Beth Hamishpath, audiencia
pública, estas palabras que el ujier gritó a todo pulmón, para anunciar la
llegada de los tres magistrados, nos impulsaron a ponernos en pie de un salto,
en el mismo instante en que los jueces, con Ia cabeza descubierta, ataviados
con negras togas, penetraron por una puerta lateral en Ia sala y se sentaron
tras la mesa situada en el alto estrado. La mesa es larga, a uno y otro extremo
se sientan los taquígrafos oficiales, y, dentro de poco, quedará cubierta por
innumerables libros y más de quinientos documentos. A un nivel inmediato
inferior al del tribunal se encuentran los traductores, cuyos servicios se
emplearán para permitir la directa .comunicación entre el acusado, o su
defensor, y el tribunal. Además, el acusado y su defensor, que hablan el
alemán, al igual que casi todos los presentes, seguirán las incidencias del
juicio en lengua hebrea a través de la traducción simultánea por radio, que es
excelente en francés, aceptable en inglés, y desastrosa, a veces
incomprensible, en alemán.
Lo más visto
Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
INCIPIT 982. EL GRUPO / MARY McCARTHY
En junio de 1933, una semana
después de su graduación en Vassar, Kay Leiland Strong, la primera en dar la
vuelta a la mesa en la cena de compañeras de curso, contraía matrimonio con
Haraid Petersen, graduado en Reed, promoción de 1927. La ceremonia se celebró
en la iglesia episcopaliana de Saint George, de la que era rector Karl F.
Reiland. Fuera, los árboles ya con toda su hoja cubrían Stuyvesant Square, y
las invitadas, que iban llegando en taxi de dos en dos o de tres en tres, lo
primero que oyeron fueron las voces de los niños que jugaban en el parque alrededor
de la estatua de Peter Stuyvesant. Tras pagar al taxista y alisarse los
guantes, las parejas y tríos de jóvenes, todas ellas compañeras de universidad
de Kay, miraron a su alrededor con curiosidad, como si estuvieran en una ciudad
extranjera. Habían empezado a descubrir Nueva York, quién podría imaginárselo, cuando
algunas de ellas habían vivido allí toda su vida en esas tediosas casas
georgianas de las inmediaciones de la calle Ochenta, llenas de espacio
desaprovechado, o en los grandes pisos de Park Avenue, y les encantaban los
rincones escondidos como éste, con el pequeño parque y el templo cuáquero de
ladrillos rojos, molduras blancas y brillantes dorados, contiguo a la iglesia
episcopaliana de color granate. Los domingos cruzaban con los jóvenes que las
cortejaban el puente de Broolding y se asomaban a la soñolienta zona de
Brookling Heigths; exploraban la residencial Murray Hill, las pintorescas
MacDougal Alley y Patchin Place y las callecitas traseras de Washington Square,
con sus antiguas caballerizas convertidas en talleres y estudios de artistas.
SIONISMO
Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt, p. 175
En Amsterdam al igual que en Varsvia,
en Berlín al igual que en Budapest, los representantes del pueblo judío
formaban listas de individuos de su pueblo, con expresión de los bienes que
poseían; obtenían dinero de los deportados a fin de pagar los gastos de su
deportación y exterminio; llevaban un registro de las viviendas que quedaban
libres; proporcionaban fuerzas de policía judía para que colaboraran en la
detención de otros judíos y los embarcaran en los trenes que debían conducirles
a la muerte; e incluso, como un último gesto de colaboración, entregaban las
cuentas del activo de los judíos, en perfecto orden, para facilitar a los nazis
su confiscación. Distribuían enseñas con la estrella amarilla y, en ocasiones,
como ocurrió en Varsovia, «la venta de brazaletes con la estrella llegó a ser un
negocio de seguros beneficios; había brazaletes de tela ordinaria y brazaletes
de lujo, de material plástico, lavable». En los manifiestos que daban a la publicidad,
inspirados pero no dictados por los nazis, todavía podemos percibir hasta qué
punto gozaban estos judíos con el ejercicio del poder recientemente adquirido.
La primera proclama del consejo de Budapest decía: «Al Consejo Judío central le
ha sido concedido el total derecho de disposición sobre los bienes espirituales
y materiales de todos los judíos de su jurisdicción». Y sabemos también cuáles
eran los sentimientos que experimentaban los representantes judíos cuando se
convertían en cómplices de las matanzas. Se creían capitanes «cuyos buques se
hubieran hundido si ellos no hubiesen sido capaces de llevarlos a puerto
seguro, gracias a lanzar por la borda la mayor parte de su preciosa carga», como
salvadores que «con el sacrificio de cien hombres salvan a mil, con el
sacrificio de mil a diez mil». Pero la verdad era mucho más terrible. Por
ejemplo, en Hungría, el doctor Kastner salvó exactamente a 1.684 judíos gracias
al sacrificio de 476.000 víctimas aproximadamente. A fin de no dejar al «ciego
azar» la selección de los que debían morir y de los que debían salvarse, se
necesitaba aplicar «principios verdaderamente santos», a modo de «fuerza que guíe
la débil mano humana que escribe en un papel el nombre de un desconocido, y con
ello decide su vida o su muerte». ¿Y quiénes eran las personas que estos
«Santos principios» seleccionaban como merecedoras de seguir con vida? Eran
aquellas que «habían trabajado toda la vida en pro del zibur” (la comunidad)
-es decir, los funcionarios- y los «judíos más prominentes», como dice Kastner
en su informe.
