Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

11S


El fin del fin del mundo, Franzzen, p. 221
La única pesadilla recurrente que he tenido durante muchos años tiene que ver con el fin del mundo y se desarrolla como sigue: en un paisaje urbano atestado de gente, no muy distinto del bajo Manhattan, piloto un avión de pasajeros por una avenida en la que nada es como debe ser. Parece imposible que los edificios que se alzan a ambos lados no me arranquen las alas y que consiga mantener el avión en el aire desplazándome a tan baja velocidad. Siempre hay algo que obstaculiza el paso, pero de algún modo consigo cambiar bruscamente de rumbo o pasar por debajo de algún paso elevado, aunque sólo sea para enfrentarme luego a un rascacielos tan alto que para superarlo tendría que elevarme en vertical. Cuando emprendo un ascenso decepcionantemente insuficiente, el rascacielos crece y se abalanza hacia mí y entonces me despierto, con una sensación de alivio que no se puede explicar con palabras, en Mi cama.
El martes no hubo despertar. Buscabas una televisión y te ponías a mirar. Salvo que de verdad fueras una muy buena persona, probablemente estabas, como yo, experimentando el choque entre varios mundos incompatibles en el interior de tu mente. Junto al horror y la tristeza de lo  que estabas viendo, puede que también sintieras una decepción pueril porque te acababan de desmontar el día, o una preocupación egoísta por el impacto que tendría en tu bolsillo, o algo de admiración por la brillantez en la concepción del ataque y su ejecución impecable, o -lo peor de todo- cierta admiración ante la calidad del espectáculo visual que había producido. Da lo mismo si algunos palestinos bailaban por las calles o no. En algún lugar -de esto puedes estar absolutamente seguro-los artistas de la muerte que habían planeado el ataque se estaban regodeando en la belleza terrible del hundimiento de las torres. Tras años de soñar, trabajar y alimentar esperanzas, la sensación de culminación que experimentaban en ese preciso momento era mayor de lo que se habrían atrevido a suplicar en sus rezos. A lo mejor algunos de esos felices artistas estaban escondiéndose en el destrozado Afganistán, un país donde la esperanza media de vida a duras penas llega a los cuarenta años: en ese mundo no se puede caminar por un bazar sin ver hombres y niños con alguna extremidad mutilada.

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