Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

JAMESIANA

De Cartas a su hijo de Lord Chesterfield, p. 53
Sería interesante poder extenderse sobre lo mucho que deben a las Cartas de Chesterfield Los embajadores o La princesa Casamassima de James. Sería interesante poder estudiar, en la prosopografía de los ricos americanos (y americanas: Natalie Barney, Winaretta Singer) que hicieron su Grand Tour por Europa, y «vivieron noblemente» al margen de toda baja tendencia democrática, hasta qué punto sufrieron la influencia del modelo varonil, pero adornado de feminidad, bosquejado y pintado por el gran señor whig del siglo XVIII. Como Henry James, o Bernard Berenson, descubrieron en las Cartas la expresión más acabada, y para ellos más accesible, de uno de los mitos más fascinantes de la historia que la Europa católica y monárquica haya inventado: el del Hombre del guante. Y si observamos la nueva y sorprendente vitalidad que, en pleno siglo XX, le han conferido, podremos preguntarnos con todo derecho si verdaderamente el «buen salvaje», tal como se revela al mundo en el Emilio de Rousseau, es la antítesis de El hombre del guante. Este buen salvaje, ¿no es en realidad la última metamorfosis de la libertad y de la independencia naturales del gran señor, liberadas finalmente de toda lealtad y librea monárquicas, y decididas a abrirse camino por sí solas, siguiendo un nuevo señuelo, no ya en la jungla de las cortes, sino en la del nuevo régimen social y político?
¿Y si, mucho antes que Henry James y que los magníficos esnobs de una América «corrompida» por Europa, el más paradójico injerto del buen salvaje en El hombre del guante, el primero y ejemplar, no fue el autor de Los nátchez, y de las Memorias de ultratumba, el Encantador, el vizconde de Chateaubriand?

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