Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

INCIPIT 1.344. NOSOTROS / MANUEL VILAS


Poco sabíamos de la vida de los ángeles. Creíamos que eran criaturas inventadas, pero no es así. Los ángeles existen, tal vez discretamente. Son hombres y mujeres que pasan por este mundo sin otro cometido que el amor.

Son esperanzadores, sí.

Pero también son mortales y corrientes.

De una vulgaridad excepcional.

Que existan los ángeles es una gran noticia para el mundo.

Ellos dan belleza a este planeta.

Uno de esos ángeles se llama Irene, y su historia comienza en la página siguiente.


INCIPIT 1.343. LA EDAD DEL VICIO / DEEPTI KAPOOR


Nueva Delhi, 2004

Cinco sintecho muertos junto a la carretera de circunvalación interior de Delhi.

Parece el arranque de un chiste macabro.

Solo que, si lo es, a ellos nadie se lo ha contado.

Han muerto en el mismo lugar donde dormían.

O casi.

El Mercedes que venía a toda velocidad se ha subido a la acera, ha arrastrado diez metros sus cuerpos y los ha hecho pedazos.

Febrero. Tres de la mañana. Seis grados.

Quince millones de habitantes duermen profundamente.

Una neblina de azufre envuelve las calles.

Y una de las víctimas mortales, Ragini, tenía dieciocho años. Estaba embarazada de cinco meses. Su marido, Rajesh, de veintitrés, dormía a su lado. Los dos tumbados boca arriba, arrebujados en unos chales gruesos de la cabeza a los pies, amortajados como cadáveres en todo excepto en las señales de vida: la mochila bajo la cabeza, las sandalias  colocados ordenadamente junto a los brazos.

Una cruel ironía del destino: la pareja había llegado a Delhi justo el día anterior. Encontraron cobijo con Krishna, Iyaad y Chotu, tres trabajadores migrantes del mismo distrito del estado de Uttar Pradesh. Todos los días, los tres hombres se despertaban antes del alba para ir andando al mercado de reparto de trabajo de Company Bagh con la intención de sacarse un jornal  haciendo lo que fuese -de cocinero del dhaba, de camarero en una boda, de albañil-y enviar el dinero a su aldea natal para pagar la shaadi de una hermana, el colegio de un hermano, la medicación diaria de un padre. Esos trabajadores, los desposeídos, viven día a día, hora a hora, luchando por sobrevivir. Regresan cada noche a dormir a ese descampado, junto a la carretera de circunvalación, cerca del Nigambodh Ghat. Cerca de las barriadas de chabolas demolidas del Yamuna Pushta que habían sido su hogar.


ALEJANDRÍA 295 ANTES DE CRISTO


Todo está ya en marcha. El núcleo de este ingente proyecto será un santuario dedicado a las Musas que ya ha empezado a construirse. En él, las diosas de la creación y la belleza recibirán  su culto en las bocas del Nilo como desde los tiempos más antiguos lo reciben en el valle del Helicón, en las suaves majadas donde Hesíodo pastoreaba su rebaño. Un sacerdote nombrado por el rey se encargará de los oficios. En lo demás, el Museo seguirá la pauta del Liceo ateniense: un tranquilo jardín para el estudio y la meditación, unos escaños donde reunirse a disertar, pequeñas estancias para acoger a los amantes del conocimiento, un amplio comedor común y, claro está, un armonioso pórtico que favorezca los encuentros y el diálogo.

Al otro lado del jardín, cerca del puerto, los obreros trabajan ahora en revocar por dentro los innumerables anaqueles del edificio que acogerá muy pronto los papiros que Demetrío se encarga de comprar y de clasificar sin descanso. Cuando el Museo comience a funcionar, las obras contenidas en estos frágiles soportes serán copiadas, restauradas, salvadas del olvido, cotejadas con otras como nunca antes ha podido hacerse, sometidas a un contacto que ha de engendrar sin duda algo nuevo. Épica, lírica, tragedia, historia, leyes, física, medicina ... La labor es ingente, febril, casi un delirio, pero toda Alejandría lo es. La nueva biblioteca del rey Ptolomeo debe ser la memoria de los griegos; y no sólo eso, debe aspirar a contener además el saber reunido por los persas, por los indios, por los hebreos, así como los valiosísimos anales sagrados de los egipcios. Sólo así, la nueva creación será también la memoria de los hombres. Hasta la fecha, Demetrio ha reunido veinte mil volúmenes, pero el rey quiere poner los medios para que lleguen a ser cientos de miles. Quién sabe lo que habrá de durar esta locura.


EL MONUMENTO A PASOLINI


Manual corsario, PP Pasolini, p. 404

El lugar donde mataron a Pasolini es, de verdad, deprimente. No está en la misma playa, como yo había supuesto, sino en una parcela vallada junto a la carretera, en un páramo rodeado de suciedad, basuras y hierbas secas que es la viva imagen del olvido. Un lugar para morir como un perro. Y en cuanto al monumento, tampoco es una estatua del autor de Poesía en forma de rosa, que era lo que yo esperaba encontrar, sino una obra abstracta formada por un círculo, un saliente curvo que lo mismo podría ser una asta de toro que una hoz, y una peana, todo ello de cemento rugoso y pintado de blanco. No hay ninguna inscripción, ningún verso de Las cenizas de Gramsci o Transhumanar y organizar, ninguna sentencia recortada de sus novelas, sus ensayos o sus películas. Nada, absolutamente nada. En resumen, que aquella tierra baldía era ninguna parte, el sitio idóneo para acabar con alguien a quien todo el mundo deseaba ver muerto.

Porque allí, cerca de la feísima playa de Ostia, en ese espacio tan anodino y tan desdeñado que constituye parte de la nada, resulta que a Pier Paolo Pasolini, aquel hombre a quien tantos querían eliminar, no lo mató nadie. O lo mató un don nadie, un chapero, uno de esos individuos que la sociedad considera simple escoria, gente tan despreciable que cuando comete un crimen contagia a sus víctimas, las transforma en parte del delito. ¿Quién mató a Pasolini?, se preguntaron muchos, y la respuesta más general fue: sus propios vicios. Así, el asesinato del autor de Teorema ultimó su descrédito. A partir de ahí, empezó la leyenda, que se parece a aquel ángel de un relato de Borges que volaba a la vez hacia Oriente y Occidente porque es, al mismo tiempo, hermana gemela de la verdad y de la  mentira. Las leyendas son el antídoto de los hechos.


ATENAS 433 ANTES DE CRISTO


Historia menor de Grecia, Pedro Olalla, p. 40
Cuando el filósofo llegó a la ciudad, hace ya casi treinta años, Pericles era sólo un muchacho que entraba bajo su tutela intelectual; ahora, a la hora de partir, aquel muchacho es el genio indiscutible de la democracia ateniense, el preclaro estratega que, hace unos días, ha tenido que salir en defensa de su viejo maestro para que quienes exigen que pague con su vida un supuesto delito de impiedad se conformen con una multa de cinco talentos y una ignominiosa condena al exilio. Atenas ha cambiado mucho en las últimas décadas, pero no lo suficiente para que alguien que sostiene que el sol es una masa de rocas inflamadas por el choque y la ruptura del éter no sea acusado de impiedad. 
Anaxágoras deja una ciudad gobernada por el genio político de su discípulo Pericles, una ciudad que ha dado eco y reconocimiento al talento poético de su también discípulo Eurípides, una ciudad que, con el nuevo templo de Atenea, se ha convertido en capital indiscutible del espíritu griego. Pero las cosas, en el fondo, no han cambiado tanto, Atenas ha demostrado seguir siendo una ciudad tradicional, pía, supersticiosa y llena de fantasmas; fantasmas que, junto al templo de la diosa de la sabiduría, son invocados con solemnidad y sin rubor para desacreditar a cualquier disidente o a cualquier adversario político.
En sus últimas horas antes de partir para Lámpsaco, el maestro contempla desde lejos la Roca Sagrada. Con Anaxágoras, los atenienses envían al exilio al primer filósofo establecido en su ciudad, al primer hombre que, apartándose del lenguaje de los rapsodas, hizo circular una obra en prosa, al primero que se detuvo a indagar sobre el cielo y a escribir después un verdadero libro acerca de la naturaleza.

