Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

LA CRISIS DEL LADRILLO

La trabajadora, Elvira Navarro, p. 77-78
Si me ponía a especular a tenor de lo que había pasado en los últimos años, las posibilidades eran infinitas: urbanizaciones fantasma, calles enteras de inmuebles vacíos en el centro, cuyos propietarios no los alquilaban para jugar con la escasez de oferta y mantener los precios altos (los bajos de esos edificios eran oficinas y comercios, y las calles tenían una actividad plena que parecía contaminar incluso las azoteas, plagadas de carteles); algunas edificaciones con solera que los ayuntamientos habían comprado y cuya ocupación se permitía porque, aunque se defendía el proyecto de rehabilitadas, ya ni siquiera había presupuesto para mantenerlas. En una ocasión saltó a la prensa el caso de un chalet del que solo se había levantado su estructura porque una familia sin hogar decidió acabar de construirlo para instalarse. Los miembros de esa familia se convirtieron en famosos durante un par de semanas, y en los periódicos y en las tertulias se habló del fenómeno de la autoconstrucción, que había sido relevante durante la posguerra. Por otra parte, los edificios más viejos del centro llevaban décadas con sus vigas de madera afectadas por las termitas, y como la reparación de toda la estructura era dificil y costosa, se multiplicaban las columnas de hierro, lo que hacía que los inmuebles parecieran estar reconstruyéndose en el interior de una fotografía antigua. Aunque ningún edificio se venía abajo por una plaga, lo cierto es que, según escuché en una ocasión, algunos se hundían considerablemente. Imaginaba a las señoras de los semisótanos, que pelaban las patatas para el asado, mirando cómo sus ventanas se llenaban de barro frío, con ese olor denso de la tierra que recuerda a la carne cruda, y arriba una franjita de luz y calle. Me figuraba que los habitantes de ese tipo de inmuebles estaban avisados de que algo así podía ocurrir, y que cuando sucedía, se comportaban como los que viven al pie de un volcán y llevan años atentos a los suaves hilos de humo que atraviesan los días daros. Muy ordenadamente, recogían su ropa predilecta y sus portátiles. A pesar del fraude de las cooperativas, de las calles céntricas cuyos edificios estaban vacíos, de las urbanizaciones a medio construir, hasta hacía muy poco no había habido protestas. Los afectados esperaban educadamente a que llegara el juicio mientras vivían en casa de sus padres o de sus abuelas, y los que alicataban con sus propias manos las paredes del bajo de la casa que se acababan de comprar posaban con resignación para los telediarios. La ciudad permanecía más o menos igual, con su apariencia de caos  ordenado, de hecatombe asumida. 
(En la foto la urbanización Fadesa en Miño)

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