Lo más visto
Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
INCIPIT 255. SALE EL ESPECTRO / PHILIP ROTH
1
EL MOMENTO PRESENTE
No había estado en Nueva York desde hacía once años. Aparte de una estancia en Boston para que me extirparan la próstata cancerosa, apenas me había alejado de mi carretera rural de montaña en los Berkshires durante esos once años, y lo que es más, pocas veces había leído un periódico ni escuchado las noticias desde el 11 de septiembre, tres años atrás; sin ninguna sensación de pérdida (tan solo, al comienzo, una especie de sequía en mi interior), había dejado de habitar no solo el gran mundo, sino también el momento presente. Mucho tiempo atrás había aniquilado el impulso de estar en él y formar parte de él.
Pero ahora había conducido los más de doscientos kilómetros en dirección sur hasta Manhattan para ver a un urólogo del hospital Mount Sinai especializado en un procedimiento quirúrgico para ayudar a hombres como yo, incontinentes tras haber sido operados de la próstata. Mediante un catéter inserto en la uretra, inyectaba una forma gelatinosa de colágeno en el lugar en que el cuello de la vejiga se une a la uretra, y de este modo lograba una notable mejora en el cincuenta por ciento de sus pacientes. No eran unas grandes expectativas, sobre todo cuando «una notable mejora» solo significaba el alivio parcial de los síntomas, reduciendo la «incontinencia severa» a «incontinencia moderada», o la «moderada» a «ligera». De todos modos, como sus resultados eran mejores que
YO
De Sale el espectro, de Philip Roth, p. 33
La víspera de mi regreso a casa, fui a comer a un pequeño restaurante italiano que quedaba cerca del hotel. Los propietarios del lugar no habían cambiado desde la última vez que comí allí a comienzos de los años noventa, y me llevé una sorpresa cuando Tony, el más joven de la familia, me saludó por mi nombre antes de acompañarme a la mesa del rincón que siempre me había gustado porque era la más tranquila del local.
Te marchas mientras otros, lo cual no tiene nada de asombroso, se quedan atrás para seguir haciendo lo que siempre han hecho, y, cuando regresas, te sientes sorprendido y emocionado por un momento al ver que siguen ahí y, también, tranquilizado, porque hay alguien que se pasa toda la vida en el mismo pequeño lugar y no siente ningún deseo de irse.
SALO O LA FUNDACION DE LA REPUBLICA SOCIAL ITALIANA
De El espía, de Justo Navarro, p. 97
El capitán de las SS Otto Skorzeny montó a Mussolini en un monomotor biplaza Fieseler Storch, rumbo a Pratica di Mare, donde esperaba un Heinkel para el trayecto Viena-Múnich. Cuando el piloto personal del general Student, el capitán Gerlach, vio que el SS Skorzeny quería subir con Mussolini al monomotor se resistió. El Fieseler Storch es un biplaza protestó. El gigantesco oficial de las SS no cabía en la avioneta. Pero subió, medio cuerpo fuera de la carlinga, como una robusta joroba con cabeza y gorra de las SS en la espalda de Mussolini. Los carabineros que habían vigilado al prisionero empujaron la avioneta para que despegara con el Duce en fuga. Mussolini se sujetaba el sombrero para que no se lo llevara el viento. Se dirigía a fundar en el despacho de Hitler la Repubblica Sociale Italiana, RSI.