Comunismo y religión


Manual corsario, PP Pasolini, p. 472

Lo coexistencia del comunismo y la religión es concebible en una sociedad como, por ejemplo, la italiana. ¿Por qué? Porque Italia no es todavía un país completamente industrializado (el Sur forma virtualmente parte del Tercer Mundo) y, por lo tanto, para los campesinos y los últimos artesanos la religión es un fenómeno natural y sincero. También la burguesía italiana, que es muy reciente (casi todos nuestros abuelos eran campesinos: en 1870, cuando se alcanzó la unidad de Italia, el noventa por ciento de los italianos eran analfabetos), vive aún, con mentalidad rural, la religión como una necesidad. De los ocho millones de votantes comunistas, una gran parte no solo es católica por mentalidad, sino que además es practicante. El laicismo en Italia es un fenómeno aristocrático, cultivado por élites burguesas en el contexto europeo.

La Guerra Fría y el anticomunismo en Italia son, por lo tanto, dos cosas estúpidas, y el diálogo, instaurado por Juan XXIII, estaba ya en las cosas y en los hechos. Todo lo demás era herencia fascista.

Para los países totalmente industrializados y con grandes y viejas burguesías (Inglaterra, Estados Unidos) el asunto es muy distinto. El laicismo (que es la religión del liberalismo) tiene una gran difusión, también entre la clase trabajadora. Así pues, la religión (el protestantismo, religión tradicional de la burguesía) se ha liberalizado; comunistas, hay pocos. La cuestión del «diálogo» no está de actualidad; o en todo caso es un problema de asuntos exteriores.

Por tanto, comunismo y religión pueden coexistir en los países preindustriales, en los que comunismo y religión se oponen en concreto como dos ideologías distintas. En los países industrializados (capitalistas o socialistas) tal coexistencia no es más que un hecho teórico, porque en realidad no se da una coexistencia histórica y objetiva.

Para terminar, quisiera decir, no obstante, que lo contrario de la religión no es el comunismo (que, aunque haya tomado de la tradición burguesa el espíritu laico y positivista, en el fondo es muy religioso); lo contrario de la religión es el capitalismo (despiadado, cruel, cínico, puramente materialista, causa de la explotación del hombre por el hombre, cuna del culto al poder y nido horrendo del racismo).


INCIPIT 1.342. HISTORIA MENOR DE GRECIA / PEDRO OLALLA


INTRODUCCIÓN

 [ ... pues no es en las acciones más ilustres donde se manifiesta la virtud o la vileza, sino que, muchas veces, algo breve, un dicho o una trivialidad, sirven mejor para mostrar la índole de los hombres que sangrientas batallas, nutridos ejércitos o asedios de ciudades] . Plutarco, Vidas paralelas, Alejandro 1,.2

Sin duda con cierta ingenuidad, siempre he pensado que el fin de la historia es ayudar a mejorar el mundo. Y precisamente con esa ingenuidad-que me gusta creer que es la misma que ha impulsado a otros hombres a acciones desprendidas y valientes-está escrito este libro, esta historia de Grecia. Se llama menor porque no es una historia de los grandes personajes y hechos (o, al menos, no trata de ellos en la forma en que suele tratarse): esta Historia menor es una colección de gestos humanos en los que se demuestra la grandeza, la vileza o la contradicción.

La idea de la obra es recorrer la historia rastreando en esos gestos la formación y la supervivencia de una actitud vinculada a lo griego desde los lejanísimos días en que Homero comenzó la búsqueda de lo universal: la actitud humanista. Una actitud que, por supuesto, no es exclusivamente griega, que incluso ha sido reiteradamente traicionada por los griegos, pero que, sin duda, ha sido concebida,


INCIPIT 1.341. SANTANDER, 1936 / ALVARO POMBO


-¡Tú eres un señorito, Alvarín! -exclama Rafael Mazarrasa, dando una palmada en el hombro a su amigo.

-¡No se puede ser menos, desde luego! -contesta Alvarín, fruncido el ceño. Añade luego-: También eres tú un señorito. Es lo único que somos, señoritos del Muelle.

-¡Señoritos, sí, a mucha honra! Sí, nosotros llevamos corbata; sí, de nosotros podéis decir que somos señoritos ... ¿Te acuerdas de esas frases? Tú acababas de llegar a Santander, a España, a finales de octubre de 1933. Comentamos, ¿te acuerdas?, ese discurso. Somos señoritos porque así lo fueron siempre, en la historia, los señoritos de España. Así lograron alcanzar la jerarquía verdadera de señores, porque en tierras lejanas, y en nuestra patria misma, supimos arrostrar la muerte y cargar con las misiones más duras ...

-Señoritos es despectivo, somos niños bien, diga lo que diga José Antonio Primo de Rivera.

Es un día nublado de finales de 1934. El Muelle está casi vacío esta tarde. Santander, en cambio, está repleta de agitación a finales de ese año. Será una Navidad agitada por fuera y remansada por dentro. Mercedes, la cocinera, hará una rica cena de Navidad: un pavo asado relleno de manzanas y de pasas.


KUOROS DE CRESO


Historia menor de Grecia, Pedro Olalla, p. 34

ANÁFLISTOS, ÁTICA

525 ANTES DE CRISTO

Según lo convenido con el maestro estatuario, esta mañana han llegado al taller los padres de Creso, el joven soldado de Anáflistos muerto en combate el pasado verano. Vienen a recoger la estatua funeraria que adornará la tumba de su hijo.

En la pequeña estancia dispuesta para la entrega, aquel inmenso bloque inerte traído desde Paros en barco y arrastrado hasta aquí sobre un carro de bueyes ha perdido su horizontalidad y su peso, se ha puesto sorprendentemente en pie apoderándose de la figura del muchacho, cobrando ligereza y vida ahora que ha pasado la muerte.

La visión de la estatua produce escalofríos. Por alguna razón, esta imagen de mármol no es como los colosos votivos del cercano santuario de Sunion, simbólicos y ausentes. Aquí, detrás de la sonrisa y la mirada, han quedado atrapadas la serenidad y la inocencia; ese pecho espacioso entregado a la luz parece aún lleno del aire limpio de la bahía; esos músculos nítidos y turgentes son, sin lugar a dudas, los de aquel muchacho que aún era un niño hace apenas tres años.

Pasados unos minutos, el lapicida entra en la sala con gesto reverente y solicita las palabras para grabar el epitafio. El padre le hace entrega de un trozo de papiro escrito la pasada noche. Su esposa y él han decidido que no habrá ningún elogio épico, ninguna alusión al valor o a la patria, ninguna mención al enemigo.

PARATE Y LAMENTATE

ANTE LA TUMBA DEL DIFUNTO CRESO

A QUIEN ANIQUILO EN EL FRENTE EL FURIOSO ARES


PIO PIO


Familia, infancia y juventud, Pío Baroja, p. 263

Estaba uno en esa edad en que todas las mujeres le gustan: las bonitas, las feas, las solteras, las casadas, las niñas y las viejas.

Las chicas aquellas, compañeras de la infancia, me manifestaron un desdén, que, a la larga, me produjo indignación. Si les hacía alguna pregunta, me respondían por compromiso y con aire fastidioso: «sí», «no», como si no valiera la pena de ocuparse de lo que se les decía.

Sin duda, para ellas no había que fijarse en un joven si no era rico o elegante.

En mi tiempo, las muchachas eran como plazas fuertes atrincheradas y amuralladas. Llevaban un corsé que era como la muralla de la China o el baluarte de Verdún. Si por casualidad ponía uno la mano en su talle, encontraba una coraza tan dura como la que podía llevar a las cruzadas Godofredo de Bouillon.

