Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

INCIPIT 256. LA SOLEDAD DE LOS NUMEROS PRIMOS / PAOLO GIORDANO


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Alice della Rocca odiaba la escuela de esquí. Odiaba tener que despertarse a las siete y media de la mañana incluso en Navidad, y que mientras desayunaba su padre la mirase meciendo nerviosamente la pierna por debajo de la mesa, como diciéndole que se diera prisa. Odiaba ponerse los leotardos de lana, que le picaban en los muslos, y las manoplas, que le impedían mover los dedos, y el casco, que le estrujaba la caray tenía un hierro que se le clavaba en la mandíbula, y aquellas botas, que siempre le iban pequeñas y la hacían andar como un gorila.
—Bueno, ¿qué? ¿Te bebes la leche o no? —volvió a apremiarla su padre.
Alice tragó tres dedos de leche hirviendo que le quemó sucesivamente la lengua, el esófago y el estómago.
—Bien. Y hoy demuestra quién eres, ¿vale? ¿Y quién soy?, pensó ella.
Acto seguido salieron a la calle, la niña enfundada en su traje de esquí verde lleno de banderitas y fosforescentes letreros de patrocinadores. A aquella hora había diez grados bajo cero y el sol era un disco algo más gris que la niebla que todo lo envolvía. Alice sentía la leche revolvérsele en el estómago y se hundía en la nieve con los esquíes a hombros, porque has de cargarlos tú mismo hasta que logres ser tan bueno que otro los cargue por ti.
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SALO

De El espía, de Justo Navarro, p. 95-96

Apareció Mussolini entre los paracaidistas que lo rescataban y los carabineros que lo vigilaban. Lo filmaban dos cámaras. Pueden hacer de mí lo que quieran, dijo Mussolini, y entre los paracaidistas y los carabineros había una felicidad de fiesta de fin de la temporada de esquí, pero en septiembre, sin nieve. Mussolini vestía un elegante y acorazado abrigo negro con las solapas levantadas, cruzado, y un sombrero negro, quizá para disimular la semejanza entre la cabeza y la mole del hotel. Parecía exhausto, libre de un peso que aún lo cansaba, algo alegre, pero decepcionado lastimado y humillado. El día antes había pedido una pistola a la camarera del hotel, Lisetta, se llamaba, y, a falta de pistola, con una cuchilla de afeitar se había abierto la muñeca izquierda. Eso no lo contó la emocionante, vibrante, palpitante voz del locutor en el noticiario que Pound vio en el Cinema Grifone de Rapallo. El capitán de las SS Otto Skorzeny montó a Mussolini en un monomotor biplaza Fieseler Storch, rumbo a Pratica di Mare, donde esperaba un Heinkel para el trayecto Viena-Múnich. Cuando el piloto personal del general Student, el capitán Gerlach, vio que el SS Skorzeny quería subir con Mussolini al monomotor se resistió. El Fieseler Storch es un biplaza protestó. El gigantesco oficial de las SS no cabía en la avioneta. Pero subió, medio cuerpo fuera de la carlinga, como una robusta joroba con cabeza y gorra de las SS en la espalda de Mussolini. Los carabineros que habían vigilado al prisionero empujaron la avioneta para que despegara con el Duce en fuga. Mussolini se sujetaba el sombrero para que no se lo llevara el viento. Se dirigía a fundar en el despacho de Hitler la Repubblica Sociale Italiana, RSI.

JAMESIANA

En Babelia, del 13 de agosto, Borges habla de su cuento El duelo.


En el comienzo de El duelo ofrece precisamente una explicación ingeniosa acerca de su procedimiento literario y, sobre todo. Alrededor de su imposibilidad de escribir textos de argo aliento. “Henry James quizás no hubiera desdeñado la historia”, dice sobre el breve cuento que se dispone a escribir. “james le hubiera consagrado más de cien páginas de ironía y ternura, exornadas de diálogos complejos y escrupulosamente ambiguos. No es improbable su adición de algún rasgo melodramático” A continuación, Borges confiesa que “lo esencial no habría sido modificado” si James lo hubiera escrito. Pero también que él ahora se limitaría “ a un resumen del caso, ya que su lenta evolución y su ámbito mundano son ajenos a mis hábitos literarios”.

INCIPIT 255. SALE EL ESPECTRO / PHILIP ROTH


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EL MOMENTO PRESENTE
No había estado en Nueva York desde hacía once años. Aparte de una estancia en Boston para que me extirparan la próstata cancerosa, apenas me había alejado de mi carretera rural de montaña en los Berkshires durante esos once años, y lo que es más, pocas veces había leído un periódico ni escuchado las noticias desde el 11 de septiembre, tres años atrás; sin ninguna sensación de pérdida (tan solo, al comienzo, una especie de sequía en mi interior), había dejado de habitar no solo el gran mundo, sino también el momento presente. Mucho tiempo atrás había aniquilado el impulso de estar en él y formar parte de él.
Pero ahora había conducido los más de doscientos kilómetros en dirección sur hasta Manhattan para ver a un urólogo del hospital Mount Sinai especializado en un procedimiento quirúrgico para ayudar a hombres como yo, incontinentes tras haber sido operados de la próstata. Mediante un catéter inserto en la uretra, inyectaba una forma gelatinosa de colágeno en el lugar en que el cuello de la vejiga se une a la uretra, y de este modo lograba una notable mejora en el cincuenta por ciento de sus pacientes. No eran unas grandes expectativas, sobre todo cuando «una notable mejora» solo significaba el alivio parcial de los síntomas, reduciendo la «incontinencia severa» a «incontinencia moderada», o la «moderada» a «ligera». De todos modos, como sus resultados eran mejores que

YO


De Sale el espectro, de Philip Roth, p. 33
La víspera de mi regreso a casa, fui a comer a un pequeño restaurante italiano que quedaba cerca del hotel. Los propietarios del lugar no habían cambiado desde la última vez que comí allí a comienzos de los años noventa, y me llevé una sorpresa cuando Tony, el más joven de la familia, me saludó por mi nombre antes de acompañarme a la mesa del rincón que siempre me había gustado porque era la más tranquila del local.
Te marchas mientras otros, lo cual no tiene nada de asombroso, se quedan atrás para seguir haciendo lo que siempre han hecho, y, cuando regresas, te sientes sorprendido y emocionado por un momento al ver que siguen ahí y, también, tranquilizado, porque hay alguien que se pasa toda la vida en el mismo pequeño lugar y no siente ningún deseo de irse.

SALO O LA FUNDACION DE LA REPUBLICA SOCIAL ITALIANA

De El espía, de Justo Navarro, p. 97
El capitán de las SS Otto Skorzeny montó a Mussolini en un monomotor biplaza Fieseler Storch, rumbo a Pratica di Mare, donde esperaba un Heinkel para el trayecto Viena-Múnich. Cuando el piloto personal del general Student, el capitán Gerlach, vio que el SS Skorzeny quería subir con Mussolini al monomotor se resistió. El Fieseler Storch es un biplaza protestó. El gigantesco oficial de las SS no cabía en la avioneta. Pero subió, medio cuerpo fuera de la carlinga, como una robusta joroba con cabeza y gorra de las SS en la espalda de Mussolini. Los carabineros que habían vigilado al prisionero empujaron la avioneta para que despegara con el Duce en fuga. Mussolini se sujetaba el sombrero para que no se lo llevara el viento. Se dirigía a fundar en el despacho de Hitler la Repubblica Sociale Italiana, RSI.

INCIPIT 254. ADINA / HENRY JAMES


PARTE 1
Habíamos estado hablando sobre Sam Scrope alrededor del fuego —conscientes, todos nosotros de la norma de mortuis. Nuestro anfitrión, sin embargo, había permanecido en silencio, un poco para mi sorpresa, pues sabía que había sido particularmente cercano a nuestro amigo. Pero una vez nuestro grupo se hubo disuelto y me quede a solas con él, avivó el fuego, me ofreció otro puro mientras aspiraba el suyo con aire reflexivo, y m explico la siguiente historia:
Hace dieciocho años Scrope y yo visitarnos Roma juntos. Era el comienzo de nuestra amistad y le había tomado cariño, tal y como suele suceder cuando un joven sensible y reflexivo conoce a otro dinámico, irreverente y sarcástico. Scrope sufría por aquel entonces del germen de las excentricidades —por no llamarlas de modo más severo—, lo que le convirtió posteriormente en un amigo de lo más insoportable,

VILA MATAS Y LACANCAN

De En un lugar solitario, de Vila-Matas, p.193
Todos sabemos que aquello que el voyeur busca y encuentra no es más que una sombra detrás de la cortina. Lo que busca no es, como se dice, el falo, sino precisamente su ausencia, y de ahíla preeminencia de ciertas formas como objeto de su búsqueda. Lo que mira es lo que no se puede ver. Pues bien, esa tarde estaba yo fantaseando cualquier magia de presencia en mi espejo cuando vi que, detrás del improbable reflejo y al fondo de la estancia, se había dibujado la sombra que proyectaba una mujer apoyada en la pared de la que colgaba un cuadro que se abrió tras la tela para verter su espacio interior hacia un paisaje marino, hacia la arboladura de un barco y hacia un ruinoso hotel. La mujer de cuerpo grande y hermoso, tenía la cabeza cubierta de rizos negros que caían en bucle junto a la sien; palidez lunar en la piel, mirada dulce y desgarrada

