Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

INCIPIT 1.305. AQUI COMEZA O MAR / BLANCA RIESTRA


Naquel intre detido, naquel lugar sobre un recanto, coincidiron forzas ignotas. A adolescente X está sentada fronte ao comezo de todo.

Ela, claro, non sabe que sexa o comezo de cousa ningunha, está máis ben convencida de levar moito tempo no asunto. E está mesmo farta. Farta, di, deixando que as palabras saian da boca como bólas. Bota bólas que caen para adiante, aos seus pés. Onte  mercou nuns almacéns vetustos da fonte de San Andrés un vestido de flores acrílicas que ela considera o máis do punk. Teno sobre o leito, estendido, xunto uns botíns de punteira, e olla para el con algo semellante ao desexo.

Pero hoxe certa tristura faille entender que non paga a pena intentar nada.

Que que intenta? Pois intenta divertirse. Máis adiante, verase forzada a procurar outras causas que aínda non dá imaxinado, cousas inextricables, mesmo infames: gañar cartas, pagar o aluguer, ser feliz. Agora non, agora non quere máis que troulear.

Sentada no chan, enriba dela, arde un póster dos Pagues. Acaba de decidir que non sairá. É unha decisión firme, repítese, mentres pecha o seu diario infantil, onde vai anotando estados de ánimo


INCIPIT 1.304. UNA HISTORIA RIDICULA / LUIS LANDER0


No creo pecar de orgullo, como demostraré a lo largo de mi exposición, si comienzo diciendo que soy un hombre con ciertas cualidades. Quizá no resulte especialmente apuesto y llamativo, pero sí educado, discreto, concienzudo, culto y buen conversador. Todos cuantos me conocen saben, o deberían saber, de mi honradez y rectitud. En otros tiempos tuve un buen puesto de trabajo y un piso en propiedad. ¿Mi visión del mundo y de la vida? Trágica y trascendente. ¿Mi historia? De amor, de odio, de venganzas, de burlas y de ofensas. Me llamo Marcial Pérez Armel, resido en Madrid, y tengo en muy alta estima el viejo concepto del honor.

Algún malicioso dirá: «Sí, pero careces de estudios superiores». A lo que yo respondería que, sobre este asunto de los estudios, habría mucho que hablar. Fidel y Víctor, por ejemplo, los otros dos pretendientes de Pepita, y por tanto rivales míos, uno era historiador, y el otro violinista.


PORNO

El último hombre blanco, Nuria Labari, p. 99

Sentencia de pasillo: «Si algo corre, vuela, navega o folla, la mejor inversión es alquilar, nunca comprar». Esta máxima la escucho muchas veces en la oficina, siempre a los chicos, siempre cuando no hay tías a la vista. Y después me río con ellos, como uno más.

He aprendido a reírme de los chistes preferidos de mis compañeros y de algunos jefes porque me gusta estar de buen humor y porque no quiero ser una amargada ni tener cara de Fiera. Al contrario: soy tan divertida y tan cómplice que formo parte del grupo de WhatsApp de directivos y mandos intermedios, donde no participa ninguna otra mujer. Es el grupo adonde llegan los comentarios jugosos sobre las reuniones importantes, y también ofertas de buenos vinos, rumores sobre ascensos, despidos anunciados en primicia, infidelidades y fichajes sexualmente interesantes, con especial atención a las becarias. Se comparten también muchas noticias de prensa deportiva y algunas económicas relativas a fusiones, adquisiciones y posibilidades laborales. Se compara la Cialis con la Viagra porque hay muchos tíos mayores que quieren follar como si fueran jóvenes, y en general abundan los chistes sobre putas (tienen una verdadera fijación con ellas, aunque creo que más de la mitad de ellos no se ha atrevido nunca a pagar por sexo). En cambio, todos consumen porno gratis en internet y bromean sobre Pornhub con la naturalidad con que un niño lo hace sobre TikTok. PornHub es el sexto portal más visitado del mundo, con 42. 000 millones de visitas al año y una media de 115 millones diarias. El perfil sociodemográfico de los usuarios es casi idéntico en cualquier rincón del planeta y el 70 por ciento son varones, así que el producto está hecho para sus gustos sexuales, que, por otro lado, se formaron viendo esta clase de porno.


