de la antigua literatura griega, relegada al olvido por el hecho de ser antigua, es decir, distante y extraña,  en nuestros días. Creo, sin embargo, que también lo inactual y poco frecuente tiene su atractivo, e incluso que esa distancia unida a su originalidad ofrece un fuerte y singular atractivo. Somos lectores, en general, triviales y apresurados. Quizás de manera inevitable. Manejarnos demasiados libros y papeles, una infinidad de mensajes y noticias en el ordenador, y no nos permitirnos a menudo en la lectura el dedicar mucho tiempo a uno u otro texto. Pero, a pesar de todo, quiero , invitar a una lectura lenta, atenta y detallista, una lectura demorada en palabras y voces de estos pocos fragmentos lejanos.

INCIPT 986. NOCHE Y OCEANO / RAQUEL TARANILLA


Imagino que, igual que yo, muchos de ustedes descubrieron atónitos el siguiente titular, que apareció hace algunos meses en la prensa: “Robado  el cráneo de Murnau, director de Nosferatu”. Según informaba el periódico, alguien había profanado el mausoleo del cineasta, en el cementerio de Stahnsdorf, próximo a Berlín, y había robado su cabeza embalsamada, que a pesar de llevar allí más de ochenta años aún conservaba, tal como relataba en la noticia el administrador del cementerio, no solo algunos restos del cabello y de los dientes, sino también el aire inconfundible, el porte magnífico de Herr Murnau. Entre los móviles que barajó la policía, al parecer tomó fuerza enseguida el del ritual satánico, basado principalmente en el rastro de cera fundida que se halló sobre el ataúd.
Ahora bien, a diferencia del de ustedes, mi estupor no tiene que ver tanto con la extravagancia de quitarle la cabeza a un muerto como con la certeza de conocer al culpable.

ESCRIBE WALTER BENJAMIN


Noche y océano, Raquel Taranilla, p. 252
Escribe Walter Benjamin (en alguna parte): “No tengo nada que decir. Solo que mostrar. No hurtaré nada valioso, no me apropiaré de ninguna formulación profunda. Pero los hallazgos, los deshechos, esos no los quiero inventariar, sino dejarles alcanzar su derecho de la única manera posible: empleándolos”. Y ahora: noten de qué modo van ganando vigor Eastman y los Johnson, cómo se han hecho grandes como un flemón en mi bocota colorista, que aumentará exponencialmente de velocidad e igual que un coche demasiado acelerado acabará volcada en la cuneta. ¡Patapam! Ha quedado antiguo y fuera de juego el diagnóstico de Stevenson acerca de la dificultad de narrar: “Cualquiera puede escribir una historia corta -una mala, se entiende-, si se aplica y tiene papel y tiempo de sobras; pero no todo el mundo puede esperar escribir ni siquiera una mala novela. Es la longitud lo que  mata”. La dificultad mayor ya no será nunca la extensión, puesto que si de algo va sobrado el  mundo es de datos que sumar, que aparecen hasta de debajo de las piedras, igual que caracoles tras una mañana de lluvia que un novelista o un guionista necesitado de subtramas puede atrapar fácilmente, incluso con el ordenador a cuestas. El reto pertenece, en efecto, a una magnitud distinta a la largura, que es la del grado de atención de todos ustedes. Las informaciones no se pierden en la oscuridad sino en el exceso de luz, en la visibilidad rotunda como una sandía a punto de troncharse de pura madurez. Torrencialmente cito libros y películas, sintiendo en la frente la falsa libertad de la ligereza: no hay ubicación, no hay fuera ni dentro, no hay arriba ni abajo, no hay cultura, no existe la mañana y tampoco la noche, solo hay ansiosa alegría por devorar, por consumir, por vomitar, por triturar, por enmarranar ideas, conceptos, problemas y referencias como en el cuento del cerdito feliz. ¿Lo conocen? Lo confieso: soy una escritora ruidosa.

