Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

ANTEPASADOS


Fortuna, Hernán Díaz, p. 157

Soy un financiero en una ciudad gobernada por financieros. Mi padre era un financiero en una ciudad gobernada por industriales. Su padre era un financiero en una ciudad gobernada por comerciantes. Su padre era un financiero en una ciudad gobernada por una sociedad estrechamente unida, indolente y puritana, corno la mayoría de las aristocracias de provincias. Esas cuatro ciudades son rodas la misma: Nueva York.

Aunque esta es la capital del futuro, sus habitantes son nostálgicos por naturaleza. Cada generación tiene su propia idea de lo que era «la antigua Nueva York» y asegura ser su legítima heredera. De todo eso resulta, por supuesto, una perpetua reinvención del pasado. Y eso, en consecuencia, significa que siempre hay nuevos antiguos neoyorquinos. Los primeros descendientes de los colonos holandeses y británicos que pasaban por nuestra nobleza local no querían saber nada de aquel inmigrante alemán que se había hecho primero trampero, después comerciante de pieles y por fin magnate inmobiliario. Y solo sentían desprecio por el barquero de Staten Island convertido en magnate naviero y ferroviario. En cuanto aquellos comerciantes y constructores se unieron a los escalafones superiores de la sociedad, sin embargo, fue solo para mirar con superioridad a los recién llegados de Pittsburgh y Cleveland con sus fortunas grasientas y tiznadas de hollín. Como su riqueza era más enorme que nada imaginado hasta entonces, eran objeto de desdén y hasta se los tildaba de ladrones. Aun así, después de conquistar la ciudad, aquellos industriales a su vez mostraron su desprecio por los banqueros que estaban remodelando el paisaje financiero americano y dando entrada a una nueva era de prosperidad, tachándolos de especuladores y apostadores.


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