EL LOBO DE WALL STREET


El último hombre blanco, Nuria Labari, p. 70

Estamos en 2013, me he convertido en una profesional Over 100 y Martín Scorsese acaba de estrenar su película sobre Wall Street. En el trabajo todo el mundo la ha visto y todos aseguran que es genial; yo también lo digo, aunque no  entiendo bien qué tiene que ver con nosotros ni por qué nos gusta tanto. En todo caso, más allá de las inclinaciones de compañeros, tiene cinco nominaciones a los Oscars y la crítica internacional asegura que Leonardo di Caprio está inmenso en el papel de Jarcian Belfort, el broker multimillonario de origen humilde en quien se inspira la cinta. La historia maneja dos tesis fundamentales: que la acumulación de dinero es un deseo íntimo de todas las personas del mundo, y que a todos nos encantaría triunfar como Belfort, aunque sea estafando, porque el dinero es en realidad una forma de alquimia contemporánea: lo único capaz de convertir el mal en  bien. Por eso resulta que ganar dinero es siempre admirable y bueno, incluso estafando, porque entonces es también síntoma de inteligencia. Siempre que no te pillen. Como si lo mejor para uno no tuviera nada que ver con lo mejor para la mayoría. Como si todos deseáramos llevar los trajes carísimos que viste Belfort, esnifar sus drogas, subir en su yate, vivir en su ático, acostarnos con su mujer y follarnos a sus putas. La película retrata el capitalismo salvaje de los noventa, pero despierta una increíble empatía entre la audiencia masculina de los dos mil. Como si trabajáramos rodeados de gente así. O rodeadas de tíos así.


ARPIAS


Una historia ridícula, Luis Landero, p. 171

De pronto, se oyó de nuevo el sarcasmo de aquella voz odiosa diciendo: «¿Romántico, poeta, bohemio y matarife?, ¿vísceras de día y versos por la noche?». Y yo repliqué que, precisamente, no hay artista romántico que no tenga una parte sombría, marginal y canalla. Yo admiro a esos vagabundos que no han entregado a la miseria las mejores prendas de su carácter: esa es la verdadera elegancia y la verdadera dignidad. Y cuando la voz preguntó que quién me había dicho a mí que yo servía para ser escritor y bohemio, yo dije sin más que donde no llegase el talento llegaría la apariencia. En el amor, todas las trampas para conquistar a la amada son válidas, y también la impostura. Al fin y al cabo, todos fingimos ser mejores y más atractivos de lo que en verdad somos. Los pájaros hinchan el papo y esponjan el plumaje, el sapo y la cigarra cantan con una potencia que excede a su tamaño, el león su melena, el ciervo el aparato de su cuerna, qué menos que yo me engalanase con las modestas prendas de un escritor en ciernes. Así fue como el amor obró en mí una metamorfosis tan rara y prodigiosa como la de Franz Kafka, de cuyo libro hablaré luego. De pronto, una mañana me desperté convertido en un ente sublime y ridículo a la vez, y también a la vez sabio y estúpido, como esos animales fabulosos que tenían a un tiempo garras, pico y pezuñas.


MARCIAL


Una historia ridícula, Luis Landero, p. 119

También comprendo la música clásica, y la admiro y respeto. Aunque no la oigo mucho, no me pierdo jamás el concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena. Otro ejemplo. Yo he escuchado versos de García Lorca, imposibles de entender de tan raros y oscuros, pero algo en mi corazón decía: «Son bellos, son terribles, y están cargados de verdad». Yo tuve un profesor que me hizo leer obras que me gustaron, a pesar de que tampoco yo soy un gran lector de libros de literatura: las Leyendas y Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer, Misericordia de Pérez Galdós, Crimen y castigo de Dostoievski, el Lazarillo, Miguel de Unamuno y su sentimiento trágico de la vida, e incluso el Quijote. Yo estoy abierto a todo, aunque he de decir que tengo debilidad por las novelas policíacas, de detectives deductivos. Pero, por encima de todo, mi lectura favorita, además del diccionario ilustrado, es una enciclopedia universal que tengo en cinco gruesos tomos, y algunas revistas de divulgación, entre ellas el Reader's Digest, que es de lo más amena e instructiva, y de la que poseo cientos de ejemplares, comprados en lotes de segunda mano. Me gusta la brevedad y la variedad de temas, como creo que se habrá observado ya en esta exposición.