QUIT-LIT


Noche y océano, Raquel Taranilla, p.225
Búsquenlo ustedes mismos en internet: tecleen quit-lit –por “lit( eratura) de la dimisión o del enviarlo-todoal-cuerno”- y anímense a conocer las tribulaciones de los muchísimos académicos que se mostraron a sí mismos la bandera blanca y se animaron a dejar por escrito su denuncia contra ese gran vertedero que es toda facultad (en muchos casos como parte de una terapia psicológica de largo alcance). Grosso modo, la quit-lit se sustenta sobre el drama de que toda trayectoria universitaria, además de sudor y lágrimas, incluye: frustración y escasas opciones de dar rienda suelta al deseo y a la creatividad; un sistema de retribución en el que rara vez se premia el mérito; lesiones en la piel y en las mucosas, de origen casi siempre psicosomático (aunque no únicamente); larguísimas jornadas dedicadas al papeleo; temporadas en las que te van holgados los pantalones de la talla S y otras en las que debes aguantar la respiración para meterte en la talla L; reuniones monopolizadas por los más pelotas o los más ineptos del lugar; sentimientos de odio exacerbado cuando en un artículo de tu exacta área de especialidad no se menciona tu trabajo; soledad; competitividad ultracapitalista fusionada con formas muy originales de vasallaje medieval; coitos poco satisfactorios, por culpa de tener la cabeza en otra parte (aunque no solo por ello); estudiantes escasamente motivados, déspotas y/o caprichosos como un cliente vip; autocomplacientes discursos inaugurales en boca del decano de turno; ansiolíticos y antidepresivos. ¿Puede alguien en sus cabales o sin parafilias sadomasoquistas acomodarse a ese pack perverso?

CIRCULO DE LECTORES


Noche y océano, Raquel Taranilla, p. 59
Y, a pesar de la antipatía que me despertó que me intentara colocar una suscripción, Ana María me gustó bastante y por eso me quedé allí, de pie primero y ya después sentada junto a ella en uno de los bancos del andén, donde había una máquina expendedora muy oportuna, en la que compramos un par de refrescos y también, cuando nos entró el hambre, varias bolsitas de cacahuetes, y estuvimos hablando hasta que a medianoche cerraron la estación y pasó el último tren y lo tomamos para irnos cada una a su casa. Primero hablamos de libros, rajando de buena parte del catálogo del Círculo de Lectores (lo que incluía parte de la colección Clásicos Universales, que yo hubiera salvado de entrada, pero que Ana María condenó alegando con muy buenos argumentos que las traducciones eran nefastas, por no hablar de que reproducían el dominio patriarcal, etcétera, etcétera), pero pronto la conversación nos llevó a otros derroteros -qué sé yo: recuerdo que hablamos del descubrimiento reciente de otro planeta más del Sistema Solar, del huracán Katrina, de los restos del avión de Saint-Exupéry, de una ola de suicidios colectivos en Japón (que se llevaban a cabo dentro de vehículos alquilados y mediante la técnica de la intoxicación con monóxido de carbono gracias a un tubo de goma hábilmente colocado uniendo el tubo de escape y el interior del vehículo), de 2666, de un montón de embriones de dinosaurio que habían sido misteriosamente hallados en la Patagonia, del estreno de Sin City, de las armas nucleares con que nos amenaza Corea del Norte y de un eclipse de sol inminente, todo lo cual nos llevó a preguntarnos si el mundo, pese a seguir siendo un lugar repleto de tesoros por descubrir, no se estaría aproximando aceleradamente a su destrucción-. Aunque en algún momento de nuestra larga charla (medio por pena y medio en honor a nuestra amistad recién estrenada) yo habría llegado a aceptar hacerme el carnet del Círculo de Lectores, Ana María no volvió a ofrecerme una suscripción.