INCIPIT 253. DIARIO DE UN AMA DE CASA DESQUICIADA / SUE KAUFMAN

Viernes, 22 de septiembre
Son las nueve y cuarto de esta calurosa mañana de septiembre, más calurosa que cualquiera de los días de verano que hemos tenido. Todas las ventanas están abiertas y el hollín flota en el aire y se deposita por todas partes, como si fuese lluvia radioactiva. Más allá de la puerta de este dormitorio, que acabo de cerrar con llave, el apartamento está vacío y desagradablemente tranquilo. Las niñas han vuelto al colegio hoy, un viernes, para lo que llaman la jornada de reorientación. Acabo de llegar a casa, he ido a despedirlas al autobús del colegio y a pasear a Folly por Central Park West. Me ha llevado una eternidad, porque Folly odia las alcantarillas y a mí me da miedo entrar en el parque. Hoy había jurado que me forzaría a hacerlo, he llegado hasta la entrada y entonces he visto a un hombre en medio del camino, de pie, sonriendo a los árboles con cara de chiflado. Era un hombre muy viejo con el pelo blanco, seguramente no era más que un pobre padre jubilado, o un ornitólogo senil esperando ver, por casualidad, un pinzón púrpura..., pero no podía arriesgarme. Yo no. Ahora no.
Así que nos hemos dirigido a las sucias alcantarillas con páginas rotas del Daily News. En cuanto he llegado a casa, he cerrado esta puerta con llave... No me gusta este silencio. He abierto el cajón de en medio y sacado la libreta de debajo de un montón de combinaciones de nailon. Es una estupenda libreta, gruesa, de ciento treinta

PENSAR, CLASIFICAR

De Un hombre que duerme, de Georges Perec, p-106-107


Ciudad pútrida, ciudad innoble, repulsiva. Ciudad triste, luces tristes en las calles tristes, payasos tristes en las salas de fiestas tristes, colas tristes ante los cines tristes, muebles tristes en las tiendas tristes. Estaciones negras, cuarteles, hangares. Las brasseries siniestras que se suceden a lo largo de los Grandes Bulevares, los escaparates horribles. Ciudad ruidosa o desierta, lívida o histérica, ciudad despanzurrada saqueada mancillada, ciudad erizada de prohibiciones de barrotes, de alambradas, de cerraduras. La ciudad-osario: los mercados podridos, las villas miseria disfrazadas de grandes urbanizaciones, la zona centro de París, el horror insoportable de los bulevares llenos de polis, Haussmann, Magenta; Charonne.

Como un prisionero como un loco en su celda. Como una rata buscando la salida del laberinto. Recorres París en todos los sentidos. Como un hambriento, como un mensajero que lleva una carta sin dirección.

Aguardas, esperas. Los perros se te pegan, y también las camareras, los empleados de los cafés, las acomodadoras, las taquilleras de los cines, los vendedores de diarios, los cobradores de autobús, los inválidos que vigilan las salas desiertas de los museos. Puedes hablar sin temor, te responderán siempre con la misma voz. Ahora sus caras te resultan familiares. Te identifican,

te reconocen. No saben que esos simples saludos, esas meras sonrisas, esos gestos indiferentes de cabeza son lo que cada día te salva, a ti que, durante todo el día, los esperaste como si fuesen la recompensa de un hecho glorioso del que no podrías hablar, pero que ellos casi adivinarían.

INCIPIT 252. EL MISTERIO DE LA VELA DOBLADA / EDGAR WALLACE


Un descarrilamiento había detenido en Three Bridges al tren que sale de la estación Victoria a las cuatro y cuarto hacia Lewes. Aunque John Lexman tuvo la suerte de empalmar con el de Beston Tracey, porque venía retrasado, se había ido ya la camioneta que constituía la única comunicación entre la aldea y el mundo exterior,
—Si puede esperar media hora —le dijo el jefe de la estación—, telefonearé al pueblo y haré que Briggs venga a buscarle.
John Lexman contempló el húmedo paisaje y se encogió de hombros.
—Iré andando —contestó lacónicamente.
Dejó la maleta al cuidado del jefe de estación, se abotonó el impermeable, subiéndose el cuello hasta la barbilla, y se lanzó resueltamente a la lluvia para recorrer las dos millas que separaban la minúscula estación de ferrocarril de la aldea de Little Beston.

BENETIANA

De Un momento de descanso, de Antonio Orejudo, p.162.Como pueden ver, ha sido insonorizado con planchas Soundless de 5 grados que aunque se comen doce centímetros cuadrados de espacio permiten hablar en voz alta sin esa permanente cautela que caracteriza las conversaciones en los departamentos universitarios españoles. La mesa de trabajo, ¿ven?, es una superficie plegable, que sirve de estructura a un futón hábilmente camuflado en el interior del escritorio. Ya está convertido en cama. La mesa auxiliar oculta un microondas ultraligero, miren, y una pequeña nevera especialmente diseñada para que su tamaño no reduzca su capacidad. Vamos a ver qué hay dentro. Yogures desnatados, tónicas, fruta, salsa de soja y supositorios espermicida En la estantería, camuflada tras los lomos de los falsos libros, hay una pequeña despensa donde se apilan latas de conserva. El mueble tiene un falso fondo, donde encontramos dos juegos de mudas, dos pijamas y un busto de Juan Benet, que en realidad es una botella de whisky a la que se le desenrosca, como ven, la cabeza.

INCIPIT 252. UN AMERICANO / HENRY ROTH


Yo estaba cortejando a una joven, si a aquella clase de atenciones bruscas, inseguras, equívocas que le prestaba se las podía llamar cortejar: en cualquier caso para mí lo era, pues nunca había hecho algo así antes.
La había conocido en Yaddo, la colonia de artistas, un sitio del que probablemente hayas oído hablar, donde se invitaba a escritores, pintores y músicos durante el verano, o parte de él, con la esperanza de que, aligerados de sus agobios y preocupaciones habituales, y con abundante tiempo libre a su disposición, crearían. Por desgracia la cosa no funcionaba de ese modo, como probablemente también hayas oído. La mayoría necesitábamos agobio y preocupaciones, pues una vez allí holgazaneábamos o perdíamos gran cantidad de tiempo en charlas frívolas y superfluas. Aquello era durante la época de la guerra civil española, en 1938 para ser exactos, y claro, de nuestra conversación formaba parte el hecho de que los leales a la República parecían a punto de lograr la victoria y sin embargo eran incapaces de conseguirla. También existía en aquella época una especie de preponderancia de inclinaciones marxistas entre los intelectuales jóvenes. Menciono esas cosas para recordar cuál me parecía que era el ambiente de esa época.
Entonces yo estaba dedicado a escribir una segunda novela, sobre cuya finalización había llegado a un acuerdo con mi editor. Ya había escrito una parte completa, y esa parte inicial había sido aceptada y celebrada. No necesitaba más que acabarla. Pero fue mal a partir de entonces; en realidad, había ido mal antes de que llegara a Yaddo;

LAS COSAS

De Un hombre que duerme, de Georges Perec, p.70-71Vagas por las calles, de noche, de día. Entras en los cines de barrio donde flota el olor incisivo del desinfectante, comes bocadillos en barras de bar, patatas fritas en cucurucho, recorres las verbenas, juegas al billar eléctrico, vas a los museos, a los mercados, a las estaciones, a las bibliotecas públicas, miras los escaparates de los anticuarios de la rue Jacob, de las cristalerías de la rue du Paradis, de las tiendas de muebles del faubourg Saint-Antojne.
A lo largo de las horas, los días, las semanas, las estaciones, te vas desprendiendo de todo, desvinculando de todo. Descubres, a veces casi con una especie de embriaguez, que eres libre, que nada te pesa, ni te gusta ni te disgusta. Encuentras, en esta vida sin desgaste y sin otro estremecimiento que esos instantes suspendidos que te procuran las cartas o ciertos ruidos, ciertos espectáculos que te proporcionas, un bienestar casi perfecto, fascinante, a veces henchido de emociones nuevas. Experimentas un reposo total, estás, en cada momento, resguardado, protegido. Vives en un paréntesis venturoso, en un vacío lleno de promesas del que no esperas nada, Eres invisible, límpido, transparente. Ya no existes: a la sucesión de las horas, a la sucesión de los días, al paso de las estaciones, al fluir del tiempo sobrevives, sin alegría ni tristeza, sin porvenir ni pasado, así, simple y obviamente, como una gota de agua que salpica en el grifo de un descansillo, como seis calcetines en remojo en un barreño de plástico rosa, como una mosca o como una ostra, como una vaca, como un caracol, como un niño o como un viejo, como una rata.

INCIPIT 251. LA HERENCIA DE ESZTER / SANDOR MARAI

No puedo saber qué más tiene Dios previsto para mí. Sin embargo, antes de morir, quisiera poner por escrito el relato del día en que Lajos vino a ver- me, por última vez, para despojarme de todos mis bienes. Voy postergando la escritura de estas notas desde hace tres años; pero, ahora, tengo la sensa ciÓfl de que una voz, de la cual no me puedo defender, me está apremiando para que escriba la historia de aquel día y de todo lo demás que sé sobre Lajos. Es mi deber, y ya no me queda mucho tiempo para cumplir con él. Las voces así son inequívocas. Por eso las obedezco, en el nombre de Dios.