Pero, volviendo al cuento, al escuchar que Pepita era experta en arte, y que ella misma era artista, a mí se me oscureció el mundo. He aquí que el amor, y su tiranía, me obligaba una vez más a fingir, a añadir nuevas trazas a mi personalidad, a decir, como efectivamente dije, que, aunque no entendía mucho de arte, a mí el arte me subyugaba, esa misma odiosa palabra usé, y que me encantaría ver algunas pinturas y dibujos suyos.


INCIPIT. 1.303. LA REINA VICTORIA / LYTTON STRACHEY


En 1817, el seis de noviembre, murió la princesa Charlotte, hija única del príncipe Regente, heredera de la corona de Inglaterra. No pudo decirse que su corta vida hubiera sido muy feliz. Era de naturaleza impulsiva, caprichosa y vehemente, y aunque siempre quiso ser libre, no lo logró. Había crecido entre violentas disputas familiares, se la había separado tempranamente de una madre excéntrica y de mala reputación, y la habían dejado al cuidado de un padre egoísta y de mala reputación. Al cumplir diecisiete años, su padre decidió que tenía que casarse con el príncipe de Orange; al principio, ella se mostró de acuerdo; pero, de repente, se enamoró del príncipe Augusto de Prusia, y decidió anular el compromiso previo. No fue éste su primer amor, ya antes había mantenido una relación epistolar clandestina con un capitán, un tal Hess. El príncipe Augusto estaba casado, se trataba de un matrimonio morganático; pero ella no lo sabía, y él no se lo dijo. Mientras ella daba largas a las negociaciones con el príncipe de Orange, los soberanos coligados -en junio de 1814- llegaron a Londres para celebrar la victoria. Con ellos, en el séquito del emperador de Rusia, llegó el joven y apuesto príncipe  Leopoldo de Sajonia-Coburgo. Pretendió que la Princesa se fijara en él, pero ella, con el corazón en otra parte, no le hizo mucho caso. Al mes siguiente, el príncipe Regente, tras descubrir que su hija se veía en secreto con el príncipe Augusto, decidió aparecer en escena, y, tras despedir a todo el servicio de la Princesa, la condenó a prisión incondicional en Windsor Park. «¡Dios todopoderoso me otorgue paciencia!», exclamó ella, hincándose de rodillas, presa de angustiada agitación; pero se puso en pie de un salto, bajó corriendo por las escaleras de atrás, salió a la calle, detuvo un carruaje de alquiler, y se dirigió a casa de su madre en Bayswater.

INICPIT 1.302. AGUA Y JABON / MARTA D. RIEZU


La anécdota es conocida. Preguntaron a Cecil Beaton qué es la elegancia, y respondió: agua y jabón. Que es lo mismo que decir: lo elegante es lo sencillo, lo honesto, lo de toda la vida.

La elegancia involuntaria no tiene que ver con la moda, ni con el dinero, ni con lo estético. La asocio a la persona que aporta y apacigua, a la alegría discreta, al gesto generoso. Ensancha y afina nuestro mundo. Está siempre cerca del silencio, el bien común, la paciencia, la naturaleza, la voluntad de construir y conservar.

Si la elegancia les suena demasiado pretenciosa, piensen en la gracia. Es más viva y menos solemne, y también tiene carácter e integridad. Se trata, en fin, de una cualidad escurridiza no siempre evidente, y que puede surgir en cualquier momento, si las circunstancias son las adecuadas.

Sé que es una paradoja escribir sobre lo que prefiere pasar inadvertido y huye del mercadeo y el ruido. Lo que aparece en este libro no necesita ser reivindicado, pero creo que algo interesante merece recibir halagos una y otra vez. Disfruto mucho la complicidad de la admiración conjunta y me he permitido el entusiasmo del aprendiz.


