Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

RECUERDOS DE INFANCIA

Música para camaleones, Truman Capote, p. 271-272
¿Pero quiere usted algo más concreto.? Bueno, los recuerdos de mi primera infancia son más bien de tenor. Tendría tres años, probablemente, quizá menos, y estaba visitando el Zoo de Saint Louis, acompañado de una negra alta que mi madre había contratado para que me llevase allí. De pronto, se produjo un pandemonio. Niños, mujeres y hombres adultos gritaban y se apresuraban en todas direcciones. ¡Dos leones se habían escapado de la jau1a! Dos bestias sedientas de sangre acechando por el parque. A mi niñera le entró el pánico.  Simplemente, se dio la vuelta y echó a correr, dejándome solo en el camino. Eso es todo lo que recuerdo de aquella ocasión.
Cuando tenía nueve años me mordió una serpiente mocasín de agua. Junto con unos primos míos fui de exploración a un bosque solitario que estaba a unas seis millas del pueblo de Alabama en donde vivíamos. Había un río estrecho, poco profundo y cristalino, que discurría a través del bosque. En medio, había un enorme tronco caído que iba de orilla a orilla, como un puente. Mis primos, guardando el equilibrio, cruzaron el tronco, pero yo decidí vadear el riachuelo. Justo cuando estaba a punto de alcanzar la otra orilla, vi una enorme mocasín nadando, moviéndose sinuosamente por la sombría superficie del agua. La boca se me puso tan seca como el algodón; me quedé paralizado, pasmado, como si me hubieran pinchado en todo el cuerpo con novocaína. La serpiente siguió deslizándose, avanzando hacia mí. Cuando estaba a unas pulgadas de distancia, di una vuelta en redondo, y resbalé en un lecho de escurridizos guijarros de arroyo. La mocasín me mordió en la rodilla.

Confusión. Mis primos se turnaron llevándome a cuestas hasta que encontramos una granja. Mientras el granjero enganchaba la mula al carro, su único vehículo, su mujer cogió unos cuantos pollos, los  destripó vivos, y me aplicó a la rodilla las calientes aves sangrantes. «Esto saca el veneno», dijo ella, y la carne de los pollos, en efecto, se volvió verde. Durante todo el camino a casa, mis primos fueron matando pollos y poniéndomelos en la herida. Una vez en casa, mi familia telefoneó a un hospital de Montgomery a cien millas de distancia, y cinco horas después llegó un médico con un suero para serpientes. Me convertí en un niño enfermo, y lo único bueno de todo ello fue que falté dos meses a la escuela.

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