Ya no soy joven, y mi salud está debilitada:pronto habré de morir. ¿Acaso tengo miedo a la muerte?... Aquel domingo en el que Lajos vino a verme por última vez, se me curó hasta el miedo de morir. El hecho de que sea capaz de esperar a la muerte con tranquilidad, quizá se deba a que el tiempo no me ha perdonado; quizá se deba a los

BENETIANA

De En un lugar solitario: narrativa 1973-1984, de Enrique Vila-Matas, p.17-18
Esas dos lecturas esenciales que me acompañaron duran te la redacción de En un lugar solitario fueron, por un lado el Juan Benet de Una meditación, libro clave en mi forma ción como narrador, aunque a lo largo de En un lugar solitario ni se note. Y por otro, la novela de un escritor argentino, hoy lamentablemente casi olvidado, llamado Néstor Sánchez, que había escrito un libro, Nosotros dos, de estilo cortazariano, impregnado de un voluntario sentido de la espontaneidad que se podría calificar de jazzístico.
De hecho, Claudio, el hijo de Néstor Sánchez, recordaba no hace mucho a su padre yendo a la página en blanco, «sin ningún plan de escritura», sólo con la idea de liberar allí las fuerzas puras de la improvisación; le recordaba tirado en el suelo y tecleando frenéticamente su Remington a fines de los sesenta, mientras sonaba a todo volumen un disco de John Coltrane o Sonny Rollins.
Así precisamente, «sin ningún plan de escritura», tecleando frenéticamente la Olivetti Lettera del economato melillense y buscando contar una historia acerca de la cual un hipotético lector no debería preguntarse de qué trataba sino a qué sonaba —como después me enteré que hacía también Néstor Sánchez—, sin olvidarme de manejar un método parecido al utilizado por Juan Benet para Una meditación —donde, además de escribir una de las primeras novelas españolas, si no la primera, en la que no hay un solo punto y aparte, creó un artilugio, mediante un rollo de papel continuo, que le impedía volver sobre lo escrito para seguir escribiendo—, fui trabajando, noche y día, en la escritura automática de mi novelita de colmado, buscando en todo momento un benetiano fluir torrencial en el que un hipotético lector no tuviera más remedio que sumergirse y tratar de dejarse llevar sólo por la música de la frase y perder casi el sentido de lo que pudiera estar diciéndose:
Elige tu mejor aspecto que la noche está nublada te dirás acodado al balcón que da al paseo, ponte tu corazón preferido y busca las palabras que han de llevarte al silencio...

POUND FRENTE A LA MUERTE DE JAMES JOYCE



De El espía, de Justo Navarro, p.48

Cuando James Joyce se murió en Zúrich el 13 de enero de 1941, Pound ya tenía su micrófono y lloró a Joyce el día 23 en una charla radiofónica desde Radio Roma: Joyce y Joyce, James y William, Ulises y Lord Haw-Haw, la fatalidad Joyce. Que su espíritu se encuentre con Rabelais, que las copas no estén nunca vacías, brindó Pound ante el micrófono en su primera emisión memorable. Una vez Joyce, James, había escrito una carta a un periódico, hacía mucho, en 1925. Pound me ayudó de todas las formas posibles frente a dificultades verdaderamente grandes durante siete años, antes de que lo conociera en persona, y desde entonces siempre ha estado dispuesto a darme consejo y aprecio, que yo estimo en gran medida por venir de una inteligencia de semejante discernimiento y brillantez, dijo James Joyce.

LA LLUVIA DE BORGES Y DE AGUSTIN

La lluvia




El tamaño de la gota oscila

entre 0,5 y 6,35 mm, Su velocidad de caída

entre 8 y 32 km/h.

A medida que se precipita

va ganando masa al chocar inelásticamente

con otras gotas,

no hay Desayuno con diamantes,

no hay Cólera de Dios,

no hay taxi drivers ni replicantes,



que sepan por qué la gota

nunca se hace infinitamente grande.

INCIPIT 250. PERICLES EL ATENIENSE / REX WARNER


CAPÍTULO 1
DE CLAZOMENE A SALAMINA
Se dice: «Cada hombre tiene su ciudad», pero yo tuve tres ciudades y por todas ellas siento lealtad y afecto, Ahora poseo el privilegio de disfrutar de la ciudadanía de Lampsaco y aquí espero pasar mis últimos años. Desde luego, en Atenas nunca gocé de la plena ciudadanía. Era éste un derecho que ios atenienses guardaban con mucho celo, y no menos el propio Pendes. Sin embargo, aún siento que Atenas fue mi ciudad, la ciudad de todos los jonios, la ciudad de todos los helenos. Y así deseaba Pendes que nos sintiéramos.
Pero nací en Clazomene, en la costa griega de Asia, frente al mar y junto a los largos promontorios, bajo un cielo cuyo aspecto cambia por momentos. Como sabéis, Clazomene es una de las doce ciudades jónicas, y mi padre, que poseía cierta fortuna, desempeñó a menudo cargos oficiales en nuestro templo, el Panionio, situado en el sur, frente a Samos. También participó en la gran rebelión jónica contra Persia, que tuvo lugar poco después de mi nacimiento. Es natural que no recuerde nada de esta revuelta, pero en mi infancia las nodrizas, los parientes y los amigos me referían historias de cómo el ejército jónico había emprendido una intrépida marcha tierra adentro para incendiar la capital persa de Sardes, y de cómo las noticias de este brillante éxito levantaron a las ciudades griegas desde el lejano sur de Asia Menor hasta los Dardanelos, las cuales lucharon por su libertad y por los grandes días vividos antes de la llegada de los persas. Aun antes del ataque a Sardes —en el mismo momento en que comenzó la rebelión—, Atenas, si bien por entonces libraba una guerra con la isla vecina
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BENETIANA

Prólogo a El hacedor (de Borges), Remake, de Agustín Fernández Mallo, p.9
A Jorge Luis Borges


Los rumores de la plaza quedan atrás y entro en la Biblioteca. De una manera casi física siento la gravitación de los libros, el ámbito sereno de un orden, el tiempo disecado y conservado mágicamente. A izquierda y a derecha, absortos en su lúcido sueño, se perfilan los rostros momentáneos de los lectores a la luz de lámparas estudiosas, como en la hipálage de Milton. Recuerdo haber recordado ya esa figura, en este lugar, y después aquellos pájaros de Benet que también definen por el contorno:
Es cierto, el viajero que saliendo de Región pretende llegar a su sierra siguiendo el antiguo camino real —porque el moderno dejó de serlo— se ve obligado a atravesar un pequeño y elevado desierto que parece interminable, y después aquel poema que suspende el sentido y maneja y supera el mismo artificio:
No quedaba nadie sobre la faz de la tierra y de repente, llamaron a la puerta.
Estas reflexiones me dejan en la puerta de su despacho. Entro; cambiamos unas cuantas cordiales y convencionales palabras, y le doy este libro. Si no me engaño, usted no me malquería, Borges, y le hubiera gustado que le gustara algún trabajo mío. Ello no ocurrió nunca, pero esta vez usted vuelve las páginas, y lee con aprobación algún verso, acaso porque en él ha reconocido su propia voz, acaso porque la práctica deficiente le importa menos que la sana teoría,

CARVERIANA


De principiantes, de Raymond Carver, p.270-271
-¿Qué sabemos cualquiera de nosotros del amor? —dijo Herb—. Y lo estoy diciendo completamente en serio, si me perdonáis la franqueza. Porque me da la impresión de que, en el amor, no somos más que unos completos principiantes. Decimos que nos amamos, y nos amamos, no lo dudo. Nos amamos y nos amamos con intensidad, todos nosotros. Yo amo a Terri y Terri me ama a mí, y vosotros también os amáis. Ya sabéis a qué clase de amor me estoy refiriendo ahora. Al amor sexual, a esa atracción que ejerce sobre ti la otra persona, tu pareja, y también a ese amor normal y corriente, de todos los días, el amor hacia el ser de la otra persona, el amor de estar con ella, las pequeñas cosas que hacen el amor cotidiano. El amor carnal, pues, y el amor... llamémoslo sentimental, el amoroso cuidado del otro en el día a día. Pero a veces me cuesta explicar el hecho de que también debí de amar a mi primera mujer. Pero la amé, sé que la amé. Así que imagino que antes de que podáis decirme nada, habré de decir que soy igual que Terri a ese respecto. Terri y Carl... —Pensó en ello unos segundos y luego prosiguió—: Pero en un tiempo creí que amaba a mi primera mujer más que a la vida misma, y tuvimos hijos juntos. Pero ahora la odio con todas mis fuerzas. De verdad. ¿Cómo se explica eso? ¿Qué fue de ese amor? ¿Simplemente se borró del gran tablón, como si nunca hubiera estado en él, como si nunca hubiera sucedido? Lo que fue de él es lo que yo querría saber. Me gustaría que alguien pudiera decírmelo. Luego está Carl. De acuerdo, volvemos a Carl. Amaba tanto a Terri que trató de matarla y acabó matándose a sí mismo. —Dejó de hablar, y sacudió la cabeza—. Vosotros dos lleváis juntos dieciocho meses, y os amáis, se os nota en todo, sencillamente resplandecéis de amor, pero también amasteis a otras personas antes de encontraros. Los dos habéis estado casados antes, como nosotros, Y probablemente amasteis a otra gente antes de eso. Terri y yo llevamos juntos cinco años, y casados cuatro. Y lo terrible, lo terrible (aunque también lo bueno), la gracia que nos salva, podríamos decir, es que si algo nos pasara a alguno de nosotros, y perdonadme que lo diga, si algo nos sucediera a alguno de nosotros mañana, creo que el otro, el otro miembro de la pareja, guardaría duelo durante un tiempo, claro, pero el superviviente seguirá con su vida y volverá a amar, encontrará a alguien muy pronto, y todo ese..., todo ese amor..., Dios, ¿cómo hacernos a la idea?, no acabará siendo sino un recuerdo, Y puede que ni siquiera un recuerdo.

