Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

INCIPIT 1.347. NO CALLAR / JAVIER CERCAS


Prólogo

Nunca me ha gustado el sustantivo «intelectual». De hecho, durante mucho tiempo me horrorizó ( o más bien me dio risa) la mera idea de que alguien, algún día, pudiera llamarme así. Por aquel entonces -hablo de finales de los años setenta y principios de los ochenta, cuando yo apenas era un adolescente poseído por una secreta vocación  literaria-, la figura del intelectual padecía un desprestigio considerable; o al menos lo padecía para mí: en mi ingenuidad provinciana, iconoclasta, sarcástica y un poco petulante, un intelectual venía a ser un escritor que, en vez de tomarse en serio su trabajo, se tomaba en serio a sí mismo, y que, en vez de conformarse con hablar de lo que sabía, hablaba de lo que no sabía, y además lo hacía casi siempre con una autoridad grandilocuente de púlpito y sotana, convertido -a menudo por interés personal o profesional, otras veces por simple docilidad o postureo- en acrítica correa de transmisión de consignas partidarias, o en propagador de ideas o ideologías desatinadas; en definitiva: el intelectual como una mezcla insalubre de exhibicionista, de trepa y de eso que en Italia se llama «tuttologo». La caricatura era injusta, por supuesto; pero, si uno echa un vistazo a Pasado imperfecto -el libro en el que Tony Judt radiografió la frivolidad e irresponsabilidad de los intelectuales franceses de la segunda posguerra mundial, cuando París todavía era París-, se arriesga a llegar a la conclusión deprimente de que quizá no lo era tanto. En todo caso, lo anterior explica en parte que, con dieciocho años, yo no aspirara a ser Jean-Paul Sartre (ni siquiera George Orwell), sino Borges o Kafka.

Claro que en aquella época yo no sabía, o no quería saber, que, igual que hay escritores buenos y malos, hay buenos y malos intelectuales (ni que Orwell fue de los buenos); tampoco conocía, probablemente, el origen del sustantivo «intelectual», que solo empieza a usarse en Europa a finales del siglo XIX


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