LOS DEDOS DE LOS PIES


El último hombre blanco, Nuria Labari, p. 69

En toda mi vida profesional, jamás he visto los dedos de los pies de ningún hombre en el trabajo. Nuestro cuerpo, en cambio, está siempre expuesto. Y no lo digo solo por las sandalias. Un buen cuerpo en una mujer que va al trabajo sigue siendo lo mismo que un traje caro en el cuerpo de un hombre.

En todo caso, ni Directiva Decepcionada ni yo estamos dispuestas a mostrar el menor atisbo de debilidad y menos aún de victimismo. Así que tirarnos el papel de manos al cesto de mimbre que hay bajo el lavabo y salimos como si nada. Ella pegada a sus pestañas y yo a mi determinación. Porque yo, ya lo he decidido, voy a ser aceptada en el bando de los chicos.

De todas formas, aunque pensaba pedir una hamburguesa de buey, cambio de parecer después de sus indicaciones y me inclino por el steak tartare con pan de cristal y patata rejilla. Los remilgos de Directiva Decepcionada me parecen excesivos, pero comprendo que me conviene ser más aséptica con la comida. De primer plato, el señor Over500 pide espárragos blancos tibios con vinagreta de tomates y cuando llegan se los come con la mano. Se cuelga del cuello una servilleta desplegada a modo de babero y permite que el aceite se deslice suavemente por cada pieza. Me doy cuenta de que el espárrago en su mano entrando, tierno, en su boca es una forma de poder. Los dos hombres más jóvenes de la mesa, mi competencia directa, pedirán hamburguesa de buey y tataki de atún rojo, respectivamente. Me digo que el del tataki puede ser un rival. El otro ha pedido kétchup, así que parece un niño malcriado. Diría que está perdido, salvo que sea el hijo mimado de alguien que importe.


MARTINEZ SORIA


Agua y jabón, Marta D. Riezu, p. 33

Martínez Soria me gusta dirigido por Sáenz de Heredia o Mariano Ozores, pero sus mejores películas las firmó con Pedro Lazaga: El turismo es un gran invento, Abuelo Made in Spain, Hay que educar a papá, Estoy hecho un chaval ¡ Vaya par de gemelos!, y su cúspide: la sainetesca La ciudad no es para mí, en origen una obra de teatro protagonizada por él y firmada con seudónimo por Lázaro Carreter. Tramas tardofranquistas sobre esfuerzo, honor, ahorro y familia, sin mención alguna a la política.
En La ciudad no es para mí Martínez Soria encarna al arquetipo de pueblerino inocente, incontaminado por las maldades de la urbe. Ese cateto encantador (supuestamente fácil de timar, pero astuto) viste boina, faja, pantalones de pana, señala las cosas con la garrota, tiene un fortísimo acento maño y juega al mus. Y bebe anisete, como el Johnny Ola de El Padrino. La incorrección política de esas películas chirriaba incluso hace décadas. La aprensión hacia el extranjero (el miedo a los negros), las manos muy largas (tocando un escote: «quería ver si esto era un lunarcico, o una cagadica de mosca»), el deseo hacia las turistas en contraposición a la esposa fea y castradora, el miedo a que una hija se quede «embarazada de un plimboy o el recelo al universitario progre («usted se cree que porque tiene el bechillerato nos va a avasallar a todos»).
Cuanto más se hace pasar por tonto alguien, más listo sospecho que es. La elegancia involuntaria de Martínez Soria fue sintonizar perfectamente con los desvelos de la España de la posguerra. Vivió en la Gracia rumbera, tuvo el carnet de la CNT y representó a Shakespeare y Moliere. El rústico que miraba los muslos de las suecas programaba en su teatro -el T alía, que compró en 1960- La casa de Bernarda Alba, con Ismael Merlo haciendo de Bernarda. Era un maniático del orden y la dicción, escrupuloso con las deudas. Un hombre de pocas palabras, serio, muy aragonés.

Algunas notas sobre la indumentaria


Agua y jabón, Marta D. Riezu, p. 78.