Si uno pretendía entrar en relación con uno de aquellos verdunes vivos, le contestaban varios días o semanas «sí» o «no», como Cristo nos enseña.

Únicamente si podía uno presentar en el estandarte un sueldecito o una renta, bajaba el puente levadizo del castillo y se parlamentaba.

Yo muchas veces he pensado que, quizá por la presión local, las mujeres jóvenes de esa época en España no tenían ningún sentido erótico. Quizá el sentido erótico lo tenían más tarde; pero en plena juventud no pensaban en el matrimonio más que como una carrera. Como en San Sebastián yo no tenía amigos y las chicas que conocía de hacía tiempo se mostraban tan desdeñosas conmigo, la estancia comenzó a serme aburrida, y empecé a acariciar la idea de regresar a Madrid, para lo que pronto encontré el pretexto.


HEDY LAMARR


Lo que la primavera, Marta Robles, p. 322

Hedy Lamarr se deja querer y comparte estrellato con Charles Boyer, Clark Gable, Lana Turner o James Stewart. Pero, aunque la reclaman de todas partes, ella no acude a ninguna fiesta. No sale por la noche. No bebe. Pasa las noches enteras dedicada a lo que es, más que un hobby, una obsesión: inventar.

Primero se fija en las alas de los aviones y decide que no son lo suficientemente rápidos por su culpa, por lo que, tras estudiar las de los pájaros y los peces voladores más rápidos del mundo, realiza un dibujo muy parecido al de las alas actuales que le regala a su amigo Howard Hughes («El peor amante que he tenido»). Poco más tarde, preocupada por el avance del nazismo y ya con el título de ingeniera de telecomunicaciones en su poder, su amigo, el compositor musical George Antheil, con quien sostiene una relación magnética (es de suponer que también sexual), se convierte en su principal aliado en la creación de un sistema secreto de comunicaciones a partir de dos tambores perforados y sincronizados, que funciona con 88 frecuencias y es capaz de hacer saltar las señales de transmisión entre las frecuencias del espectro magnético.

La pareja registra la patente bajo el número 2.292.387 a nombre de H.K. Markey (las iniciales de su nombre real y el apellido de su segundo marido, con el que por entonces está casada) y de George Antheil y se la ofrece a la Armada de los Estados Unidos, además de entregarle la información recopilada por Hedy en todas esas reuniones de trabajo a las que su marido la obligaba a acompañarlo. Por sorprendente que parezca, el ejército rechaza el invento: es demasiado adelantado para su tiempo.

Pasan décadas hasta que el mundo reconoce la magnitud del descubrimiento. En 1996, cuatro años antes de la muerte de Hedy a sus ochenta y cinco, la Eletronic Frontier Foundation reconoce, por fin, su mérito y honra a los inventores como pioneros del mundo digital por ese invento que abrió las puertas a las redes inalámbricas. Pero Hedy no acude a recogerlo. George, ya fallecido, no llega a disfrutar del éxito. Mucho antes, la misma Marina, que no reconoce el hallazgo («Eso déjelo para nosotros. Usted aproveche su belleza para vender bonos de guerra», le dicen los altos mandos a Hedy, que sigue el consejo a rajatabla y vende bonos y besos para hacer su contribución al ejército), al vencer la patente sin que la actriz se preocupe por renovarla («No sabía que había que hacerlo», dice ella), se apropia del invento y lo usa, por primera vez de manera oficial en 1962 en las crisis de los misiles soviéticos en Cuba.


VIRGINIA Y VITA


Lo que la primavera, Marta Robles, p., 243
Vita adquiere un protagonismo extraordinario en la vida de Virginia. La amistad de las dos mujeres las enriquece a ambas. Les proporciona tanto placer estar juntas que Vita invita a su enamorada a conocer el castillo familiar y a sus padres. Y Virginia aprovecha para utilizarlo, al igual que la historia de los Sackville, en una de sus grandes novelas, Orlando, una obra muy curiosa que traspasa los géneros literarios y sexuales. La aristócrata sabe que Virginia es mucho mejor escritora que ella, pero también que ella lleva las riendas en el amor. De hecho, Virginia, en cierto modo, envidia su libertad y emancipación en todos los campos. «Es lo que yo nunca he sido) una mujer de verdad», llega a escribir en su diario al describirla controlando su casa, al servicio, los animales, conduciendo, habiendo pasado por la maternidad ... Admira su libertad y capacidad y la considera el modelo de mujer del futuro (no va descaminada), aunque critique su falta de reflexión y considere que «su cerebro no está tan bien organizado como el mío». Pese a todo, sus conversaciones, que escribe durante la amistad amorosa con Vita, guardan muchas referencias de la infinitud de temas que tratan y de los puntos de vista de ambas. Y su amistad siempre le va a servir para analizar muchas cuestiones en su literatura ... , porque el amor se acaba.
Virginia y Vita, como todos los enamorados, piensan que su amor durará para siempre, pero, como casi todos los amores, tiene fecha de caducidad. Y es Vita la que pone el punto y final a la relación propiamente amorosa. Durante un tiempo, la alterna con otras, y Virginia sufre con su promiscuidad mientras los celos la consumen. Pero es que Vita necesita más: más amor, más pasión, más sexo, más atención y menos apego de su amada a su marido ... Y un día, como pasa en tantos amores, hasta la propia Virginia deja de sentir todo lo que piensa que jamás dejará de sentir. Y así lo escribe en su diario:
Y ahora tengo que hacer una afirmación extraña: mi amistad con Vita ha terminado.

OSCAR WILDE


Lo que la primavera, Marta Robles, p. 228

Aunque, como desahogo, también preso, alumbra la hondísima De profundis, una larga y doliente epístola que contiene una conmovedora reflexión sobre la actuación de Queensberry contra él, apoyada en una de las cartas que Wilde escribió a su hijo Bosie al poco de conocerlo. Es una obra repleta de despecho y de tristeza, donde expone su tormentosa relación con Alfred Douglas, pero también una epístola que exhala espiritualidad. En ella revisa no solo  los malvados actos de Bosie, sino la figura de Jesucristo y el cristianismo, como también sus propios errores, al tiempo que subraya el amor que ni aún entonces ha dejado de sentir por quien le ha utilizado, se ha gastado su dinero y le ha traicionado con mentiras. La ruina sentimental, emocional y económica (retiran sus obras de las librerías, venden su biblioteca, sus muebles y vacían sus cuentas bancarias para indemnizar a Queensberry) le incitan a intentar suicidarse en aquella celda de tres por dos metros, donde apenas cabe. Al salir es otro. Enfermo, apagado, destruido ... Su cabello se ha vuelto blanco y su mirada melancólica. Viaja a Francia empujado por el ostracismo social, bajo el nombre de Sebastian Melmoth, para eludir el agravio que le supone el suyo; pero antes claudica a la insistente demanda de Bosie (pese a que nunca lo visitó en la cárcel) y acude a verlo a Nápoles, en vez de regresar con su esposa y sus hijos. El fracaso de aquella segunda vuelta de la relación, sin el dinero de Wilde para pagar los caprichos de Bosie, se produce a los pocos meses. Wilde parte entonces definitivamente para Francia y se aloja en el hotel d'Alsace, donde escribe algunos artículos con pseudónimo y mal pagados y termina La balada de la cárcel de Reading, el bello poema que empieza a escribir en prisión y que alcanzará un notorio éxito. Enferma de meningitis, se convierte al catolicismo en sus últimas horas (¡qué habría dicho su padre!) y el 30 de noviembre de 1900 muere, alcohólico, tras un agónico estertor y dejando una deuda de ochocientos francos en el hotel, que paga su incondicional amigo Robert Ross. Solo cincuenta y seis personas acuden a la se encuentra su tumba.


