Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

AKADEMGORODOK


Los últimos pianos de Siberia, Sophy Roberts
Cuando Vasili Lomachenko se instaló por primera vez en Akademgorodok, lo hizo con otros setenta mil obreros de la construcción, 435 todos ellos convencidos de que iban a edificar una especie de paraíso soviético. Esta audaz creación de una ciudad de la ciencia poseía un profundo sentido tras el deshielo económico que siguió a la muerte de Stalin en 1953, y parte de su objetivo consistía en ayudar al nuevo primer secretario del Partido Comunista, Nikita Jrushchov, a desarrollar una tecnología capaz de explotar el enorme potencial de Siberia. Siberia solo representaba una pequeña parte de la población del país, pero también poseía el noventa por ciento de los recursos naturales.

Sobre el papel, Akademgorodok tenía una pinta espectacular. El espíritu del optimismo no solo adquiría cuerpo en la planificación de la ciudad -una playa a orillas del río Obi, artificialmente inundado, una pista de hielo, carriles bici y serpenteantes senderos forestales-, sino también en los centros cívicos, los cafés, los teatros y las sociedades musicales. Los laboratorios y las bibliotecas estarían entre los mejores del mundo. Los miembros de la élite científica de Akademgorodok dispondrían de una cabaña independiente de madera donde vivir en pleno bosque, en vez en un piso en un bloque soviético. Incluso el hotel estaría por encima de lo habitual, para albergar a las mentes más brillantes del país.

Fue una idea muy potente, que todo el mundo encontró atractiva y que condujo a la creación de lo que más tarde se denominaría «la pequeña ciudad con el CI más alto del planeta”. Para los intelectuales del país con tendencia a renegar del régimen, la alejada ubicación de Akademgorodok significaba que su trabajo estaría menos encadenado a los engranajes del Partido que las instituciones moscovitas equivalentes. Y luego estaban los soñadores, los que persiguen las utopías allá donde surjan. El reto consistía en manipular esta mezcla de motivaciones (y los nada seguros fondos estatales) para construir una comunidad viva y viable, asentada en la excelencia científica.

A los diez años de ponerse en marcha, Akademgorodok tenía quince institutos de investigación en marcha.Se creó un Instituto de Citología y Genética: un “milagro», escribió la genetista Raissa L. Berg, dado que Stalin había prohibido poco antes el estudio de la genética por considerar que la herencia genética no era compatible con el marxismo. En la Siberia profunda, la élite académica halló más libertad para trabajar. Las casas tenían frigorífico y calefacción eléctricos, además de ayudas para gastos de mantenimiento. Cuanto más alto el techo, más alto el salario, observó Berg. Los científicos disfrutaban de mejor suministro alimenticio. Allí acudieron músicos, artistas, poetas, rusos de a pie, en apoyo de esta ciudad asombrosamente inventiva en que abundaban las setas y los más espantosos mosquitos.


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