LA ILÍADA
El club de lectura de David Bowie, p. 70
El canon europeo empieza aquí.
¿Llegó Bowie a La Ilíada a través de las teorías sobre la mente bicameral de
Julian Jaynes? ¿Fue por medio de Camille Paglia, que aborda la obra en Sexual
personae y alaba el pictorialismo cinemática de Homero? ¿O simplemente sentía
debilidad por la poesía épica griega?
La Ilíada, atribuida al poeta
Homero, narra lo que sucedió al final de la guerra de Troya y durante el sitio
griego de la ciudad de Troya. Es un sangriento y belicoso pase de lista de
héroes míticos. Especial interés habría tenido para Bowie la relación -interpretada
a veces como gay- entre el guerrero Aquiles y su mejor amigo Patroclo. La
armadura mágica de Aquiles, de bronce y salpicada de estrellas, símbolo de su
poder, lo distingue de los demás soldados. Cuando Aquiles se niega a combatir
tras haber discutido con el rey Agamenón, Patroclo toma prestada la armadura de
Aquiles y ambos bandos lo confunden con él. Y, por si fuera poco, la armadura
le otorga poder a Patroclo; hasta tal punto que adopta las habilidades
guerreras y las peculiaridades de Aquiles. Por desgracia, el dios Apolo
interviene para ayudar a los troyanos. Deja sin sentido a Patroclo y lo despoja
de su casco para desenmascararlo ante el héroe troyano Héctor, que lo mata y le
roba la armadura para quedársela.
Esta historia encierra una
enseñanza sobre el poder de la ropa, tan crucial en la proyección de la
personalidad, y sobre cómo este poder no solo crece y mengua, sino que también
se puede perder o ser transferido. El relato, además, esclarece algunos aspectos
de la complicada relación que tenía Bowie con Iggy Pop y Lou Reed; artistas que
le influyeron, a los que eclipsó y que más adelante recuperarían el poder
perdido gracias a su intercesión y se convertirían en personajes de plena
modernidad en la década de los ochenta y de los noventa, época en que a Bowie le
costaba conectar con el público mayoritario que Let's Dance le había procurado.
La Ilíada y su hermana homérica
La Odisea eran recitadas en banquetes, festivales y ceremonias por cantantes
profesionales o «rapsodas» que acompañaban el relato con la música de la lira. Estos
rapsodas analfabetos mezclaban y modificaban canciones ya existentes,
«componiendo» nuevas versiones de la obra durante la misma representación, un
modo de obrar que sin duda le habría parecido a Bowie la quintaesencia del
beat.
LO LI TA
El club de lectura de David Bowie, p. 54
Dolores Haze, “Lolita”, de doce
años, fue el pasaporte de Vladimir Nabokov al reconocimiento y a la fama. Ella
es la infeliz presa del héroe-narrador de Lolita, Humbert Humbert, un académico
y poeta menor que vive de una herencia y acaba en Ramsdale, Nueva Inglaterra,
hospedándose en casa de una rica viuda, Charlotte Haze. Se casa con Charlotte,
pero a quien desea de verdad es a su hija, pues Humbert es un pedófilo
obsesionado con niñas de entre nueve y catorce años a las que llama “nínfulas”.
Tras la muerte de Charlotte -es atropellada al cruzar la carretera a toda prisa
para enviar unas cartas que denuncian a Humbert, cuya verdadera naturaleza
acaba de descubrir-, Humbert se lleva a Lolita en una odisea por moteles americanos,
solo para que ella lo acabe abandonando por un dramaturgo, Ciare Qgilty ...
El lector descubre con aprensión
que Humbert es un acompañante sensacional: irónico, pagado de sí mismo,
despectivo, snob, narcisista. Su mirada desdeñosa de habitante del Viejo
Continente sobre el consumo estadounidense es desternillante. El lenguaje magistral
de Nabokov, repleto de hábiles juegos de palabras y alusiones, nos maravilla y
nos aboca a la complicidad con el monstruo, con el violador en serie de niñas.
En 1959, con lo ganado por el
éxito de Lolita, Nabokov se marchó de los Estados Unidos para regresar a
Europa, y se mudó a una suite de la sexta planta del Hotel Palace de Montreux,
en Suiza, no demasiado lejos de la casa de Bowie en Lausana; aunque cuando el
cantante se mudó allí, Nabokov ya había muerto. Durante muchos años, la edición
de Penguin de Lolita llevaba en la portada el cuadro “Niña con gato” (1937),
obra de otro de los vecinos suizos de Bowie, el huidizo artista Balthus, a
quien Bowie entrevistó en profundidad para la revista Modern Painters en 1994.
Nabokov tenía un porte magnífico,
regio. “No creo que un artista deba preocuparse por su público», dijo en la
revista The Listener de la BBC. “Su mejor público es la persona que ve en el
espejo de afeitarse cada mañana». Tras, la debacle de los años ochenta y el
fiasco de los álbumes Tonight o Never Let Me Down, Bowie llegó a compartir
aquel punto de vista: “Mis grandes errores siempre se deben a que intento
adivinar qué quiere el público o complacerle», admitió en 2003 en la revista
The Word. “Mi obra es siempre más potente cuando soy muy egoísta con ella».
FREUDIANA
La inesperada verdad sobre los animales, Lucy Cooke, p. 348
En 1924 el Instituto Pasteur de París
escribió al científico ruso para darle una buena noticia: sería «posible y
deseable» que llevara a cabo sus experimentos en la colonia de chimpancés que
acababan de establecer en África Occidental. El emblemático centro de
investigación había creado algo del gusto de los lunáticos científicos rusos.