INCXIPIT 1.340. UN PASEO EN COCHE POR GRETAER NOIDA / DEEPTI KAPOOR

Carta de la autora

Escribo estas líneas desde mi antigua casa de Nueva Delhi, sentada en una habitación de paredes frescas en una ciudad abrasadora mientras fuera, en la calle, las ramas de los árboles están llenas de periquitos y de koeles, y unas cometas negras cabalgan sobre las corrientes de aire por encima de la centenaria tumba de Humayun. La estación de Nizamuddin está a tiro de piedra de aquí. La circulación de los trenes es constante y el ruido de sus silbatos se me cuela en el cerebro mientras duermo. En momentos así, vuelvo a enamorarme de la ciudad, y aunque ahora vivo en Lisboa, pienso en este lugar como en mi verdadero hogar.

¿Y cómo no iba a hacerlo? Todo lo que escribo está impregnado con la vida de estas calles. Pasé años recorriéndolas de forma obsesiva, fumando un cigarrillo tras otro en mi coche, a la caza de buenas historias, muchas veces en el sitio equivocado. Era una periodista pésima, pero lo que es malo para el periodismo puede ser bueno para la ficción, y unos valores morales que hace un tiempo podían ser confusos e indolentes pueden esclarecerse y fortalecerse con los años hasta someter lo malo y convertirlo en lo que he escrito en estas páginas.


LORD BYRON


Lo que la primavera, Marta Robles, p. 34

Difícil saber cómo dispone de tiempo para todo, si se atiende a su propia leyenda, que cuenta que, tras abandonar su Inglaterra natal, Byron tiene más de doscientas cincuenta relaciones con las correspondientes mujeres. Y parece que hay incluso una prueba de ello, que es la recopilación que hace el poeta de muestras del vello púbico de cada una. Esa pubefilia está tan extendida entre el género masculino que existe un mercado de compraventa de las colecciones que, como Byron, atesoran con primoroso cuidado numerosos fetichistas.

Lord Byron, el hombre que ama a mujeres incontables y al que también se le conocen relaciones con jóvenes de todos los sexos en sus viajes por Oriente, al final de su vida, tal vez rememorando la Grecia clásica, cuenta con una historia personal que tiene mucho que ver con su obsesión por el sexo. O tal vez con la necesidad de multiplicar sus relaciones sexuales -que comienzan muy pronto, cuando él es tan solo un niño-, para agrandar su autoestima.

George Gordon Byron tiene tan solo nueve años cuando Mary Gray, su institutriz, fanática seguidora del calvinismo y devota religiosa, que le enseña la lectura a través de los pasajes bíblicos, lo inicia en las artes amatorias. Con ella, y a tan temprana edad, pierde la virginidad. Y desde ese encuentro sexual, seguramente determinante, el poeta sostiene innumerables relaciones carnales sobre todo con mujeres, pero también con hombres, que según muchos de sus biógrafos exceden las trescientas.


CELESTE ALBARET


Monsieur Proust, Céleste Albaret, p. 412

La imagen que guardo de él en mi corazón es la más bella de todas y el más hermoso de los recuerdos. En ella está tan maravilloso como siempre. Príncipe entre los hombres y príncipe de los espíritus.

Nunca me ha abandonado. En la vida, cada vez que tuve que hacer una gestión, encontré a un admirador de monsieur Proust que me ayudara, y era como si, desde la muerte, hubiera seguido protegiéndome. Al igual que dije al principio de este libro, cada vez que tengo que resolver un problema personal, tomo consejo de su recuerdo, y el asunto se simplifica.

Muy recientemente ocurrió una extraña historia. En el tiempo del boulevard Haussmann, una noche en que me estaba enseñando objetos que me había pedido que sacara del cajón de recuerdos de la cómoda, especialmente unos bonitos pendientes, largos y de coral, que habían pertenecido a su madre, me dijo:

-Creo que le quedarían bien a mi sobrina Suzy. Lléveselos, Céleste.

Después, a mi vuelta:

-Ah, tenga, aquí está mi alfiler de corbata de ópalo. Desgraciadamente, lo he aplastado con el pie. Es una pena. El ópalo es tan bonito ... ¿Lo quiere? Se lo regalo.

Me lo hice montar en un anillo y ya no salió de mi dedo. Más tarde, mucho más tarde, quise dárselo a mi hija. Pero Odile tenía miedo de perderlo y, sabiendo que para mí era importante, prefirió dejármelo. Yo lo llevaba noche y día. Después, un día, lo pierdo. Desolada, hago como mi madre: rezo a san Antonio (ella me decía que gracias a él lo encontraba siempre todo).

Aquel mismo día, Odile me había llevado unas verduras que yo había elegido, lavado, cocido y picado. Llega la hora de sentarnos las tres a la mesa; la tercera era mi hermana Marie, que vive conmigo. Comemos la verdura. De repente, Odile se para en seco, con aire inquieto. Yo le digo:

-¿Qué pasa? ¿Te has roto un diente?

Era el ópalo de monsieur Proust.

Entonces supe que no me había abandonado, del mismo modo en que tampoco yo le había abandonado a él.


DUQUESA DE GUERMANTES


Monsieur Proust, Céleste Albaret, p. 186

Me hablaba de un lujo inaudito, de los criados, de las flores, de los cuadros, de las arañas de cristal, de las joyas, de los coches de caballos que invadían el barrio, llevando y esperando a los invitados.

-¡Era de una magnificencia increíble, Céleste, y a veces con unas excentricidades ... !

Y lo evocaba corno un sueño, aunque no lo aprobara todo.

-Figúrese que una noche, en una cena de madame Straus, compareció un hombre con un mono vestido con plastrón y traje completo. Aparte de que a mí no me gustan los animales, era algo de un mal gusto indecente. Y en casa de madame Greffulhe, con motivo de una fiesta de disfraces, vi a dos cachorros de león que tiraban de pequeñas carretillas que contenían los accesorios del baile, conducidos por cuatro de los cuarenta y cinco sirvientes de la condesa, vestidos de librea. También aquello me pareció excesivo. Además, aunque los cachorros de león habían sido bien adiestrados, nada les impidió arrancarle un brazo al portero al día siguiente.

Pero no cabía duda de que sentía una gran debilidad por madame Greffulhe.

-Hoy puedo confesarlo, Céleste -me dijo una noche-. Creo que, desde la primera vez que la vi, quedé totalmente seducido. Tenía raza, clase, prestancia, un modo de erguir la cabeza ... ¡Y qué forma de llevar un ave del paraíso en el cabello! ¡Era única! Y, con sus manos ágiles, imitaba la graciosa pose del pájaro sobre el peinado.

-Era innato en ella -me decía-. Era única. No sé cuántas veces habré ido a la Ópera sólo para admirar su porte al subir las escaleras. Yo estaba allí, al acecho. La veía pasar, el cuello graciosamente erguido bajo el pájaro que parecía haberse posado por sí mismo. Era una delicia.

Pero tuvo pocas ocasiones de ver a la condesa, salvo en algunas recepciones en su casa a las que era invitado, y en algunos festejos mundanos, fiestas o bodas. Y se debió en gran parte a los celos del conde, que no tenía reparos en decir que no le gustaba monsieur Proust y que no aprobaba la amistad que mantenía con su mujer.


PROUST AL FINAL


Monsieur Proust, Celéste Albaret, p. 399

Aquella noche del 17 al 18 de noviembre, me llamó a medianoche, para que me quedara a su lado, tal como le había dicho a su hermano.

Me recibió con una voz casi alegre:

-Pues bien, mi querida Céleste, usted va a sentarse aquí, en el sillón, y vamos a trabajar juntos.

Añadió:

-Si supero esta noche, probaré a los médicos que soy más fuerte que ellos. Pero hay que superarla. ¿Cree que lo conseguiré? «Naturalmente», protesté con toda sinceridad, pues estaba segura de que sí. Me inquietaba pensar que iba a cansarse todavía más, pero eso era todo.