INCIPIT 983. EICHMANN EN JERUSALEN / HANNAH ARENDT


Beth Hamishpath, audiencia pública, estas palabras que el ujier gritó a todo pulmón, para anunciar la llegada de los tres magistrados, nos impulsaron a ponernos en pie de un salto, en el mismo instante en que los jueces, con Ia cabeza descubierta, ataviados con negras togas, penetraron por una puerta lateral en Ia sala y se sentaron tras la mesa situada en el alto estrado. La mesa es larga, a uno y otro extremo se sientan los taquígrafos oficiales, y, dentro de poco, quedará cubierta por innumerables libros y más de quinientos documentos. A un nivel inmediato inferior al del tribunal se encuentran los traductores, cuyos servicios se emplearán para permitir la directa .comunicación entre el acusado, o su defensor, y el tribunal. Además, el acusado y su defensor, que hablan el alemán, al igual que casi todos los presentes, seguirán las incidencias del juicio en lengua hebrea a través de la traducción simultánea por radio, que es excelente en francés, aceptable en inglés, y desastrosa, a veces incomprensible, en alemán.

INCIPIT 982. EL GRUPO / MARY McCARTHY


En junio de 1933, una semana después de su graduación en Vassar, Kay Leiland Strong, la primera en dar la vuelta a la mesa en la cena de compañeras de curso, contraía matrimonio con Haraid Petersen, graduado en Reed, promoción de 1927. La ceremonia se celebró en la iglesia episcopaliana de Saint George, de la que era rector Karl F. Reiland. Fuera, los árboles ya con toda su hoja cubrían Stuyvesant Square, y las invitadas, que iban llegando en taxi de dos en dos o de tres en tres, lo primero que oyeron fueron las voces de los niños que jugaban en el parque alrededor de la estatua de Peter Stuyvesant. Tras pagar al taxista y alisarse los guantes, las parejas y tríos de jóvenes, todas ellas compañeras de universidad de Kay, miraron a su alrededor con curiosidad, como si estuvieran en una ciudad extranjera. Habían empezado a descubrir Nueva York, quién podría imaginárselo, cuando algunas de ellas habían vivido allí toda su vida en esas tediosas casas georgianas de las inmediaciones de la calle Ochenta, llenas de espacio desaprovechado, o en los grandes pisos de Park Avenue, y les encantaban los rincones escondidos como éste, con el pequeño parque y el templo cuáquero de ladrillos rojos, molduras blancas y brillantes dorados, contiguo a la iglesia episcopaliana de color granate. Los domingos cruzaban con los jóvenes que las cortejaban el puente de Broolding y se asomaban a la soñolienta zona de Brookling Heigths; exploraban la residencial Murray Hill, las pintorescas MacDougal Alley y Patchin Place y las callecitas traseras de Washington Square, con sus antiguas caballerizas convertidas en talleres y estudios de artistas.

