Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

MISHIMA


Mishima, M. Yourcenar, p. 140
Y ahora, reservada para el final, la última imagen y la más traumatizante; tan impresionante que ha sido reproducida muy pocas veces. Dos cabezas sobre la alfombra, probablemente acrílica, del despacho del general, colocadas la una junto a la otra, casi tocándose, como dos  bolos. Dos cabezas, dos bolas inertes, dos cerebros que ya no irriga la sangre, dos ordenadores detenidos en su tarea, que ya no seleccionan, que ya no descifran el perpetuo flujo de imágenes, de impresiones, de incitaciones y de respuestas que pasan cada día por millones a través de un ser, para formar todas juntas lo que se llama la vida del espíritu, e incluso la de los sentidos, y que motivan y dirigen los movimientos del resto del cuerpo. Dos cabezas cortadas, idas a otros mundos donde reina otra ley, que producen, cuando se las contempla, más estupor que espanto. En su presencia, los juicios de valor morales, políticos o estéticos son, momentáneamente al menos, reducidos al silencio. La noción que se impone es más desconcertante y más sencilla: entre las miríadas de cosas que existen y que han existido, esas dos cabezas han existido; existen. Lo que llena sus ojos sin mirada ya no es la bandera desplegada de las protestas políticas, ni ninguna otra imagen intelectual o carnal, ni siquiera el Vacío que Honda había contemplado y que de pronto sólo parece un concepto o un símbolo que continúa siendo, en resumidas cuentas, demasiado humano. Dos objetos, restos ya casi inorgánicos de estructuras destruidas y que  luego, una vez pasados por el fuego, sólo serán residuos minerales y cenizas; ni siquiera temas de meditación, porque nos faltan datos para meditar sobre ellos. Dos restos de un naufragio, arrastrados por el Río de la Acción, que la inmensa ola ha dejado por un momento en seco, sobre la arena, para volver a llevárselos después.

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