De hecho, por entonces ya apoyaban a Serge Voronoff, que también estaba
haciendo avances no menos extravagantes en la ciencia de los chimpancés,
afirmando que había descubierto la fuente de la juventud injertando porciones
de testículo de chimpancé en el escroto de un anciano. Se le había ocurrido
aquella imaginativa “terapia de rejuvenecimiento” tras observar a los eunucos y
someterse a sí mismo a algunos experimentos de naturaleza manifiestamente poco
envidiable, entre los que se incluían inyectarse en sus propios testículos un
cóctel de gónadas de conejillo de Indias y de perro trituradas
La fórmula -afortunadamente cara-
de Voronoff para ampliar la vida humana hasta los ciento cuarenta años
consistía en coser a mano trocitos de “glándula de mono” utilizando un finísimo
hilo de seda. Aunque él insistía en que «el injerto no es en absoluto un
remedio afrodisiaco, sino que actúa en todo el organismo estimulando su
actividad», corría el rumor de que podía restaurar el debilitado impulso sexual
del millonario que pudiera pagarlo,
además de su memoria y su visión. Fuera como fuese, aquello bastó para
garantizar que la clínica de Voronoff nunca estuviera vacía. Cientos de hombres
se inscribieron para someterse al tratamiento, entre ellos Sigmund Freud, quien,
tras haberse revelado incapaz de encontrar los testículos de la anguila, era
evidente que ahora no temía experimentar con los suyos propios.
Hasta el mismo Ivanov necesitaba
la magia de las glándulas de mono de Voronoff. El Instituto Pasteur le había
ofrecido instalaciones, pero no fondos, y ahora, peligrosamente falto de presupuesto,
su proyecto del humancé se estaba viniendo abajo. De modo que en uno de sus
viajes a África se detuvo en París para colaborar con Voronoff. Ambos saltaron
a los titulares después de trasplantar el ovario de una mujer a una hembra de chimpancé
llamada Nora e intentar inseminarla con esperma humano. Pero la hembra no
concibió ningún humancé. Voronoff decidió atenerse a su lucrativa labor
cotidiana de trucar testículos de millonarios, e Ivanov se fue a la Guinea
Francesa con el único apoyo de su hijo, que era estudiante de medicina.
PINGÜINO DE ADELAIDA
La inesperada verdad sobre los animales, Lucy Cooke, p. 330
El pingüino de Adelia es uno de
los pocos animales del planeta que se entregan a la prostitución. Es el clásico
pingüino de cómic que te llega a la altura de la rodilla. Es el ave que
nidifica más al sur de todas las que lo hacen, y se agrupa en vastas y ruidosas
colonias al principio del corto verano para anidar en los límites de la
península Antártica. Hacia el final de la temporada, cuando el clima se hace
más cálido, existe el peligro de que los sencillos nidos de piedra del pingüino
se inunden, y los embriones se ahoguen en el interior de los huevos, debido al
agua del deshielo. De modo que las hembras van a la caza de nuevos guijarros
para reforzar su inversión parental. Es muy frecuente que los roben de otros nidos,
y son habituales las refriegas. «Pueden ser sorprendentemente brutales,
picoteándose' y golpeándose repetidas veces unos a otros con las aletas”, me
explicaba Davis.
Algunas hembras astutas han
aprendido a evitar ser atacadas por los propietarios de guijarros más posesivos
centrando su atención en los nidos de machos sin descendencia que viven en las
lindes de la colonia. Al no tener deberes parentales, estos solteros disponen
de tiempo para entregarse a una extravagante búsqueda y acumulación de guijarros,
y llegan a construir auténticos castillos de piedra. También están
extremadamente desesperados por esparcir su semen. La taimada hembra acude a
uno de esos machos con una profunda inclinación y mirándolo de reojo con
coquetería, como si quisiera copular con él. El macho también se inclina, se
hace a un lado para permitir que la hembra se tienda en su castillo de
guijarros, y se dispone a procrear. El sexo es cosa rápida, y no es infrecuente
que el inexperto macho no afine bien y yerre su objetivo. Una vez consumado el
acto, la hembra regresa a su nido con un guijarro hurtado en el pico.
Davis observó que algunas hembras
especialmente astutas robaban piedras a los machos sin siquiera ofrecerles sexo
a cambio. Flirteaban tal como hemos explicado, pero se saltaban la parte del
sexo y se limitaban a largarse a toda prisa con una piedra. En palabras de
Davis, la hembra “coge el dinero y corre». En respuesta, nunca se veía a los
machos enzarzarse en una refriega, aunque algunos de ellos hacían un
desesperado intento de reclamar sus derechos conyugales cuando la hembra
emprendía una precipitada huida con su botín. Y engañar a aquellos machos
resultaba patéticamente fácil: una timadora muy eficaz fue grabada birlando
sesenta y dos piedras en el plazo de una hora.
Davis me explicó que las hembras
han aprendido que los machos «no es que sean exactamente tontos, sino que más
bien están desesperados». Tienen grandes nidos de piedra y no mucho que perder.
Si hay una posibilidad de que la hembra acepte mantener relaciones sexuales,
les merece la pena asumir el riesgo. Puede que parezcan unos necios, pero, como
admitía Davis, «desde una perspectiva evolutiva es una jugada muy inteligente”.
