Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

INCIPIT 793. UN MUNDO INFIEL / JULIAN HERBERT


La noche antes de que un tren le arrancara las piernas a Ernesto de la Cruz y Doc Moses soñara con un venado muerto y Plutarco Almanza tuviera la desgracia de toparse con el hombre de las botas grises, Guzmán se enderezó en la cama con una aureola de vértigo envolviéndole la cabeza. Sus oídos zumbaban, las imágenes del bisturí y las escaleras aún volaban en sus ojos como papel quemándose y los latidos de su corazón repercutían en la piel con un golpeteo intenso y regular. Le tomó algunos segundos tranquilizarse. Luego encendió la lámpara de mesa, se caló los anteojos e indagó la hora en el reloj del buró: era más de medianoche. Acababa de empezar el día de su cumpleaños. «Treinta», dijo en voz baja, con el corazón latiéndole deprisa. A su lado, Ángela dio un respingo y lo abrazó. Una hebra de saliva escurría de sus labios.
-Estás temblando, amor. ¿La tuviste otra vez?
-Ésta fue de las peores.
-Ay, Gusanito. Pero si ya tu mamá te lo explicó.
-Según ella. Pero no. Algo me hicieron en esa casa, Ángela. Algo cabrón.
Mientras hablaba, Guzmán percibió lo infantil y llorosa que sonaba su voz. Por eso usó al final una expresión dura, una palabra que le devolviera la sensación de ser un hombre adulto y valiente. Ángela se frotó los ojos con el borde de la sábana.
-Ándale, pues. Cuéntamelo.
Guzmán carraspeó.

-Yo estaba recién casado. Pero mi mujer no eras tú sino Poly, una güerita muy flaca que conocí una vez en Guanajuato. Ya ni la recordaba.

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