Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

HITLER EN BERCHTESGADEN

Imposturas, John Banville, p. 11
Nos trajeron el almuerzo, aunque no recuerdo haberlo pedido. El camarero sólo me llenó la copa hasta la mitad –ahora vino tinto, observé-, y yo le lancé un gruñido y le hice llenarla hasta el borde. Mientras me llevaba la copa a los labios, mi mano tembló de manera violenta, parkinsonianamente, y el vino se derramó y manchó el mantel. Cass Cleave intentó limpiarlo con su servilleta, pero yo le aparté la mano de un golpe y le dije bruscamente que lo dejara. «No hagas tantos aspavientos », le espeté. «Odio a la gente que hace aspavientos.» Me puse a hablar de Hitler en Berchtesgaden. Es un pequeño cambio de conversación que hago en la mesa, para mi propio deleite o por alguna otra razón. Con destreza esbocé una imagen de la montaña mágica, con su pandilla de gnomos esforzándose por ser los primeros en el favor del Führer, esos hombrecillos repeinados y sus mujeres rubias, todo muslo y grandes y cuadradas nalgas cubiertas de satén, y él en medio de todos, el rey de la montaña, soñador y distante, exquisitamente educado, planeando con gran calma la destrucción del mundo. Ella mantenía los ojos fijos en el plato. «¿Te estás preguntando si le admiro? », dije. Ella me miró. «Lo admiraba, un poco. Lo admiro. Un poco. Mis amigos y yo, de jóvenes, soñábamos con una Europa libre y limpia.» Le eché otro largo sorbo a mi copa y me eché hacia atrás, sonriéndole a la cara. «Soy un viejo leopardo», dije, «no puedo disimular las manchas.»

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