Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

DROGAS

El rey pálido, DF Wallace, p. 213
No soy la persona más inteligente del mundo pero incluso durante aquel periodo patético y carente de rumbo en el fondo yo sabía que había algo más allá de mi vida y de mí mismo que los simples apetitos psicológicos de placer y vanidad que dejaba que me dominaran. Que existían niveles dentro de mí que no eran ninguna farsa y no eran infantiles, sino profundos, y que no eran abstractos sino mucho más reales en verdad que mi ropa o que la imagen que yo tenía de mí mismo, y que centelleaban de una forma casi sagrada -lo digo en serio, no me estoy limitando a presentarlo de forma más dramática de lo que era en realidad-, y que estas partes más reales y profundas de mí no consistían en impulsos ni en apetitos sino en pura y simple atención y conciencia, que es lo que yo tendría si conseguía permanecer despierto sin las anfetas.

Pero no lo conseguía. Tal como ya he mencionado, después de que se me pasara el efecto ni siquiera solía acordarme de qué era lo que me había parecido tan claro y profundo de las cosas de las que había llegado a ser consciente en aquel sillón verde y barato del anterior inquilino, que alguien había dejado abandonado en la sala de estar al marcharse de la residencia, y que tenía algo roto o doblado en el armazón por debajo de los cojines y se torcía un poco a un lado cuando intentabas reclinarte hacia atrás, de manera que tenías que sentarte en él con la espalda muy recta y erguida, lo cual se hacía tato. Todo el incidente del desdoblamiento quedaba medio emborronado mentalmente a la mañana siguiente, sobre todo si me despertaba tarde -algo bastante habitual, debido a los efectos que tenía sobre el sueño un fármaco que era esencialmente anfetaminas-y más o menos tenía que levantarme pitando e irme corriendo a clase sin ver a nadie ni nada de lo que me rodeaba. En esencia, yo era uno de esos tipos a quienes les aterra llegar tarde pero aun así parece que siempre llegan tarde. Si entraba tarde en una clase, a menudo me pasaba que al principio me sentía demasiado tenso y nervioso para poder seguir lo que estaba pasando. Sé que el miedo a llegar tarde lo he heredado de mi padre. Además, es cierto que a veces la conciencia intensificada y la articulación de mí mismo que comportaban los Obetroles podía ir demasiado lejos: Ahora soy consciente de que soy consciente de estar sentado aquí con la espalda incómodamente recta, ahora soy consciente de estar sintiendo un picor en el costado izquierdo del cuello, ahora soy consciente de estar deliberando sobre si me rasco o no, ahora soy consciente de estar prestando atención a esa deliberación y a la sensación que me produce la ambivalencia sobre el hecho de rascarme y al efecto que están teniendo

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