BENETIANA

Del prólogo a En un lugar solitario: narrativa, 1973-1984, p.18-19
Así precisamente, «sin ningún plan de escritura», tecleando frenéticamente la Olivetti Lettera del economato melillense y buscando contar una historia acerca de la cual un hipotético lector no debería preguntarse de qué trataba sino a qué sonaba —como después me enteré que hacía también Néstor Sánchez—, sin olvidarme de manejar un método parecido al utilizado por Juan Benet para Una meditación —donde, además de escribir una de las primeras novelas españolas, si no la primera, en la que no hay un solo punto y aparte, creó un artilugio, mediante un rollo de papel continuo, que le impedía volver sobre lo escrito para seguir escribiendo—, fui trabajando, noche y día, en la escritura automática de mi novelita de colmado, buscando en todo momento un benetiano fluir torrencial en el que un hipotético lector no tuviera más remedio que sumergirse y tratar de dejarse llevar sólo por la música de la frase y perder casi el sentido de lo que pudiera estar diciéndose:
Elige tu mejor aspecto que la noche está nublada te dirás acodado al balcón que da al paseo, ponte tu corazón preferido y busca las palabras que han de llevarte al silencio...
Más allá de su música, de su sintonía eufórica y a la vez melancólica, esas palabras inaugurales de Mujer en el espejo contemplando el paisaje —título que hasta hace bien poco ha encubierto al verdadero, En un lugar solitario— parecen seguir diciendo, hoy en día, que en la literatura contemporánea se trata, a fin de cuentas, de saber elegir una buena cara para la noche nublada (para el pésimo tiempo que rige la vida actual de la poesía), no traicionar nunca nuestras convicciones y comprender que en nuestro principio, como decía Eliot, está el fin, y que, indagando y escribiendo, dos actividades parecidas, acabaremos siempre por caminar hacia el so silencio de nuestro hondo hogar esencial.
¿Pensaba en ese hogar hondo y solitario cuando escribí aquel primer libro? No podría jurarlo, sólo sé que actuaba por intuiciones que surgían de las influencias de Juan Benet (tenía la referencia constante de su rollo de papel continuo) y de Néstor Sánchez (que en sus libros parecía pasárselo muy bien con la victoria del estilo sobre la trama) y, si en alguna ocasión ampliaba el campo de mis influencias al cine, pensaba entonces en Iii a Lonely Place, la película de Nicholas Ray que en España se llamó En un lugar solitario y que tenía como protagonista a un bebedor compulsivo, a un cínico y agresivo guionista de Hollywood venido a menos, un tipo de extremo escepticismo incapaz de adaptarse a lo que le rodeaba, es decir, más o menos, la clase de tipo en el que temporalmente me convertí a mediados de la primera década de este siglo y que afortunadamente ya no soy, o al menos eso quiero creer.

PALINDROMIA


De El día de mañana, de Ignacio Martínez de Pisón, p.308-309
Mis padres no sólo no faltaban a ningún congreso sino que formaban parte del comité organizador, dice NoeI León. La Asociación estaba dividida en secciones territoriales, y mis padres se ocupaban de Cataluña y Aragón. El congreso más antiguo del que conservo recuerdos es uno que organizaron precisamente ellos en Sagás. En realidad, Sagás fue sólo la sede oficial del congreso. Allí tuvo lugar el acto de inauguración, pero el resto del congreso se desarrolló en Berga, porque Sagás era tan pequeño que ni siquiera tenía un hostal en el que pudieran hospedarse los veinticinco o treinta congresistas. Los congresos se celebraban siempre en fin de semana. Para las reuniones servía cualquier saloncito con tal de que hubiera una mesa, unas sillas de tijera, una pizarra grande y un trípode en el que colocar un panel con el escudo de la Asociación (que incluía la inevitable leyenda: «Sé verla al revés»). El sábado por la mañana había ponencias, coloquios y presentación de publicaciones. El acto central, el de la propuesta y autentificación de nuevos palindromos, ocupaba buena parte de la tarde. A lo largo de esas dos o tres horas, los congresistas iban, uno detrás de otro, sometiendo a la consideración del comité (comúnmente llamado la Mesa) los palíndromos creados durante la temporada. Se levantaba un señor y escribía en la pizarra unas cuantas frases del tipo: «Óigole ese elogio», «Amo la pacífica paloma”, “Yo dono rosas, oro no doy», etcétera. Entonces los miembros de la mesa consultaban listados y repertorios, y, una vez comprobada la originalidad de los palíndromos, certificaban oficialmente su autoría, lo que garantizaba su inclusión en la furura Gran Enciclopedia Palindrómica.

INCIPIT 249. EL ESPIA /JUSTO NAVARRO

1. LA CAÍDA


Dos partisanos lo detuvieron. Fue la mañana del 3 de mayo de 1945, en Sant’Ambrogio, Rapallo, no muy lejos de Génova, región de Liguria, y en noviembre compareció ante un tribunal en Washington. Se llamaba Pound. Vivía en Sant’Ambrogio con dos mujeres, pero estaba solo cuando llegaron los partisanos que lo llamaron traidor, ¿Qué hacía en ese momento? Traducía a Mencio, filósofo chino, discípulo de un discípulo de un nieto de Confucio.

Llevaban fusiles ametralladores, y no exactamente uniforme, sino la ropa que podría usar un mecánico que sale de caza. Eran altos, pero no demasiado, flacos, iban sin afeitar. Uno tenía gafas, sucias. No les pidió documentos. No preguntó si traían una orden de detención. No preguntó a qué autoridad representaban. No parecía aquello un asunto oficial, sino algo que debía resolverse en privado. Lo vigilaban desde el reci

EL MUNDO

De Un hombre que duerme, de Perec, p. 56-57


Te sientas al fondo de un café, lees Le Monde línea por línea, sistemátícamente Es un excelente ejercicio. Lees los titulares de la primera página, «el día al día», el boletín del extranjero, los sucesos de la última página, los anuncios por palabras: ofertas de empleo, demandas de empleo, representaciones, propuestas comerciales, propiedades, fincas, terrenos pisos (venta), pisos (en construcción), pisos (compra), locales comerciales, alquileres diversos, fondos de comercio, capitales, asociaciones, cursos y clases, viajeros, coches, plazas de garaje, animales, gangas, varios; las recepciones los nacimientos, las peticiones de mano, las bodas, las necrológicas, los agradecimie05 las subastas en el Hótel Drouot, las visitas y conferencias, las defensas de tesis, los crucigramas que resuelves casi mentalmente (no es católico cuando se le bautiza: Vino; el artículo de la muerte: la; son inseparables cuando están rotos: huevos; su existencia precede a la esencia: trementina; astro rey más azar da un miliciano: soldado); las previsiones meteorológicas; los programas de radio, de televisión, los teatros y cines, las cotizaciones de la bolsa; las páginas turísticas, sociales, económicas, gastronómic5 literarias, deportivas, científicas, dramáticas, universitarias, médicas, femeninas, pedagógicas, religiosas, provinciales, aeronáuticas, urbanísticas, marítimas, judiciales, sindicales; la política mundial, las noticias del extranjero, la política francesa, los asuntos internos, las noticias breves, los grandes reportajes que se prolongan durante tres o cuatro números, los suplementos consagrados a un país, a una región, a un producto los faldones publicitarios.

INCIPIT 248. ESTAS RUINAS QUE VES / JORGE IBARGUENGOITIA


Los habitantes de Cuévano suelen mirar a su alrededor y después concluir:
—Modestia aparte, somos la Atenas de por aquí.
Cuévano es ciudad chica, pero bien arreglada y con pretensiones. Es capital del estado de Plan de Abajo, tiene una universidad por la que han pasado lumbreras y un teatro que cuando fue inaugurado, hace setenta años, no le pedía nada a ningún otro. Si no es cabeza de la diócesis es nomás porque durante el siglo pasado fue hervidero de liberales. Por esta razón, el obispo está en Pedrones, que es ciudad más grande.
—Los de Pedrones —dicen en Cuévano— confunden lo grandioso con lo grandote.
Todos están de acuerdo en que la ciudad ha visto mejores días. Para ilustrar su decadencia, suelen referirse al Oro, un pueblo fantasma que está allí cerca, que a fines del siglo XVII tenía más habitantes que los que ahora tiene Cuévano, la cual, afirman, fue una de las ciudades más importantes de la Nueva España.
—Esto que ve usted aquí —le dicen al visitante— no es más que rastrojo de lo que fue.
A lo que el recién llegado debe responder:
—Pero cómo rastrojo, si esta ciudad es una joya?

CARVERIANA

El final de Belvedere:
Dejemos de torturarnos. ¿Qué crees que podríamos hacer ahora?
—Escucha —dice—. ¿Recuerdas aquella vez que llegamos a una vieja granja, más allá de Yakima, pasado Terrace Heights, cuando recorríamos en coche los alrededores, y estuvimos en aquel pequeño camino de tierra y hacía calor y había mucho polvo? ¿Recuerdas que seguimos, y que llegamos a aquella casa vieja y preguntaste si nos podían dar un poco de agua? ¿Nos imaginas a los dos haciéndolo ahora? ¿Ir a una casa a pedir un vaso de agua?
Aquellos viejos estarán ya muertos. Uno al lado del otro, por allí, en algún cementerio. ¿Recuerdas que nos dijeron que pasáramos a tomar pastel? ¿Y que luego nos enseñaron los alrededores? ¿Y que había un belvedere allá atrás, andando un trecho? ¿No era allá atrás, bajo unos árboles? Tenía un pequeño techo puntiagudo y se le había ido la pintura y sobre los escalones crecía maleza. Y la mujer contó que años antes, quiero decir muchos años atrás, solían ir tipos a tocar allí el domingo, y que la gente se sentaba a escuchar la música. Yo pensé que también nosotros estaríamos así cuando nos hiciéramos viejos. Con dignidad. Y en un sitio fijo. Y que la gente vendría a nuestra puerta.
Así, de pronto, no sé qué decir. Luego se me ocurre:
—Holly, también recordaremos todo esto un día. Diremos: ¿te acuerdas del motel con toda aquella mierda en la piscina? —pregunto—. ¿Comprendes lo que digo, Holly?
Pero Holly sigue sentada allí en la cama con el vaso.