SIONISMO


Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt, p. 175
En Amsterdam al igual que en Varsvia, en Berlín al igual que en Budapest, los representantes del pueblo judío formaban listas de individuos de su pueblo, con expresión de los bienes que poseían; obtenían dinero de los deportados a fin de pagar los gastos de su deportación y exterminio; llevaban un registro de las viviendas que quedaban libres; proporcionaban fuerzas de policía judía para que colaboraran en la detención de otros judíos y los embarcaran en los trenes que debían conducirles a la muerte; e incluso, como un último gesto de colaboración, entregaban las cuentas del activo de los judíos, en perfecto orden, para facilitar a los nazis su confiscación. Distribuían enseñas con la estrella amarilla y, en ocasiones, como ocurrió en Varsovia, «la venta de brazaletes con la estrella llegó a ser un negocio de seguros beneficios; había brazaletes de tela ordinaria y brazaletes de lujo, de material plástico, lavable». En los manifiestos que daban a la publicidad, inspirados pero no dictados por los nazis, todavía podemos percibir hasta qué punto gozaban estos judíos con el ejercicio del poder recientemente adquirido. La primera proclama del consejo de Budapest decía: «Al Consejo Judío central le ha sido concedido el total derecho de disposición sobre los bienes espirituales y materiales de todos los judíos de su jurisdicción». Y sabemos también cuáles eran los sentimientos que experimentaban los representantes judíos cuando se convertían en cómplices de las matanzas. Se creían capitanes «cuyos buques se hubieran hundido si ellos no hubiesen sido capaces de llevarlos a puerto seguro, gracias a lanzar por la borda la mayor parte de su preciosa carga», como salvadores que «con el sacrificio de cien hombres salvan a mil, con el sacrificio de mil a diez mil». Pero la verdad era mucho más terrible. Por ejemplo, en Hungría, el doctor Kastner salvó exactamente a 1.684 judíos gracias al sacrificio de 476.000 víctimas aproximadamente. A fin de no dejar al «ciego azar» la selección de los que debían morir y de los que debían salvarse, se necesitaba aplicar «principios verdaderamente santos», a modo de «fuerza que guíe la débil mano humana que escribe en un papel el nombre de un desconocido, y con ello decide su vida o su muerte». ¿Y quiénes eran las personas que estos «Santos principios» seleccionaban como merecedoras de seguir con vida? Eran aquellas que «habían trabajado toda la vida en pro del zibur” (la comunidad) -es decir, los funcionarios- y los «judíos más prominentes», como dice Kastner en su informe.

LA ILÍADA


El club de lectura de David Bowie, p. 70
El canon europeo empieza aquí. ¿Llegó Bowie a La Ilíada a través de las teorías sobre la mente bicameral de Julian Jaynes? ¿Fue por medio de Camille Paglia, que aborda la obra en Sexual personae y alaba el pictorialismo cinemática de Homero? ¿O simplemente sentía debilidad por la poesía épica griega?
La Ilíada, atribuida al poeta Homero, narra lo que sucedió al final de la guerra de Troya y durante el sitio griego de la ciudad de Troya. Es un sangriento y belicoso pase de lista de héroes míticos. Especial interés habría tenido para Bowie la relación -interpretada a veces como gay- entre el guerrero Aquiles y su mejor amigo Patroclo. La armadura mágica de Aquiles, de bronce y salpicada de estrellas, símbolo de su poder, lo distingue de los demás soldados. Cuando Aquiles se niega a combatir tras haber discutido con el rey Agamenón, Patroclo toma prestada la armadura de Aquiles y ambos bandos lo confunden con él. Y, por si fuera poco, la armadura le otorga poder a Patroclo; hasta tal punto que adopta las habilidades guerreras y las peculiaridades de Aquiles. Por desgracia, el dios Apolo interviene para ayudar a los troyanos. Deja sin sentido a Patroclo y lo despoja de su casco para desenmascararlo ante el héroe troyano Héctor, que lo mata y le roba la armadura para quedársela.
Esta historia encierra una enseñanza sobre el poder de la ropa, tan crucial en la proyección de la personalidad, y sobre cómo este poder no solo crece y mengua, sino que también se puede perder o ser transferido. El relato, además, esclarece algunos aspectos de la complicada relación que tenía Bowie con Iggy Pop y Lou Reed; artistas que le influyeron, a los que eclipsó y que más adelante recuperarían el poder perdido gracias a su intercesión y se convertirían en personajes de plena modernidad en la década de los ochenta y de los noventa, época en que a Bowie le costaba conectar con el público mayoritario que Let's Dance le había procurado.
La Ilíada y su hermana homérica La Odisea eran recitadas en banquetes, festivales y ceremonias por cantantes profesionales o «rapsodas» que acompañaban el relato con la música de la lira. Estos rapsodas analfabetos mezclaban y modificaban canciones ya existentes, «componiendo» nuevas versiones de la obra durante la misma representación, un modo de obrar que sin duda le habría parecido a Bowie la quintaesencia del beat.

