Bahía de Alhucemas, 1925
En la mente del hombre que acude
a su encuentro probable con la muerte no puede dejar de hacerse presente el
recuerdo de lo que hasta ese instante le ha deparado la existencia, para bien o
para mal. Esta jornada del 9 de septiembre de 1925 no es por cierto la primera
en la que Miguel Campins Aura se enfrenta a un trance semejante; ya se ha visto
antes cara a cara con el enemigo en el campo de batalla y se ha expuesto al
combate sin cuartel. La costumbre le sirve para embridar el miedo e impedir que
se convierta en pánico, pero también le obliga a ser consciente de la
inminencia y la naturaleza del peligro que sobre él se cierne. Ha visto caer a
otros, a su lado y a sus órdenes, y sabe de sobra lo incierta y azarosa que es
la suerte que le aguarda al soldado bajo el fuego hostil. Tiene tantas razones
como otras veces, o más que nunca, para recapitular un camino que bien puede
ser que no vaya más allá.
Lo que no tiene es mucho tiempo,
ni el entorno es el más propicio para recrearse en pormenores ni menudencias.
Nos cabe imaginar que en la barcaza que avanza al amparo de la noche, hacia la
playa en la que se combate desde hace horas, sí llega a acordarse del niño que
fue, prematuramente huérfano a causa del cólera que se llevó a su madre y a su
hermano menor cuando él apenas contaba cinco años. El niño siempre alienta
dentro del hombre que le sucede, más cerca del puente de mando de las emociones
y la voluntad de lo que se suele creer.

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