Desobedecer es agotador
Hay libros con vocación de
resistencia, de insurrección y de combate. También hay libros obedientes. La resistencia
y la desobediencia se colocan semánticamente un paso por detrás de la insurrección
o el combate; aún así, son actitudes de agradecer porque implican una incomodidad
para el que lee que se traduce en un riesgo para el escribe: la de ser
invisible o que te llamen tonto. Cuando escribes libios desobedientes y te
nombran y, en lugar de tonto te llaman malo, posiblemente eso significa que vas
por buen camino.
Para desobedecer, en el ámbito
del arte, hace falta no ser ”monedita oro para gustarles a todos”, intuir que
sólo los idiotas suscitan unanimidades y huir, como de la peste bubónica, de la
posibilidad de que la palabra desobediencia se reduzca una marca como la que se
usa para anunciar fijadores del bucle rebelde —otra que la publicidad ha
adocenano- blue jeans o refrescos con mucha mucha cafeína. Ser desobediente es,
por tanto, una meta difícil.

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