El Final original:
—Holly, algún día, cuando seamos viejos, recordaremos estas cosas que nos están pasando hoy. Y seremos viejos juntos, ya verás, y diremos: «Te acuerdas de aquel motel con aquella piscina asquerosa?» Y nos reiremos de las locuras que hacíamos. Ya lo verás. Todo irá bien. ¿Holly?
Pero Holly está sentada en la cama con el vaso vacío, y me mira. Luego niega con la cabeza. Lo sabe.
Voy hasta la ventana y miro a través de la cortina. Alguien dice algo abajo, y sacude la puerta de la recepción. Espero. Aprieto ios dedos contra el cristal del vaso. Rezo para que Holly me haga alguna señal. Rezo sin cerrar los ojos. Oigo un coche que arranca. Luego otro. Los coches encienden las luces y los faros iluminan la fachada del motel, y, uno tras otro, se alejan hasta adentrarse en el tráfico.
—Duane —dice Holly.
En esto, como en la mayoría de las cosas, tenía razón.

CONRADIANA

De El sueño del celta de Mario Vargas Llosa, p.72-73
La memoria le devolvió a Roger el recuerdo de aquel día de junio de 1890 cuando, transpirando por el húmedo calor del verano que empezaba y fastidiado por las picaduras de los mosquitos que se encarnizaban contra su piel de extranjero, llegó a Matadi ese joven capitán de la marina mercante británica. Treintañero de frente despejada, barbita negrísima, cuerpo recio y ojos hundidos, se llamaba Konrad Korzeniowski y era polaco, nacionalizado inglés hacía pocos años. Contratado por la Sociedad Anónima Belga para el Comercio con el Alto Congo, venía a servir como capitán de uno de los vaporcitos que llevaban y traían mercancías y comerciantes entre Leopoidville-Kinshasa y las lejanas cataratas de Stanley Falls, en Kisangani. Era su primer destino como capitán de barco y eso lo tenía lleno de ilusiones y proyectos. Llegaba al Congo impregnado de todas las fantasías y mitos con que Leopoldo II había acuñado su figura de gran humanitario y monarca empeñado en civilizar el Africa y librar a los congoleses de la esclavitud, el paganismo y otras barbaries. Pese a su larga experiencia viajera por los mares del Asia y de América, su don de lenguas y sus lecturas, había en el polaco algo inocente e infantil que sedujo a Roger Casement de inmediato. La simpatía fue recíproca, pues, desde ese mismo día en que se conocieron hasta tres semanas después, en que Korzeniowski partió en compañía de treinta cargadores por la ruta de las caravanas hacia LeopoldvilleKinshasa, donde debía tomar el mando de su barco Le Roi des Beiges, se vieron mañana, tarde y noche.
Hicieron paseos por los alrededores de Matadi, hasta la ya inexistente Vivi, la primera y fugaz capital de la colonia, de la que no quedaban ni los escombros, y hasta la desembocadura del río Mpozo, donde, según la leyenda, los primeros rápidos y saltos de Livingstone Falis y el Caldero del Diablo habían detenido al portugués Diego Cao, hacía cuatro siglos. En la llanura de Lufundi, Roger Casement le enseñó al joven polaco el lugar donde el explorador Henry Morton Stanley construyó su primera vivienda, desaparecida años después en un incendio. Pero, sobre todo, conversaron mucho y de muchas cosas, aunque, principalmente, de lo que ocurría en ese flamante Estado Independiente del Congo que Konrad acababa de pisar y donde Roger llevaba ya seis años. A los pocos días de amistad el marino polaco se había hecho una idea muy distinta de la que traía sobre el lugar donde venía a trabajar. Y, como dijo a Roger al despedirse, en el amanecer de ese sábado 28 de junio de 1890, rumbo a los Montes de Cristal, «desvirgado». Así se 1o dijo, con su acento pedregoso y rotundo: «Usted me ha desvirgado, Casement. Sobre Leopoldo II, sobre el Estado Independiente del Congo. Acaso, sobre la vida». Y repitió, con dramatismo: «Desvirgado».

CELEBRITIES

De los sinsabores de Bolaño, p. 217

AMISTADES DE ARCIMBOLDI
Raymond Queneau, al que consideraba su maestro y con el que se peleó en más de diez ocasiones. Cinco por carta, cuatro por teléfono y dos persona a persona, la primera con insultos y maldiciones, la segunda con miradas y gestos de desprecio.
Georges Perec, al que admiraba profundamente. En cierta ocasión dijo de él que seguramente era la reencarnación de Cristo.
Raoul Duguay, poeta quebequés con el que mantuvo una relación de hospitalidad mutua: cuando Duguay estaba en Francia dormía en casa de Arcimboldi, cuando éste viajaba a Canadá o impartía cursos universitarios se alojaba en casa del francocanadiense. A propósito de los trabajos de Duguay: éste podía ser una temporada profesor de una universidad texana y a la temporada siguiente camarero en un bar de Vancouver. Cosa que tal vez pueda parecer natural en América pero que no dejaba de maravillar a Arcimboldi.

LA VIDA

De Un hombre que duerme, de Georges Perec, p.39-40
No es que detestes a la gente, ¿por qué tendrías que odiarlos? ¿Por qué tendrías que odiarte? ¡Si al menos esta pertenencia a la especie humana no viniera acompañada de este insoportable jaleo, si al menos estos pocos pasos irrisorios que hemos dado en el reino animal no tuvieran que pagarse con esta indigestión perpetua de palabras, de proyectos, de grandes comienzos! Pero se paga un precio demasiado alto por estos dos pulgares oponibles, por la posición erguida, por la rotación imperfecta de la cabeza sobre los hombros: ¡esta caldera, este horno, esta parrilla que es la vida, estos miles y miles de requerimientos, de provocaciones, de amenazas, de exaltaciones, de desesperaciones, este baño de obligaciones que nunca se acaba, esta eterna máquina de producir, de triturar, de engullir, de superar baches, de volver a empezar de nuevo una y otra vez, este dulce terror que insiste en regir cada día, cada hora de tu ínfima existencia!

CARVER CENSURADO POR SU EDITOR

Este es el triste final desaparecido -por obra del editor- del cuento ¿Dónde está todo el mundo? En el cuento El señor Café y el señor Arreglos, de Carver

Luego me preparó la cama en el sofá. Entré en el cuarto de baño. Mi madre guardaba en él un pijama de mi padre. Lo saqué del cajón, lo miré, empecé a desnudarme. Cuando salí mi madre estaba en la cocina. Me coloqué la almohada y me tendí en el sofá. Ella terminó lo que estuviera haciendo en la cocina, apagó la luz y se sentó en un extremo del sofá.
—Cariño, no quiero ser la persona que te lo diga —dijo— Me duele decirlo, pero hasta tus hijos lo saben, y me lo han dicho. Hemos hablado de ello Pero Cynthia se ve con otro hombre.
—No pasa nada —dije—. Lo sé —dije, y miré el televisor—, Se llama Ross y es alcohólico Como yo
—Cariño, vas a tener que hacer algo por ti —dijo
—Lo sé —dije, y seguí viendo la televisión, Se inclinó hacia mí y me abrazó Siguió abrazándome un momento más. Luego me soltó y se secó los ojos.
—Te despertaré por la mañana —dijo.
—No tengo gran cosa que hacer mañana, Podría seguí durmiendo un rato después de que te vayas.
Pensé: cuando te levantes y vayas al cuarto de baño y te vistas, me meteré en tu cama y me quedaré dormitando en ella, mientras escucho la radio que me llegará desde la cocina con las noticias y el tiempo.
—Cariño, estoy tan preocupada por ti,
—No te preocupes dije, Sacudí la cabeza, ora descansa un poco —dijo—. Necesitas dormir, Dormiré, Tengo mucho sueño,
—Ve la televisión todo lo que quieras dijo. Asentí con la cabeza
Se inclinó sobre mí y me besó. Sus labios parecían magullados, tumefactos, Me tapó con una manta, Luego entró en su dormitorio, Dejó la puerta abierta, y al cabo de unos minutos la oí roncar,
Me quedé allí acostado, viendo la televisión. En la pantalla había imágenes de hombres uniformados, y se oía un rumor grave, y luego se veían tanques y un hombre que utilizaba un lanzallamas, Apenas podía oír, pero no quería levantarme, Seguí viendo aquello hasta que sentí que se me cerraban los ojos. Pero désperté con un sobresalto, y con el pijama empapado en sudor, Una luz nevosa inundó la sala, Un fragor se acercaba a mí, La estancia se llenó de un griterío, Seguí tendido. No me moví,

INCIPIT 247. SOLAR / IAN McEWAN


Pertenecía a esa clase de hombres vagamente anodinos, a menudo calvos, bajos, gordos, inteligentes, que inexplicablemente atraían a determinadas mujeres hermosas, O él pensaba que las atraía, y al pensarlo parecía que así era Y le convenía que algunas mujeres creyeran que era un genio al que había que salvar. Pero el Michael Beard de esta época era un hombre de mentalidad estrecha, anhedónico, monotemático, afligido. Su quinto matrimonio se estaba desintegrando y debería haber sabido comportarse, tomar distancia, asumir la culpa. No eran los matrimonios, los suyos, como las mareas, en las que al reflujo sucede inmediatamente el flujo? Pero el último era diferente, No sabía cómo comportarse, tomar distancia era doloroso y por una vez, a su modo de ver, no había culpa que asumir, Era su mujer la que estaba teniendo una aventura, y la vivía de un modo flagrante, punitivo y desde luego sin remordimiento, Él estaba descubriendo en sí mismo, entre una diversidad de emociones, intensos momentos de vergüenza y nostalgia. Patrice salía con un constructor, el de ambos, el que habia ren’ozado su casa, equipado la cocina, alicatado de nuevo el cuarto de baño, el mismísimo individuo corpulento que a la hora

ZSA ZSA GABOR

Zsa Zsa Gabor, hospitalizada por una neumonía
La actriz, de 94 años, lleva varios meses entrando y saliendo del hospital
EL PAÍS - Madrid - 05/05/2011
A sus 94 años, Gabor lleva varios meses entrando y saliendo del hospital. En marzo tuvo que ser ingresada por una fuerte subida de tensión. Pocos días antes había fallecido la también actriz Elizabeth Taylor, de la que era gran amiga. Gabor se asustó: "Oh, Jane Russell y ahora Liz Taylor. Yo soy la siguiente", dijo en referencia a una leyenda de Hollywood en la que se dice que los actores mueren de tres en tres.
Además, en enero los médicos tuvieron que amputarle parte de la pierna derecha, que se le había gangrenado. La actriz no quiso ser ingresada hasta que pasaran las fiestas navideñas porque pensó que serían las últimas que iba a pasar con sus familiares. Gabor, de origen húngaro, se ha casado nueve veces, y su actual marido es el príncipe Frederic von Anhalt.
El estado de salud de la actriz es delicado, como ella misma reconoce. Tanto es así que el pasado mes de agosto comenzó a despedirse de sus familiares y amigos más cercanos, e incluso pidió que un sacerdote le diera la extremaunción.

