Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

KAFKA

Las manos de los maestros, JM Coetzee, p. 200-201
Tal vez el caso más famoso de un albacea que contraviene las instrucciones del difunto lo constituye Max Brod, albacea del legado literario de su íntimo amigo Franz Kafka. Kafka, que tenía formación jurídica, no podría haber transmitido sus instrucciones con mayor claridad:
Querido Max, mi última petición: todo lo que dejo atrás ... en forma de cuadernos, manuscritos, cartas tanto mías como de otros, dibujos y demás, ha de ser quemado sin leerse y  hasta la última página, así como todos mis escritos o notas que tengáis tú u otras personas, a quienes se los tendrás que pedir en mi nombre. Las cartas que no te sean entregadas deberán ser al menos fielmente quemadas por quienes las tengan. Atentamente, Franz Kafka.
Si Brod hubiera cumplido con su deber, no tendríamos ni El proceso ni El castillo. Como resultado de su traición, sin embargo, el mundo no solo se ha beneficiado, sino que se ha metamorfoseado y transfigurado. ¿Acaso el ejemplo de Brod y Kafka nos persuade de que a los albaceas literarios, y tal vez a los albaceas en general, se les tiene que dar margen para reinterpretar las instrucciones que reciben en aras del bien general?
Hay un prolegómeno implícito a la carta de Kafka, que puede aplicarse también a la mayoría de las instrucciones testamentarias de este tipo: «Para cuando yo esté en mi lecho de muerte, y tenga que afrontar el hecho de que ya nunca seré capaz de seguir trabajando en los fragmentos que tengo en el cajón, ya no estaré en situación de destruirlos. Por tanto, no veo otra salida que pedirte que lo hagas tú en mi nombre. Pero como no te puedo obligar, solo puedo confiar en que respetes mi petición”.
A fin de justificar el hecho de no haber «cometido el acto incendiario”, Brod apeló a dos argumentos. El primero era que el listón que Kafka tenía a la hora de permitir que su obra viera la luz era exageradamente alto: «unos criterios prácticamente religiosos», los llamó Brod. El segundo argumento era más terrenal: aunque él ya le había dicho con claridad a Kafka que no pensaba seguir sus instrucciones, Kafka no lo desestimó como albacea, por consiguiente (pensaba él) en el fondo Kafka debía de saber que sus manuscritos no serian destruidos.
En términos legales, las palabras de un testamento han de transmitir la intención plena y final del testador. Así pues, si el testamento está bien construido -es decir, si el contenido está bien expresado, de acuerdo con las fórmulas legales de la tradición testamentaria-, entonces la interpretación del testamento es bastante mecánica: solo necesitamos un manual de fórmulas testamentarias para interpretar sin ambigüedades la intención del testador. En el sistema legal angloamericano, ese manual de fórmulas se conoce como las reglas de construcción, y la  tradición interpretativa basada en ellas se denomina la doctrina del significado claro.

La doctrina del significado claro lleva bastante tiempo siendo cuestionada. La esencia de su critica la planteó hace más de un siglo el académico en leyes John H. Wigmore: “La falacia consiste en dar por sentado que puede existir un significado real o absoluto. La verdad es que solo puede existir el significado subjetivo para una persona, y esa persona, cuya intención significativa quiere entender la ley, es el autor del documento."

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