Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

INCIPIT 850. CRONICA DE BERLIN / WALTER BENJAMIN

Quiero hacer memoria de las cosas que me han introducido en la ciudad. Ya el niño, a quien los juegos solitarios aproximan extraordinariamente a la ciudad, necesita y se busca un guía en el ambiente que le rodea, y mis primeros guías (para un niño bien criado de la burguesía como era yo) fueron sin duda las institutrices. Con ellas iba al parque zoológico, que, sin embargo, apareció ante mí muchos años más tarde bajo el estruendoso ruido de las bandas militares con la Avenida de los Vicios (así llamábamos los jóvenes a este tipo de desfiles); y si no era al parque zoológico, era al Jardín de los Animales. Y o creo que la primera «calle» que descubrí (no me resultó nada acogedora ni era hospitalaria en absoluto), que entre tiendas  representaba el puro abandono y en cuyos cruces se percibían todos los peligros, era la calle Schill, de la que puedo figurarme perfectamente que es la que menos ha cambiado en todo el Berlín occidental y en la que aún hoy pueden llegar a surgir de entre la niebla determinadas escenas (salvación del «hermanito»). La avenida del Jardín de los Animales atravesaba el puente de Hércules, cuyos lados, conmovedoramente desvencijados, habrán sido seguramente los primeros flancos que el niño tuvo ocasión de conocer (bajo el signo de los bellos lados del león de piedra que se elevaban por encima de él). Al final de la calle Bendler se abría el laberinto, al que no le faltaba su Ariadna: el jardín laberíntico rodeando a Federico Guillermo III y a la reina Luisa, que en sus pedestales ilustrado-imperiales sobresalían petrificados, como impulsados por una mágica tensión interior, entre macizos de flores que dibujaban pequeños canales en el suelo. 

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