INCIPIT 254. ADINA / HENRY JAMES
PARTE 1
Habíamos estado hablando sobre Sam Scrope alrededor del fuego —conscientes, todos nosotros de la norma de mortuis. Nuestro anfitrión, sin embargo, había permanecido en silencio, un poco para mi sorpresa, pues sabía que había sido particularmente cercano a nuestro amigo. Pero una vez nuestro grupo se hubo disuelto y me quede a solas con él, avivó el fuego, me ofreció otro puro mientras aspiraba el suyo con aire reflexivo, y m explico la siguiente historia:
Hace dieciocho años Scrope y yo visitarnos Roma juntos. Era el comienzo de nuestra amistad y le había tomado cariño, tal y como suele suceder cuando un joven sensible y reflexivo conoce a otro dinámico, irreverente y sarcástico. Scrope sufría por aquel entonces del germen de las excentricidades —por no llamarlas de modo más severo—, lo que le convirtió posteriormente en un amigo de lo más insoportable,
VILA MATAS Y LACANCAN
De En un lugar solitario, de Vila-Matas, p.193
Todos sabemos que aquello que el voyeur busca y encuentra no es más que una sombra detrás de la cortina. Lo que busca no es, como se dice, el falo, sino precisamente su ausencia, y de ahíla preeminencia de ciertas formas como objeto de su búsqueda. Lo que mira es lo que no se puede ver. Pues bien, esa tarde estaba yo fantaseando cualquier magia de presencia en mi espejo cuando vi que, detrás del improbable reflejo y al fondo de la estancia, se había dibujado la sombra que proyectaba una mujer apoyada en la pared de la que colgaba un cuadro que se abrió tras la tela para verter su espacio interior hacia un paisaje marino, hacia la arboladura de un barco y hacia un ruinoso hotel. La mujer de cuerpo grande y hermoso, tenía la cabeza cubierta de rizos negros que caían en bucle junto a la sien; palidez lunar en la piel, mirada dulce y desgarrada
Todos sabemos que aquello que el voyeur busca y encuentra no es más que una sombra detrás de la cortina. Lo que busca no es, como se dice, el falo, sino precisamente su ausencia, y de ahíla preeminencia de ciertas formas como objeto de su búsqueda. Lo que mira es lo que no se puede ver. Pues bien, esa tarde estaba yo fantaseando cualquier magia de presencia en mi espejo cuando vi que, detrás del improbable reflejo y al fondo de la estancia, se había dibujado la sombra que proyectaba una mujer apoyada en la pared de la que colgaba un cuadro que se abrió tras la tela para verter su espacio interior hacia un paisaje marino, hacia la arboladura de un barco y hacia un ruinoso hotel. La mujer de cuerpo grande y hermoso, tenía la cabeza cubierta de rizos negros que caían en bucle junto a la sien; palidez lunar en la piel, mirada dulce y desgarrada
INCIPIT 253. DIARIO DE UN AMA DE CASA DESQUICIADA / SUE KAUFMAN
Viernes, 22 de septiembre
Son las nueve y cuarto de esta calurosa mañana de septiembre, más calurosa que cualquiera de los días de verano que hemos tenido. Todas las ventanas están abiertas y el hollín flota en el aire y se deposita por todas partes, como si fuese lluvia radioactiva. Más allá de la puerta de este dormitorio, que acabo de cerrar con llave, el apartamento está vacío y desagradablemente tranquilo. Las niñas han vuelto al colegio hoy, un viernes, para lo que llaman la jornada de reorientación. Acabo de llegar a casa, he ido a despedirlas al autobús del colegio y a pasear a Folly por Central Park West. Me ha llevado una eternidad, porque Folly odia las alcantarillas y a mí me da miedo entrar en el parque. Hoy había jurado que me forzaría a hacerlo, he llegado hasta la entrada y entonces he visto a un hombre en medio del camino, de pie, sonriendo a los árboles con cara de chiflado. Era un hombre muy viejo con el pelo blanco, seguramente no era más que un pobre padre jubilado, o un ornitólogo senil esperando ver, por casualidad, un pinzón púrpura..., pero no podía arriesgarme. Yo no. Ahora no.
Así que nos hemos dirigido a las sucias alcantarillas con páginas rotas del Daily News. En cuanto he llegado a casa, he cerrado esta puerta con llave... No me gusta este silencio. He abierto el cajón de en medio y sacado la libreta de debajo de un montón de combinaciones de nailon. Es una estupenda libreta, gruesa, de ciento treinta
PENSAR, CLASIFICAR
De Un hombre que duerme, de Georges Perec, p-106-107
Ciudad pútrida, ciudad innoble, repulsiva. Ciudad triste, luces tristes en las calles tristes, payasos tristes en las salas de fiestas tristes, colas tristes ante los cines tristes, muebles tristes en las tiendas tristes. Estaciones negras, cuarteles, hangares. Las brasseries siniestras que se suceden a lo largo de los Grandes Bulevares, los escaparates horribles. Ciudad ruidosa o desierta, lívida o histérica, ciudad despanzurrada saqueada mancillada, ciudad erizada de prohibiciones de barrotes, de alambradas, de cerraduras. La ciudad-osario: los mercados podridos, las villas miseria disfrazadas de grandes urbanizaciones, la zona centro de París, el horror insoportable de los bulevares llenos de polis, Haussmann, Magenta; Charonne.