JAMESIANA


De Nueva York, de Henry James, p.482
Estaba claro que pensaba de mí que yo era muy inteligente y yo pensé que era bastante sabio por su parte no alardear. Cuando le comenté que no encontraba aquí nada que dibujar que las ciudades rectangulares no lo permitían, etcétera. Etcétera, él me preguntó que por qué no lo intentaba con la gente. ¿Qué gente? ¿La de la Quinta Avenida? Esas tienen aún menos encanto que sus casas, y no me parece que los de la Sexta sean mejores, ni los de la Cuarta, la Tercera, la Séptima o la Octava. ¡Dios Santo! ¡Qué nombres! La ciudad de Nueva York es como una larga suma y sus calles son como columnas de números. ¡Vaya sitio he elegido para vivir! ¡Yo, que odio la aritmética!

ELECCIONES ¿O NO?

De Los sinsabores de Bolaño,, p.163-164
Esa noche buscó en el Diccionario de la Real Academia el vocablo «nigología». No lo encontró. El diablo maldiga a estos madrileños de mierda, pensó con rabia. Lo más cercano era «nigola». f. Mar. Cuerdas horizontales de jarcias y gavias, que sirven de escalones para subir a los palos; aflechate, flechaste. ¡Navegar en un velero junto a las jarcias y las gavias! También estaba nigromancia o nigromancía, cuyo significado Jordi sabía gracias a los juegos de rol, y también la palabra nigérrimo, ma. (Del lat. nígerrimus.) adj. sup. de negro. Negrísimo, muy negro.
Tampoco estaba en el Diccionario ideológico de la lengua española de Julio Casares ni en el Pompeu i Fabra.
Mucho más tarde, mientras sus padres dormían, se levantó desnudo de la cama y con pasos muy medidos, como si estuviera en una cancha de básquet de fantasmas, se dirigió a la biblioteca de su padre y buscó hasta dar con un ejemplar de Cándido en traducción castellana.
Leyó: «Está demostrado, decía Pangloss, que las cosas no pueden ser de otra manera que como son, pues estando todo hecho para un fin, todo es necesariamente para el mejor fin. Nótese que las narices han sido creadas para llevar antiparras, y por eso antiparras tenemos; que las piernas fueron visiblemente instituidas para que las enfundásemos, y tenemos calzones. Las piedras hechas para ser talladas y construir castillos con ellas, y por eso monseñor posee un castillo suntuosísimo, porque el barón más grande de la provincia es quien ha de estar mejor alojado; y como los cerdos han nacido para que se los coman, comemos cerdo todo el año; por consiguiente, los que afirman que “todo está bien”, han afirmado una necedad, pues debieron decir que todo está lo “mejor posible”».
Durante un rato permaneció acuclillado sobre la alfombra de la biblioteca balanceándose ligeramente y con los cinco sentidos puestos en otra parte. ¿Me he enamorado de ti?, pensó. ¿Me estoy enamorando? Y si es así, ¿qué puedo hacer? No sé escribir cartas. Estoy condenado. Después susurró herido: joder, Rosa, joder, qué cabronada, qué cabronada...

INCIPIT 246. EL DIA DE MAÑANA / IGNACIO MARTINEZ DE PISON

1


Sí, éramos medio parientes, dice Martín Tello. Pero es que en los pueblos pequeños todos son parientes o medio parientes. Mi padre y su madre se apellidaban igual y, aunque no sabían de dónde les venía el parentesco, entre ellos se llamaban primos. ¡Prima, tráeme esto!, ¡primo, tráeme lo otro! Pero mis primos de verdad no eran ellos, sino los hijos de mi tío Guillermo y mi tío Evaristo. Cuando nos vinimos, nos vinimos todos: mi tío Guillermo con su mujer y sus cuatro hijos, mi tío Evaristo con la suya y las dos chicas, mis padres conmigo y con mis hermanas. Llevaban tiempo, desde antes de la guerra, hablando del embalse y diciendo que tendríamos que dejar el pueblo y, cuando llegaron unos del gobierno y ofrecieron cuatro perras por las tierras y las casas, mis padres y mis tíos no se lo pensaron. Con embalse o sin embalse, aquello no tenía ningún futuro... Y, si teníamos que rehacer la vida en otro sitio, cuanto antes empezáramos mejor, ¿no? Así que metimos todo lo que pudimos en los carros y nos echamos a la carretera. Tardamos cuatro días en llegar a Barcelona. Lo que más llamó la atención de mis hermanas fue que las ca-

ZSA ZSA GABOR

De La Voz de Galicia, 20 de abril de 2011
Zsa Zsa Gabor, de 94 años, busca una madre de alquiler
La pareja inició la semana pasada los trámites para buscar descendiente con la ayuda de una clínica de fertilidad de Beverly Hills.
«No me importa lo que diga la gente, no es asunto suyo», comentó Von Anhalt a la cadena de televisión estadounidense al ser cuestionado sobre su posible paternidad a una edad tan avanzada.
El marido de Gabor aseguró que su familia es muy longeva e insistió en que lo importante es estar con los niños cuando son pequeños porque cuando llegan a la adolescencia «ya no escuchan a nadie».
Von Anhalt confirmó que la popular Gabor, protagonista de títulos como «Sed de mal» (1958), es incapaz de hablar debido a su delicado estado de salud, aunque aseguró que la idea de ser padres la tenían desde hace tiempo e incluso adelantó los nombres de un posible bebé.
«Zsa Zsa Jr. si es niña y Frederic Jr. si es niño», dijo.
El marido negó que el plan de buscar un descendiente tuviera algo que ver con una trama para quitarle parte de la herencia a la única hija de Gabor, Francesca Hilton, de 64 años.
«Eso es un pensamiento enfermizo», criticó Von Anhalt que señaló que la actriz dejó escrito su testamento en 2005 y que actualmente es incapaz de firmar documentos para cambiar nada.
El posible embarazo requerirá de la donación de un óvulo (aunque ha habido rumores de que podría existir uno congelado por Gabor en los años 60), un vientre de alquiler para la gestación y el alumbramiento y la atención de un grupo de especialistas, lo que Von Anhalt estima que podría ascender hasta los 100.000 dólares.
La única hija de Gabor, Francesca Hilton, confesó encontrarse impactada con el plan de su madre y su padrastro.
Recientemente Gabor, en silla de ruedas desde el accidente que sufrió en 2002, tuvo que enfrentarse a la amputación de una pierna y una operación de cadera.
Gabor y Von Anhalt pensaron en tener un hijo cuando se casaron hace 25 años y, según el marido, la intérprete volvió a insistir sobre ese asunto en los últimos meses.
Una de las razones de su deseo por aumentar la familia es conseguir un heredero del apellido Gabor después de que las hermanas de la actriz murieran sin descendencia y su única hija, Francesca, usara Hilton en vez de Gabor.
Francesca Hilton nació fruto del segundo matrimonio de Gabor con el magnate hotelero Conrad Hilton quien era bisabuelo de la también famosa Paris Hilton.
Zsa Zsa Gabor protagonizó títulos como «Moulin Rouge» (1952), de John Houston, donde interpretaba a una modelo del pintor Toulouse Lautrec, así como «Lili» (1953), «La Chica del Kremlin» (1957) y «Sed de mal

INCIPIT 245. LOS ENAMORAMIENTOS / JAVIER MARIAS

La última vez que vi a Miguel Desvern o Deverne fue también la última que lo vio su mujer, Luisa, lo cual no dejó de ser extraño y quizá injusto, ya que ella era eso, su mujer, y yo era en cambio una desconocida y jamás había cruzado con él una palabra. Ni siquiera sabía su nombre, lo supe sólo cuando ya era tarde, cuando apareció su foto en el periódico, apuñalado y medio descamisado y a punto de convertirse en un muerto, si es que no lo era ya para su propia conciencia ausente que nunca volvió a presentarse: lo último de lo que se debió de dar cuenta fue de que lo acuchillaban por confusión y sin causa, es decir, imbécilmente, y además una y otra vez, sin salvación, no una sola, con voluntad de suprimirlo del mundo y echarlo sin dilación de la tierra, allí y entonces. Tarde para qué, me pregunto. La verdad es que lo ignoro. Es sólo que cuando alguien muere, pensamos que ya se ha hecho tarde para cualquier cosa, para todo —más aún para esperarlo—, y nos limitamos a darlo de baja. También a nuestros allegados, aunque nos cueste mucho más y los lloremos, y su imagen nos acompañe en la mente cuando caminamos por las calles y en casa, y creamos durante mucho tiempo que no vamos a acostumbrarnos. Pero desde el principio sabemos —desde que se nos mueren— que ya no debemos contar con