LO LI TA


El club de lectura de David Bowie, p. 54
Dolores Haze, “Lolita”, de doce años, fue el pasaporte de Vladimir Nabokov al reconocimiento y a la fama. Ella es la infeliz presa del héroe-narrador de Lolita, Humbert Humbert, un académico y poeta menor que vive de una herencia y acaba en Ramsdale, Nueva Inglaterra, hospedándose en casa de una rica viuda, Charlotte Haze. Se casa con Charlotte, pero a quien desea de verdad es a su hija, pues Humbert es un pedófilo obsesionado con niñas de entre nueve y catorce años a las que llama “nínfulas”. Tras la muerte de Charlotte -es atropellada al cruzar la carretera a toda prisa para enviar unas cartas que denuncian a Humbert, cuya verdadera naturaleza acaba de descubrir-, Humbert se lleva a Lolita en una odisea por moteles americanos, solo para que ella lo acabe abandonando por un dramaturgo, Ciare Qgilty ...
El lector descubre con aprensión que Humbert es un acompañante sensacional: irónico, pagado de sí mismo, despectivo, snob, narcisista. Su mirada desdeñosa de habitante del Viejo Continente sobre el consumo estadounidense es desternillante. El lenguaje magistral de Nabokov, repleto de hábiles juegos de palabras y alusiones, nos maravilla y nos aboca a la complicidad con el monstruo, con el violador en serie de niñas.
En 1959, con lo ganado por el éxito de Lolita, Nabokov se marchó de los Estados Unidos para regresar a Europa, y se mudó a una suite de la sexta planta del Hotel Palace de Montreux, en Suiza, no demasiado lejos de la casa de Bowie en Lausana; aunque cuando el cantante se mudó allí, Nabokov ya había muerto. Durante muchos años, la edición de Penguin de Lolita llevaba en la portada el cuadro “Niña con gato” (1937), obra de otro de los vecinos suizos de Bowie, el huidizo artista Balthus, a quien Bowie entrevistó en profundidad para la revista Modern Painters en 1994.
Nabokov tenía un porte magnífico, regio. “No creo que un artista deba preocuparse por su público», dijo en la revista The Listener de la BBC. “Su mejor público es la persona que ve en el espejo de afeitarse cada mañana». Tras, la debacle de los años ochenta y el fiasco de los álbumes Tonight o Never Let Me Down, Bowie llegó a compartir aquel punto de vista: “Mis grandes errores siempre se deben a que intento adivinar qué quiere el público o complacerle», admitió en 2003 en la revista The Word. “Mi obra es siempre más potente cuando soy muy egoísta con ella».

FREUDIANA


La inesperada verdad sobre los animales, Lucy Cooke, p. 348
En 1924 el Instituto Pasteur de París escribió al científico ruso para darle una buena noticia: sería «posible y deseable» que llevara a cabo sus experimentos en la colonia de chimpancés que acababan de establecer en África Occidental. El emblemático centro de investigación había creado algo del gusto de los lunáticos científicos rusos. De hecho, por entonces ya apoyaban a Serge Voronoff, que también estaba haciendo avances no menos extravagantes en la ciencia de los chimpancés, afirmando que había descubierto la fuente de la juventud injertando porciones de testículo de chimpancé en el escroto de un anciano. Se le había ocurrido aquella imaginativa “terapia de rejuvenecimiento” tras observar a los eunucos y someterse a sí mismo a algunos experimentos de naturaleza manifiestamente poco envidiable, entre los que se incluían inyectarse en sus propios testículos un cóctel de gónadas de conejillo de Indias y de perro trituradas
La fórmula -afortunadamente cara- de Voronoff para ampliar la vida humana hasta los ciento cuarenta años consistía en coser a mano trocitos de “glándula de mono” utilizando un finísimo hilo de seda. Aunque él insistía en que «el injerto no es en absoluto un remedio afrodisiaco, sino que actúa en todo el organismo estimulando su actividad», corría el rumor de que podía restaurar el debilitado impulso sexual del millonario que  pudiera pagarlo, además de su memoria y su visión. Fuera como fuese, aquello bastó para garantizar que la clínica de Voronoff nunca estuviera vacía. Cientos de hombres se inscribieron para someterse al tratamiento, entre ellos Sigmund Freud, quien, tras haberse revelado incapaz de encontrar los testículos de la anguila, era evidente que ahora no temía experimentar con los suyos propios.
Hasta el mismo Ivanov necesitaba la magia de las glándulas de mono de Voronoff. El Instituto Pasteur le había ofrecido instalaciones, pero no fondos, y ahora, peligrosamente falto de presupuesto, su proyecto del humancé se estaba viniendo abajo. De modo que en uno de sus viajes a África se detuvo en París para colaborar con Voronoff. Ambos saltaron a los titulares después de trasplantar el ovario de una mujer a una hembra de chimpancé llamada Nora e intentar inseminarla con esperma humano. Pero la hembra no concibió ningún humancé. Voronoff decidió atenerse a su lucrativa labor cotidiana de trucar testículos de millonarios, e Ivanov se fue a la Guinea Francesa con el único apoyo de su hijo, que era estudiante de medicina.

