Te quiero más que a la salvación de mi alma

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COMO LEER A NABOBOV


De Vera. Señora de Nabokov, de Stacy Schiff, p.292-293
También enseñaba a leer a sus alumnos. Los estudiantes de licenciatura en literatura inglesa, los estudiantes de la función pública del estado, los de economía, los de medicina, los futuros matemáticos e ingenieros descubrieron que les iba a cambiar la vida. «Saboreaba las palabras, trazaba vibrantes panorámicas; logró que para mi marido y para mí la mera lectura haya sido un gran placer incluso hasta el día de hoy», recuerda una juez del Tribunal Supremo, Ruth Bader Ginsburg. Lo que ni siquiera captaron entonces los lectores más avezados, o no del todo, era que los lunes, miércoles y viernes, entre el mediodía y la una menos diez, so pretexto de enseñar a varios estudiantes el modo de analizar a Proust, Flaubert, Tolstoi, cuando atronaba en la Sala Goldwin Smith con su voz de barítono, en realidad les estaba enseñando cómo leer a Nabokov. Acariciad los detalles, les instruía. El arte es mero engaño; el gran artista es un fingidot Leed en busca del cosquilleo, del escalofrío. No leáis; releed, decía impostando un tartamudeo39. Mirad a los arlequines. Véra estaba presente a diario en el anfiteatro, aunque ya nadie tenía que aprender esa lección: era la campeona mundial de los lectores de Nabokov. No cabe duda de que debía de aburrirse un poco al oír por quinta o sexta vez cuál era el mensaje moral de Ana Karenina, que de hecho subyacía en el amor metafisico entre Kitty y Levin, “en la voluntad de la autoinmolación en aras del respeto mutuo”. Si no daba muestra alguna de agitarse en su asiento, salvo para lanzar una mirada censora al estudiante desatento o para reconvenir al que distraídamente acababa de encender un cigarrillo, era porque aquellas conferencias, aquellas charlas a ella le sonaban no exactamente a conferencias. Más adelante, un colega de Corneil observó que cuando la señora Nabokov se vio en la obligación de dar las clases para sustituir a su marido, no alteraba ni una sola palabra de sus textos. Al margen, y a sus ochenta y cuatro años, Véra le recriminó el planteamiento. Pues claro que no había cambiado una sola de sus palabras! ¿Acaso no había comprendido que su marido había sido un perfeccionista, que cada una de sus conferencias constituía en sí una obra de arte?

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