Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

POTLACH

Ordesa, Manuel Vilas, p. 280
Les traje a mis hijos regalos de mi último viaje, los vieron, dijeron que les gustaban mucho, y los olvidaron en mi casa.
Los tengo delante ahora: inertes, despreciados, condecorados con méritos tristes. Simbolizan la desaparición de un hogar. Y por tanto, la desaparición del amor. Nunca decimos toda la verdad, porque si la dijéramos romperíamos el universo, que funciona a través de lo razonable, de lo soportable.
¿Qué hacen esos regalos encima de la cama del cuarto pequeño en el que nunca duerme nadie?
Me tumbo en la cama del cuarto grande. Me levanto de la cama y vuelvo al cuarto pequeño, y me pongo a mirar los regalos que he traído a mis hijos, que están allí, encima de la cama pequeña, abandonados, fundiéndose el abandono de los regalos con el abandono de la cama pequeña, llegando a fundir sus soledades en una sola soledad que si la ves te parte el corazón y la vida.

En absoluto me entristece que hayan olvidado los regalos, más bien me asombra, tal vez porque he superado el estadio de la tristeza, o he cambiado la tristeza por el asombro, y porque amo a mis hijos, y me da igual lo que hagan conmigo y con mis regalos. Pero un padre también tiene espíritu de supervivencia, pues es un hómbre. El poco aprecio hacia mis regalos podría causarme incluso pánico: en mi vida ha habido más pánico que tristeza. Porque el pánico procede de la culpabilidad y la tristeza procede de sí misma. Es decir, si han abandonado los regalos es porque soy culpable. A veces pienso que mi culpa es más extensa que el universo. Podría competir en extensión con las simas siderales. La culpa es uno de los dorados enigmas; como es obvio, no me refiero a la culpa que se origina en las religiones, o concretamente en el catolicismo, sino a la culpa prehistórica, a la culpa como síntoma de gravedad y de alianza con la tierra y la existencia, la culpa de Kafka, esa.  La culpa es un poderoso mecanismo de activación del progreso material y de la civilización, porque la culpa crea «tejido moral”, y la moral y la ética son los bastiones que mueven la realidad. 

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