Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

RELATO

INFERNO, II
Io non Enea, io non Paolo sono
Me degno a ció, nè io, ne altri crede.

Los dos amigos discutían sobre (criticaban a) los simbolistas franceses de camino al CAGPES. De pronto un choque frontal. Un agujero en el tiempo, una vida atravesando un segundo, un instante cruzando la existencia. Un universo gusano.
Aparecieron transustanciados en un palacio de marfil, por la terraza de una torre encaramada sobre la cima de una colina, una punta coronada por nieves perpetuas. Ambos con largas batas blancas, tez pálida, pelo albino, extenso y lacio, como elfos, con polícromas voces y extraños gestos. Atravesaron desiertas galerías, cruzaron corredores, se pendieron de torres y pasearon por balconadas. Nada.
Salieron fuera, a la montaña sin árboles ni flores. Las nubes del horizonte se unían a un espeso mar de espuma. Formidables glaciares flotaban en la invisible superficie. La niebla cubría todo de tal forma que apenas se intuían sierras, ríos y valles.
Así pues, volvieron al interior del palacio, recorrieron sus patios, sus claustros, sus almenas, todo a la búsqueda de algo que no fuese el tiempo o la sombra de lo que ellos habían sido.
De pronto se encontraron en la biblioteca y se sorprendieron abriendo innúmeros libros sin texto, formidables bestiarios sin imágenes y magnas enciclopedias sin entradas. Por fin entraron en varias salas de cine intercomunicadas, proyectaban, simultánea y repetidamente, tres películas de Andy Warhol: Haircut (No.1), Haircut (No.2) y Haircut (no.3). Salieron a un inmenso salón de baile vacío, con los atriles cubiertos por partituras níveas, admiraron la estancia decoradas por óleos de Rothko, estatuas sin título de Brancusi, números de Fontana y variaciones de Gabo.
Esto no es nada –dijo uno de ellos.
-Lo peor es el dolor físico –le contestó su amigo.
Con un guiño Lucifer avisó a Belial, su virrey, y una trampilla se abrió en el suelo de mármol. Las llamas ascendieron por el tiro que se formó al exterior. Alborotados los esperaban Satanás, Belcebú y Astartot, con una trama enmarañada de castigos y penas; pero Plutón, gobernador de la primera línea del infierno, puso un cierto orden e impuso una espera. Mefistófeles les escogió el peor lugar de su principado, aquel donde las ascuas eran líquidas y el aire azul.

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