Afirmar que si vas vestido con corrección se te abren las puertas es impopular, pero es cierto, y hay que aprovecharlo a nuestro favor. La ropa es un efecto multiplicador de lo que somos; si alguien es educadísimo, bondadoso e inteligente y encima viste bien, imaginen la potencia del resultado. Todo lo primero es lo crucial, pero lo último es la capa de barniz. Las apariencias seguirán siendo decisivas, y obligan a estar a la altura. Aquí entraría el manoseado debate de qué es ir bien vestido. Para mí se resume en: ir limpio y preparado para tu desempeño. La propiedad va unida a los límites, que son líneas imaginarias sanísimas que todos necesitamos aprender ( cuanto antes mejor) para no hacer el ridículo y prosperar en la vida. La pulcritud y la compostura no tienen ideología, ni van ligadas a la renta ni al apellido ni al cargo.

Ahorra mucho tiempo vestir con restricciones y tener un uniforme identificativo.

Vestirse en soledad, sin imponer a nadie la visión horripilante de las piernas con calcetines.

Esa edad en la que nos damos cuenta de que tenemos el mismo cuerpo que nuestros padres.

Ser extravagante pero no ostentoso. Esto último significa que la gente sabe exactamente dónde se ha comprado y cuánto se ha pagado por ello.

Las personas que visten con gracia cuentan con tres certidumbres: la confianza en la mezcla dispar, la confianza en que lo que llevan les sienta bien y la confianza en anteponer el propio juicio al de los demás.

El estilo es lo que repetimos a nuestro pesar.

Nuestros padres creían (y hacían bien) que la ropa remendada y las camisas gastadas eran síntoma de honestidad.


INCIPIT 1.301. BLOOMSBURY / LEON EDEL


A conciencia

Si nos preguntamos por los comienzos de nuestra historia podríamos iniciarla en diversos lugares de Inglaterra, Escocia o Gales, o en Cambridge, donde se educaron los varones de Bloomsbury, o incluso en algún ghetto de Europa, pero también podríamos comenzarla en el mismo Bloomsbury, con un judío llamado Benjamín Woolf. Nació en Londres en 1808, es decir, en tiempos de Napoleón. Aprendió el oficio de sastre, una profesión a la que se encontraban ligados por tradición muchos judíos de la pequeña burguesía y de la clase trabajadora. Benjamín Woolf era muy competente en su trabajo. Tenía una tienda en Regent Street y otra en Picadilly. Acometió otras empresas en las que prosperó. Cuando la reina Victoria subió al trono, vivía en una casa cómoda situada en Tavistock Square o en sus alrededores, en Bloomsbury, un simpático barrio londinense.


INCIPIT 1.300. EL ULTIMO HOMBRE BLANCO / NURIA LABARI


Hay un varón dentro de mí. Está aquí dentro desde que recuerdo, ese rugido de varón. Puedo oírlo ahora, al hombre que golpea en mi interior. Es como un segundero, como el maldito latido de mi corazón, es la música que pone ritmo a los días, es un tres por cuatro sencillo, el movimiento más elemental, es muy básico, casi no se nota, algunas veces creo que ni siquiera existe, como la mancha azul en una compresa en la televisión, una auténtica quimera. Pero aquí está.

¿Alguien más puede oírlo? ¿Alguien más lo lleva dentro? Es ese tambor con que nos llaman a ir a la guerra a querer más a ser mejores a conquistar a ganar a discutir a tener razón a corrernos primero a poseer a progresar a conducir más rápido a no llorar a ser más fuertes a llevar dinero a casa a no saber qué decir a tener la última palabra a ser eficaces a no dar rodeos a buscar siempre el camino más rápido a no encontrar las palabras a no escuchar a ser fiable como un electrodoméstico a romper las cosas a tener la polla más dura a querer meterla por detrás a no pedir permiso a creer que las cosas necesitan un orden a aceptar los privilegios a tener siempre la razón a confesarnos a obedecer a Dios a inventar las reglas a cumplir las reglas a infundir confianza a mandar a hacer lo que nos mandan ... En definitiva, a entender que las cosas son complejas y elegir buscar respuestas simples.

Todo el mundo puede oírlo porque todo el mundo lleva un hombre en su interior, cada vez más grande y cada vez más solo. ¿Hay alguien más ahí dentro? No. Solo un hombre blanco en el vacío.¿ Y la mujer? ¿Dónde está?


