Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

JAMESIANA

De La educación de Oscar Fairfaix, de Louis Auchincloss, p.85-86
Constance y yo cenamos con él y me dio algunos consejos muy útiles acerca de la contratación de mis colaboradores franceses. Pero yo quería mucho más. Yo quería compartir sus recuerdos.
Era perfectamente consciente de que entre algunos de mis compatriotas Berry tenía fama de viejo esnob diletante y, de hecho, me pareció brusco y autoritario, pero no desesperé de poder penetrar finalmente en el carácter del hombre que había hecho de su refinado amor por el arte y las letras su pasión central. ¿No le habían concedido su amistad y admiración tres grandes escritores, Henry James, Edith Wharton y Proust? Eso me hubiera bastado para obviar los abucheos de cualquier multitud.
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Constance no compartía mi entusiasmo.
—Me bosteza en la cara mientras le estoy hablando.
—Pero si se lo hace a todo el mundo no cuenta.
Y parece que así era. Incluso me lo hacía a mí. Pero un día, cuando aceptó, tras un largo y gratuito silencio, mi invitación a comer al Travellers Club, tomé la determinación de lanzarme al ataque. Me tuvo esperando un buen rato, y cuando finalmente vi que su figura delgada, alta y canosa, con el bigote caído, se acercaba a la entrada del salón, yo ya casi me había rendido.
En la mesa, tras algunos comentarios sin entusiasmo —preguntas educadas y respuestas monosilábicas— fui derecho
al grano. ¿Me ayudaría con el libro que quería escribir?
—A editarlo, quiere usted decir? —me preguntó con rudeza—. ¿ Quiere que repase la gramática, quizá? Por lo que sé de su generación, se saltaron esa asignatura. Ya ni siquiera se enseña en el colegio ¿no? No me sorprende que los americanos tengan tanta dificultad en aprender otros idiomas. Ni siquiera saben hablar el suyo.
Pero yo estaba dispuesto a tragarme cualquier insulto.
—No, señor, no se trata de eso en absoluto. Sencillamente, me gustaría hablar con usted acerca de algunos de los grandes artistas y escritores que ha conocido. ¡A algunos de los cuáles incluso usted ha inspirado! —y siguiendo los consejos de Disraeli, le serví mis halagos en bandeja—. Tomemos por ejemplo la famosa carta de James de la Lubbock Collection dirigida a usted. La carta en la que agradece el neceser que usted le regaló. ¿No recuerda lo magnífico que fue que se refiriera al regalo como persona y no como cosa?
Y entonces cité de memoria:
«No puedo vivir con él porque no puedo estar a su altura. Sus protestas, sus pretensiones, sus dimensiones, sus suposiciones, sobre todo la forma en la que hace que cada objeto de su alrededor cuente un deplorable y lúgubre cuento. Todo esto le convierte en un azote de mi vida, en una mancha en mi escudo!».
Mi memoria resultó ser una mina de oro. El viejo muchacho saltó ante mi cita como una foca atrapa el pescado que
le lanzan.
—Ah, el gran Henry! ¿Qué otro podía haber escrito eso? Bien, bien. Hábleme acerca de su libro, joven.
Me aclaré la garganta.
—Bueno, comienzo con la tesis de Henry Adams de que la ciencia nos ha traído el caos y la multiplicidad. Y ese final de un mundo organizado, el final de lo que él llama «unidad», llegó con el Armagedón en 1914.

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