Como un prisionero como un loco en su celda. Como una rata buscando la salida del laberinto. Recorres París en todos los sentidos. Como un hambriento, como un mensajero que lleva una carta sin dirección.
Aguardas, esperas. Los perros se te pegan, y también las camareras, los empleados de los cafés, las acomodadoras, las taquilleras de los cines, los vendedores de diarios, los cobradores de autobús, los inválidos que vigilan las salas desiertas de los museos. Puedes hablar sin temor, te responderán siempre con la misma voz. Ahora sus caras te resultan familiares. Te identifican,
te reconocen. No saben que esos simples saludos, esas meras sonrisas, esos gestos indiferentes de cabeza son lo que cada día te salva, a ti que, durante todo el día, los esperaste como si fuesen la recompensa de un hecho glorioso del que no podrías hablar, pero que ellos casi adivinarían.
Ciudad pútrida, ciudad innoble, repulsiva. Ciudad triste, luces tristes en las calles tristes, payasos tristes en las salas de fiestas tristes, colas tristes ante los cines tristes, muebles tristes en las tiendas tristes. Estaciones negras, cuarteles, hangares. Las brasseries siniestras que se suceden a lo largo de los Grandes Bulevares, los escaparates horribles. Ciudad ruidosa o desierta, lívida o histérica, ciudad despanzurrada saqueada mancillada, ciudad erizada de prohibiciones de barrotes, de alambradas, de cerraduras. La ciudad-osario: los mercados podridos, las villas miseria disfrazadas de grandes urbanizaciones, la zona centro de París, el horror insoportable de los bulevares llenos de polis, Haussmann, Magenta; Charonne.
Como un prisionero como un loco en su celda. Como una rata buscando la salida del laberinto. Recorres París en todos los sentidos. Como un hambriento, como un mensajero que lleva una carta sin dirección.
Aguardas, esperas. Los perros se te pegan, y también las camareras, los empleados de los cafés, las acomodadoras, las taquilleras de los cines, los vendedores de diarios, los cobradores de autobús, los inválidos que vigilan las salas desiertas de los museos. Puedes hablar sin temor, te responderán siempre con la misma voz. Ahora sus caras te resultan familiares. Te identifican,
te reconocen. No saben que esos simples saludos, esas meras sonrisas, esos gestos indiferentes de cabeza son lo que cada día te salva, a ti que, durante todo el día, los esperaste como si fuesen la recompensa de un hecho glorioso del que no podrías hablar, pero que ellos casi adivinarían.
INCIPIT 252. EL MISTERIO DE LA VELA DOBLADA / EDGAR WALLACE
Un descarrilamiento había detenido en Three Bridges al tren que sale de la estación Victoria a las cuatro y cuarto hacia Lewes. Aunque John Lexman tuvo la suerte de empalmar con el de Beston Tracey, porque venía retrasado, se había ido ya la camioneta que constituía la única comunicación entre la aldea y el mundo exterior,
—Si puede esperar media hora —le dijo el jefe de la estación—, telefonearé al pueblo y haré que Briggs venga a buscarle.
John Lexman contempló el húmedo paisaje y se encogió de hombros.
—Iré andando —contestó lacónicamente.
Dejó la maleta al cuidado del jefe de estación, se abotonó el impermeable, subiéndose el cuello hasta la barbilla, y se lanzó resueltamente a la lluvia para recorrer las dos millas que separaban la minúscula estación de ferrocarril de la aldea de Little Beston.
BENETIANA
De Un momento de descanso, de Antonio Orejudo, p.162.Como pueden ver, ha sido insonorizado con planchas Soundless de 5 grados que aunque se comen doce centímetros cuadrados de espacio permiten hablar en voz alta sin esa permanente cautela que caracteriza las conversaciones en los departamentos universitarios españoles. La mesa de trabajo, ¿ven?, es una superficie plegable, que sirve de estructura a un futón hábilmente camuflado en el interior del escritorio. Ya está convertido en cama. La mesa auxiliar oculta un microondas ultraligero, miren, y una pequeña nevera especialmente diseñada para que su tamaño no reduzca su capacidad. Vamos a ver qué hay dentro. Yogures desnatados, tónicas, fruta, salsa de soja y supositorios espermicida En la estantería, camuflada tras los lomos de los falsos libros, hay una pequeña despensa donde se apilan latas de conserva. El mueble tiene un falso fondo, donde encontramos dos juegos de mudas, dos pijamas y un busto de Juan Benet, que en realidad es una botella de whisky a la que se le desenrosca, como ven, la cabeza.