OSOS PANDA
La inesperada verdad sobre los animales, Lucy Cooke, p. 296
Los pandas ocupan territorios
bastante extensos de 4 a 6,5 kilómetros cuadrados, y detectan a sus parejas
sexuales por el olfato, ya que estas van dejando periódicamente actualizaciones
aromáticas de su estado -en las que anuncian su identidad, sexo, edad y fertilidad-
en árboles especialmente designados (el equivalente en el mundo de los pandas a
las aplicaciones de contactos como Tinder). Cuando una hembra entra en celo despierta
el interés de los machos frotando sus glándulas anales en la base de uno de
esos tableros de anuncios comunitarios. Su hedionda señal atrae a machos de
todas partes, que a continuación pasan a competir por sus atenciones en una
especie de Juegos Olímpicos urinarios, ya que las hembras de panda prefieren a los machos que son capaces de
dejar su atractiva señal olorosa más arriba en los troncos de los árboles. Los
científicos han explicado que los machos adoptan toda una serie de posturas
atléticas “agacharse”, “levantar la pata”, y, la más extraordinaria de todas, “hacer
el pino”- a fin de proyectar su chorro de orina lo más alto posible.19 También
se cree que utilizan su propio cuerpo como olorosos reclamos de atracción
sexual poniéndose unas gotitas de orina -tipo aftershave- en las orejas, las
cuales actúan como un par de esponjosas balizas que transmiten la
disponibilidad del animal a través de la brisa de la montaña.
Los osos son conocidos por tener
un sentido del olfato extremadamente desarrollado, de modo que la corta
duración del periodo de fertilidad de las hembras de panda no es un impedimento
para su reproducción en su hábitat natural. De hecho, incluso podría tratarse
de una adaptación evolutiva para controlar el tamaño de la población, debido
precisamente a la gran capacidad de procrear de los machos, que ayudaría a
garantizar que la tasa de natalidad no supere nunca lo que los bosques de bambú
pueden sustentar. Como media, una hembra salvaje parirá a una cría entre cada
tres y cinco años, lo que no es una tasa reproductiva inusual; si se reprodujeran
con mayor rapidez no tardarían en desbordar la capacidad de su hábitat.
CIGÜEÑAS
La inesperada verdad sobre los animales, Lucy Cooke, p. 230
Es famosa la asociación de las
cigüeñas a la fertilidad. En muchos países europeos se creía que una pareja que
tuviera un nido de cigüeñas cerca de su casa no tardaría en ser bendecida con
un bebé. Aún hoy, en Alemania, suele colocarse una reproducción de madera de
una cigüeña con un fardo en el pico en el exterior de las casas cuando acaba de
nacer un niño, y cuando una mujer se queda embarazada se dice que “una cigüeña
le ha picado en la pierna”. La popularidad de esta creencia puede generar
alguna que otra confusión. Recientemente, la cadena de televisión
estadounidense Fox News emitió una noticia sobre una pareja de alemanes que
habían acudido a una clínica de fertilidad porque no lograban tener hijos. Allí
les explicaron que para tener un bebé primero debían mantener relaciones
sexuales: ellos creían que bastaba con la cigüeña.
La reputación de estas grandes aves blancas como
portadoras de bebés tiene su origen en la cultura pagana. Las aves reaparecen cada
primavera, y generalmente esta era una estación abundante en nacimientos. El
solsticio de verano -el 21 de junio- era una festividad pagana tradicional que
celebraba el matrimonio y la fertilidad. Muchas relaciones amorosas se
iniciaban entonces, y nueve meses después llegaban los bebés resultantes, coincidiendo
con el retorno de las cigüeñas. Con el tiempo, los dos eventos pasaron a estar
interconectados, con el resultado de que la gente empezó a pensar que eran las
cigüeñas las que traían a los bebés.
RANAS
La inesperada verdad sobre los animales, Lucy Cooke, p. 200
Puede sonar sospechosamente
parecido a la falsa medicina popular de los bestiarios medievales, pero lo
cierto es que entre las décadas de 1940 y 1960 la primera prueba de embarazo
fiable del mundo fue un anuro de ojos saltones. Cuando se le inyectaba la orina
de una mujer embarazada, la rana no se volvía de color azul ni exhibía franjas
de ningún tipo, sino que lanzaba un chorro de huevos entre ocho y doce horas
después, lo que confirmaba un resultado positivo.
No había ranas para llevarse a
casa y hacer allí la prueba. La inyección la aplicaban profesionales
especializados en la prueba del embarazo que pasaban horas en los sótanos y
edificios adyacentes de muchos hospitales y clínicas de planificación familiar,
rodeados de tanques llenos de aquellas ranas especializadas en hacer
pronósticos. Comenté este proceso con Audrey Peattie, una mujer de ochenta y
dos años de Hertfordshire rebosante de vitalidad que había realizado esa labor,
y que me habló de sus tres años trabajando con ranas en el hospital de Watford.
Trabajar en un laboratorio lleno
de orina y de anfibios era una ocupación inusual para una joven en la década de
1950. Mientras la mayoría de las amigas de Audrey dejaban la escuela para
convertirse en secretarias, a los diecisiete años puso rumbo a Watford para
seguir una carrera profesional que, según me dijo, resultaba un poco más “peculiar”
y “embarazosa de explican”, pero con la que, sin embargo, disfrutaba.
“Hacíamos unas cuarenta pruebas
al día. Las ranas eran bastante escurridizas, pero las Sujetabas entre las
patas y les inyectabas bajo la piel y en sus partes más carnosas”, recordaba Audrey.
