El desván de las musas dormidas. F. Argüelles, p. 65
Ya nadie construye trenes con latas de
sardinas. Como ya nadie pinta con el bolígrafo relojes en las muñecas. Tenía
unas gafas de sol de plástico negro con las que el mundo se veía naranja cuando
había nubes y verde cuando lucía el sol. Le habían tocado a mi padre en una
tómbola. Mi madre decía que aquellas malditas gafas me iban a estropear la
vista. Al poco necesité gafas de verdad para verlo todo más claro y más cerca,
y mi madre me dijo, ahí lo tienes, eso me dijo, y añadió, todo por culpa de
esas gafas de feria, y mi padre se reía y me explicaba, a tu madre le gusta
inventarse teorías. También tenía yo una navaja con las cachas de hueso que me
había regalado el tendero amigo de mi padre y con ella hacía arreglos en los
higos verdes para convertirlos en caballos salvajes o en soldados del rey. Los
tirachinas los hacíamos nosotros con tiras de las cámaras inservibles de las
ruedas de las bicicletas, con una lengüeta de zapato viejo o un trozo de badana
para colocar la piedra y con una horquilla de rama de avellano. Con el
tirachinas se podían romper cristales, desprender las nueces, apuntar a las
palomillas de porcelana de los cables de la luz o cazar gatos y gorriones.
Hacíamos campeonatos y guerras de verdad de las que algunos salíamos heridos.
Nos gustaba a cazar ardillas, porque era lo más difícil. Las veíamos saltar de
rama en rama y disparábamos todos a la vez, pero nunca conseguíamos cazarlas.

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