INCIPIT 252. UN AMERICANO / HENRY ROTH
Yo estaba cortejando a una joven, si a aquella clase de atenciones bruscas, inseguras, equívocas que le prestaba se las podía llamar cortejar: en cualquier caso para mí lo era, pues nunca había hecho algo así antes.
La había conocido en Yaddo, la colonia de artistas, un sitio del que probablemente hayas oído hablar, donde se invitaba a escritores, pintores y músicos durante el verano, o parte de él, con la esperanza de que, aligerados de sus agobios y preocupaciones habituales, y con abundante tiempo libre a su disposición, crearían. Por desgracia la cosa no funcionaba de ese modo, como probablemente también hayas oído. La mayoría necesitábamos agobio y preocupaciones, pues una vez allí holgazaneábamos o perdíamos gran cantidad de tiempo en charlas frívolas y superfluas. Aquello era durante la época de la guerra civil española, en 1938 para ser exactos, y claro, de nuestra conversación formaba parte el hecho de que los leales a la República parecían a punto de lograr la victoria y sin embargo eran incapaces de conseguirla. También existía en aquella época una especie de preponderancia de inclinaciones marxistas entre los intelectuales jóvenes. Menciono esas cosas para recordar cuál me parecía que era el ambiente de esa época.
Entonces yo estaba dedicado a escribir una segunda novela, sobre cuya finalización había llegado a un acuerdo con mi editor. Ya había escrito una parte completa, y esa parte inicial había sido aceptada y celebrada. No necesitaba más que acabarla. Pero fue mal a partir de entonces; en realidad, había ido mal antes de que llegara a Yaddo;
LAS COSAS
De Un hombre que duerme, de Georges Perec, p.70-71Vagas por las calles, de noche, de día. Entras en los cines de barrio donde flota el olor incisivo del desinfectante, comes bocadillos en barras de bar, patatas fritas en cucurucho, recorres las verbenas, juegas al billar eléctrico, vas a los museos, a los mercados, a las estaciones, a las bibliotecas públicas, miras los escaparates de los anticuarios de la rue Jacob, de las cristalerías de la rue du Paradis, de las tiendas de muebles del faubourg Saint-Antojne.
A lo largo de las horas, los días, las semanas, las estaciones, te vas desprendiendo de todo, desvinculando de todo. Descubres, a veces casi con una especie de embriaguez, que eres libre, que nada te pesa, ni te gusta ni te disgusta. Encuentras, en esta vida sin desgaste y sin otro estremecimiento que esos instantes suspendidos que te procuran las cartas o ciertos ruidos, ciertos espectáculos que te proporcionas, un bienestar casi perfecto, fascinante, a veces henchido de emociones nuevas. Experimentas un reposo total, estás, en cada momento, resguardado, protegido. Vives en un paréntesis venturoso, en un vacío lleno de promesas del que no esperas nada, Eres invisible, límpido, transparente. Ya no existes: a la sucesión de las horas, a la sucesión de los días, al paso de las estaciones, al fluir del tiempo sobrevives, sin alegría ni tristeza, sin porvenir ni pasado, así, simple y obviamente, como una gota de agua que salpica en el grifo de un descansillo, como seis calcetines en remojo en un barreño de plástico rosa, como una mosca o como una ostra, como una vaca, como un caracol, como un niño o como un viejo, como una rata.