“luego las metías en un tarro numerado, las dejabas toda la noche en una zona
caldeada, y por la mañana las examinabas para ver si habían puesto huevos. Si
la rana solo había puesto unos pocos huevos, repetíamos la prueba con otra.
Pero casi nunca nos quedábamos sin ranas.»
Según Audrey, aquellas ranas tan
sibilinas no eran “como las que ves arrastrándose por tu jardín”, sino de una
especie mucho más exótica conocida como rana africana de uñas (Xenopus laevis),
una antigua especie de anuro acuático del África subsahariana. No se puede
decir que estas ranas, armadas de largas garras, y con el cuerpo plano y
adornado con lo que parecen costuras tipo Frankenstein, sean precisamente
bonitas. Sus ojos saltones tampoco tienen párpados, lo que implica que bajo el
agua se mueven en todas direcciones exhibiendo una mirada amenazadora que te
sigue por todo el laboratorio. La capacidad de estas ranas de detectar el
embarazo fue descubierta por el endocrinólogo británico Lancelot Hogben cuando
trabajaba en la Universidad de Ciudad del Cabo, a finales de la década de 1920.
Hogben había utilizado previamente ranas europeas en sus estudios sobre hormonas,
pero en Sudáfrica empezó a experimentar con la fauna local. Y descubrió que
Xenopus, tal como hacen hoy las pruebas de embarazo químicas, exhibía una
drástica respuesta ante la presencia de la gonadotropina coriónica humana (o
hCG), la hormona que se libera cuando un óvulo humano es fécundado. Hogben
comprendió que el potencial de la rana como prueba de embarazo era un “regalo
del cielo”; tan entusiasmado se sintió con el anfibio que más tarde le puso su
nombre a su propia residencia.
MURCIELAGOS
La inesperada verdad sobre los animales, Lucy Cooke, p. 158
Buffon también se sentía ofendido
por las partes pudendas del murciélago, que parecía haber tomado prestadas de
alguna otra especie, quizá incluso -lo que resultaba bastante alarmante- de la
suya propia: “El pene, que es colgante y fláccido”, anunciaba, “es algo
peculiar del hombre, [y de]los monos.”
Como el conde, también yo me
quedé sorprendida la primera vez que vi el pene de un murciélago. Fue
aproximadamente hace diez años, en un remoto rincón de la Amazonia peruana donde
me había unido al doctor Adrián Tejedor, un investigador cubano especializado
en quirópteros, en la tarea de capturar murciélagos con red de niebla. Ello
requería instalar lo que parecía una red de bádminton muy grande y fina en un
claro de la selva, y luego limitarse a esperar -como las arañas- a que algún
murciélago cayera volando en nuestra trampa (dado que la red era tan fina que
no podían detectarla). Permanecimos sentados durante varias horas entre las
oscuras y bochornosas sombras de la noche con las antorchas apagadas para no
ahuyentar a los murciélagos, un ejercicio de control del aburrimiento digno del
perezoso, aunque recuerdo que durante un rato me entretuve contemplando un
hongo surrealista que brillaba en la oscuridad y que me recordó al tipo de
cosas que de niño pegabas en la pared.
El primer invitado que cayó en la
red fue un ejemplar de la especie Phyllostomus elongatus (o murciélago de lanza
alargado). Adrián se sintió emocionado: hacía nueve años que no veía un ejemplar
de esta especie de murciélago. A mí me impresionó el tamaño del pene, que le
colgaba casi hasta la rodilla y me pareció cualquier cosa menos aerodinámico.
Adrián me informó con cierta frivolidad de que «en los mamíferos la longitud
del pene parece estar relacionada con el grado de promiscuidad de las hembras».
De ser así, las señoras de Phyllostomus elongatus deben de ser auténticas
meretrices, dado que los machos son famosos por lo especialmente prolongado de
sus apéndices. Cuanto más largo es el pene, más posibilidades tienen de
introducir su esperma en la hembra, lo que da ventaja a su simiente sobre la de
sus rivales amorosos.
HIENAS
La inesperada verdad sobre los animales, Lucy Cooke, p. 110
Cada clan de hienas es un
matriarcado dominado por una hembra alfa. En la estricta estructura de poder
del clan, esa dominancia se transmite a través de la línea sucesoria de la
hembra alfa a sus crías. Los machos adultos ocupan la última posición en la
jerarquía, reducidos al papel de sumisos parias que mendigan aceptación, comida
y sexo. Ante un cadáver compartido, donde podría haber alrededor de treinta
hienas disputándose su libra de carne, los machos son los últimos en comer –si es
que queda algo-, ya que de lo contrario corren el riesgo de sufrir violentas
represalias por parte de las hembras.
Holekamp cree que el factor
crucial que explica la agresividad y la dominancia de la hembra de la hiena
manchada es precisamente esta intensa competencia por los cadáveres. Una avalancha
de hienas frenéticas puede convertir una cebra adulta de 250 kilos en una mera
mancha de sangre sobre la hierba en menos de treinta minutos. Una hiena adulta
es capaz de engullir hasta una tercera parte de su peso corporal-entre 15 y 20
kilos de carne- en una sola comida. Resulta una escena frenética, desenfrenada y
a veces bastante aterradora. Las hembras más grandes y agresivas tienen mayores
probabilidades de asegurarse de que sus crías -las que hayan sobrevivido al
parto- tengan un lugar en la mesa y no resulten lastimadas en el proceso.