Me instalé y no le dejé hasta horas después, por muy breves momentos. Primero hablamos un poco; después retomó las correcciones y los añadidos. Empezó su trabajo dictándome, hasta las dos de la madrugada. Yo no debía de ir muy aprisa, porque empezaba a sentirme agotada, y además hacía un frío terrible en la habitación. Yo estaba helada.

En determinado momento, me dijo:

-Creo que me canso más de dictar que de escribir, a causa de la respiración.

Cogió su pluma y siguió solo, durante más de una hora.

La imagen de las agujas en la esfera de su reloj se me quedó grabada en el momento en que la pluma dejó de deslizarse sobre el papel y él la soltó. Eran exactamente las tres y media de la mañana.

Me dijo:

-Estoy demasiado cansado. Paremos, Céleste. No puedo más. Pero quédese aquí.

Más tarde, el profesor Robert Proust me explicó que fue seguramente a esa hora cuando el absceso del pulmón reventó, y provocó una septicemia.

Monsieur Proust todavía me dijo: -¿No se olvidará de pegar los papeles en su lugar, Céleste? Sobre todo no lo olvide ... Es importante.

Me dio todas las indicaciones sobre los lugares exactos. Después repitió:

-¿Lo hará bien, verdad, Céleste? ¿No lo olvidará?

Yo respondí:

-Claro que no, monsieur, puede estar tranquilo. Ahora descanse. ¿Y si tomara algo caliente?

Se negó y me dijo, con esa mirada de afecto que no he visto en nadie más:

-Gracias mi querida Céleste


INCIPIT 1.338. ALIAS / BORGES, BIOY


Transcribimos a continuación la silueta de la educadora, señorita Adelma Badoglio:

«El doctor Honorio Bustos Domecq nació en la localidad de Pujato (provincia de Santa Fe), en el año 1893. Después de interesantes estudios primarios, se trasladó con toda su familia a la Chicago argentina. En 1907, las columnas de la prensa de Rosario acogían las primeras producciones de aquel modesto amigo de las musas, sin sospechar acaso  su edad. De aquella época son las composiciones: Vanitas, Los Adelantos del Progreso, La Patria Azul y Blanca, A Ella, Nocturnos. En 1915 leyó ante una selecta concurrencia, en el Centro Balear, su Oda a la "Elegía a la muerte de su padre''. de Jorge Manrique, proeza que le valiera una notoriedad ruidosa pero efímera. Ese mismo año publicó: ¡ Ciudadano!, obra de vuelo sostenido, desgraciadamente afeada por ciertos galicismos, imputables a la juventud del autor y a las pocas luces de la época. En 1919 lanza Fata Morgana, fina o brilla de circunstancias, cuyos cantos finales ya anuncian al vigoroso prosista de ¡Hablemos con mds propiedad! (1932) y de Entre libros y papeles (1934). Durante la intervención de Labruna fue nombrado, primero, Inspector de enseñanza, y después Defensor de pobres. Lejos de las blanduras del hogar, el áspero contacto de la realidad le dio esa experiencia que es tal vez la más alta enseñanza de su obra. Entre sus libros citaremos: El Congreso Eucarístico: órgano de la propaganda argentina; Vida y muerte de don Chicho Grande;¡ Ya sé leer! (aprobado por la Inspección de Enseñanza de la ciudad de Rosario


BARON DE CHARLUS


Monsieur Proust, Celéste Albaret, p. 293

Por supuesto, una de las cosas que más fascinaba a monsieur Proust en el personaje del conde era la particularidad de sus amores. Siguió y observó paso a paso, corno todo lo demás, el gran afecto que experimentaba Montesquiou por su secretario, Yturri, un sudamericano que ceceaba y llamaba a su jefe 

«Moussou lé Comté». La historia era la comidilla de todo París, y estoy segura de que monsieur Proust encontró en ella una fuente inagotable para su barón de Charlus. A menudo me decía que le caía bien Yturri y que no entendía por qué los amigos del conde se burlaban tanto de su secretario, pues era un muchacho amable y muy entregado a su jefe, al que sacaba de todos los problemas, sobre todo de los monetarios, que eran frecuentes.

-Le mató aquella devoción -me decía-. Cuando Yturri murió, poco después que mi madre, el mismo año 1905, escribí una larga carta al conde para hacerle saber que comprendía y compartía su dolor, pues, en el fondo, era un poco una madre lo que él había perdido. Yo le decía en la carta: «Su duelo es el mismo que el mío».

Pero cuando, inmediatamente, Montesquiou sustituyó a Yturri por otro secretario, Henri Pinard, todo terminó. Monsieur Proust perdió interés por el conde: había extraído de él cuanto necesitaba. Poco a poco, sus encuentros se fueron espaciando. La relación continuó por correspondencia, pero era sobre todo el conde quien la continuaba.

La principal razón era naturalmente que Montesquiou se reconocía en el barón de Charlus de los libros.

-La primera vez que creyó reconocerse -me decía Monsieur Proust riendo- estaba como un león enjaulado.

Naturalmente también, monsieur Proust le abrumó de explicaciones, y el conde se rindió a sus discursos.

-Al menos lo fingió -me dijo monsieur Proust-. Además, se acostumbró -añadió, riendo.

Y me contó que ya Huysmans se había servido de él para su personaje del duque Des Esseintes en su novela, A rebours. Uno acaba por preguntarse si, en el fondo, Montesquiou no se sentía halagado.

Entre los argumentos de monsieur Proust figuraba que el barón de Charlus era un hombre gordo, mientras que el conde Robert era delgado como un fideo. Pero no creo que monsieur Proust llegara a explicarle que había tomado la corpulencia de Charlus del barón Doasan, que pertenecía también a «la raza maldita de los hombres-mujer, descendientes de aquellos habitantes de Sodoma que escaparon al fuego celeste», como se dice en el libro. Lo seguro es que la última visita de Montesquiou a Monsieur Proust estuvo relacionada con el barón de Charlus.


MONSIEUR PROUST


Monsieur Proust, Celéste Albarte, p. 284

-Pero, Céleste, no se trata de un don. Es, en primer lugar, una facultad intelectual que se cultiva y que a la larga se convierte en una costumbre. Como había muchas actividades que me estaban prohibidas, permanecía inmóvil mucho tiempo, en medio del ajetreo de la vida, y aunque sólo fuera para distraerme, miraba agitarse a los demás, muchas veces con envidia, lo que me llevaba a observarlos aún mejor. Empecé de muy niño. A partir del día en que tuve asma, tanto en los Champs-Elysées como en el Pré Catelan de Illiers, en casa de mi tío Amiot, no podía correr, me paseaba. En Illiers, pasaba horas enteras mirando fluir el agua del Loir, y después leyendo o escribiendo en el pequeño pabellón con toda la naturaleza ante mis ojos. Lo mismo ocurría cuando acompañaba a mi tío en su tílburi; veía cómo se desplegaba y se movía el paisaje, y cómo los campanarios de los pueblos sonaban en la llanura. La vida, las personas, son también una naturaleza que se despliega y pasa; pero, a fuerza de mirar, de observar, uno acaba por interesarse en las relaciones y, como los sabios, a través de las relaciones, con reflexión, se llegan a descubrir las leyes.

También me decía, señalando con un gesto sus ojos y su frente:

-Todo está anotado aquí, Céleste. Si no hay memoria, no se puede comparar, y sólo comparando se llega a completar el pensamiento. Pero nunca se acaba. Por eso necesito siempre ir a ver las cosas una y otra vez.

-La verdad de la vida está en la observación y la memoria. Si no, se limita a pasar. He puesto toda mi observación y toda mi memoria en mis personajes, para que sean verdaderos. Para ser verdaderos, tienen que estar completos. Por eso a cada uno le he vestido y peinado a base de los detalles y el recuerdo de tantos otros a los que he observado a lo largo de mi vida.