ZSA ZSA GABOR


MATERNIDAD
La actriz ha iniciado el proceso para tener un descendiente que lleve su nombre e incluso ha acudido a una clínica de fertilidad. La actriz Zsa Zsa Gabor, de 94 años, y su marido Frederic von Anhalt, de 67, iniciaron el proceso para ser padres para tener un descendiente que lleve el apellido de la estrella de Hollywood, informó hoy CNN.
La noticia fue confirmada por Von Anhalt, quien acudió a una clínica de fertilidad de Beverly Hills, en Los Ángeles, para realizarse las pruebas médicas previas necesarias.
El embarazo requerirá la donación de un óvulo y de un vientre de alquiler para la gestación y el alumbramiento, que Von Anhalt estima que podría ascender hasta los 100.000 dólares (70.000 euros).
La única hija de Gabor, Francesca Hilton, dijo estar muy sorprendida con el plan de su madre y su padrastro.
«Estoy retirado. Puedo hacerme cargo de esto», ha dicho Von Anhalt, el noveno marido de la famosa actriz cuyo débil estado de salud la ha llevado en numerosas ocasiones al hospital en el último año.
Recientemente Gabor, en silla de ruedas desde un accidente que sufrió en 2002, tuvo que enfrentarse a la amputación de una pierna y una operación de cadera.
Gabor y Von Anhalt pensaron en tener un hijo cuando se casaron hace 25 años y, según el marido, la intérprete volvió a insistir sobre ese asunto en los últimos meses.
Una de las razones de su deseo por aumentar la familia es conseguir un heredero del apellido Gabor después de que las hermanas de la actriz murieran sin descendencia y su única hija, Francesca, usara Hilton en vez de Gabor.
Francesca Hilton, de 64 años, nació fruto del segundo matrimonio de Gabor con el magnate hotelero Conrad Hilton.
Zsa Zsa Gabor protagonizó títulos como Moulin Rouge (1952), de John Houston, donde interpretaba a una modelo del pintor Toulouse Lautrec, así como Lili (1953), La Chica del Kremlin (1957) o Sed de mal (1958).

INCIPIT 244. CONFIANZA / HENRY JAMES


Era a principios de abril. Bernard Longueville había pasado el invierno en Roma para, luego, viajar al norte por imperativo de varias obligaciones sociales que le reclamaban al otro lado de los Alpes. Pero el encanto de la primavera italiana le tenía seducido y buscó un pretexto para demorarse. Había estado cinco días en Siena, aunque en princípio debían de ser dos; aun así le resultaba imposible proseguir su viaje. Era un joven con tendencia a la contemplación y la imaginación y esta era su primera visita a Italia, así que su demora no debe ser juzgada severamente. Le encantaba dibujar y tenía la intención de pergeñar algunos bocetos. En Siena había dos viejas fondas, ambas igual de astrosas y sucias. En la elegida por Longueville se entraba por un oscuro y maloliente paso abovedado, coronado con un rótulo que en la distancia podía antojársele al viajero como un remedo del aviso del Dante: que se abandonara toda esperanza. La otra fonda no estaba muy lejos y, al día siguiente a su llegada, al pasar ante ella, vio que entraban dos mujeres —que evidentemente pertenecían a la nutrida cofradía de las turistas anglosajonas—, una de las cuales era joven y de muy buen porte. La disposición —o más que disposición— de Longueville a la galantería hizo que el incidente despertara en él cierto pesar. Pensó que de haberse alojado en la otra fonda habría podido gozar de una compañía encantadora; en cambio, en el establecimiento elegido solo había un esteta alemán que fumaba tabaco barato en el comedor. Caviló que la fortuna siempre le deparaba esto, reflexión muy propia de él.

PLACIDO DOMINGO CANTA MI RIVAL

JAMESIANA

Del Prólogo a Nueva York, de Henry James, p.24; sobre Impresiones de una prima
La narradora es una pintora recién regresada de Italia que durante las primeras páginas se queja recurrentemente de que no hay nada que pintar en la ciudad, ni siquiera a la gente. «,Qué gente? ¿La de la Quinta Avenida? Esos tienen aún menos encanto que sus casas, y no me parece que los de la Sexta sean mejores, ni los de la Cuarta, la Tercera, la Séptima o la Octava. ¡Dios Santo! ¡Qué nombres! La ciudad de Nueva York es como una larga suma y sus calles son como columnas de números. ¡Vaya sitio que he elegido para vivir! ¡Yo, que odio la aritmética!»

INCIPIT 243. EL HACEDOR (DE BORGES), REMAKE / AGUSTIN FERNANDEZ MALLO


Prólogo
A Jorge Luis Borges
Los rumores de la plaza quedan atrás y entro en la Biblioteca. De una manera casi fisica siento la gravitación de los libros, el ámbito sereno de un orden, el tiempo disecado y conservado mágicamente. A izquierda y a derecha, absortos en su lúcido sueño, se perfilan los rostros momentáneos de los lectores a la luz de lámparas estudiosas, como en la hipálage de Milton. Recuerdo haber recordado ya esa figura, en este lugar, y después aquellos pájaros de Benet que también definen por el contorno:
Es cierto, el viajero que saliendo de Región pretende llegar a su sierra siguiendo el antiguo camino real —porque el moderno dejó de serlo— se ve obligado a atravesar un pequeño y elevado desierto que parece interminable, y después aquel poema que suspende el sentido y maneja y supera el mismo artificio:
No quedaba nadie sobre la faz de la tierra y de repente, llamaron a la puerta.
Estas reflexiones me dejan en la puerta de su despacho. Entro; cambiamos unas cuantas cordiales y convencionales palabras, y le doy este libro. Si no me engaño, usted no me malquería, Borges, y le hubiera gustado que le gustara algún trabajo mío. Ello no ocurrió nunca, pero esta vez usted vuelve las páginas, y lee con aprobación algún verso, acaso porque en él ha reconocido su propia voz, acaso porque la práctica deficiente le importa menos que la sana teoría.
9

EL DIOS DE LOS HOMOSEXUALES

De Los sinsabores de Bolaño, p.67-68La siguiente noticia de Padilla fue una postal del puerto de Barcelona. Allí nos vimos por última vez y a veces sospecho que definitivamente por última vez, decía. Y adelantaba el título de su novela: El dios de los homosexuales.
Amalfitano devolvió la pelota. En una postal de Santa Teresa en donde se apreciaba la estatua del General Sepúlveda, héroe de la Revolución, admitía que el título le parecía un acierto, un título triste, sin duda, pero acertado. Y sobre el dios de los homosexuales, ¿quién podría ser?, no la diosa del amor ni el dios de la belleza, sino otro, ¿pero quién? Sobre si se verían o no alguna otra vez, dejaba esa respuesta en manos del dios de los viajeros.
La contestación de Padilla fue rápida y extensa: el pintor de las ropas de cuero aparentemente no tenía motivos para suicidarse, Su estancia en Nueva York se debía a una exposición suya en la prestigiosa galería de Cina Randall, que tú seguramente no has oído mencionar en tu vida pero que para los entendidos es una de las galeristas más potentes de Babilonia. Así pues, descartados los motivos económicos y artísticos (en ese orden, insistía Padilla), quedaban los sentimentales o amorosos, pero el susodicho era famoso por su frialdad a prueba de caderas y romanticismos más o menos admitidos, por lo que también se debía descartar esa posibilidad. ¿Y sin lo económico, lo artístico y lo amoroso, qué queda que pueda empujar a un hombre al suicidio? Elemental, el aburrimiento o la enfermedad, uno de estos dos criminales se lo cargó, elige tú. Sobre la identidad del dios de los homosexuales, Padilla era categórico: es el dios de los mendigos, el dios que duerme en el suelo, en las puertas del metro, el dios de los insomnes, el dios de los que siempre han perdido. Aquí hablaba (caóticamente) de Belisario y de Narsés, dos generales bizantinos, el primero joven y hermoso, el segundo viejo y eunuco, pero ambos excelentes para los propósitos militares del Emperador, y hablaba del pago de Bizancio. Es un dios desamparado, feo y refulgente, que ama pero cuyo amor es terrible y siempre, pero siempre, se vuelve contra él.
El pago de Chile, recordó Amalfitano y también pensó, pero, coño, si me está describiendo al dios de los poetas pobres, el dios del conde de Lautréamont y de Rimbaud.

CARVER

El niño había abierto los ojos, y los había cerrado. Volvió a abrirlos. Miraron fijamente hacia el frente unos instantes; luego giraron despacio dentro de sus órbitas hasta detenerse en Howard y Ann, y acto seguido se apartaron de ellos.
—Scotty —dijo su madre, acercándose a la cama.
—Eh, Scott —dijo su padre—. Eh, hijo.
Se inclinaron sobre él. Howard le cogió la mano izquierda con las dos suyas y se puso a darle palmaditas y a apretarla. Ann se acercó más y le besó en la frente una y
otra vez. Le puso las manos a ambos lados de la cara.
—Scotty, tesoro; somos mamá y papá —dijo—. ¿Scotty?
El niño volvió a mirarles, aunque sin dar ninguna muestra de reconocimiento o comprensión. Luego sus ojos se cerraron con brusquedad, y su boca se abrió y lanzó un aullido que yació por completo sus pulmones. Su cara, después, pareció relajarse y suavizarse. Los labios se le abrieron
con el último resuello, y el aire le salió de la garganta a través de los dientes apretados.
Los médicos lo llamaron «oclusión oculta», y dijeron que acontecía una vez entre un millón. Si hubiera sido detectada y se hubiera recurrido a la cirugía de inmediato, Scotty tal vez se habría salvado, pero lo más probable es que no hubiera sido así. En cualquier caso, ¿qué habrían podido buscar en el interior de Scotty? Ni en los análisis ni en las radiografías se había detectado nada. El doctor Francis estaba muy afectado.
—No puedo expresarles lo mal que me siento. Lo siento tanto; no encuentro las palabras —dijo, y los condujo hasta la sala de médicos.