JULIA STEPHEN


Bloomsbury, Leon Edel, p. 105

«¡Aquella casa, que encerraba tantas muertes, pobre de mí», exclamó Henry James que conocía a Leslie Stephen desde los años sesenta. A «la hermosa Julia, pálida, trágica», ¿cómo olvidarla? «Era hermosamente bella -escribió-, y su belleza junto con su condición eran elementos activos, prácticos, que producían los mejores resultados para todos. El no verla más supone un placer de menos en la vida.» El novelista americano, con su estilo elegíaco, dijo de Julia que había sido «una fuerza absolutamente preciosa a favor del bien». No sabía qué pensar de un mundo que «no pudo hacer nada con ella ... más que suprimirla». La bella Julia había sido el centro de la casa; daba clase a sus hijos en la habitación de arriba y mantenía unida aquella gran familia doble cuando, de repente, cogió la gripe y murió al cabo de una semana, probablemente a causa de tantos embarazos. Quizá por el esfuerzo agotador de mantener su hermosa compostura. ¿Quién podría decirlo? Fue descrita como «una mezcla de madonna y mujer de mundo». Will Rothenstein había dicho de las hijas: «Con lo hermosas que eran, no lo eran más que su madre.»

Cuando James habló de «la casa de todas las muertes» aludía a la súbita muerte de la hermanastra de las niñas Stephen, Stella Hills, muerte que ocurrió dos años después de la de Julia durante un embarazo, y a la agonía prolongada de Sir Leslie a causa del cáncer ( dos años más tarde, inesperadamente, murió el joven Thoby en Bloomsbury). El número 22 era la casa de la desolación, una casa de espíritus. Leslie Stephen estuvo al borde de una depresión nerviosa durante meses, se apoyó en sus hijas como se había apoyado en Julia y tomó la actitud de la madre ausente en vez de la del padre estructurador. Hizo a sus hijas partícipes de su pesar de tal forma que sus amigos le advirtieron que el luto perpetuo era pernicioso para las jóvenes, a las que se les debía permitir vivir.


VIRGINIA Y VANESSA


Bloomsbury, Leon Edel, p. 96

Las dos hermanas Stephen eran más que «guapas». Leonard dijo que «su belleza le dejaba a uno literalmente sin respiración». Las conoció en las habitaciones de Thoby cuando fueron con su padre a visitar a su hermano, al que las dos adoraban. Su primera visita fue probablemente la que quedó descrita en una carta que escribió Virginia a una amiga: las hermanas fueron a Cambridge con motivo de la Semana de Mayo y estuvieron en el baile del Trinity, donde conocieron a Clive Bell. Hubo una segunda visita en 1901. En la habitación de Thoby, Leonard observó a Virginia y Vanessa como si fueran retratos en una galería de arte. Iban vestidas de blanco con grandes sombreros, e irradiaban «limpieza» e interés por las cosas, una mezcla de timidez, curiosidad y ostentación de valor. «De repente, al verlas, uno se quedaba atónito.» Era como encontrarse cara a cara con un Rembrandt o un Velázquez; las comparó también con los templos griegos. El joven judío, que provenía de una familia matriarcal, sentía adoración por cierta clase de mujeres, y aquellas señoritas victorianas, adecuadamente acompañadas por su primo -director del Newham College-, en cuya casa residían muy como debía ser, representaban objetos exquisitos de veneración. Su primo las había llevado a tomar · el té a ]as habitaciones de Thoby, donde se encontraban los amigos de éste para conocerlas a ellas y a su formidable padre. El mismo Thoby -el Godo- revoloteaba en medio de aquella escena de sociedad, tan alto como su padre pero dando la sensación de ser mucho más grande a causa de su corpulencia y masculinidad clásicas. Ante las hermanas Stephen, y especialmente Vanessa, Leonard se sintió en presencia de una «belleza asombrosa», mientras que Lytton, que por constitución era incapaz de asombro ante el encanto femenino, sólo las encontraba «guapas». Leonard recordó: «Era casi imposible para un hombre no enamorarse de ellas y creo que yo me enamoré inmediatamente.” Su reserva -¿o quizá la de Leonard?- las hacía parecer inalcanzables, como un espejismo, con sus vestidos victorianos, su animada charla, sus delicados cutis arrebolados de rosa. Eran como diosas griegas, «era como enamorarse del retrato que hizo Rembrandt de su mujer, de la pintura de Velázquez de una infanta o del templo de Segesta». Pasarían años antes de que Leonard viese realmente  aquella belleza no como pintura o arquitectura, sino en carne y hueso.


