Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

Correr hasta matarse


Madrid 1983,  Arturo Lezcano, p. 356

Pelo cardado, cara pintada como una puerta, vestido negro  riguroso. Paloma Chamorro es la estampa de los tiempos, pero aquí también es la imagen del luto, con el disfraz perfecto para esconder unas lágrimas. Micrófono en mano, compungida, la presentadora habla a la audiencia de su programa recién estrenado en Televisión Española. “Aquí tenía que haber terminado nuestro programa de hoy, pero desgraciadamente tenemos algo que añadir. Esta edición de La edad de oro y todas las que el tiempo nos permita estarán dedicadas a Eduardo Benavente. Él contribuyó a que pudiera ver la luz colaborando en el programa piloto que nos ha permitido poner en pie este tinglado”.

Era 1 7 de mayo de 1983 y hacía tres dias que Benavente, líder del grupo Parálisis Permanente y exnúmero de los Pegamoides, había muerto en un accidente de coche. Con él se iba una parte de la movida y seguramente la poca inocencia que le quedaba a la troupe que solo cinco años antes pululaban por el rastro iniciando su safari vital. Eduardo viajaba desde León hacia Zaragoza para tocar en un festival junto a otros grupos. Conducía Ana Curra, su novia y compañera de banda. Atrás iba Toti Árboles, bateria del grupo. En un desvío de la autopista, el Seat Ritmo sufrió el reventón de una rueda y se salió de la carretera. Ella sufrió fractura de clavícula. Atrás, Toti, solo contusiones. Eduardo, en cambio, salió despedido y murió. “En ese bolo me tocaba a mí conducir, que tenía dieciocho años y el carnet recién sacado. Era  tremendo cómo viajábamos en condiciones tan precarias y en carreteras tan malas”, cuenta con dolor Curra hoy, sentada a una mesa de chiringuito en el parque del Retiro, con su perro Trece ladrando alrededor. Curra deja la mirada perdida por un segundo, buscando recuerdos. El hilo de aquella noche lo retoma, desde otro ángulo, Servando Carballar. “Tocábamos el Aviador, Parálisis y Alaska en Zaragoza. Llegamos, probamos sonido y tocamos. Ellos no aparecían y nos aseguraban que habían tenido un problema con el coche, hasta que al salir de tocar nos dicen que Eduardo se ha matado. A mí me pegó muy fuerte, porque había estado un par de días antes con él. Nos creíamos inmortales y luego, detrás de él, cascaron otros 200, aunque fueran por otras razones dan la medida de lo que eran aquellos años”.

Unos dias antes del accidente habían grabado ese programa piloto con el que Paloma Chamorro daba la bienvenida a La edad de oro, estandarte de la movida en los dos años  siguientes. “La muerte cristaliza un instante. Hoy nos queda por encima del dolor el placer de haberle conocido”, dice Chamorro para cerrar.


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