LA ABUELASTRA
Ahora estoy inclinado a escribir
cuentos. Llamo cuento a un relato que no pase de los diez o quince folios:
puede valer, si es brillante, con solo cuatro o cinco. Esta inclinación
coincide con un periodo inquieto de mi vida, una larga convalecencia, mientras
espero la publicación de mi segunda tanda de Cuentos autobiográficos, que
lanzará en mayo Anagrama.
Iba a casa de la abuela a merendar
los fines de semana. Y en otras ocasiones festivas. Cuando esto sucedía, la
abuela se había instalado ya a vivir en su nueva casa de Miranda: El Alta. Era
un chalet grande. Si subías al segundo piso veías los tejados de El Sardinero,
la playa de El Sardinero y el mar. Era una casa recién inaugurada en medio de
una huertajardín de considerable tamaño. En la parte de atrás había una
vaquería con dos vacas y un gallinero con diez gallinas pintas. Delante de la
casa había otro espacio equivalente, que era una huerta, y un maizal. La mía
era una abuela campesina, o mejor, que se hizo campesina con los años, al
trasladarse del Muelle a esta finca de El Alta.

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