Las hembras dominantes tienen
otro truco para proporcionar a sus cachorros una ventaja agresiva. Un reciente
estudio ha revelado que cuanto más poderosa es una hembra, mayor es el nivel de
testosterona al que se ven expuestos sus fetos durante la última fase del
embarazo. Dicho andrógeno se produce en los ovarios de la madre, lo cual
resulta bastante insólito. Pero Holekamp cree que las crías hembra son más
sensibles a sus efectos que los machos. Las hienas moteadas tienen un periodo de
gestación inusualmente prolongado, y «macerarse» en este baño de andrógeno
prenatal afecta al desarrollo del sistema nervioso de las crías, de modo que
estas se hallan predispuestas al combate desde el momento en que nacen. Y
además cuentan ya con las armas necesarias para ello: a diferencia de la
mayoría de los mamíferos, los cachorros de hiena nacen con los ojos abiertos, los
músculos coordinados y los dientes asomando ya a través de las encías y
ansiosos por morder. Estos belicosos recién nacidos suelen luchar a muerte por
la comida, y el cainismo es habitual entre ellos.
FREUDIANA
La inesperada verdad sobre los animales, Lucy Cooke, p. 36
Cuando era un estudiante de
diecinueve años en la Universidad de Viena, el futuro fundador del
psicoanálisis emprendió el que sería su primer auténtico trabajo de
investigación, desplazándose en 1876 a
una estación zoológica de Trieste, en la costa adriática de Italia, con el
encargo de encontrar los testículos de la anguila.
La única manera de determinar el
género era abriendo el pez, «habida cuenta de que las anguilas no escriben
diarios”, opinaba Freud con sarcasmo en una carta a un amigo. Durante semanas
hizo exactamente eso, cada día, desde las ocho de la mañana hasta las cinco de
la tarde, en un laboratorio caluroso y maloliente. Le habían encargado que
investigara la pretensión de un profesor polaco llamado Szymon Syrski, que
aseguraba haber descubierto los testículos de la anguila. “Pero dado que al
parecer no sabe lo que es un microscopio», se quejaba Freud en su carta, «ha
sido incapaz de proporcionar una descripción exacta de estos.”
Cuatro semanas y cuatrocientas
anguilas destripadas después, Freud tiró la toalla. «Me he estado atormentando
a mí mismo y a las anguilas, pero en vano: todas las anguilas que he abierto son
del bello sexo”, se lamentaba, en tina misiva plagada de dibujitos de anguilas
que mostraban una sonrisita burlona. El ensayo resultante de Freud, titulado
«Observaciones sobre la forma y la estructura fina de los órganos arrollados de
la anguila, órganos considerados los testículos», fue su primer trabajo publicado.
Aunque sospechaba que Syrski estaba en lo cierto, no pudo ni confirmar ni
desmentir las afirmaciones del polaco.
Nadie sabe con certeza en qué
medida aquellas largas jornadas dedicadas a abrir peces de aspecto fálico en
una infructuosa búsqueda de su sexo influirían en las posteriores teorías de
Freud sobre la fase de “envidia del pene” del desarrollo psicosexual humano.
Sea como fuere, en lo sucesivo el científico se dedicaría a sondear a sujetos
menos escurridizos, como la psique humana, con bastante más éxito. Dos décadas
más tarde, una solitaria anguila macho reveló finalmente sus partes íntimas. El
joven biólogo que tuvo la fortuna de conocer a aquel ejemplar fue otro
italiano, Giovanni Grassi, que capturó el pez -cuyos órganos sexuales estaban
hinchados de esperma- nadando en la costa de Sicilia.
INCIPIT 981. LA LUCHA CONTRA EL DEMONIO / STEFAN ZWEIG
Cuanto más difícilmente se libera
un hombre, tanto más logra conmover nuestro sentimiento humano. (Conrad Ferdinand Meyer)
En la presente obra, lo mismo que
en la anterior trilogía titulada Tres maestros, se exhiben tres retratos de poetas
unidos por una íntima afinidad; pero esta afinidad no debe tomarse más que como
algo alegórico. No trato de buscar fórmulas para lo espiritual, sino que plasmo
espiritualidades. Si en mis libros, con toda intención, coloco siempre unos
retratos junto a los otros, lo hago para lograr un efecto pictórico, como lo
hace el pintor que, buscando efectos de luz y de contraluz, logra poner de
manifiesto, por medio del contraste, cualidades y analogías que de otro modo
quedarían ocultas. Siempre me ha parecido la comparación un elemento creador de
gran eficacia, y hasta me gusta como método, ya que puede ser usado sin necesidad de forzarse; así como las fórmulas
empobrecen, la comparación enriquece, pues realza los valores, dando una serie
de reflejos que, alrededor de las figuras, forman como un marco de profundidad
en el espacio. Ese secreto plástico lo sabía ya Plutarco, ese antiguo creador de
retratos, quien, en sus Vidas paralelas, presenta siempre un personaje romano a
la par que uno griego, para que así, detrás de la personalidad, pueda verse de modo
más claro su proyección espiritual, es decir, el tipo.
INCIPIT 980. LA INESPERADA VERDAD SOBRE LOS ANIMALES / COOKE
¿Cómo pueden existir animales
tan inútiles como los perezosos?
Como zoóloga y fundadora de la
Asociación de Amigos del Perezoso, esta es una pregunta que me formulan muchas
veces. En ocasiones lo de «inútiles”se define con mayor precisión, añadiendo
otros términos entre los que «indolentes», «estúpidos”y «lentos” figuran como
perpetuos favoritos; otras veces la pregunta viene acompañada de una apostilla –“Yo
creía que la evolución tenía que ver con la "supervivencia de los más aptos"-
proclamada con cierto aire de perplejidad o, lo que es peor, con cierto tufillo
de petulancia propio de una especie superior.