EXPULSION


El último hombre blanco, Nuria Labari, p. 43

La mujer se cubre los pechos y el sexo con las manos y arquea un poco la espalda para tratar de esconder lo que queda a la vista, para disculparse por lo que queda a la vista. Esa mujer intenta ocultar su cuerpo porque siente vergüenza de él y porque sabe que allí adonde se dirige no puede acompañarla. Tiene que esconderlo a toda costa. Lo que no puede ocultar ahora es su rostro, una mueca que es grito y aullido, un desgarro con el que clama justicia y compasión y que nadie atenderá jamás. El fresco es de Masaccio, de 1424, y retrata la  expulsión del Paraíso. Se supone que la mujer tiene un berrinche porque ha perdido su jardín, pero lo que está pasando es que a esa mujer le están arrancando su cuerpo. Dios, su padre, su amante o su jefe de departamento han empezado a arrancarle la piel a tiras. A su lado camina un hombre que se tapa la cara con las manos y llora de dolor. Él tiene su sexo descubierto y lo único que intenta ocultar es su fracaso. Por eso se tapa los ojos con las manos, para no verlo y para no verse. Ella quiere ser invisible para los demás, él desearía no ver nunca en quién se ha convertido. Ella siente vergüenza de su cuerpo mientras él sabe que ha perdido el suyo para siempre y llora con la vergüenza de quienes se dan por vencidos. No clama justicia, ni siquiera compasión para él o para su compañera. Él no esconde su sexo ni su cuerpo, porque no es capaz de reconocerse en su cuerpo. Él cree que es su pensamiento y sus acciones, y oculta su cabeza porque esa es su genuina vergüenza. Caminan juntos, como si sus destinos estuvieran unidos, pero no se miran ni se tocan, cada uno avanza centrado en su propia tragedia, no tienen ojos para nadie más.


MONSTRUOS PERFECTOS


El último hombre blanco, Nuria Labari, p. 26

De hecho, el proceso no se completa hasta que te jubilas, edad que se aproxima cada vez más al día mismo de la muerte. Y, a diferencia de una transición sexual convencional, no hay  marcha atrás. La vida laboral, igual que el tiempo, no es reversible.  Yo, por ejemplo, no estoy segura de poder ser algo distinto de lo que ya soy A veces, para consolarme, me miento pensando que una cosa es lo que hago y otra muy distinta quién soy, pero lo cierto es que esta idea no resiste ningún juicio.

Adolf Eichmann, el líder nazi juzgado en 1961 en Jerusalén y condenado a la pena capital por diseñar la Solución Final en distintos campos de exterminio, también creía que era un buen hombre, a pesar de lo bien que hacía su trabajo .. Él era un triste burócrata, un hombre normal y corriente convertido en un asesino brutal por motivos laborales. La filósofa judía Hannah Arendt asistió al juicio y definió a Eichmann como una persona «terrible y temiblemente normal». Es posible que Eichmann no fuera de entrada un maníaco antisemita sino un hombre como tantos, un disciplinado, aplicado y ambicioso empleado. La clase de persona que cumple las normas todos los días, que siempre llega puntual, que termina lo que empieza, que hace lo que le dicen, que trata de ascender en su empresa. Él nos demuestra que, tanto si nos gusta como si no, antes o después nos convertimos en aquello que hacemos. Y que hacerlo bien no nos convierte en buenas personas, sino en monstruos perfectos.


INCIPIT 1.299. EL MALOGRADO / THOMAS BERNHARD


                                                   Un suicidio largo tiempo calculado, pensé,

                                                    no un acto de desesperación espontáneo.

También Glenn Gould, nuestro amigo y el más importante virtuoso del piano de este siglo, llegó solo a los cincuenta y un años, pensé al entrar en el mesón.

Sólo que él no se mató como Wertheimer sino que, como suele decirse, murió de muerte natural. Cuatro meses y medio Nueva York y, una y otra vez, las Goldbergvariationen y Die Kunst der Fuge, cuatro meses y medio Klavierexerzítien, como decía Glenn Gould, una y otra vez, sólo en alemán, pensé.