A lo largo de las horas, los días, las semanas, las estaciones, te vas desprendiendo de todo, desvinculando de todo. Descubres, a veces casi con una especie de embriaguez, que eres libre, que nada te pesa, ni te gusta ni te disgusta. Encuentras, en esta vida sin desgaste y sin otro estremecimiento que esos instantes suspendidos que te procuran las cartas o ciertos ruidos, ciertos espectáculos que te proporcionas, un bienestar casi perfecto, fascinante, a veces henchido de emociones nuevas. Experimentas un reposo total, estás, en cada momento, resguardado, protegido. Vives en un paréntesis venturoso, en un vacío lleno de promesas del que no esperas nada, Eres invisible, límpido, transparente. Ya no existes: a la sucesión de las horas, a la sucesión de los días, al paso de las estaciones, al fluir del tiempo sobrevives, sin alegría ni tristeza, sin porvenir ni pasado, así, simple y obviamente, como una gota de agua que salpica en el grifo de un descansillo, como seis calcetines en remojo en un barreño de plástico rosa, como una mosca o como una ostra, como una vaca, como un caracol, como un niño o como un viejo, como una rata.
INCIPIT 251. LA HERENCIA DE ESZTER / SANDOR MARAI
No puedo saber qué más tiene Dios previsto para mí. Sin embargo, antes de morir, quisiera poner por escrito el relato del día en que Lajos vino a ver- me, por última vez, para despojarme de todos mis bienes. Voy postergando la escritura de estas notas desde hace tres años; pero, ahora, tengo la sensa ciÓfl de que una voz, de la cual no me puedo defender, me está apremiando para que escriba la historia de aquel día y de todo lo demás que sé sobre Lajos. Es mi deber, y ya no me queda mucho tiempo para cumplir con él. Las voces así son inequívocas. Por eso las obedezco, en el nombre de Dios.
Ya no soy joven, y mi salud está debilitada:pronto habré de morir. ¿Acaso tengo miedo a la muerte?... Aquel domingo en el que Lajos vino a verme por última vez, se me curó hasta el miedo de morir. El hecho de que sea capaz de esperar a la muerte con tranquilidad, quizá se deba a que el tiempo no me ha perdonado; quizá se deba a los
Ya no soy joven, y mi salud está debilitada:pronto habré de morir. ¿Acaso tengo miedo a la muerte?... Aquel domingo en el que Lajos vino a verme por última vez, se me curó hasta el miedo de morir. El hecho de que sea capaz de esperar a la muerte con tranquilidad, quizá se deba a que el tiempo no me ha perdonado; quizá se deba a los
BENETIANA
De En un lugar solitario: narrativa 1973-1984, de Enrique Vila-Matas, p.17-18
Esas dos lecturas esenciales que me acompañaron duran te la redacción de En un lugar solitario fueron, por un lado el Juan Benet de Una meditación, libro clave en mi forma ción como narrador, aunque a lo largo de En un lugar solitario ni se note. Y por otro, la novela de un escritor argentino, hoy lamentablemente casi olvidado, llamado Néstor Sánchez, que había escrito un libro, Nosotros dos, de estilo cortazariano, impregnado de un voluntario sentido de la espontaneidad que se podría calificar de jazzístico.
De hecho, Claudio, el hijo de Néstor Sánchez, recordaba no hace mucho a su padre yendo a la página en blanco, «sin ningún plan de escritura», sólo con la idea de liberar allí las fuerzas puras de la improvisación; le recordaba tirado en el suelo y tecleando frenéticamente su Remington a fines de los sesenta, mientras sonaba a todo volumen un disco de John Coltrane o Sonny Rollins.
Así precisamente, «sin ningún plan de escritura», tecleando frenéticamente la Olivetti Lettera del economato melillense y buscando contar una historia acerca de la cual un hipotético lector no debería preguntarse de qué trataba sino a qué sonaba —como después me enteré que hacía también Néstor Sánchez—, sin olvidarme de manejar un método parecido al utilizado por Juan Benet para Una meditación —donde, además de escribir una de las primeras novelas españolas, si no la primera, en la que no hay un solo punto y aparte, creó un artilugio, mediante un rollo de papel continuo, que le impedía volver sobre lo escrito para seguir escribiendo—, fui trabajando, noche y día, en la escritura automática de mi novelita de colmado, buscando en todo momento un benetiano fluir torrencial en el que un hipotético lector no tuviera más remedio que sumergirse y tratar de dejarse llevar sólo por la música de la frase y perder casi el sentido de lo que pudiera estar diciéndose:
Elige tu mejor aspecto que la noche está nublada te dirás acodado al balcón que da al paseo, ponte tu corazón preferido y busca las palabras que han de llevarte al silencio...
