Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

NIÑOS MEONES

De Mi padre y yo de JR Ackerley. p. 78-79
La psicología infantil es un tema tedioso, y aunque exponga uno o dos hechos relacionados con mi primera infancia, no lo hago con intención realmente científica ni porque crea que esos hechos tienen alguna significación. Me orinaba en la cama persistentemente. Mi tía Bunny me dijo que, al igual que mi hermano, había sido un accidente, que mis padres «no habían querido del todo tenerme» y también había habido algún intento de impedir mi llegada. Tal vez fuera éste más superficial, o tal vez ese instinto de conservación que ya he mencionado me salvara la vida; el caso es que nací sano y robusto pero luego no había manera de que dejara de orinarme en la cama. Creo que la psicología ha abandonado ya una teoría que solía haber según la cual orinarse en la cama era una especie de mecanismo de venganza inconsciente; siento que sea así, porque me parece divertida la idea de que pudiera estar meándome en un mundo que no me había dado la bienvenida cordial que mi ego requería. Pero independientemente de lo que pueda hoy día pensarse de esa teoría, no es muy probable que mis padres hubieran tenido conocimiento de ella entonces, pues aún no se había inventado la psicología infantil, y espero también que mi padre, de haberla conocido, no habría tenido la desfachatez de pegarme en castigo por mi comportamiento, cosa que llegó a hacer. Es cierto que durante años tuvieron que tener una paciencia infinita conmigo y dejé inservibles muchísimos colchones hasta que pasé a dormir permanentemente con sábanas de hule. Luego hubo un período en que el hábito cesó, pero volvió a empezar cuando tendría yo unos once años. Yo, naturalmente, no era consciente de lo que hacía, lo único que sabía era que al principio sentía un agradable calorcillo y luego una humedad fría y desagradable, y recuerdo que cuando se reanudó el ciclo solía soñar que estaba de pie en un urinario: un sueño diabólico, porque ¿qué hay más natural que mear? En todo caso, cuando empecé una vez más a estropear los nuevos e indefensos colchones que al fin se me habían confiado, mi padre denunció el hecho diciendo que era «pura pereza», a lo cual me imagino que hacía mucho tiempo que lo llevaba atribuyendo, y, bajándome los pantalones a pesar de las protestas de mi madre, me dio unos azotes con la mano en el trasero desnudo.

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