GIDE Y PROUST


Monsieur Proust, Celéste Albaret, p. 325

-He visto el paquete antes y después, Céleste -me decía-. Y estoy completamente seguro de que volvió intacto, tal como yo lo había enviado. Por muy artista que uno sea, deshacer un tipo de nudo tan especial como el que hace Nicolas, y repetirlo luego exactamente igual, y además en el mismo punto, reconocerá usted que es muy difícil, o incluso simplemente imposible. También Nicolas estaba seguro de que no se había deshecho el nudo.

A monsieur Proust le divertía mucho la historia. Siempre se reía cuando me la contaba, y lo hacía con gran sentido del humor. Me decía:

-Como el manuscrito era grueso y pesado, Nicolas fue a buscar papel muy fuerte a la librería de abajo. ¡ Y cuando pienso en todo lo que se esforzó con el nudo del cordón ... !

En cualquier caso, siempre estuvo convencido de que el rechazo de André Gide obedecía a un prejuicio, debido a que, precisamente porque había conocido a monsieur Proust en los salones y había seguido oyendo hablar de él en esos medios, le había clasificado de antemano como un «dandy mundano», sin ni siquiera tomarse la molestia de leer el libro.

-Me juzgó de acuerdo con la idea que se había formado de mi vida, de mis hábitos mundanos. Mi camelia en el ojal seguramente les había incitado a él y a sus amigos a pensar que yo era un inútil -me decía monsieur Proust, con los ojos centelleantes de ironía.

Pero nunca, ni siquiera en los inicios de mi vida a su lado y en sus primeras confidencias, cuando el recuerdo era más o menos reciente, hizo alusión a ello con el menor rastro de acrimonia, rencor o despecho, ni siquiera para decirme que, a fin de cuentas, si Gide oía hablar de él en los medios mundanos era porque también los frecuentaba y quizá fuera tan «dandy» como él.


INCIPIT 1.337. LO QUE LA PRIMAVERA HACE CON LOS CEREZOS / MARTA ROBLES


Hablemos de amor. De pasiones. De sexualidad. Hablemos de todo aquello que no somos capaces de entender pero que necesitarnos sentir para saber que estarnos vivos. ¿Es posible vivir sin ningún tipo de amor? Amor a la humanidad, amor paternal, amor filial, amor cortés, amor romántico, amor de amistad ... Hay tantos amores corno personas y hasta explicaciones. Tantas formas de amar corno de mirar. Pero ¿son todas amor? ¿También las posesivas, tóxicas y hasta vampíricas? ¿Qué es el amor? Los griegos, que repartían el amor en muchas categorías y lo mencionaban con frecuencia, luego -al menos en la Atenas del siglo V a. C.- encerraban a las mujeres «amadas» por sus maridos, las decentes, mientras ellos compartían y departían entre sí y con esas otras mujeres, las hetairas, a las que, supuestamente, no podían amar, sino solo desear. Mi tan admirado corno querido Juan Eslava Galán asegura que es Safo, la poeta griega, quien inventa, un siglo antes y en la isla de Lesbos, el concepto de amor tal y corno lo conocernos hoy. Y es cierto que en lo poco que nos ha llegado de ella cabe casi todo el amor de todos los tiempos.
Inventado, real o puro espejismo cristalizado stendhaliano, el amor es un sentimiento tan inexplicable corno maravilloso, tan extraordinario corno perturbador, que muchos excelsos pensadores detestan por la zozobra que provoca. No solo nuestro gran Ortega y Gasset lo consideraba un «estado de imbecilidad transitoria”, también los griegos y romanos renegaron

SADO


Monsieur Proust, Céleste Albarte, p. 229
-Mi querida Céleste, lo que he visto esta noche es inimaginable. Llego de casa de Le Cuziat, como usted sabe. Me había indicado que había un hombre que iba a su casa para que le flagelaran. He asistido a toda la escena desde otra habitación, a través de una ventanita abierta en la pared. Es increíble, ¡se lo juro! Yo tenía mis dudas. Quería asegurarme, y lo he conseguido. Se trata de un gran empresario que hace el viaje desde el norte de Francia especialmente para esto. Figúrese que está allí, en una habitación, atado a una pared con unas cadenas provistas de candados, y que un tipejo inmundo, sacado de quién sabe dónde y al que pagan para ello, le da latigazos en la espalda, hasta que la sangre brota por todas partes. Sólo entonces el pobre diablo consigue disfrutar del máximo placer.
Yo estaba tan impresionada y tan horrorizada que le dije: -Monsieur, no es posible, ¡eso no puede existir!
-Sí, Céleste. No me invento nada.
-Pero, monsieur, ¿cómo ha podido usted mirarlo?
-Justamente, porque no es algo que se pueda uno inventar.
Y, comno yo le dijera que, a mis ojos, Le Cuziat era un monstruo, él me respondió:
-Ah, Céleste. No vaya usted a creer que a mí me gusta. Y usted tiene razón; no es un buen tipo. Todavía peor, me da asco. Pero esta tarde he aprendido algo.
-¿ Y ha pagado usted mucho por ver eso, monsieur?
-Sí, Céleste, pero era necesario.
-Pues bien, monsieur, cuando pienso que usted me dice que ese hombre horrible pasa temporadas en la cárcel, ¡yo creo que debería pudrirse allí!
Se echó a reír.
-Querida Céleste, ¡y él que la alaba tanto! El otro día me preguntó extasiado si era usted quien hacía relucir así mi bandeja de plata. Se deshacía en elogios.
Y yo:
-¡No quiero para nada los elogios de semejante monstruo!
En cualquier caso, aquella noche hablarnos de la horrible escena de la flagelación durante horas. Yo, abrumada, corno he dicho  y él, repitiéndola una y otra vez, corno para no olvidar nada y, a su manera, planificando ya en voz alta su redacción.

PROUST


Monsieur Proust, Céleste Albarete, p. 228

No voy a comentar las estupideces que se han contado y han sido recogidas en un libro, y que tendrían más o menos como escenario el establecimiento de Le Cuziat: una historia de ratas atravesadas por espinas cuya agonía habría ido él a contemplar, y aquella según la cual habría mostrado fotografías de su madre a los rufianes de la casa, para que se burlaran de ellas y disfrutaran el placer del sacrilegio. ¿ Cómo se atreven a publicar semejantes aberraciones? Monsieur Proust tenía desde siempre fobia a las ratas, hasta el punto, me contó un día, de que ni siquiera podía soportar su simple vista. Respecto a las fotografías de su madre, nunca salieron de los cajones de la cómoda de su habitación, excepto cuando me pedía que las cogiera para volver a verlas o para enseñármelas, siempre con amor y emoción. Por último, nunca sacaba nada de casa, y, salvo sus comidas, sus utensilios de aseo, su ropa, sus cuadernos y su portaplumas, nunca manipulaba nada con las manos. Aunque parezca extraordinario, si pienso que me llamaba a mí para que le diera cualquier cosa, por pequeña que fuera, la idea de que hubiera abierto un pesado cajón para escoger determinadas fotos, meterlas en un sobre, y después llevárselas y hacer las manipulaciones subsiguientes es completamente impensable para alguien que le conociera como yo. La única cosa que sacó de su casa fue azúcar, que me hizo preparar en un paquete para regalárselo a mi cuñada, madame Lariviére, durante las restricciones de la guerra.


DUELO


Monsieur Proust, Celéste Albaret, p. 188

De todos modos, recuerdo que, cuando me habló del duelo que mantuvo en aquel tiempo con el escritor Jean Lorrain por un artículo malintencionado que éste había escrito sobre él, no pude evitar exclamar:

-Monsieur, ¡no es posible! ¡No me le imagino a usted con un revólver! ¡Qué idea, ir a pegar tiros!

-¿Por qué no?

-¡ Usted parece tan tímido y tan dulce!