PINGÜINO DE ADELAIDA


La inesperada verdad sobre los animales, Lucy Cooke, p. 330
El pingüino de Adelia es uno de los pocos animales del planeta que se entregan a la prostitución. Es el clásico pingüino de cómic que te llega a la altura de la rodilla. Es el ave que nidifica más al sur de todas las que lo hacen, y se agrupa en vastas y ruidosas colonias al principio del corto verano para anidar en los límites de la península Antártica. Hacia el final de la temporada, cuando el clima se hace más cálido, existe el peligro de que los sencillos nidos de piedra del pingüino se inunden, y los embriones se ahoguen en el interior de los huevos, debido al agua del deshielo. De modo que las hembras van a la caza de nuevos guijarros para reforzar su inversión parental. Es muy frecuente que los roben de otros nidos, y son habituales las refriegas. «Pueden ser sorprendentemente brutales, picoteándose' y golpeándose repetidas veces unos a otros con las aletas”, me explicaba Davis.
Algunas hembras astutas han aprendido a evitar ser atacadas por los propietarios de guijarros más posesivos centrando su atención en los nidos de machos sin descendencia que viven en las lindes de la colonia. Al no tener deberes parentales, estos solteros disponen de tiempo para entregarse a una extravagante búsqueda y acumulación de guijarros, y llegan a construir auténticos castillos de piedra. También están extremadamente desesperados por esparcir su semen. La taimada hembra acude a uno de esos machos con una profunda inclinación y mirándolo de reojo con coquetería, como si quisiera copular con él. El macho también se inclina, se hace a un lado para permitir que la hembra se tienda en su castillo de guijarros, y se dispone a procrear. El sexo es cosa rápida, y no es infrecuente que el inexperto macho no afine bien y yerre su objetivo. Una vez consumado el acto, la hembra regresa a su nido con un guijarro hurtado en el pico.
Davis observó que algunas hembras especialmente astutas robaban piedras a los machos sin siquiera ofrecerles sexo a cambio. Flirteaban tal como hemos explicado, pero se saltaban la parte del sexo y se limitaban a largarse a toda prisa con una piedra. En palabras de Davis, la hembra “coge el dinero y corre». En respuesta, nunca se veía a los machos enzarzarse en una refriega, aunque algunos de ellos hacían un desesperado intento de reclamar sus derechos conyugales cuando la hembra emprendía una precipitada huida con su botín. Y engañar a aquellos machos resultaba patéticamente fácil: una timadora muy eficaz fue grabada birlando sesenta y dos piedras en el plazo de una hora.
Davis me explicó que las hembras han aprendido que los machos «no es que sean exactamente tontos, sino que más bien están desesperados». Tienen grandes nidos de piedra y no mucho que perder. Si hay una posibilidad de que la hembra acepte mantener relaciones sexuales, les merece la pena asumir el riesgo. Puede que parezcan unos necios, pero, como admitía Davis, «desde una perspectiva evolutiva es una jugada muy inteligente”.

