Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

JAMESIANA

Más HJ en La educación de Oscar Fairfax, de Louis Auchincloss, p. 189
Y sin embargo... dejad que le mire el diente al caballo regalado. Había algo en él que, por un agujero minúsculo, dejaba entrever al joven artificioso que lo hacía todo a la perfección —demasiado a la perfección. En Los embajadores de Henry James Little Bilham dice de su amigo Chad Newsome —a quien todo el mundo encuentra transformado en un caballero modélico por la influencia de Madame de Vionnet—, que a él también le gustaba como era antes. Y eso es lo que yo sentía exactamente algunas veces por Max.
Le comenté esto a su madre, pero ella sólo encontraba mejoras en su cambio.
—Lo que usted tomaba como un signo de integridad era solamente mala educación. Los principios de Max siguen siendo tan firmes como lo eran antes. Se ha refinado, eso es todo, y hubiera sido un zoquete si no lo hubiera hecho, con las maravillosas oportunidades que usted le ha dado.
Cuando le pregunté por la chica de la biblioteca, dio un bufido.
—Cómo iba a volver con ella después de haber tocado el cielo? La chica de los Pierce al menos hizo eso por él. Aunque ella no le quisiera de verdad, le enseñó lo que puede ser el amor. No iba a volver de nuevo a la señorita Ratoncita.
—Y cómo se lo tomó la señorita Ratoncita? ¿Se le partió el corazón?
—Oh, un poco. Y fue lo suficientemente bruta como para demostrarlo; lo llamó, llorosa: «Ya no voy a volver a verte, Maxy?». Las tontas como ella se merecen lo que tienen.

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