Esas dos lecturas esenciales que me acompañaron duran te la redacción de En un lugar solitario fueron, por un lado el Juan Benet de Una meditación, libro clave en mi forma ción como narrador, aunque a lo largo de En un lugar solitario ni se note. Y por otro, la novela de un escritor argentino, hoy lamentablemente casi olvidado, llamado Néstor Sánchez, que había escrito un libro, Nosotros dos, de estilo cortazariano, impregnado de un voluntario sentido de la espontaneidad que se podría calificar de jazzístico.
De hecho, Claudio, el hijo de Néstor Sánchez, recordaba no hace mucho a su padre yendo a la página en blanco, «sin ningún plan de escritura», sólo con la idea de liberar allí las fuerzas puras de la improvisación; le recordaba tirado en el suelo y tecleando frenéticamente su Remington a fines de los sesenta, mientras sonaba a todo volumen un disco de John Coltrane o Sonny Rollins.
Así precisamente, «sin ningún plan de escritura», tecleando frenéticamente la Olivetti Lettera del economato melillense y buscando contar una historia acerca de la cual un hipotético lector no debería preguntarse de qué trataba sino a qué sonaba —como después me enteré que hacía también Néstor Sánchez—, sin olvidarme de manejar un método parecido al utilizado por Juan Benet para Una meditación —donde, además de escribir una de las primeras novelas españolas, si no la primera, en la que no hay un solo punto y aparte, creó un artilugio, mediante un rollo de papel continuo, que le impedía volver sobre lo escrito para seguir escribiendo—, fui trabajando, noche y día, en la escritura automática de mi novelita de colmado, buscando en todo momento un benetiano fluir torrencial en el que un hipotético lector no tuviera más remedio que sumergirse y tratar de dejarse llevar sólo por la música de la frase y perder casi el sentido de lo que pudiera estar diciéndose:
Elige tu mejor aspecto que la noche está nublada te dirás acodado al balcón que da al paseo, ponte tu corazón preferido y busca las palabras que han de llevarte al silencio...
POUND FRENTE A LA MUERTE DE JAMES JOYCE
De El espía, de Justo Navarro, p.48
Cuando James Joyce se murió en Zúrich el 13 de enero de 1941, Pound ya tenía su micrófono y lloró a Joyce el día 23 en una charla radiofónica desde Radio Roma: Joyce y Joyce, James y William, Ulises y Lord Haw-Haw, la fatalidad Joyce. Que su espíritu se encuentre con Rabelais, que las copas no estén nunca vacías, brindó Pound ante el micrófono en su primera emisión memorable. Una vez Joyce, James, había escrito una carta a un periódico, hacía mucho, en 1925. Pound me ayudó de todas las formas posibles frente a dificultades verdaderamente grandes durante siete años, antes de que lo conociera en persona, y desde entonces siempre ha estado dispuesto a darme consejo y aprecio, que yo estimo en gran medida por venir de una inteligencia de semejante discernimiento y brillantez, dijo James Joyce.
LA LLUVIA DE BORGES Y DE AGUSTIN
La lluvia
El tamaño de la gota oscila
entre 0,5 y 6,35 mm, Su velocidad de caída
entre 8 y 32 km/h.
A medida que se precipita
va ganando masa al chocar inelásticamente
con otras gotas,
no hay Desayuno con diamantes,
no hay Cólera de Dios,
no hay taxi drivers ni replicantes,
que sepan por qué la gota
nunca se hace infinitamente grande.
El tamaño de la gota oscila
entre 0,5 y 6,35 mm, Su velocidad de caída
entre 8 y 32 km/h.
A medida que se precipita
va ganando masa al chocar inelásticamente
con otras gotas,
no hay Desayuno con diamantes,
no hay Cólera de Dios,
no hay taxi drivers ni replicantes,
que sepan por qué la gota
nunca se hace infinitamente grande.
INCIPIT 250. PERICLES EL ATENIENSE / REX WARNER
CAPÍTULO 1
DE CLAZOMENE A SALAMINA
Se dice: «Cada hombre tiene su ciudad», pero yo tuve tres ciudades y por todas ellas siento lealtad y afecto, Ahora poseo el privilegio de disfrutar de la ciudadanía de Lampsaco y aquí espero pasar mis últimos años. Desde luego, en Atenas nunca gocé de la plena ciudadanía. Era éste un derecho que ios atenienses guardaban con mucho celo, y no menos el propio Pendes. Sin embargo, aún siento que Atenas fue mi ciudad, la ciudad de todos los jonios, la ciudad de todos los helenos. Y así deseaba Pendes que nos sintiéramos.