Cada vez que esto sucede, yo
respiro profundamente, y, con todo el aplomo que soy capaz de reunir, explico
que los perezosos no son en absoluto unos inútiles. De hecho, constituyen una
de las creaciones más peculiares de la selección natural, y una que, por si
fuera poco, además ha tenido un éxito fabuloso. Puede que merodear furtivamente
por las copas de los árboles apenas más deprisa que un caracol, andar cubiertos
de algas e infestados de insectos y defecar tan solo una vez a la semana no sea
precisamente la idea que tiene el lector de una vida modélica; pero ninguno de
nosotros tiene que intentar sobrevivir en las extremadamente competitivas
junglas de América Central y del Sur, algo que al perezoso se le da bastante
bien.
LA TECNICA
No entres dócilmente en esa noche quieta, Ricardo Menéndez Salmón, p. 135
También allí tomé conciencia de
algo que me atrevo a denominar la satisfacción del técnico, una satisfacción
que se ampara no sólo en una práctica que tiene sus causas y genera sus
consecuencias, sino que implica un modo de estar en el mundo, una gestualidad,
un lenguaje, una actitud que entonces me pareció arrogancia pero que hoy acepto
es una segunda naturaleza, el apellido añadido a una condición común. Porque
los técnicos del hospital, los cirujanos y los oncólogos, los dueños de la vida
y la muerte, estaban más allá de las servidumbres dictadas por el decoro y la
paciencia. Ellos no pertenecían a este lado de la ecuación, y lo que comprendí es
que, en realidad, cuando operaban no operaban a un hombre o a una mujer, ni
siquiera a un cuerpo asexuado. Operaban casos. Y los casos eran moldes,
recipientes, formas particulares con las que se llenaba un modelo ideal,
denominado en el caso de mi padre cáncer de la cavidad oral, pero que en otros
casos se llamarían linfoma de Burkitt o ependimoma infantil.
Los técnicos recibían a las
familias en cubículos poco aireados, cuyas paredes estaban decoradas con
diplomas amarillos por el tiempo y cuyas ventanas estaban cegadas por la palomina.
No tenían buen aspecto. Tampoco lo pretendían. Exudaban esa forma de protocolo
que exige la negligencia en el trato, una descortesía que no obedece a la falta
de respeto, sino a una desatención hacia nada que no sea la extirpación, la
erradicación, la mutilación de masas invasoras. Hablaban con palabras incompletas,
truncadas, como los políticos cuando maltratan el idioma, y hacían gala de una apatía
sospechosa, igual que dispépticos a los que la idea de comer resulta ridícula.
No miraban a los ojos cuando evaluaban riesgos o sancionaban dietas. Eran
implacables sin necesidad de alzar la voz, y al verlos, no sé por qué, me
imaginaba a Franco firmando sentencias de muerte, sin estridencias ni florituras.
LA MUERTE DEL PADRE
No entres dócilmente en esa noche quieta, Ricardo Menéndez Salmón, p.123
Lo que sentí aquel 27 de diciembre
de 2006 conversando con mi padre, mientras por un lado le hacía partícipe de mi
felicidad e intentaba por otro ocultarle mis temores dado su estado, era que su
pérdida implicaba la desaparición del único intermediario existente entre la
muerte en tercera persona y la muerte en primera persona. Si él moría aquella
mañana, si rendía la vida en aquella intervención delicadísima, se rompería la
membrana que separaba el concepto abstracto y nebuloso de la muerte genérica
del concepto empírico y diáfano de la muerte propia.
Con la muerte de mi padre, la
solicitud, el esmero, el cuidado que me protegían de la extinción capitularían.
Como en una carrera de relevos, el testigo de la muerte pasaría a mi mano. Pues
lo que egoísta pero humanamente supe entonces, si bien sólo ahora alcanzo a
explicarlo, es que cuando un hombre pierde a sus padres, cuando un hombre deja de
ser hijo, descubre que ya sólo cabe pensar en la muerte como una entidad
tangible, efectiva, sólida como un muro: como una cosa que te sucederá a ti. Lo
que la muerte del padre supone para cada hombre es, en definitiva, el paso de
lo velado a lo desnudo. Entre uno mismo y la muerte ya no hay nadie, ya no hay
nada, salvo el cuerpo exiguo, el tiempo medido, la certeza innegociable de la
mortalidad. Esta enseñanza es trágica, sin duda. La imagen de la desnudez apela
al desamparo en que quedamos. No es sólo que la muerte del padre nos robe a una
persona cercana, sino que nos hurta la posibilidad de seguir engañándonos con
respecto a nuestra muerte. Subyace aquí un pensamiento mágico no muy distinto
al que impide vincular a un verbo en pasado las acciones de un muerto reciente,
y en virtud del cual, mientras somos hijos, sentimos que la muerte, y con ella
el fin de nuestras funciones, su abolición radical, nos concederá un margen de olvido,
no nos buscará en las curvas cerradas de las carreteras comarcales, nos
ignorará en el bingo perverso de las neoplasias y de los aneurismas. El padre vivo
supone un escudo historiado ante la muerte, un talismán de profeta, un
pararrayos de carne y hueso. Pero cuando el escudo se quiebra, el talismán pierde
su hechizo y el pararrayos se derrite, lo que queda es la desnudez atávica,
biliosa y rotunda que significa el hecho de que debemos morir.