OSOS PANDA


La inesperada verdad sobre los animales, Lucy Cooke, p. 296
Los pandas ocupan territorios bastante extensos de 4 a 6,5 kilómetros cuadrados, y detectan a sus parejas sexuales por el olfato, ya que estas van dejando periódicamente actualizaciones aromáticas de su estado -en las que anuncian su identidad, sexo, edad y fertilidad- en árboles especialmente designados (el equivalente en el mundo de los pandas a las aplicaciones de contactos como Tinder). Cuando una hembra entra en celo despierta el interés de los machos frotando sus glándulas anales en la base de uno de esos tableros de anuncios comunitarios. Su hedionda señal atrae a machos de todas partes, que a continuación pasan a competir por sus atenciones en una especie de Juegos Olímpicos urinarios, ya que las hembras de panda  prefieren a los machos que son capaces de dejar su atractiva señal olorosa más arriba en los troncos de los árboles. Los científicos han explicado que los machos adoptan toda una serie de posturas atléticas “agacharse”, “levantar la pata”, y, la más extraordinaria de todas, “hacer el pino”- a fin de proyectar su chorro de orina lo más alto posible.19 También se cree que utilizan su propio cuerpo como olorosos reclamos de atracción sexual poniéndose unas gotitas de orina -tipo aftershave- en las orejas, las cuales actúan como un par de esponjosas balizas que transmiten la disponibilidad del animal a través de la brisa de la montaña.
Los osos son conocidos por tener un sentido del olfato extremadamente desarrollado, de modo que la corta duración del periodo de fertilidad de las hembras de panda no es un impedimento para su reproducción en su hábitat natural. De hecho, incluso podría tratarse de una adaptación evolutiva para controlar el tamaño de la población, debido precisamente a la gran capacidad de procrear de los machos, que ayudaría a garantizar que la tasa de natalidad no supere nunca lo que los bosques de bambú pueden sustentar. Como media, una hembra salvaje parirá a una cría entre cada tres y cinco años, lo que no es una tasa reproductiva inusual; si se reprodujeran con mayor rapidez no tardarían en desbordar la capacidad de su hábitat.

CIGÜEÑAS

La inesperada verdad sobre los animales, Lucy Cooke, p. 230
Es famosa la asociación de las cigüeñas a la fertilidad. En muchos países europeos se creía que una pareja que tuviera un nido de cigüeñas cerca de su casa no tardaría en ser bendecida con un bebé. Aún hoy, en Alemania, suele colocarse una reproducción de madera de una cigüeña con un fardo en el pico en el exterior de las casas cuando acaba de nacer un niño, y cuando una mujer se queda embarazada se dice que “una cigüeña le ha picado en la pierna”. La popularidad de esta creencia puede generar alguna que otra confusión. Recientemente, la cadena de televisión estadounidense Fox News emitió una noticia sobre una pareja de alemanes que habían acudido a una clínica de fertilidad porque no lograban tener hijos. Allí les explicaron que para tener un bebé primero debían mantener relaciones sexuales: ellos creían que bastaba con la cigüeña.
La reputación de estas grandes aves blancas como portadoras de bebés tiene su origen en la cultura pagana. Las aves reaparecen cada primavera, y generalmente esta era una estación abundante en nacimientos. El solsticio de verano -el 21 de junio- era una festividad pagana tradicional que celebraba el matrimonio y la fertilidad. Muchas relaciones amorosas se iniciaban entonces, y nueve meses después llegaban los bebés resultantes, coincidiendo con el retorno de las cigüeñas. Con el tiempo, los dos eventos pasaron a estar interconectados, con el resultado de que la gente empezó a pensar que eran las cigüeñas las que traían a los bebés.

WIKIPEDIA

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