Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

BENET Y JJ

JAMES JOYCE, UNA SEPARACION
James Joyce nació el mismo año que Virginia Wolf, 1882, y murió el mismo año que ella, 1941. En aquel año de su nacimiento concluía, al decir de los historiadores, el primer período creador, 1876.1881, de quien durante años sería considerado, en el seno de la literatura inglesa, como el Shakespeare de la novela. Y ese primer período se viene a cerrar, precisamente, con su máxima realización, The Portait of a Lady, la novela que quiso dar forma final –entiéndase, dentro de un género que no tuvo necesidad hasta entonces de abandonar cierto clasicismo- a todos los intrincados esfuerzos que desde la Ilustración la literatura europea llevó a cabo para dar con una forma literaria total –suma de todos los problemas y vicisitudes del hombre del siglo, compendio de toda su civilización y la mejor medicina contra el temor al Irracional que algunos imprudentes se afanaban todavía en sacar a relucir- que el ciudadano culto europeo sentía que estaba a punto de tener en las manos gracias al titánico trabajo de Tolstoi y Flaubert. […] La separación entre vida y arte volvió a cobrar –con Bouvard et Péuchet, con The Bostonians (por no hablar de The Wings of the Dover), con Conrad, con Stevenson- una envergadura como no había tenido desde principios de siglo, apremiado el novelista de volver a marcar las distancias –haciendo caso omiso del esfuerzo de sus predecesores por reducirlas- y a fin de encontrar aquel espacio of my own, requisito indispensable para todo tratamiento lúcido y crítico de la cultura (Me pregunto si lo que está ocurriendo en la literatura castellana en esta última época no obedece a una tendencia del mismo signo: no tanto el repudio de una cultura de gran participación social , como la búsqueda del espacio específico del quehacer artístico). Pero aquella tensión interna que zumbaba en todas las páginas de una novela en proceso de distanciamiento –y tal era el caso de lo simbolistas franceses y americanos, del último James, de personajes tan dispares y distantes como Wilde y Conrad- no tuvo necesidad de romper los moldes explícitos de la narración clásica para lograr una cabal representación de su porfía”

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