No existe ninguna fuerza disuasoria en este mundo para quien ha decidido matarse.
No entres dócilmente en esa noche quieta, Ricardo Menéndez Salmón, p. 98
A mi padre le recetaron disulfiram para disuadirle de beber.
La droga se comercializaba en un fármaco llamado Antabus. Los nombres que las
empresas farmacéuticas escogen para sus productos son fascinantes. Todos esos
arcanos del dolor y de la angustia que forman ya parte de la épica
posindustrial: Xanax, Demerol, Librium, Torazina, Seropram. He sido diez años
consumidor de benzodiacepinas, y conozco bien el árbol genealógico de sus
alias. Y aunque la relación de mis ansiedades y de mis adicciones sin duda
tiene que ver con la historia que estoy contando, pues en cierta medida es
consecuencia de ella, no debe distraerme de lo que ahora mismo intento relatar.
La tentación de regresar a la piscina de Kafka siempre pende sobre la página.
No en vano, los pecados de omisión son los más disculpables.
El disulfiram inhibe la acción de la acetaldehído deshidrogenasa,
una enzima que permite la metabolización del etanol en ácido acético. Si se
consume alcohol habiendo ingerido disulfiram, en el organismo se disparan una
serie de alarmas. Se asiste entonces a un rosario de afecciones, a un drama en vivo
y en directo. La más indulgente manifestación de la ingesta conjunta de alcohol
y disulfiram es la eflorescencia cutánea. El cuerpo se convierte en un mapa de
ronchas y salpicaduras. Después, en la escala del terror, llegan la náusea, el
vómito, las palpitaciones, la disnea, la hiperventilación, la visión borrosa,
el vértigo, la opresión en el pecho, la taquicardia y la arritmia. En algunos
casos, el matrimonio entre alcohol y disulfiram conduce a la muerte. Como una estrella exhausta, el corazón
estalla.
El disulfiram es lo más parecido a llevar una pistola cargada
contra la sien. Lo cual no impide que algunos alcohólicos sigan bebiendo. He
visto a personas caminar mientras consumían botellas de ginebra a morro y
vomitaban a cada paso. Se movían en línea recta, sin vacilaciones, arponeros en
pos de la ballena blanca, al tiempo que el disulfiram los convertía en
surtidores de su propia desdicha. Llevaban su némesis dentro y la aceptaban. Y
con el tiempo, como las cucarachas frente a ciertos insecticidas, sus
organismos se blindaban contra el antagonista. No existe ninguna fuerza
disuasoria en este mundo para quien ha decidido matarse.
ALCOHOL
No entres dócilmente en esa noche quieta, Ricardo Menéndez Salmón, p. 35
La complejidad de abordar un tema
como el alcoholismo procede de un prejuicio. Existe una vergüenza implícita en
el hecho de ser alcohólico, algo por otro lado difícil de sustanciar, al menos
en una cultura como la española, en la que el alcohol merece una consideración
afectiva, casi familiar, protagonista como es de la mayoría de las actividades que
otorgan una dimensión social a la existencia.
Beber es un aglutinador de la
efervescencia, un inmunodepresor colectivo, la silla siempre dispuesta a acoger
a amigos y a extraños. Pero su aparente ligereza esconde una pesadilla. Sucede
cuando la bebida convierte la excepción en norma y la embriaguez deviene
hábito, ese traje que, al vestirse cada día, ya no se ve. Mi familia nunca tuvo
empacho en celebrar las quermeses del alcohol, en peregrinar en masa y con
alegría a sus carnavales y ferias. Pero desde el momento en que se hizo
evidente que mi padre tenía un problema al respecto, ese hecho intentó taparse
como una sábana manchada de sangre.
Ello, por otro lado, respondía de
modo coherente a la lógica de mi familia, que ha consistido en ocultar los
problemas bajo la máscara de las buenas formas. Otro tipo de superstición ha
triunfado así durante décadas. El hecho, siniestramente indemostrable, de que
si algo no se menciona, ese algo deja de existir. La obstinación de la realidad
en negar esta operación milagrosa ha tenido como consecuencia que la escritura
demande también aquí sus poderes.
SALMON
No entres dócilmente en esa noche quieta, Ricardo Menéndez Salmón, p. 35
Pero debo volver atrás. Tengo que
espiar por el retrovisor de mis once años y rastrear esa tierra baldía que he
sugerido antes. Mis propios hijos me obligan a ello.
En el momento en que escribo
estas líneas, mi hija mayor es más joven de lo que yo lo era cuando mi padre
enfermó. Aunque el recuerdo es una máquina selectiva y la experiencia me dice
que no sólo «el olvido es una estrategia del vivir», como Marsé ha apuntado
mediante una fórmula perfecta, inmejorable, sino un sagaz gendarme, el censor
de censores, soy consciente de que, por mucho que mi hija olvide en el futuro
lo que esta primera década de su vida ha significado junto a su padre, parece
impensable que no guarde memoria de momentos compartidos. Porque son cientos de
cenas, libros leídos, baños, paseos, horas en el parque, viajes, excursiones, cumpleaños,
aventuras sublimes o estúpidas, sesiones de cine, 'enfados y riñas, llantos,
fiebres, juguetes anhelados, juguetes rotos. Esa mole de instantes ha de
esconderse en algún lado, ha de conformar algún tipo de sedimento, un pegamento
no moral, pero al menos biológico, que permita que un día futuro, cuando yo ya
no esté, mi hija proclame:
Me acuerdo, Je me souviens, I
remember.
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