Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

INCIPIT 799. RAVELSTEIN / SAUL BELLOW

Raro es que los benefactores de la humanidad sean personajes divertidos. Ése, por lo menos, es el caso de América. Si alguien quiere gobernar el país tiene que entretenerlo. En tiempos de la Guerra Civil la gente se lamentaba de los chistes de Lincoln. Quizá él considerase que la seriedad estricta era mucho más peligrosa que cualquier cuchufleta. Los críticos, con todo, decían de él que era frívolo y hasta su mismo ministro de Defensa lo calificó de simio.

Entre los papanatas e impostores que formaron los gustos y mentalidades de mi generación, H. L. Mencken se llevó la palma. Mis compañeros de enseñanza secundaria, lectores del   American Mercury, estaban al corriente del juicio de Scopes cuando Mencken informó acerca del mismo. Mencken estuvo muy duro con William Jennings Bryan y también con el Bible Belt y el Boobus Americanus. Clarence Darrow, que defendía a Scopes, representaba la ciencia, la modernidad y el progreso. Tanto para Darrow como para Mencken, Bryan, el Creacionista Especial era un redomado abscurdo del Cinturón Agrícola.

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