Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

LA LECCION DEL MAESTRO

De A la sombra de las muchachas en flor, de Marcel Proust (Lumen, p. 461)
Había hecho el retrato de Odette. ¿Sería posible que aquel hombre genial, aquel solitario, aquel filósofo de conversación magnífica y que lo dominaba todo, fuera el ridículo y perverso pintor adoptado en otro tiempo por los Verdurin? Le pregunté si los había conocido, si por casualidad lo apodaban Sr. Biche entonces. Me respondió que sí, sin turbación, como si se tratara de una parte ya un poco antigua de su existencia y no sospechara la extraordinaria decepción que me inspiraba, pero, al alzar la vista, la leyó en mi rostro. El suyo puso expresión de descontento. Y, como ya casi habíamos llegado a su casa, un hombre menos eminente en inteligencia y corazón tal vez se hubiera limitado a decirme un adiós un poco seco y después habría evitado volver a yerme. Pero no fue así como Elstir actuó conmigo; como verdadero maestro que era —y tal vez fuese ése, desde el punto de vista de la creación pura, su único defecto, en este sentido de la palabra «maestro», pues un artista, para estar totalmente en la verdad de la vida espiritual, debe estar solo y no prodigar su yo ni siquiera a discípulos—, en toda circunstancia, ya fuese relativa a él o a otros, intentaba extraer para enseñanza óptima de los jóvenes la parte de verdad que encerraba. Así, pues, a las palabras que habrían podido vengar su amor propio prefirió las que podían instruirme. «No hay hombre, por sabio que sea», me dijo, «que en determinada época de su juventud no haya pronunciado palabras, o incluso llevado una vida, cuyo recuerdo no le resulte desagradable y que desearía ver abolido. Pero en modo alguno debe lamentarlo, porque sólo puede estar seguro de haber llegado a ser un sabio, en la medida en que ello sea posible, si ha pasado por todas las encarnaciones ridículas u odiosas que deben preceder a esta última. Sé que hay jóvenes, hijos y nietos de hombres distinguidos, a quienes sus preceptores han enseñado la nobleza del espíritu y la elegancia moral desde el colegio. Tal vez no tengan nada que suprimir de su vida, podrían publicar y firmar todo lo que han dicho, pero son espíritus pobres, descendientes sin fuerza de doctrinarios y cuya sabiduría es negativa y estéril. No recibimos la sabiduría, debemos descubrirla por nosotros mismos después de un trayecto que nadie puede hacer por nosotros, no puede dispensárnosla, pues es un punto de vista sobre las cosas.

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