Hacía exactamente veintiocho años habíamos vivido en Leopoldskron y estudiado con Horowitz, y (por lo que se refiere a Wertheimer y a mí, pero no, como es natural, a Glenn Gould) habíamos aprendido más de Horowitz, durante un verano totalmente echado a perder por la lluvia, que en los ocho años anteriores de Mozarteum y Wiener Akademie. Horowitz había dejado a todos nuestros profesores nulos y sin efecto. Pero aquellos profesores horribles habían sido necesarios para comprender a Horowitz. Durante dos meses y medio llovió ininterrumpidamente, y nos habíamos encerrado en nuestras habitaciones de Leopoldskron y trabajamos día y noche


INCIPIT 1.298. EXPRESO ALPARAISO / MARK VONNEGUT


UN VIAJE ESPERANZADOR

Es mejor viajar con esperanza que llegar. R. L. STEVENSON

JUNIO DE 1969: CEREMONIA DE GRADUACIÓN EN SWARTHMORE. La noche anterior, alguien se había hecho con un bote de pintura blanca y, brocha en mano, había escrito en el frontal del estrado «¿Empezar QUÉ?». El equipo de mantenimiento lo había tapado diligentemente con telas rojas, blancas y azules, pero todos sabíamos que la pintada seguía allí. Estábamos todos sentados más o menos con caras de circunstancias, escuchando lo bien que se nos había educado y cómo se suponía que salvaríamos el mundo, etcétera. La mayoría de nosotros lucía brazaletes de tela para indicar con precisión al expectante mundo qué posición defendíamos en lo referente a la guerra. «¡Qué precioso ramillete de gente decente!», pensé. «¡Cuando nos suelten, la corrupción y el mal no tendrán posibilidad alguna de prosperar!»

Para pasar el tiempo y tratar de ubicarme y dar con alguna pista sobre qué demonios podría hacer con mi futuro, había escrito mi propio discurso de licenciatura. «Miembros del curso del 69, padres, profesorado, etcétera: bienvenidos. Aquí nos encontrarnos, en un encantador y soleado día de junio para celebrar y conmemorar la graduación


GLENN GOULD


El malogrado, Thomas Bernhard, p. 82

Al principio nos había espantado ver las esculturas, aquel monumentalismo estúpido de mármol y granito, y Wertheimer, sobre todo, había retrocedido, pero Glenn había afirmado en seguida que las habitaciones eran las habitaciones ideales y, a causa de los monumentos, todavía más ideales para nuestro objeto. Las esculturas eran tan pesadas, que fracasábamos al intentar mover la más pequeña, nuestras fuerzas no bastaban y, sin embargo, no éramos debiluchos, los virtuosos del piano son personas fuertes con una resistencia inmensa, muy en contra de la opinión general. Glenn, al que todos creen, todavía hoy, de la constitución más débil imaginable, era un tipo atlético. Hundido ante el Steinway y tocando, parecía un inválido, y así lo conoce todo el mundo musical, pero todo el mundo musical sufre un engaño completo, pensé. A Glenn se le describe, en todas partes, como inválido y debilucho, como alguien espiritualizado, al que sólo se concede la invalidez y la hipersensibilidad que hace causa común con esa invalidez, pero era realmente un tipo atlético, mucho más fuerte que Wertheimer y yo juntos, eso lo habíamos vuelto a ver en seguida cuando se puso a cortar, con sus propias manos, un fresno que había ante su ventana y que, como él mismo lo expresó, le estorbaba para tocar el piano. Serró el fresno, que tenía un diámetro de medio metro al menos, él solo, no nos dejó acercarnos en absoluto al fresno, troceó también en seguida el fresno y apiló los troncos contra la pared de la casa, el típico norteamericano, había pensado yo entonces, pensé. Apenas había serrado Glenn el fresno que, al parecer, le estorbaba, había tenido la idea de correr sencillamente las cortinas de su habitación, y de bajar las persianas. Hubiera podido ahorrarme cortar el fresno, dijo, pensé.


WIKIPEDIA

Todo el saber universal a tu alcance en mi enciclopedia mundial: Pinciopedia