Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

YO

Una mañana se presentó en el instituto trastornado por el impacto deslumbrante de un libro. Lo había leído tres veces seguidas, sin parar, terminando por la última página y volviendo sin pausa, vorazmente, fascinado, a la primera. Recuerdo que dijo con absoluta seriedad: “Ahora he descubierto lo que es el estilo”, y una frase que repetía con emoción anónima: “Soy un muchacho sin importancia colectiva, exactamente un individuo”. Finalmente un día me llevó el libro: La náusea, Jean Paiul Sastre, Editorial Losada, biblioteca clásica y contemporánea, traducción de Aurora Bernárdez, décima edición, 11 de diciembre de 1975, (anoto tanto pormenor porque tengo el ejemplar ante los ojos). Lo leí doblemente, por el texto en sí y por los numerosos subrayados con los que lo había adornado H, y he de reconocer que también me cautivó, aunque no precisamente por el estilo, sino, como a H mismo, por la franqueza desnuda de aquel individuo nausivo y su asfixiante soliloquio: identificábamos nuestra vida, nuestro pensamiento y nuestras sensaciones con aquella náusea abstracta e inasible, obscenamente ontológica. De alguna parte salió, no sé cómo, la expresión “angustia existencial”, y toda ella nos deleitaba como un acorde afortunado, como si al pronunciarla se desplegara ante los ojos el fragmento más dolorido y melancólico de nuestro espíritu. H dejaba caer de vez en cuando citas enigmáticas de auel diario obsesivo: “Martes, nada, he existido”, o bien: “La idea, la innominable, sigue ahí”, o acaso: “ Miércoles, no hay que tener miedo”, o también: “Mañana lloverá en Bouville”
Campo de amapolas blancas / Gonzalo Hidalgo Bayal, p. 38

1 comentario:

Blanca Andreu dijo...

Yo leí primero "Las palabras": me encantó. "La nausea" me la confiscaron las monjas en el internado. Me la había prestado mi vecina de pupitre, una externa que la había birlado de la biblioteca de su padre, encuadernada en piel. Así que tuve que pasar un curso dando largas y contemporizando. Qué angustia. Incluso me atreví a intentar una razzia en el despacho de la Madre Asistente, donde supuestamente se guardaban los tesoros confiscados. Todo inútil. "La nausea"hizo honor a su nombre.Desde entonces, odio a Sartre.Prefiero el Jean Sol Partre de Boris Vian. Dónde va a parar...

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