Pero nací en Clazomene, en la costa griega de Asia, frente al mar y junto a los largos promontorios, bajo un cielo cuyo aspecto cambia por momentos. Como sabéis, Clazomene es una de las doce ciudades jónicas, y mi padre, que poseía cierta fortuna, desempeñó a menudo cargos oficiales en nuestro templo, el Panionio, situado en el sur, frente a Samos. También participó en la gran rebelión jónica contra Persia, que tuvo lugar poco después de mi nacimiento. Es natural que no recuerde nada de esta revuelta, pero en mi infancia las nodrizas, los parientes y los amigos me referían historias de cómo el ejército jónico había emprendido una intrépida marcha tierra adentro para incendiar la capital persa de Sardes, y de cómo las noticias de este brillante éxito levantaron a las ciudades griegas desde el lejano sur de Asia Menor hasta los Dardanelos, las cuales lucharon por su libertad y por los grandes días vividos antes de la llegada de los persas. Aun antes del ataque a Sardes —en el mismo momento en que comenzó la rebelión—, Atenas, si bien por entonces libraba una guerra con la isla vecina
15
BENETIANA
Prólogo a El hacedor (de Borges), Remake, de Agustín Fernández Mallo, p.9
A Jorge Luis Borges
Los rumores de la plaza quedan atrás y entro en la Biblioteca. De una manera casi física siento la gravitación de los libros, el ámbito sereno de un orden, el tiempo disecado y conservado mágicamente. A izquierda y a derecha, absortos en su lúcido sueño, se perfilan los rostros momentáneos de los lectores a la luz de lámparas estudiosas, como en la hipálage de Milton. Recuerdo haber recordado ya esa figura, en este lugar, y después aquellos pájaros de Benet que también definen por el contorno:
Es cierto, el viajero que saliendo de Región pretende llegar a su sierra siguiendo el antiguo camino real —porque el moderno dejó de serlo— se ve obligado a atravesar un pequeño y elevado desierto que parece interminable, y después aquel poema que suspende el sentido y maneja y supera el mismo artificio:
No quedaba nadie sobre la faz de la tierra y de repente, llamaron a la puerta.
Estas reflexiones me dejan en la puerta de su despacho. Entro; cambiamos unas cuantas cordiales y convencionales palabras, y le doy este libro. Si no me engaño, usted no me malquería, Borges, y le hubiera gustado que le gustara algún trabajo mío. Ello no ocurrió nunca, pero esta vez usted vuelve las páginas, y lee con aprobación algún verso, acaso porque en él ha reconocido su propia voz, acaso porque la práctica deficiente le importa menos que la sana teoría,
A Jorge Luis Borges
Los rumores de la plaza quedan atrás y entro en la Biblioteca. De una manera casi física siento la gravitación de los libros, el ámbito sereno de un orden, el tiempo disecado y conservado mágicamente. A izquierda y a derecha, absortos en su lúcido sueño, se perfilan los rostros momentáneos de los lectores a la luz de lámparas estudiosas, como en la hipálage de Milton. Recuerdo haber recordado ya esa figura, en este lugar, y después aquellos pájaros de Benet que también definen por el contorno:
Es cierto, el viajero que saliendo de Región pretende llegar a su sierra siguiendo el antiguo camino real —porque el moderno dejó de serlo— se ve obligado a atravesar un pequeño y elevado desierto que parece interminable, y después aquel poema que suspende el sentido y maneja y supera el mismo artificio:
No quedaba nadie sobre la faz de la tierra y de repente, llamaron a la puerta.
Estas reflexiones me dejan en la puerta de su despacho. Entro; cambiamos unas cuantas cordiales y convencionales palabras, y le doy este libro. Si no me engaño, usted no me malquería, Borges, y le hubiera gustado que le gustara algún trabajo mío. Ello no ocurrió nunca, pero esta vez usted vuelve las páginas, y lee con aprobación algún verso, acaso porque en él ha reconocido su propia voz, acaso porque la práctica deficiente le importa menos que la sana teoría,
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