ZSA ZSA GABOR

Zsa Zsa Gabor, ingresada de nuevo en un hospital
.Zsa Zsa Gabor ha sido ingresada de nuevo en un hospital, según ha informado su publcista John Blanchette. Al parecer, la actriz de 94 años, estaba viendo la televisión cuando en un informativo anunicaron la muerte de Elizabeth Taylor, noticia que le produjo un gran impacto. Gabor sufrió una importante subida de tensión arterial y tuvo que ser enviada a un centro médico.
Según relató Blanchette, cuando se enteró de la muerte de su amiga y vecina comentó: "Oh, Jane Russell y ahora Liz Taylor. Yo soy la siguiente". La actriz hacía así referencia a una leyenda de Hollywood según la cual las celebridades fallecen de tres en tres
Gabor lleva meses entrando y saliendo del hospital por sus graves problemas de circulación, que en más de una ocasión la han colocado al borde de la muerte. Como consecuencia de ellos ha perdido parte de una pierna , aunque logró salvarse de la amputación.
Los problemas de salud de Zsa Zsa Gabor empeoraron la pasada Navidad. La actriz fue ingresada tras serle diagnosticada una gangrena que hizo pensar en la amputación. Sin embargo, la actriz no quiso hospitalizarse hasta después del Año Nuevo, ya que quería pasar las que piensa serán las últimas fiestas acompañada de su familia.
El verano pasado, la actriz de origen húngaro se había sometido a una cirugía para reemplazar su cadera, rota tras una caída casera. Tres semanas después de aquella operación, Gabor tuvo que volver al hospital para que se le extirpara un coágulo de sangre. Estuvo grave durante días e incluso pidió que un sacerdote le diera la extremaunción. Sin embargo, en agosto fue dada de alta y pudo volver a su casa.
El portavoz de la actriz ha informado que su estado de salud es "delicado" pero ha sentenciado: "Ella no va a ser la tercera".

INCIPIT 242. CELOS / MARCEL PROUST


CAPÍTULO PRIMERO
El señor de Charlus en sociedad. — El profesor E....— Una émula de la princesa Palatina. — Mme. d’Arpajon, el surtidor de Hubert Robert y la alegría del gran duque Vladimiro. Mme. d’Amoncourt, Mme. de Citri, Mme. de Saint-Euverte, etc. — Swann y el príncipe de Guermantes. — La visita de Albertine. — Albertine bailando con Andrée en el casino de Incarville. — Albertine en Balbec, mirando en el espejo.

Como no tenía prisa por llegar a aquella soirée de los Guermantes a la que no estaba seguro de haber sido invitado, me entretuve fuera sin hacer nada; pero la luz estival no parecía tener más prisa que yo en moverse. Aunque eran más de las nueve, era ella la que en la plaza de la Concorde daba al obelisco de Luxor un aspecto de turrón color rosa.

ZSA ZSA GABOR


Zsa Zsa Gabor no permite que le amputen la otra pierna
Las posibilidades de sobrevivir a la cirugía eran solo del 50 por ciento- Espera que le den el alta inminentemente
Quien en tiempos mejores fuera una de las actrices más populares de Hollywood vuelve a enfrentarse a graves problemas de salud. La protagonista en los 50 de Moulin Rouge vuelve estar hospitalizada y ha tenido que tomar la difícil decisión de volver a pasar o no por el quirófano.
Frederic Von Anhalt, marido de la actriz de Lili, ha explicado que Gabor no ha permitido que los médicos la sometieran a una nueva operación con el objetivo de amputarle la otra pierna ya que, al parecer, las posibilidades de sobrevivir a la cirugía eran solo del 50 por ciento.
Según recoge el periódico Los Angeles Times, la intérprete espera ser inminentemente dada de alta después de que esta semana fuese de nuevo ingresada de urgencia tras sufrir de falta de circulación en la pierna que aún le queda.
A sus 93 años, Zsa Zsa Gabor atraviesa un delicado momento de salud desde que el verano pasado se sometiera a una cirugía en la que le realizaran un trasplante de cadera y, a comienzos de 2011, tuviera que aceptar le amputaran una pierna que se le había engrangrenado.
En una situación delicada se encuentra también Prince Frederic Von Anhalt, séptimo marido de una actriz de cuyo lado no se ha separado ni un segundo desde que comenzaran los achaques. Así, a principios de febrero Von Anhalt ingresaba también en el centro médico Ronald Reagan UCLA tras sufrir un desmayo en el ascensor del hospital en el que su mujer se encontraba en ese momento ingresada.

EL RUSO, NABOKOV Y GOGOL

De Las almas muertas, de Gogol, p.166
Y por muchas astucias que se empleen para ennoblecerlo, y aunque se valga uno de escribientes que a fuerza de dinero lo inscriban como descendiente de una antigua familia noble, no se consigue: permanece el apodo proclamando claramente de dónde procede uno. Pronunciado de viva voz, cuando el apodo es justo, es igual que si estuviese escrito: no es posible quitarlo ni a hachazos. Y siempre suele ser exacto lo que sale del corazón de Rusia, donde no hay tribus alemanas, del Báltico, ni otras, y todo es nativo. Es la inteligencia rusa, viva y despierta, que no busca las palabras ni las empolla como una gallina clueca a sus pollos, sino que las lanza rápidamente, y como si fuese un documento de identidad, hay que llevarlo siempre encima sin que se pueda ya añadir como son la nariz o los labios de uno. Con un rasgo queda uno descrito de pies a cabeza. Así como un gran número de iglesias, monasterios con cúpulas y cruces, se hallan diseminados por la santa y piadosa Rusia, así también hay un gran número de tribus, gentes y pueblos que se aglomeran, se concentran y pasan por la tierra. Y cualquier pueblo que lleva en sí una fuente de riquezas, lleno de capacidad creadora espiritual con sus vivas características y otros dones divinos, se distingue a su manera con su propia palabra, con la que expresa cualquier objeto y refleja con esta expresión parte de su propio carácter. La palabra del inglés responderá a un espíritu calculador y con experiencia de la vida; la del francés refulgirá con una elegancia ligera, que no tardará en esfumarse; el alemán inventa una palabra difícil e ingeniosa, que no está al alcance de todos; pero no hay palabra de tan amplios vuelos, tan viva que arranque del mismo corazón, que sea tan ardiente y palpitante como la exacta palabra rusa.

INCIPIT 241. EL SUEÑO DEL CELTA / MARIO VARGAS LLOSA


1
Cuando abrieron la puerta de la celda, con ei chorro de luz y un golpe de viento entró también el ruido de la calle que los muros de piedra apagaban y Roger se despertó, asustado. Pestañeando, confuso todavía, luchando por serenarse, divisó, recostada en el vano de la puerta, la silueta del sherff Su cara flácida, de rubios bigotes y ojillos maledicentes, lo contemplaba con la antipatía que nunca había tratado de disimular. He aquí alguien que sufriría si el Gobierno inglés le concedía el pedido de clemencia.
—Visita —murmuró el sheriff sin quitarle los ojos de encima.
Se puso de pie, frotándose los brazos. ¿Cuánto había dormido? Uno de los suplicios de Pentonville Prison era no saber la hora. En la cárcel de Brixton y en la Torre de Londres escuchaba las campanadas que marcaban las medias horas y las horas; aquí, las espesas paredes no dejaban llegar al interior de la prisión el revuelo de las campanas de las iglesias de Caledonian Road ni el bullicio del mercado de Islington y los guardias apostados en la puerta cumplían estrictamente la orden de no dirigirle la palabra. El sheriff le puso las esposas y le indicó que saliera delante de él. ¿Le traería su abogado alguna buena noticia? ¿Se habría reunido el gabinete y tomado una decisión? Acaso la mirada del sheriff’ más cargada que nunca del disgusto que le inspiraba, se debía a que le habían conmutado la pena. Iba caminando por el largo pasillo de ladrillos rojos ennegrecidos por la suciedad, entre las puertas metálicas de las celdas y unos muros descoloridos en los que cada veinte o veinticinco pasos había una alta ventana enrejada por la que alcanzaba

CARVER

De ¿De qué hablamos cuando hablamos del amor?, de Carver, p. 38
Mi padre murió mientras dormía, borracho, hace ocho años. Era el mediodía de un viernes y tenía cincuenta y cuatro años. Volvió a casa de la serrería donde trabajaba, sacó para el desayuno algo de embutido del frigorífico y abrió una botella de litro de Four Roses.
Mi madre estaba allí con él, en la mesa de la cocina. Intentaba escribir una carta a su hermana de Little Rock. Al final mi padre se levantó y se fue a la cama. Mi madre contó que no le dio las buenas noches. Pero, claro, era por la mañana.
—Cariño —le propuse a Myrna la noche en que volvió al hogar—. ¿Qué tal si nos magreamos un rato y luego preparas una cena apetitosa de verdad?
Y Myrna dijo:
—Lávate las manos.

ZSA ZSA GABOR

Vuelven a hospitalizar a Zsa Zsa Gabor por problemas de riego sanguíneo
La veterana actriz se encuentra en un centro de Los Ángeles.
La veterana actriz Zsa Zsa Gabor fue ingresada hoy de nuevo en un centro médico de Los Ángeles (California), después de que se le detectaran problemas de riego.

WIKIPEDIA

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