-No podía escabullirme, Céleste. Era lo que había que hacer.

-¿Como las flores de Todos los Santos?

Se reía.

-Sé que no le gustan los comentarios desagradables -decía yo-. Se nota sólo con ver con cuánta energía arquea la espalda cuando me los repite. ¡Pero de ahí a recurrir a la pistola o a la espada! No me diga que acudió al duelo.

-Claro que sí, Céleste.

-¿Su madre estaba al corriente?

-Sí.

-¡Debió sentirse tan desdichada!

-Es cierto. ¡Pobre mamá! Ella no quería que fuera. Muchas otras damas tampoco. Pero aquel hombre me había ofendido y nadie me movió a hacerlo: fui yo quien quiso ese duelo. Jean Lorrain estaba celoso del prólogo que Anatole France había escrito para mi libro Los placeres y los días; sostenía que sólo era un cumplido de salón para un joven mundano enfermo de literatura. Intercambiarnos unos disparos en los bosques de Meudon al amanecer. Sólo se trataba de un gesto.

Y añadió, burlándose:

-Todo el mundo dijo que yo había sido «muy valiente» ... , aunque cometí la imprudencia de escribir en una carta que había llorado en las horas que precedieron al duelo. Cierto que también había escrito: “... Y sin embargo no soy un cobarde”.


INCIPIT 1.338. MONSIEUR PROUST / CELESTE ALBARET


Veo entrar a un gran señor

Hace ahora sesenta años que le vi por primera vez, y, sin embargo, parece que fue ayer. A menudo me decía: «Cuando yo haya muerto, usted recordará siempre al pequeño Marcel, porque no encontrará nunca a nadie como él». Y ahora me doy cuenta de que tenía razón, como, por otra parte, la tenía siempre. Nunca he dejado de pensar en él ni de tomarle como ejemplo. Las noches que no duermo, es como si me hablara. Surge un problema, me pregunto: «Si él estuviera aquí, ¿qué me aconsejaría? ». Y oigo su voz: «Querida Céleste ... », y sé lo que me diría. Creo que él me envía todas las cosas buenas que me pasan, porque sólo deseaba mi bien. ¡Se ponía tan contento cada vez que me ocurría algo bueno o que alguien le hablaba elogiosamente de mí! Cuando uno ha tenido de vivo el poder que él tenía, es imposible que lo pierda después, y estoy segura de que, incluso en el más allá, sigue a mi lado.

Diez años no es mucho tiempo. Pero se trataba de Monsieur Proust, y estos diez años en su casa, a su lado, constituyen toda una vida para mí, y agradezco al destino que me la concediera, porque no hubiera podido soñar una vida más hermosa. Yo no me daba enteramente cuenta. Vivía día a día, contenta de estar allí. Cuando  se lo decía, él me dirigía aquella miradita escrutadora, irónica y amable a la vez, y replicaba: «Veamos, querida Céleste, ¿no resulta un poco triste pasarse las noches enteras aquí, con un enfermo?». Y yo protestaba. Él bromeaba, pero había adivinado antes que yo lo que aquella existencia representaba para mí. Es difícil de expresar. Se trataba de su encanto, su sonrisa, su forma de hablar, con su pequeña mano apoyada en la mejilla. Marcaba el ritmo de la canción. Cuando la vida se detuvo para él, se detuvo también para mí. Pero la canción ha subsistido.


DUQUESA DE GUERMANTES


Monsieur Proust, Celéste Albaret, p. 183

Pero creo que, entre todas estas damas, la que más importancia tuvo para monsieur Proust fue madame Straus, la viuda de Georges Bizet, que había vuelto a casarse. En su libro la convirtió en duquesa. Aunque no todos, sí una gran parte de los ingredientes de la duquesa de Guermantes se deben a ella, como a madame Lemaire y a madame de Caillavet los de las damas burguesas.

Hubo entre Proust y madame Straus una amistad que duró hasta la muerte; y en él, cuando era joven, e incluso después, antes de que yo le conociera, una gran ternura, de la que, por delicadeza, nunca me habló explícitamente. Pero yo lo percibía en la forma en que me pedía, con bastante frecuencia, que sacara del cajón de la cómoda una fotografía de ella vestida de luto, antes de que se Convirtiera en madame Straus. Y la miraba largo rato.

-¡Ah, Céleste! ¡Qué hermosa estaba con estos velos!

Era mucho mayor que él, puesto que se trataba de la madre de Jacques Bizet, su antiguo compañero de clase. Pero sentía por ella inmensa admiración y devoción, y no era difícil adivinar las emociones que habría despertado en él durante las turbulencias propias de la adolescencia, que sin duda se habían afirmado más tarde. Bastaba ver la tristeza con que me devolvía el retrato:

-¡Dios mío, cuánto ha cambiado!

Según lo que me contaba, ella también le había dedicado un aprecio, una admiración y un afecto muy especiales desde su juventud, pero teniendo siempre presente la diferencia de edad.

Monsieur Proust iba a las cenas y recepciones que ella organizaba, tanto para verla corno por el placer de relacionarse con escritores, pintores, músicos y nombres ilustres. Asistían  Paul Bourget, Charles Gounod, Jules Renard, el diseñador Forain, Degas, pero también la condesa de Chevigné y la condesa Greffulhe, en las que se inspiró asimismo para sus Guermantes, y Charles Haas, que aparece en parte reflejado en el personaje de Swann:

-¡Ah, Charles Haas, Céleste ... ! Era hijo de un corredor de Bolsa, y el único judío, junto con los Rothschild, que fue admitido en el Jockey Club por su comportamiento heroico en la guerra de 1870. Parecía que lo centrara todo, dinero, tiempo, ingenio, todo, en el arte de complacer a las damas. Y, por supuesto, obtenía su recompensa: se volvían locas por él. ¡Era tan distinguido, tan brillante! ¡Un auténtico dandy! ¡Parece que le veo todavía con su sombrero de copa gris forrado de verde!


MADAME VERDURIN


Marcel Proust, Céleste Albaret, p. 182

Recuerdo el retrato que me hizo de madame Lemaire, que regentaba un salón muy conocido en aquellos años de la Belle Époque, y en la que se basó para crear el personaje de madame Verdurin, que también tenía un salón burgués en su libro. Vivía en la rue de Monceau, en el mismo barrio que la familia Proust. Todos los grandes nombres de la aristocracia frecuentaban su casa, pues estaba de moda tratar con artistas y allí se reunían muchos. La propia madame Lemaire era pintora.

-¡ Había que verla, Céleste! Era a la vez imponente y encantadora. Sobre todo pintaba rosas, y lo hacía con una rapidez tan extraordinaria, y en tal cantidad, que el conde de Montesquieu solía decir: «Es, después de Dios, la única que ha pintado tantas rosas». Iba siempre vestida de cualquier modo y casi sin peinar, ¡como si para ella no hubiera existido el séptimo día!

Madame Lemaire consideraba al «pequeño Marce!» casi como un hijo, como el hermano de su hija Suzette, que era muy guapa y amable, pero a la que tiranizaba de tal forma que, según Monsieur Proust, le estropeó la vida. Poseía una hermosa mansión en Seine-et-Marne, el palacio de Réveillon, donde también organizaba fiestas. Un año, monsieur Proust pasó allí dos meses maravillosos, él decía que de los más felices de su juventud, acompañado de Suzette, su amigo Reynaldo Hahn y los invitados a las recepciones.

A ella le encantaba organizarlo y dirigirlo todo. Según Monsieur Proust, cuando daba un concierto en su estudio de pintura, entre las palmas y las flores verdaderas y pintadas, a veces parecía que fuera a subirse a una silla para gritar: «¡Silencio!», y no toleraba el menor ruido, cosa que monsieur Proust aprobaba, aunque se riera del modo en que la imponía. Era también una mujer decidida Recuerdo que una noche, cuando la guerra estaba a punto de acabar, monsieur Proust me pidió que fuera a buscarla, pues había un detalle que quería verificar. Como le hice ver que era ya muy tarde, me dijo:

-No se preocupe, Céleste. Vendrá inmediatamente, ya lo verá. Estará, como siempre, sin arreglar, pero saldrá corriendo y espera encontrarse en el coche para pintarse los labios. Pero ya verá usted, a pesar de todo, ¡qué gran señora!


PROUST


Monsieur Proust, Céleste Albaret, p. 78

En la cocina y en mi dormitorio yo sabía todavía, al levantarme, lo que era el día. En el resto de la casa el día no entraba jamás, las cortinas permanecían siempre herméticamente cerradas. La habitación de corcho estaba aislada por los postigos cerrados, y las grandes cortinas azules, forradas y gruesas, también cerradas; y entre los postigos y las cortinas había un cristal doble contra el ruido. Ni siquiera se oían los tranvías que circulaban por el boulevard. Vivíamos a la luz de la electricidad o en una noche perpetua.

Ahora comprendo que toda la búsqueda de monsieur Proust, el gran sacrificio que hizo por su obra, consistió en situarse fuera del tiempo para poder reencontrarlo. Cuando ya no hay  tiempo, impera el silencio. Y él necesitaba ese silencio para oír sólo las voces que quería oír, las que están en sus libros. En aquel entonces yo no era consciente de ello. Pero ahora, algunas noches, cuando estoy sola y no puedo dormir y reflexiono, creo verle tal como era seguramente, en su habitación, cuando yo me había retirado: solo también, pero en su propia noche, mientras en el exterior ya reina desde hace mucho el día, monsieur Proust trabaja en sus cuadernos. E imagino que yo estoy allí, sin sospechar hasta el final, o casi, que él buscó esa soledad y ese silencio aun sabiendo que acabarían con su vida. Pero entonces recuerdo lo que me dijo en cierta ocasión el doctor Robert Proust: «Mi hermano podría haber vivido más tiempo, si hubiera aceptado vivir la vida de todo el mundo. Pero él lo quiso así, lo quiso así por su obra, y nosotros no podemos hacer otra cosa que aceptarlo». Y oigo, sobre todo, la voz de monsieur Proust: «Estoy muy cansado, querida Céleste. Pero es necesario, es necesario ... ».


MM


Lleva todo el día ensayando el breve Cumpleaños feliz que le cantará a Kennedy. Solo se ha levantado del piano para que la maquillen y la peinen. Y ahora, para que Jean Louis la ayude a enfundarse el vestido que él mismo ha diseñado para ella y por el que ha pagado una pequeña fortuna: doce mil dólares. 
Marilyn ha insistido mucho en que ha de ser un vestido más inolvidable que el de Rita Hayworth en Gilda o que el deslumbrante traje de baño de Deborah Kerr en De aquí a la eternidad, ambos firmados por él. Así que no ha sido un encargo sencillo para el modisto. Sobre todo, por la obsesión de Monroe respecto a que sea al vestido más sexy de la historia, en un tiempo donde el Código Hays impide cualquier osadía en la pantalla y prohíbe mostrar la desnudez de los cuerpos.
Marilyn está expectante por ver cómo le sienta esa creación única, confeccionada en color maquillaje y salpicada por dos mil quinientos cristales de Swarovski. Se lo pondrá sin ropa interior, para evitar cualquier imperfección, y el diseñador terminará de coserlo una vez puesto para que quede perfectamente encajado, casi esculpido sobre su propio cuerpo.
Cuando la diva se contempla ante el espejo, antes de salir para la gala, los propios destellos de lo que casi parece su propia piel, más que la tela adherida a ella, le hacen dibujar una inmensa y radiante sonrisa de triunfo en su rostro.
A su llegada, Peter Lawford, el cuñado presidencial, el más rígido galán de Hollywood, la anuncia con contenido entusiasmo, pero cuando pronuncia su nombre y la orquesta acompaña al cañón de luz que ilumina el escenario, nadie entra. Lawford no pierde la compostura y anima el momento con un par de frases hasta que ella llega y la vuelve a presentar con una broma, esta vez dirigida a la propia protagonista: «Mr President, the late Marilyn Monroe». “Late" significa demora, pero también «última», así que esa frase podría querer decirtanto «la demorada Marilyn como «la última Marilyn”.
Es la última vez que el público la ve con vida, porque apenas tres meses después, la encuentran muerta en su dormitorio.

TIERRA CIMOLIA


Palabras del Egeo, Pedro Olalla, p.50

Antes de mediados del segundo milenio, Silvano, esta pequeña isla ya exportaba por mar, a lugares cercanos y lejanos, la singular arcilla conocida como tierra cimolia: una arcilla blanca-y, a veces, rojiza-formada en este mismo suelo, bajo la potente luz del sol, por la sedimentación milenaria de infinitos cristales de calcita, caparazones de erizo y conchas de minúsculos crustáceos. Esta tierra, que aún hoy puedes coger y deshacer entre los dedos, era muy apreciada en las ciudades palaciales de Creta y la península, que, a su vez, la exportaban como una mercancía valiosa a otros puertos lejanos. La lana y los tejidos que se inventariaban en las famosas tablillas de barro eran blanqueados con tierra cimolia; la misma tierra, mezclada con vinagre de vino, se utilizaba para curar inflamaciones en algunos órganos y pústulas de la piel; mezclándola, además, con aceite, se obtenía un ungüento para aliviar los pies hinchados, que había que dejar secar al sol y retirar, horas después, con agua de mar; y, por último, disuelta en agua dulce, con un poco de vino, formaba un espumoso jabón para lavarse, con el que, sin duda, se llenaron, un lejano día, aquellas elegantes bañeras de cerámica de Cnosos y de Pilos: [asáminthos] las llaman las tablillas, usando una palabra, para muchos pregriega, que Homero, sin embargo, utilizó también en sus poemas.

Como ves, con sólo tirar de este hilo-del ejemplo de esta humilde tierra arcillosa-, ya estamos hablando de extracción mineral, de comercio, de navegación, de manufacturas textiles, de elaboración de fármacos, de prácticas higiénicas sofisticadas y de refinamiento cultural, muchos siglos antes de Homero. Nada de esto debiera sorprendernos si tenemos en cuenta lo que fue, en su conjunto, el mundo del Egeo durante ese segundo milenio antes de Cristo, y lo que fue, también, en tiempos anteriores.


SANTORINI


Palabras del Egeo, Pedro Olalla, p. 125

Antes de la explosión, Santorini se llamaba Strongylé, «la Redonda»; después de la explosión, la mitad de Ja isla desapareció bajo las aguas y nació, en su lugar, un pequeño archipiélago: la media luna de Tera, la solitaria isla de Terasia, el diminuto islote de Aspronisi, y los brotes de lava aún caliente que dan forma a Nea y a Palaia Kameni. La visión de la cercana Po liegos, que ahí enfrente emerge con sus rocas volcánicas del azul del mar, me ayuda a imaginar ahora cómo tuvo que ser aquel terrible estremecimiento de la Tierra y aquel terrible golpe para la civilización del Egeo.

Por lo que dejan inducir sus huellas geológicas,'' la catástrofe debió de suceder más o menos así: al principio, algunos temblores sacudieron el suelo de la isla; las casas de Akrotiri sufrieron desperfectos, pero la situación no debió de alarmar demasiado a las gentes, pues algunas viviendas fueron, incluso, reparadas tras los seísmos. Después, apareció el humo, y, ante ese mal presagio, comenzó la evacuación. Las naves se alejaban de la isla mientras una funesta columna de humo, ceniza y piedra pómez se elevaba hacia el cielo desde dentro del cráter del volcán. Pavesas rojizas caían sobre el mar y la tierra, como copos de nieve, de una nube ígnea que el viento iba arrastrando, poco a poco, hacia Cárpatos, Rodas y las costas de Creta.


WIKIPEDIA

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